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lunes, 1 de mayo de 2017

NARCISISMO Y CONTRATRANSFERENCIA









Cristina Nadal, amiga querida, tuvo la gentileza de proponerme hablar del "Narcisismo del terapeuta" en un congreso de gestaltistas, a mí, un psicoanalista que, puestos a referenciarme, podría tildarme de freudiano y translacaniano, como me calificó Juanjo Albert hace ya muchos años, signifique lo que signifique la última etiqueta.

Vale, por mi encantado, pero desde ya les advierto que la cosa es canela fina si no tela marinera. Tendré que hacer un ejercicio de ultrasíntesis de conceptos complejos por lo que el recorrido puede atragantársele al más pintado que no esté acostumbrado a estas conjeturas o a esta jerga. Así que les pido un poco de atención y un poco de paciencia y ya les anticipo que al final habrá postre.

Empecemos pues. Antes que nada será preciso dejar claro que el concepto de Narcisismo es polisémico, es decir, de lecturas poliédricas, y para evitar no perdernos en el bacalao semántico correspondiente me ceñiré a la acepción lacaniana que plantea el Narcisismo como el tiempo de constitución del Yo, por la vía del estadío del espejo, es decir, ese fenómeno de adscripción e identificación que el cachorro humano, batiburrillo pulsional y fragmentario hasta entonces, hace en relación a esa imagen organizante y totalizante que el espejo le devuelve. Ese acto epifánico de reconocerse en ese reflejo y de acceder al "¡ese soy yo!", conllevará el júbilo correlativo, que en honor del mito griego, calificamos de narcisista. Poderoso y cautivador espejismo, que, paradójicamente, constituirá el núcleo fundante de nuestra identidad, (mi) divino tesoro.
Hay que precisar, por obvio que resulte, que ese reflejo y ese espejo del experimento son además una metáfora, pues si no ¿qué sería entonces de los niños ciegos? ¿No tienen yo?
Así que convendremos que el tal espejo va a ser una representación del Otro significativo, 
y sus reflejos sus decires, mensajes singularizados que conocemos como enunciados identificatorios y que configuran paradójicamente con su alienación nuestra imagen más propia.
Lacan va a referirse a este fenómeno como una experiencia paradigmática del registro imaginario.

Ahora nos iremos a Freud para abordar otro concepto fundamental que se juega en este tema que nos convoca y que no es otro que el de la Transferencia. Todo el mundo lo conoce, así que lo transitaré rápido. Ya saben, se trata de esa tendencia inconsciente a reeditar en los vínculos del presente patrones vinculares constituidos en la relación con los objetos primarios.
Es un fenómeno universal que Freud recorta y define, convirtiéndolo en un instrumento técnico capital de la terapia psicoanalítica, pues atraviesa de punta a punta el vínculo del analizante con el analista, y sólo através de esa reedición vincular en el aquí y ahora transferencial es que se van a poder operar cambios transformativos en los viejos clichés cristalizados.
Va a describir dos vertientes del fenómeno  que se diferencian y que se ensamblan como el Guadiana a lo largo del curso de un análisis.
La primera la designa transferencia  motor, y es la que facilitará la rememoración y el trabajo asociativo mediante el que se desplegará el inconsciente.
Y la segunda es la transferencia como resistencia, que se da cuando en vez de manifestarse lo reprimido por la vía del recuerdo se juega por la vía de la actuación de los afectos, dando lugar al clásico enamoramiento o sus reversos, y a consecuencia de este enmarañamiento pasional se estancará la producción asociativa.

Lacan por su parte va a hacer sus propios desarrollos, de una complejidad que ha hecho escuela, y obviamente no es éste el lugar ni el momento para entrar en ello, pero inevitablemente tendré que recurrir y aunque sólo sea citar algunos de sus conceptos.
Digamos que va a articular esta dualidad freudiana recién expuesta con su propia cosecha, y a la transferencia motor la va a llamar transferencia simbólica, porque cursa por la por él llamada ruta significante, que es la que mola, pues apunta a la verdad del sujeto inconsciente.
Frente a la llamada transferencia imaginaria, que la enlazaría con la transferencia como resistencia de Freud, y que es la chunga, porque para Lacan lo imaginario es chungo y falaz, como el Yo, que vimos antes, y al que definirá como una función de desconocimiento. De esa guisa también considerará la transferencia imaginaria como el laberinto de pasiones narcisistas donde chapotean los afectos. Vade retro.

Visto lo visto, ya estamos en condiciones de abordar la cuestión a la que íbamos, que es la de la contratransferencia, o también llamada pertinentemente transferencia recíproca, pues se trata del mismo fenómeno pero invertido, referido ahora a la persona del analista respecto a su paciente.
Freud la menciona en unas pocas ocasiones en sus escritos técnicos y la presenta como un asunto complejo y problemático sobre el que el practicante, tras su propio trabajo en su análisis, debe estar avezado y tenerla bajo control para que no haga obstáculo en el proceso terapéutico.
Va a ser en la década de los 50, cuando los llamados posfreudianos la introducen como un tema clave en el debate psicoanalítico postulando como novedad el ir más allá de su condición de obstáculo y reconociéndole un valor de herramienta terapéutica.

Es ahí cuando emerge Lacan blandiendo su "retorno a Freud" y desenvainando su flamígera espada justiciera.
Criticará cualquier uso de la tal "contratransferencia", tachándola como el conjunto de prejuicios y resistencias del analista no suficientemente "depurado" en su análisis y denunciando su carácter imaginario, (ya saben, tremendo estigma conceptual en aquella época), al que opondrá un nuevo concepto redentor, el deseo del analista, que, atención, nada tiene que ver con los deseos mundanos del analista de turno, sino más bien se refiere a una función de carácter simbólico, que apuntaría a activar el deseo del analizante, un deseo que es deseo de saber sobre la verdad subjetiva, es decir, inconsciente. Es ésta la matriz de la transferencia simbólica, un empuje al saber  o una suerte de  transferencia epistémica que la distingue de la transferencia imaginaria y su corolario de sentimientos.

Así pues cuando hablamos del "narcisismo del terapeuta", tema de la ponencia que nos reúne, desde el psicoanálisis podemos plantearlo como un asunto contratransferencial que en términos lacanianos sería una manifestación de orden imaginario, y como tal, inconveniente y equívoca, que perentoriamente habría que evitar. Sería la expresión de una supuesta relación intersubjetiva entre terapeuta y paciente teñida de supuesta simetría. Horror. Una relación de yo a yo, o de tú a tú, que ilustraría proverbialmente la llamada 'oración gestáltica' del "yo so yo y tú eres tú...", frente a la decidida apuesta de Lacan por despersonalizar la figura del analista asignándole términos tan elusivos como "muerto", "semblante" o "des-ser".

