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jueves, 14 de septiembre de 2017

ARTE ( II )






 Dejamos el último post planteando el arte como expresión de la verdad subjetiva.
Se dice rápido, de una tacada, pero Arte, Verdad y Sujeto...son palabras mayores, muy mayores, tal vez porque ante ellas yo me siento chiquito.
Pero es que el  Saber impone, me impone, pues cuando uno expone sobre un tema, se expone públicamente con su falta, y eso, claro, da vértigo.
A menudo me pregunto cuando me descubro en estos trances, ¿qué tengo yo que decirle al mundo, si no soy más que un simple psicoanalista de provincias? Y termino respondiéndome que no más que las ocurrencias que me surgen tras más de treinta años de estudio y experiencia.
Desde ahí expongo y me expongo. Si les sirve de algo, estupendo, y si no, ¡qué le vamos a hacer! Quien ofrece lo que tiene, no está obligado a más, dice el proverbio, y además, en el intento, con el vertiguillo incluido, me lo paso bien. Y espero que ustedesvosotros también.
Así que quien quiera, ya sabe, la entrada es libre, pero el viaje no es gratis. Avisados estáis.
Ahí vamos.

Cuenta una vieja leyenda que el origen de la pintura sucedió en Corinto cuando una joven enamorada dibujó sobre la pared a la luz de una vela el perfil tililante de su amado antes de partir para la batalla, en el intento de capturar en aquella silueta la presencia de su hombre ausente.
Es una poética manera de ilustrar en qué consiste el acto de representar: presentificar (hacer presente) una ausencia, esencia de la función de simbolización, que ya convinimos que consiste en representar a la cosa (hacerla presente) en su ausencia.
Ahí reside la función simbólica del lenguaje.

Por eso Hegel afirma que "la palabra mata la cosa", que es una manera poética de decir que el lenguaje implica la pérdida de la tal cosa (Das Ding, para más datos), es decir, la pérdida de la relación de coalescencia con ella en tanto en cuanto la intrusión del lenguaje nos infiltra y expulsa del orden de Naturaleza y nos exilia para siempre al tortuoso e incierto territorio de la Cultura, asuntos recreados en los mitos  de La expulsión del Paraíso y de La Torre de Babel ya tratados en posts anteriores.

Hablamos pues del lenguaje, un código representacional que va más allá de las palabras, su dimensión verbal, pues contamos con una variada paleta de vías expresivas, como por ejemplo el lenguaje visual, éste a través de imágenes, que sería el campo específico de la pintura.
Decíamos que la leyenda situaba su origen en una alcoba corintia y en manos de una doncella enamorada, pero tenemos testimonios fehacientes menos románticos y bastante más arcaícos, como son los bisontes de Altamira y toda una variopinta y estilizada colección de garabatos rupestres.
Así pues, la actividad pictórica se revela como una iniciática capacidad simbólica que constata el pasaje siempre brumoso del humono perdido al humano sapiens.

Situados ya en el casillero de salida podemos decir que desde su origen milenario hasta prácticamente antesdeayer, (los umbrales del siglo XX), la historia de la pintura ha recorrido un largo camino caracterizado por su intento de representar la realidad de una manera mayoritariamente figurativa, es decir, apelando a reproducir en su figurabilidad un reflejo más o menos fiel de lo percibido (mimesis) o lo imaginado (phantasia), pues tanto nos da para el caso el bisonte cavernícola como el unicornio azul.
Tendremos que añadir, siguiendo a Gubern, que en esta disposición que podemos denominar pulsión icónica, junto a esa tarea figurativa se suma el anhelo de aunarla con una dimensión estética, es decir, reflejo de belleza y de maestría.

Esta bautizada "pulsión icónica", de inequívoca inspiración freudiana, habremos de articularla con la figura de la sublimación, concepto este sí cien por cien made in Freud, postulado, Diccionario de Psicoanálisis dixit, para "explicar ciertas actividades humanas que aparentemente no guardan relación con la sexualidad pero que hallarían su energía en la fuerza de la pulsión sexual, destacando especialmente entre ellas la actividad artística.
Por otra parte, la palabra "sublimación" también es utilizada en química para designar el proceso que hace pasar directamente un cuerpo del estado sólido al estado gaseoso."

Así pues, daría cuenta de un proceso transformativo cualitativo, una suerte de alquimia energética que permitiría reemplazar el fin sexual original por una actividad creativa..."socialmente valorada", apostilla Freud.
Hay que decir que la tesis freudiana es heavy y arriesgada porque siendo como es una intuición brillante y fecunda presenta a su vez algunos contornos tópicos y dinámicos imprecisos y discutibles, pero no me voy a poner metapsicológico; una vez más, este no es el sitio. Me limitaré a un distendido devaneo sobre algunos aspectos parciales de tan ubérrimo jardín.

Así que volviendo a la belleza y a la maestría, tomaremos a la pintura como cabeza visible de las Bellas Artes, aquellas disciplinas que encauzan las manifestaciones creativas del personal ajustándose tradicionalmente a un canon de belleza y de sentido.
Pero son precisamente estas cuestiones de tradición y de canon las que van a ocupar un lugar central en el arte del último siglo, tan central como convertirse en la diana de todos los ataques a los que les van a someter las sucesivas oleadas transgresivas de las rampantes Vanguardias.
Porque de eso se trata, el arte en la modernidad se convierte en un arma, la punta de lanza de un movimiento fundamentalmente subversivo. Si no lo creen, basta que se tomen el tiempo de leerse el manifiesto de presentación de su "...ismo" favorito. No falla.
Para los que anden más ocupados les transcribo una frase-sentencia, al estilo de las que circulan por las redes, del maestro Araki, que es toda una declaración de principios:

"Art is all about doing what you shouldn't "

Que en traducción libre vendría a decir que "Arte es todo aquello que hagas que no deberías"

Pero antes de subirnos al tren de una Revolución tan tentadora conviene echar un vistazo a la trastienda.
Recuperaremos para la ocasión la pieza protagonista de Art, la tragicomedia de Jazmina Reza de la que hablamos en el último post ( ARTE  I ). Recordarán que se trata de una tela de 1,60 por 1,20 metros pintada de blanco. El fondo es blanco y, aguzando la vista, los que entienden dicen apreciar unas finísimas líneas transversales blancas. Es un "Antrios" y le ha costado una pasta gansa a Sergio, un tipo con ínfulas de moderno que se lo muestra todo ufano a su estimado amigo Marcos, quien tras la sorpresa inicial deja paso, primero a la incredulidad, y acto seguido, entre burlonas carcajadas, a una sentencia demoledora:
"Este cuadro es una mierda". No hay más.

Dejando a un lado la tempestad emocional que desencadena y la turbia trama vincular que destapa poniendo en evidencia la supuestamente sólida y confortable amistad de los dos colegas de toda la vida y sus imposturas, verdadero meollo de la obra, me desviaré de momento a lo que nos puede aportar alguna luz en el tema que estamos desarrollando, es decir, el papel (sublimatorio?) del arte, y en concreto el arte de vanguardia.

En la sátira de Reza, se pone vitriólicamente en cuestión el valor y el sentido de ese cuadro blanco, un "Antrios" de los setenta, presunto chollo adquirido por Sergio. Hay que aclarar que la idea monocromática supuestamente rompedora que luce el "Antrios", inscribiéndose en las filas del vanguardismo, anda un tanto gastada, si no caduca, pues no es más que un plagio setentero de un cuadro que pintó Malevich en los inicios del siglo XX. En concreto hablamos de Blanco sobre blanco, un lienzo