Creo que éste es uno de los ejes de clara divergencia entre Gestalt y Psicoanálisis, al menos el freudolacaniano, y que comporta un debate interminable en el que no voy a entrar.
Sí quisiera aliviar este farragoso desarrollo teórico que les he endilgado pese a mi esforzado empeño simplificador con una viñeta fílmica que ilustre plásticamente conceptos tan áridos.
Pero en vez de proyectarla, que nos llevaría un tiempo del que no disponemos, se la voy a resumir de palabra.

Se trata del prólogo de la película La Misión que imagino que la mayoría de ustedes habrá visto.
Ya saben, Rodrigo Mendoza, es decir, Robert de Niro, es un mercenario cazador de indios que a la vuelta de una de sus tropelías se encuentra con que su novia está por su hermano menor, tras lo cual, herido en su orgullo de macho y cocido de alcohol lo reta a un duelo desigual y mortífero que acaba con su hermano cadáver y con él sepultado en vida, aplastado por el remordimiento en la mazmorra de un convento. Allí llega reclamado por el prior, Jeremy Irons, alias el padre Gabriel, un misionero jesuita que denunciará y sacudirá la molicie torturante y gozosa en la que se ha atrincherado De Niro, ese regodeo malsano y feroz en la ciénaga sadomasoquista que es la culpa. Y le ofrecerá una vía de salida, un camino de expiación, acompañarle en sus tareas humanitarias a una remota Misión. Mendoza acepta y emprenden viaje rumbo a la selva por una escarpada ruta fluvial, atravesando las tumultuosas aguas de un río salvaje y remontando precipicios insalvables que parecen un frontón, en el marco incomparable de las cataratas de Iguazú. A la dificultad y dureza de la ruta De Niro añadirá un plus, un amasijo de fierros varios, cascos, escudos, espadas y corazas, en una especie de morral que arrastra pesadamente tirando de una soga a la que va atado. Es un sobresfuerzo  constante al que se somete, al punto que uno de los frailes de la comitiva, el padre John, al que encarna Liam Neeson, acongojado, le conminará a su superior que lo pare, que "ya ha hecho suficiente penitencia, Padre", a lo que Irons le responde contundente, "pero él no lo cree así, y mientras él no lo crea, yo tampoco". 
Aunque esta admonición no impedirá que Neeson, en una ocasión en que De Niro lastrado por la morralla resbala y es arrastrado unos metros por la ladera, en un impulso libertador y machete en mano corte de dos tajos la maroma y empuje al vacío la ominosa chatarra.
Impertérrito, pero lanzándole una mirada tipo 'la cagaste Burt Lancaster', Mendoza desandará todos sus pasos y descenderá al río a recuperar su preciada penitencia. 
Si no querías caldo, toma dos tazas.

Se trataría ahora de poder aplicar a nuestro tema la didáctica moraleja.
Tomar nota de que el arrebato liberador del 'empático' cura/terapeuta no libera de nada al machacado paciente/penitente. Si acaso es una exclusa por donde evacuar la propia angustia del terapeuta ante una situación de conflicto o sufrimiento. Es decir, que es su propia 'necesidad', expresión muy querida en ciertos ámbitos, la que se impondría sobre la del paciente, precipitando un desenlace que no desenlaza nada, antes al contrario, lo cortocircuíta. 
Es muy importante observar el factor distorsionante que opera aquí darle cancha a la "contratransferencia", pues en nombre del bien del otro vehiculiza un acto que hace interferencia en el sinuoso proceso que el paciente precisa y que perfectamente  podría haber  llevado a abortarlo.

A diferenciar de esa otra posición de acompañamiento que detenta Irons, que respetando escrupulosamente los tiempos del analizante, se abstiene de intrusiones  reparativas. Lo cual no significa pasividad quietista alguna. Para nada.
Recordemos la actitud confrontativa en la celda mediante la que consigue provocar y despertar en De Niro el anhelo de redención o ese otro momento crucial durante el ascenso en el que Mendoza resbala y se aboca al abismo en el que queda suspendido y que gracias a la intervención atenta y firme del jesuita que resiste y le sostiene, evita el desastre. 
Posición activa pues, como activa es la llamada atención flotante, aunque no lo parezca.

Dicho esto y con conciencia de que desafía la ortodoxia analítica y su 'neutralidad benevolente', incluiré la escena final de este prólogo tan enjundioso. Me refiero a cuando llegan los intrépidos viajeros a donde los indios y éstos reconocen en el estrafalario personaje que cierra tambaleante la expedición al antiguo mercenario sanguinario. Uno sale a su paso cuchillo en mano, ante el sobresalto angustiado, otra vez, de Neeson, mientras Irons, confiado, pronuncia una frase en guaraní y deja hacer. La secuencia es tensa y rápida. El indio se encara gritando y blandiendo amenazante el cuchillo a un De Niro postrado de rodillas, rendido y dispuesto a acatar su destino. Pero finalmente, para su sorpresa, el nativo corta la cuerda y le libera del fardo de culpa y fierros que arroja al fondo del río. Mendoza, mudo y perplejo, rompe en desconsolado llanto mientras Irons, a unos metros, le mira conmovido y, ahora sí, se va a él y lo recoge en un abrazo reconfortante y compasivo.

Ya sé que en la Gestalt el abrazo es un lugar común. En psicoanálisis no, pues es difícilmente compatible con consignas de la índole de la impasibilidad o el des-ser. Pero a riesgo de excomunión o apostasía diré que yo le hago sitio al abrazo en ocasiones precisas y que esa experiencia de contacto corporal-emocional puede ser sin lugar a dudas una opción electiva apropiada y productiva.
Y es que ese tema, el del cuerpo, me parece de una importancia primordial y que seguramente daría para todo un debate, si no, para un congreso entero.

Bueno, tenemos que terminar.
Resumiendo. Del narcisismo del terapeuta ... ¡ojo y al loro!
Y a no confundirse intentando neutralizarlo con la tentación estatuaria o de esfinge.
No va de eso. La cuestión a dirimir no es si pastel o si granito. Es una cuestión brujular. De saber dónde está el norte. Y así, como Jeremy Irons, jaquear el goce y apuntar a la verdad del sujeto, esto es, a lo que atañe a la asunción de su falta. Lo demás, serán frutos sobrevenidos de esa travesía fecunda.

                                                               
                                                                                                                          En Málaga, 29 de Abril de 2017

( Para ampliar sobre el tema consultar Del Narcisismo y otras hierbas)


jueves, 13 de abril de 2017

LA MASCARADA PERVERSA









Atravesando los campos de Orihuela rumbo a Cartagena me ha asaltado sin avisar 
el perfume del azahar. Ya es primavera, y no sólo en el Corte Inglés, también entre las huertas, 
los naranjos y en la piel.
Hay olores que son chutes psíquicos, impactos directos en el rinencéfalo que disparan un caleidoscopio sensitivo. Abrupta irrupción de percepciones primarias que, como la magdalena de Proust, te arrojan a las catacumbas de tu infancia.

Pero no es mi intención derrapar por esos lares. Decía que la primavera está aquí y que ya toca retomar la faena. Ponerme al tajo y recuperar la palabra activa, porque La la land estuvo bien, y sus ecos me acompañaron durante mi hibernación escritural haciéndola más llevadera, pero la vida sigue y las zapatillas aprietan.

Así que hoy quisiera abordar un tema novedoso en mi repertorio, las perversiones.
No es un tema fácil en absoluto, más bien al contrario, creo que es complicado, bastante complicado, y fundamentalmente oscuro. De hecho podemos decir que su dificultad proviene de su oscuridad. Le he dedicado un tiempo considerable a recorrer los distintos textos que he encontrado alrededor del tema y el resultado ha sido ciertamente interesante, a la vez que también decepcionante. La vida misma.
Precisar que me he centrado en autores del campo psicoanalítico y dejaré constancia que no abundan. No es casualidad claro. Digamos que la clínica de la perversión no frecuenta los divanes. En lo que a mí respecta puedo decir que en más de treinta años de ejercicio profesional he atendido sólo a dos personas que caracterizaría como tales, y en ambos casos  su asistencia fue breve. No es casualidad tampoco. Digamos que perversión y diván albergan una incompatibilidad estructural. Trataré de argumentarlo.

Pero en primer lugar habrá que delimitar de qué hablamos cuando hablamos de perversión, porque es éste un campo semántico especialmente abigarrado y confuso, y aunque resulta obvio que un lugar como éste, un blog zapatillero, no es el marco más adecuado para desplegar discursos eruditos ni desarrollos elocuentes, no pecando yo de esas virtudes, intentaré hacer una primera aproximación lo más sencilla y asequible posible que perfile el estado de la cuestión y ponga un poco de claridad en lo oscuro, aunque desde ya aviso que dada su complejidad va a ser más densa y extensa de lo habitual, así que no tengan reparo en tomarse su tiempo y sus pausas.

Tal vez convendría empezar citando a Krafft-Ebing, un psiquiatra vienés que en 1886 publicó la Psicopathia sexualis, un libro, el primero de su género, que recoge un variado catálogo de 'casos clínicos' que presentan una galería de conductas excéntricas en relación a la sexualidad a las que calificará de perversiones o aberraciones sexuales. En aquel tiempo se pensaba la sexualidad como un instinto encaminado a la procreación dotado de su cuota de placer. Así pues sería una conducta marcada hacia un fin y un objeto genéticamente predeterminados, el coito heterosexual. Todas las prácticas que se desviaran de ese patrón serían consideradas desviaciones patológicas. El muestrario que presenta K. E. es de lo más variopinto, desde la zoofilia al trencismo, pasando por la homosexualidad, la masturbación o el canibalismo, e incluyendo términos de acuñe propio como es el caso del sadismo y el masoquismo. Un tutifruti bien revuelto que clasificará en función de si se transgrede el fin o el objeto sexual. Tal cual.

Freud en 1905 pública Tres ensayos para una teoría sexual donde partiendo de Krafft Ebing se desmarcará de él y minará para siempre el código normativizante. Planteará que la sexualidad no se ciñe a la genitalidad y a un fin procreativo sino que cubre un espectro más amplio. Vendrá a decir que hay una energía sexual a la que llamará libido que se pone en juego desde el primer encuentro del cachorro humano con su madre, que cuando le da el pecho para calmar su hambre no solo le aporta leche sino también el caudal de sensaciones que se despiertan en ese contacto de intimidad cuerpo a cuerpo. Es decir, aquello que va más allá de lo nutricio y es de orden vincular. A eso lo va a calificar de sexual, y planteará una escala o fases libidinales evolutivas en la relación con el Otro significativo en función de la zona erógena prevalente. Oral, anal, (fálica es una adición de 1923) y genital.

Dirá también que la sexualidad humana no es de orden instintual y abandorá el término instinkt para sustituirlo por un nuevo concepto, pulsión (trieb) una fuerza acéfala, parcial y sin objeto predeterminado que empuja hacia la satisfacción. Este pasaje que Freud introduce es capital, y con Lacan diremos que es el resultado de la inmersión del cachorro humano en un universo de lenguaje, inmersión que trae consigo esa pérdida irreversible del estado de naturaleza y sus correlatos instintivos.
Esa pérdida del carril instintual abrirá el campo pulsional a una deriva objetal incierta y sin garantías. Será el sustrato conceptual que precisa para dar cuenta de su tésis más escandalosa. Todos los infantiles sujetos, ahí donde los ves, querubines ellos, son unos perversos polimorfos. Hay una sexualidad infantil activa y polimorfa, una anarquía de pulsiones que atraviesa los distintos estadíos erógenos pregenitales rumbo a una síntesis final bajo la égida de una genitalidad madurativa que las encauzará y subsumirá debidamente. Pero en el ínterin, ancha es Castilla. Y explicará el campo de las perversiones como consecuencia de un fallo en la función de síntesis genital debido a determinadas fijaciones en etapas previas.

Constituye un enfoque revolucionario, aunque un tanto simplista por etapista, pero supone un salto cualitativo hacia adelante a años luz de las tésis degenerativas de sus contemporáneos.
Habrán de pasar más de 20 años para que publique El Fetichismo, un texto de 1927, donde pertrechado de nuevas elaboraciones teóricas de gran calado (el más allá del principio del placer, la fase fálica, la segunda tópica y la nueva teoría pulsional) ya estará en condiciones de retomar el tema de la perversión con un planteamiento que podemos calificar de estructural.
¿Por qué estructural? Porque más allá de la variedad fenoménica de sus manifestaciones apunta a un mecanismo común, la defensa. Y así podrá hacer un diagnóstico diferencial de las llamadas Estructuras Clínicas en función de su mecanismo de defensa prevalente, estableciendo así que será la represión la propia de las Neurosis, el repudio (forclusión en Lacan) en las Psicosis y la renegación en las  Perversiones.
Defensa ¿frente a qué? Frente al encuentro con la Castración, dirá Freud, o frente a la Ley del Padre dirá Lacan. Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de castración y de ley del padre? Hablamos del Complejo de Edipo, que a estas alturas, mi querido lector, doy por sabido pues lo hemos tratado en diversos posts anteriores y en la duda a ellos os remito ( De la madre fálica y Padres hay más que uno por ejemplo).

Vale la pena detenernos a analizar cómo elabora su tesis en relación al Fetichismo.
Parte de una premisa previa, la que va a llamar la Premisa Fálica, o la infantil creencia imaginaria en la universalidad del pene. Aquí procede diferenciar la diferente significación que en psicoanálisis se le da a pene y a falo, siendo el primero el término referido al órgano anatómico y el segundo a la representación investida de máximo valor que se hace de él.
Es ahí donde nos vamos a encontrar la figura de la madre fálica, esa recreación de la madre como poseedora de un pene o falo imaginario, o dicho en castizo, aquella a la que no le falta de na. Es lo que caracteriza la llamada Fase Fálica, preámbulo de la Fase Genital, aquella en que el infantil sujeto se enfrenta a la realidad de la diferencia de los sexos. Toda esta operatoria constituirá el llamado complejo de castración que en términos lacanianos se correspondería con la castración imaginaria pues atañe a una falta imaginaria, la del tal falo, pues a ese respecto en realidad a la madre no le falta el pene en la misma medida que al padre no le falta la vagina. Aunque sabemos con Lacan que no es una cuestión de simetrías, pues es ahí donde el falo a través de su pregnancia imaginaria se revela en su vertiente simbólica como un significante singular, el significante de la diferencia y de la falta simbólica.

Y con estos presupuestos describirá el mecanismo fetichista como la respuesta específica de aquel niño varón que ante el encuentro con la desnudez materna y la evidencia de la ausencia de pene experimentará una gran angustia, la llamada angustia de castración, que disparará sus alarmas narcisistas formuladas en estos términos: "Si ella lo ha perdido yo también lo puedo perder"
Y ¿en qué consiste esa respuesta específica? Pues como dijimos antes, en el tipo de defensa que se pone en juego ante el encuentro con la castración, y en el caso de la respuesta perversa dijimos que era la renegación. ¿Y en qué consiste la renegación? En el rechazo de una representación intolerable a través de la afirmación de la opuesta.
Y es por eso que el fetichismo es el paradigma de las perversiones pues su modus operandi ilustra cómo ninguno el mecanismo de la renegación. Rechaza la representación intolerable, mi madre no tiene pene, con la afirmación opuesta, mi madre sí tiene pene, mediante el suplemento del fetiche que vendrá a representar y sustituir al falo materno faltante.
Quede claro que todo este chalaneo representacional se juega a nivel inconsciente.

¿Y qué objeto va a hacer de fetiche? se pregunta Freud.
Y va a señalar que la sustitución no viene dada tanto por cuestión de semejanza como por cuestión de vecindad. ¡Agudo apunte pardiez! por más que su explicación resulte una vez más de lo más rústica. Y describirá que en el trance de tan trascendente epifanía el niño, a la sazón ese ser bajito habitante de los suelos, cuando al desprenderse ella de su lencería más íntima y él descubra el pastel, echará mano de alguno de los objetos que le circunden en su privilegiada perspectiva para hacerlo depositario de su condición de velo y velar el hallazgo, 'la cueva del milagro' que diría el Aute, y de ahí la frecuente connotación fetichista de bragas, zapatos, tacones, pies, pieles y vellos varios.

Por cierto también va a dejar constancia Freud de que el fetichista no plantea quejas respecto a su peculiar hábito, antes al contrario, se siente muy satisfecho con su secreto y las ventajas que le reporta. Describe algunas, quizás un tanto pintorescas, de las que rescato una que me parece de especial interés. Dice: "El fetichista no haya dificultad alguna en lograr la gratificación sexual que otros hombres deben conquistar con arduos esfuerzos"

Y de nuevo su aguda observación nos señala la dirección de un asunto que es clave.
Está cotejando la diferente relación con 'la gratificación sexual' que encuentra entre el fetichista y el resto del común de los mortales, alias los neuróticos, tan atribulados con los frustrantes devaneos y angostos calvarios que su vida sexual les comporta.

Y es el momento para dar un salto cuántico y aterrizar en territorio Lacan que con sus desarrollos depura las propuestas freudianas, que como hemos visto, con frecuencia resultan un tanto rústicas, decíamos, cuando no ingénuas o fontaneras. Traduciremos pues el apunte freudiano al nuevo código. Y diremos que el neurótico se mueve en su sexualidad en el campo del deseo y el perverso se mueve en el campo del goceY eso tiene consecuencias ¡claro!
Porque el deseo, hijo de la falta, ya se sabe, es incierto, y la incertidumbre es fuente de malestares y angustia. "Quien no sabe de amores llorona, no sabe lo que es martirio" cantaba la Chavela.
Y ese es el destino ingrato del amor. Frente a ello el perverso con su fetiche estará a salvo de los dilemas del amor y del deseo. Él no entra en los desgarros de la duda. Él está en la certeza del goce.
Él es el que sabe del goce, ese que el neurótico amaga y esquiva. Por eso resulta tan atractivo para quienes desde sus deseos temidos lo anhelan y en ocasiones lo juegan. Y después lo sufren y lo pagan con sus interminables cuotas de culpa.
Y claro, desde esa posición de sabiondo difícilmente acudirá a un analista, un sujeto supuesto saber. Porque sólo desde estar en falta en el saber es posible poner en marcha un análisis. Si se diera inopinadamente el caso de que por error llegara a presentarse, más que un proceso será una partida, donde él, claro, siempre lleva las de ganar, pues no contempla la opción de la pérdida.

Así pués neurosis y perversión decíamos antes que eran el resultado de distintas defensas ante la castración. Es decir, distintas posiciones subjetivas ante el límite: acatamiento y recusación, que les recuerdo, son inconscientes.
Y acatar el límite no implica su obediencia, bien lo sabemos, ya que nos habita pulsante la tentación, musa oscura del territorio del deseo y sus extravíos. Y recusarlo, nos aboca al manual del goce y sus certezas. Lacan no hablará de deseo en el perverso, sino de voluntad de goce. Y pese a enarbolarlo airadamente como bandera de la libertad, o mejor, del libertinaje, se convertirá paradójicamente, a poco que des la vuelta a la esquina, en un implacable imperativo categórico que te machaca con su letanía, "¡Gozaaa!"

Visto lo visto es fácil apreciar el fetiche como un tapón de la castración y una llave del goce.
Llave en tanto garantía de acceso pero también condición sine qua non.
Es el fetiche un artificio inerte y fijo sin el cual no. Es su fijeza un rasgo característico de lo perverso. Fijeza y fijación inquebrantable y sin fisuras no vaya a ser que.... De ahí también la monotonía del repertorio perverso. Aburrida representación del mismo sainete. Reiterada y hastiante pantomima. Meticuloso y escrupuloso ritual perverso. Mucho ruido y muchas nueces, pero tras el ruido y las nueces, sota, caballo y rey. Compulsión a la repetición le llaman.
Vade retro lo imprevisible. Bon jour desidia, bye bye sorpresa.

Pero si hemos hablado de sainete y pantomima en la performance fetichista insuperablemente ilustrada en el Casanova de Fellini por un ridículo y saltimbanqui Donald Sutherland y su inhóspito pajarraco mecánico, no podemos pasar por alto la tragedia y el horror que encarnan personajes bien distintos como el asesino en serie interpretado por Kevin Spacey en la magnífica Seven.

Y esto es un cambio de tercio. O de pareja de baile. Atención pues, y ¡cuidadín!
Abordaremos la figura del perverso sádico, así denominado por Krafft Ebing en homenaje al Divino Marqués. Y habrá que aclarar que el psicoanálisis hace de él una categoría perversa que a menudo se confunde, se superpone o se malea con otras etiquetas de mayor arraigo convencional y mediático, pero no psicoanalíticas, como por ejemplo el término de psicópata.

Ya saben, se trata (doy por hecho que todos la han visto y si no, háganlo, pues aviso que forzosamente destriparé el final) de un serial killer que ha ido cometiendo cinco asesinatos con parafernalia gore firmados cada uno con un pecado capital. El desenlace es magistral.
Capturado finalmente por los detectives que llevan el caso, interpretados por Morgan Freeman y Brad Pitt, les conduce a una misteriosa cita en medio de un paraje desértico. El diálogo es elocuente y sin desperdicio pero me ceñiré a los hechos.
Llegados a un punto concreto del mapa se encontrarán con una furgoneta que puntual les entrega un paquete de tamaño mediano. Lo abre Freeman con reservas y descubre con espanto el siniestro contenido. Es el momento en que Kevin Spacey le cuenta a Brad Pitt que fue a visitar a su encantadora mujer (la pobre G. Paltrow) esa mañana y que le pidió algo que ella no le quiso dar y se lo tuvo que arrebatar. Y confiesa que su pecado es la envidia. Ante los gritos de advertencia de su compañero y las revelaciones del asesino, B.P. perplejo e incrédulo se enfrenta a la feroz realidad del horrendo crimen. Y tras un titubeo espasmódico y desgarrador le descerraja a bocajarro todo el cargador. Se cumplió el séptimo pecado, la venganza. Y Brad Pitt, devastado, acaba detenido mientras Morgan Freeman, testigo impotente del gambito fatal, derrotado, se jubila.

La peli nos muestra de modo cristalino el meollo de la causa perversa. Veamos.

Hemos dicho más arriba que el perverso ante el encuentro con la castración, la registra y la impugna. Traducido al lacanés, diríamos que impugnaría la Ley. Y en cheli, que 'pasa' de ella.
Pero curiosa manera de pasar es ésta que se dedica a convocarla insistentemente. Se dice que el rasgo princeps del perverso sádico es el desafío, el permanente ejercicio de la transgresión, siendo ésta su particular forma de reclamarla, para luego, una vez presentificada, burlarla.

Lacan, al que le va la marcha, afirmará en tono provocador que el perverso es el último creyente, o incluso, el último cruzado de esa guerra santa que es sostener al Otro del goce.
¿Quién es el Otro del goce? Pues la versión lacaniana de la Madre fálica freudiana. Es decir ese Otro sin tacha, sin barra, exento de la castración. Mismamente Dios Javhe que en su omnipotencia no tiene ningún problema en liquidar a la humanidad (casi) al completo por pecadora. De hecho Kevin Spacey se proclama sin remilgos su emisario.
Curiosamente, en el otro bando, Sade, ateo confeso y militante, se proclamará embajador del Mal Supremo y oficiará religiosamente en sus novelas sus misas negras. Y es que ambos dos desprenden un tufillo común. Y nos surge una pregunta que nos pone contra las cuerdas.
¿Acaso no vendrán a ser Dios y el Maligno las dos caras del mismo espejismo?
Espejismo imaginario de completud como esa Madre fálica que el perverso se empeña en sostener por encima de todas las evidencias. Empeño al que cosagrará su vida y sus energías hasta en ocasiones llegar al extremo de entregarla. Como Spacey inmolándose por su Causa. 
Embajador, emisario o mártir, a fin de cuentas paladín de la causa del Otro, distintos ropajes para vestir su condición de falo imaginario de ese Otro que él completa. ¿Acaso no es él mismo carne de fetiche?

Y ya puestos, ¿quién es el ilustre enemigo a batir en tan enconada cruzada?
De nuevo Seven nos lo muestra sin tapujos. La respuesta es Brad Pitt, pero no por su cara bonita, sino por lo que representa. Como comisario de policía es el representante de la ley. 
Es decir, del Otro de la Ley o Padre Simbólico del tercer tiempo.
La partida se juega ahí. Lo que se impugna es esa dimensión de la falta simbólica. Dejar en evidencia su patraña y su inconsistencia. "Llegado el momento preciso tú y yo somos iguales", le espeta K.S a Brad Pitt, cosa que éste le niega pero que con su acto final ¡ay! le certifica. Puesto que él, supuesto garante de la ley, también la transgrede. Esa es la victoria que denuncia Morgan Freeman, "testigo impotente del gambito fatal" (y me autocito porque me ha molado la ocurrencia). Y es que la verdad es así de cruda, el Otro de la Ley está barrado, y por lo tanto en falta y expuesto, sin red ni garantías. Por desgracia ya sabemos que casi siempre ganan los malos o en lacanés los fálicos y que la tentación del Amo es una amenaza corriente y cíclica. No tienen más que asomarse a la Historia y a las noticias.

Tocaría ir terminando, que me ha salido ya un post de talla gansa que puede llevar al empacho a más de uno, pero me colea algún asunto que sería una pena dejar fuera.
Y donde digo asunto podría decir preguntas, dudas, marrones y pegas. Ni más ni menos que claroscuros en este universo de luces y sombras.
Hablando de sombras, no cuento en mi currículum el haber leído Cincuenta sombras de Grey ni sus secuelas. Sí que medioví la película en la tele y francamente me pareció un pornobodrio sadomaso, light, soft, zero o ni eso. Sin sustancia. Y sin comentarios.

Metonimias de la vida, el actor que hace de Grey, Jaimie Dornan, interpreta a su vez al protagonista de una serie inglesa de trama policiaca llamada La caza (The Fall) compartiendo la pantalla con Gillian Anderson, la agente Scully de Expediente x.
Encarnan respectivamente al estrangulador de Belfast Paul Spector y a la superintendente de la Metropolitana Stella Gibson, y la relación que se establece entre ellos da mucho juego. La serie se compone de tres temporadas cortas con 17 episodios en total que aborda una historia de unas pocas semanas que es lo que dura la investigación del caso. Lo que podría haber sido contado en el formato de un largometraje estándar aquí se quintuplica, lo cual permite el desarrollo parsimonioso de los hechos (a veces incluso MUY parsimonioso) y algo muy importante, profundizar en la psicología de los personajes, pero más que por darnos mucha información, por permitirnos estar con ellos en muchos momentos aparentemente triviales, sin apenas timing dramático, pero de un modo que nos familiariza sutilmente con su forma de ser y casi imperceptiblemente consigue ponernos en su piel.

Es este aspecto el que me interesa rescatar, porque en su proximidad elide el retrato de trazos gruesos y se zafa de un relato maniqueo. Paul, el asesino implacable, es un tipo inteligente y sensible, que en su vida oficial ejerce de padre entrañable y coaching psicológico. Nadie imaginaría lo que sale a  hacer algunas noches. Para nada. Que se lo pregunten a su mujer, estupefacta sin remedio. Y es esta doble faz la que recogen los clásicos como el doctor Jekyll y mister Hyde, el señor escondido y monstruoso que aflora tras la ingestión de una pócima alquímica. Así es el perverso, pero sin pócima. ¿Cómo explicar esta dualidad?
Ya saben, aquí resuena el genio de Freud hablándonos de la renegación, o de cómo coexisten sin conflicto aparente representaciones opuestas. Y la venerable spaltung, escisión del yo y sus entretelas. Lo que pasa es que desarrollos posteriores mostrarán que la tal escisión no es patrimonio de los perversos. Ergo, ¿cuál es la frontera?

Y de eso va la cosa, de fronteras. Porque digámoslo ya, hay fronteras que no están claras, territorios donde el mestizaje es la norma y entre el blanco y el negro el mulato pide la voz, y no puedes silenciarla por mucho muro trumpero que levantes o estéticos trípodes estructurales que diseñes. Siempre te tropezaras con esa turba de migrantes y refugiados sin patria, por mucho que los encierres en lugares sin nombre o les cierres en vano el maldito paso. Les recuerdo que algunas nosologías les designan como cuadros border lines fronterizos.

Volviendo a lo que íbamos, hay una escena memorable en el último capítulo de la segunda temporada, el interrogatorio, un momento largamente esperado en el que Paul y Stella por fin se encuentran. Es un diálogo apasionante desde lo gestual a lo verbal, un pulso de poder en el que las sillas están marcadas, acusador y acusado, pero en el que por momentos, sin solución de continuidad, se invierten o desdibujan los papeles.
Él le dice a ella: 
"Stella, tú no lo puedes entender. Nunca has perdido el control. Lo que yo pienso o siento va más allá de lo que tú llamas fantasías. El mundo que yo percibo es pura intensidad, algo fascinante y compulsivo de lo que nada ni nadie te puede apartar, ni la moralidad, ni las leyes, ni la religión. En ese momento el mundo exterior no importa nada. Sólo el mundo interior es real. Todo eso es tan insignificante como la vida que estás a punto de extinguir"

Meridiano testimonio de cómo funciona en un régimen pulsional en el que el Otro simbólico no opera, ha perdido su eficacia. ¿Y cómo se llega ahí?
Es hijo natural de una madre que se suicida contando él 8 años. Sin rastro alguno de padre, huérfano y abandonado, cae en las redes de la Asistencia Social ingresando en el circuito de los hospicios con curas pederastas para salir al de los hogares de acogida. Relatará aficionarse posteriormente al asalto subrepticio de casas donde espiar a 'familias normales' y de las que se llevará algún mínimo objeto o pieza de ropa interior. 
Cuando ya joven mantiene relaciones sexuales con mujeres pronto se aburre de las prácticas convencionales y explora modalidades alternativas, llegando a algunas de tensión extrema y en una ocasión, por accidente, la mujer muere asfixiada. Huye del país. Se cambia de nombre. Se casa. Trabaja. Y tiene una hija...y después un chaval...Pasan diez años de crianza y de latencia en los que bosqueja sus macabras fantasías en su libreta de los horrores, hasta que un día se decide a pasar a la acción y la cacería comienza. 

Comete su primer crimen. Todo meticulosamente planificado. Dirá:
"Algo se activó en mí y crucé una línea. Lo que había hecho no se podía deshacer. Desde ahí algo te separa del rebaño para siempre. Te libras de las ataduras de los poderes divino y secular, cuando la tienes entre tus manos entre la vida y la muerte sientes un poder casi divino, la posesión completa. Así que ¿por qué no hacerlo otra vez...pero mejor?"

Y efectivamente ¿pour quois pas? será la contraseña del perverso, que a golpe de acciones deja atrás la cháchara de las palabras, las razones y los prejuicios.
Y con su acto cruza una línea, un límite, una frontera, que le exilia para siempre del rebaño.
Más gráfico imposible. Pero es importante subrayar que esa elección decisiva y definitiva viene precedida de todo un proceso de gestación, con sus grados, sus tiempos y sus pausas.
Que en el camino hacia el asesinato explora tentativas sádicas previas, y que también practica otras artes como el voyeurismo y el fetichismo. Así pués todo un mezclaíto parafílico, lo cual da que pensar sobre los que postulan la especificidad de las distintas perversiones y sus compartimentaciones estructuralistas de vía estrecha. Ya puestos, también da que pensar el mantra mil veces repetido sobre la falta de culpa en los perversos, y su incapacidad para el arrepentimiento. Paul Spector mata entre su poker de víctimas a una mujer que la autopsia revela que estaba embarazada. Cuando se da a conocer la noticia queda impactado, un imprevisto inaceptable, algo que le rompe los esquemas, 'los niños son sagrados', y que le lleva a llamar al padre de la víctima para pedirle perdón. Está claro que él tiene sus propias fronteras. Su propia ética.
Encerrado en una clínica de seguridad, no sin antes tentar, reconocer y finalmente machacar al padre-psiquiatra, se suicida ahorcándose. Una última burla triunfal sobre el Otro/el sistema. Y un fúnebre y postrero homenaje a su madre, especular y fusional.

Un último asunto, y sé que me dejo unos cuantos en el tintero.
Le pregunta la detective Gibson: "¿Realizas actos sexuales con ellas?"
Contesta: "No soy un violador. No realizo ningún acto sexual con mis víctimas"
¿A qué viene ese prurito de honorabilidad?
Gibson replica implacable: "Lo haces motivado por fantasías sexuales y usas la fuerza bruta. Eres un violador"
Y en ese diálogo de besugos se condensa la esencia del acto perverso, su naturaleza transgresiva y sexual. Es decir, más allá de su fenomenología variopinta y transversal, no es casualidad que el núcleo duro subyacente sea una transgresión de orden sexual, o ya puestos, una transgresión del orden sexual  congruente con la renegación fálica que Freud desvelara en aquel remoto texto sobre el fetichista.

Ahora sí terminamos. Decir que el somero recorrido que hemos hecho por el espectro perverso, ese abanico de conductas sexuales excéntricas, que decíamos al principio citando a Krafft-Ebing, (y nunca más atinado el adjetivo, ex-céntricas, por fuera del centro, de la norma) podríamos resumirlo como el pasaje desde ser el espectador de la falta materna que tapona mediante el birlibirloque del fetiche como falo suplente, a ser propiamente el falo, el fálico no castrado, por encima de la ley, que le pasa al partenaire de turno la bola de la castración haciéndosela patente vía angustiarlo, actuando la lógica del "yo no pero tú sí, que eres un pringao ¡y te jodes!". Ahí se sitúa la figura del sádico, que ya hemos tratado en profundidad, y a corta pero cutre distancia nos encontramos escondido tras la esquina al exhibicionista y su patética gabardina presto a montar el numerito ante una colegiala despistada a la salida del colegio de monjas.

Yo añadiría una última pero crucial caracterización, la del travesti. Aquel varón disfrazado de mujer que no ha mucho era carne de vodevil o de cabaret. Y oficiaba siempre el mismo espectáculo. 
Un despliegue de sus artes de mujer reinona, para, llegada la apoteosis, rematar la faena con ese gesto cantado que es dejar caer su velo, y en su regocijo, mostrar a la morbosa mirada de un público cómplice su pene real. ¡Virgen santa! ¿Cómo es posible? ¡Si no lo veo, no lo creo!.

Ya no es un fetiche tapón. Tampoco es ser el falo de marras. No, aquí el prodigio es completo. Señoras y señores, ante todos ustedes, sin trampa ni cartón, la mismísima Madre Fálica. 

Y es que a fin de cuentas mi querido lector la perversión no es más que eso, una mascarada siniestra, un tragicómico recital de puro teatro.

 Aplausos. Telón. Por hoy, cumplida la ceremonia, se acabó la función.


                                                             En Mamouna, el Jueves Santo de la Semana Santa de 2017


domingo, 5 de febrero de 2017

LA LA LAND y que nos quiten lo bailao (una reflexión sobre el azar y el destino)








"Madre no hay más que una" es un proverbio lapidario que no se anda por las ramas. Es una declaración de pasión filial incontestable que dinamita cualquier atisbo de democratizar la función materna.
Que se jodan las madrastras con su lúgubre leyenda, ya sea la de Cenicienta, mezquina y sistemática cercenadora de cualquier destello de subjetividad, ya la de Blancanieves, bruja y narcisa hasta decir basta.
Tampoco las suegras salen mejor paradas en el reparto de roles colectivo y de muestra el mataidem de chufla y pandereta de las viejas Nocheviejas o el dolor que te estremece cual latigazo ladino cuando irritas accidentalmente el cubital. 

En fin, esta deconstrucción en clave edípica sólo era una manera de reivindicar a Viky, mi suegra, una mujer excepcional, con la que el otro día fui a ver LA LA Land, en mi caso por segunda vez en una semana. Se dio la circunstancia de que para mi sorpresa, cuando toda la tropa harta del atasco kilométrico se pone a cantar y a bailar entre los coches desgranando sus sueños ante la ciudad de las estrellas, en esta ocasión, por un fallo técnico, no había subtítulos que nos lo tradujeran. Ni tampoco cuando Mia fantasea ante el espejo con ese "one in the crowd" que la aguarda desde siempre. Y así sucesivamente a lo largo de toda la peli.
Tras explicárselo contrariado a Viky, me contestó sin apartar la vista de la pantalla, "Da igual, es tan buena que no importan las palabras" 

Este comentario inapelable da testimonio de ese "algo" especial que contiene esta película. 
Algo que trasciende el hito de sus catorce nominaciones a los Óscar, su arrollador éxito en los Globos de Oro, su algarabía mediática y el enconado debate que suscita entre tribus de filias y fobias.

Me aparto del ruido. No me interesa.
Sí me interesa dejar constancia de mi experiencia, pues yo soy el primer sorprendido.
Que quede claro, no me ponen los musicales. Ya desde niño los sufría. Incluso enamorado de Marisol o fascinado con Mary Poppins, no soportaba cuando una pandilla de deshollinadores hiperactivos se dedicaba a dar brincos entre las chimeneas mientras nos soltaban una tabarra interminable intentando contagiarnos de un optimismo absolutamente incongruente.
Al claqué de Fred Astaire nunca le pillé el punto y Gene Kelly, desfilando por las paredes o agarrándose a las farolas, siempre me pareció el pesao repeinao al que le dió un subidón inolvidable una noche cantando bajo la lluvia. Rescato fragmentos, versos sueltos, estrellas errantes. Y una perlita española muy divertida, Al otro lado de la cama. Poco más.

Rácano historial lo sé, por eso mismo no entiendo muy bien lo que me pasó el otro día, pero el hecho es que mientras contemplaba absorto la historia y el espectáculo, el tiempo quedó suspendido y cada vez que el piano entonaba el tema principal algo me embriagaba el alma.
Podría argüir, 'es la historia' (y sí, es la historia), o 'es ella, Emma Stone' (y sí, lo confieso, es ella, es Emma Stone, arrebatadora en cada plano) pero también 'es él, Ryan Gosling' (el duro prota de Drive) en trance íntimo conjurando las teclas del piano como quien tocara las teclas del alma, y conforme lo escribo me doy cuenta de que ese algo que me conmueve y no sé cernir tiene que ver con el alma, sea lo que fuere ésta. 
Porque, ya que estamos, ¿qué demonios es el alma? 
Sí, me conozco la etimología, pero ¿de qué coño hablamos cuando hablamos del alma? 
¿Apuntamos a lo mismo que cuando decimos corazón?
No me quiero poner metafísico ni trascendente ¡ay! ...pero la cosa tiene su aquél.
A vueltas con el malentendido estructural. ¡Manda huevos!
Y con la dificultad intrínseca de las palabras para poder dar cuenta de lo que a ellas se les escapa.
Frontera de lo inefable. Mística de todo a cien.

Así que mi suegra sabía lo que se decía cuando largó aquella frase en la oscuridad de la sala con la misma naturalidad del que bebe agua cuando tiene sed.
Pero partiendo de ese valladar elemental, el psicoanálisis, a su manera, se afana en intentar apalabrar lo apalabrable, en decir sobre lo indecible, en merodear lo innombrable, ... manque pierda.

Y yo quisiera decir algo más sobre la peli de marras, a riesgo de perderme.

Se trata de una romántica historia de amor. 
Escribía yo el otro día..."Para mí, desde ya, carne de clásico", y es que, salvando todas las distancias y diferencias que ustedes quieran, se pone a rebufo de Casablanca, el clásico por excelencia, a quien le rinde homenaje en un guiño explícito. "¡Ála, tres pueblos te has pasao!" pensarán algunos, ...puede, pero para gustos los amores. También para los disgustos.
Una historia de amor romántica suele ser la historia de una pasión atravesada por un destino que se tuerce. Y hablar de destino es una forma de atribuirle una causalidad al puro azar, un designio a la casualidad, un sentido a la coincidencia.
Y de azarosa podríamos calificar la escena del flechazo de Mia, deambulante nocturna por las calles de una ciudad vacía tras habérsele llevado el coche la grúa. Azarosos pasos que le conducen por una acera en la que escucha los sones acompasados de un piano al pasar ante la puerta cerrada de un club. Se detiene. Retrocede. Duda un instante y se decide a entrar. Y allí sucede el milagro. La melodía que la cautiva la va a dejar estupefacta ( y a nosotros con ella) al ver que la interpreta al piano el tipo que le hizo en el atasco de la autopista una ofensiva peineta.
Flamante flashback en el que retomando desde la escena de la peineta nos presentan a Sebastian, un pianista de jazz semideshauciado que consigue que le den una segunda oportunidad de trabajar en el tal club tocando villancicos como música de fondo mientras los comensales celebran su cena de Navidad. Hastiado de repetir Jinglebells y Noche de paz se toma la licencia, contraviniendo las normas, de tocar por unos instantes su melodía favorita. Ese va a ser el momento preciso en el que Mia cruza ante el bar y capturada por sus acordes abre la puerta de una historia que cambiará sus vidas. 

¿Azar? Sí, azar, pero no sólo. También subjetividad. Resonancia emocional, pausa, atención, rectificación, y determinación. Si ignoramos este conjunto de condiciones nada de lo ocurrido hubiera sucedido. Si ignoramos lo que de nosotros se juega en el "azar" no seríamos más que marionetas animadas en manos de un fatum arbitrario y banal.
Pero no. Nosotros elegimos. Elegimos siempre. Incluso cuando nos rehusamos a elegir.
Elige Mia seguir la rueda de su destino con Greg, ese novio convencional que la lleva a una de esas cenas que pueden entretener tu vida a ninguna parte. Y elige Mia cuando pensando en la cita a la que ha faltado cree alucinar la melodía que la ha enamorado, y no, no alucina, otra vez el azar se le manifiesta vía hilo musical y ella, sí ella, decide arrancarse de aquella pantomima vacua y con un 'lo siento' y sin volver la vista atrás parte a la carrera rumbo hacia su destino, éste sí, guiado por su deseo.

No les voy a contar la peli. A quien ya la vio se le haría farragoso, y quién todavía no la haya visto ¿a qué esperan? Dejen de leer y no se la pierdan. No vale dejársela para cuando la pongan en la tele, o bajársela de internet. No sean cutres. Es una peli que pide ser vista en el cine. Sean generosos y regálense la experiencia. O no. Ya saben, cada uno elige.

Pero para quien ya la haya visto o quienes decidan ignorar mi recomendación haré un último comentario que, aviso, contiene spoilers.

Dijimos que era una historia de amor romántica, la historia de una pasión cuyo destino se tuerce. Es lo que suele sucederle a las pasiones cuando pasado el tiempo de las nubes aterrizan en la realidad y habitan en ella. Y la realidad es que ella es actriz y él, músico, y la vida les lleva a elecciones cruciales donde los caminos se bifurcan. (Ahí hay tema, pero hoy pasamos)
Elegante elipsis, que cinco años son nada. O todo.

Y llegamos al rotundo desenlace. Mia, convertida en estrella, está de visita en Hollywood. Casada con un apuesto galán y una hijita encantadora. Otra vez una cena por delante, un atasco y una elección. Y el azar, claro. ¡Es cine!
Caminando la pareja de vuelta al coche que está aparcado, en feliz coincidencia, junto a un local iluminado. Una última copa para cerrar la noche. Y está cantado. Al franquear la puerta Mia descubre en la pared el logotipo que ella diseñó para el proyecto soñado de Sebastian, el Seb's (y no Pincho de Pollo).  
Y si, allí está, el club de jazz que soñaron juntos. Lleno de gente que escucha tocar a una banda. Y allí está él. Y la mirada, asombrada primero y después doliente, en la que se encuentran. Y un largo silencio hasta que empieza a tocar su canción y contemplamos una recreación sincopada de la historia que fue y la que ojalá hubiera sido. Y Mia, un nudo en la garganta y en las tripas y un  "vámonos", pues no hay marcha atrás. Pero ya en la puerta se detiene y se gira. Y en ese instante decisivo, otra vez, se juega todo. En ese cruce de miradas el tiempo se detiene y se reconocen sus almas. La eternidad del instante sí, y una tormenta de silencio, y por fin él esboza una tenue sonrisa a la que ella responde con una complicidad agradecida. No hay más. Ella continúa su camino y él, tras una pausa, "one, two, three...come on", empieza a tocar una nueva canción. The end.

Gran cierre. Algo que se acaba mientras la vida, inexorable, continúa.
Pero vale la pena subrayar la importancia de esa penúltima pausa, la de Mia.
La diferencia que comporta salir huyendo del conflicto o afrontarlo y despedirse.
La diferencia que hay entre vivir la vida en fuga hacia adelante o cautivo de la melancolía, 
a vivir  la vida con tu presente en marcha y con tus recuerdos en paz.

Siento que cuando termine de escribir estas líneas por fin voy a poder soltar la cosa 'La La Land' que me ha tenido absorbido desde que la vi. Ya me vale.
Me deja un poso agridulce que, como la melodía, se va apagando racheadamente.
Y un posible epitafio para la tumba que nunca habitaré:

"Que nos quiten lo bailao"

Tan patoso yo. Amén.

                                                                              





                                                                                                                            En Mamouna, febrero de 2017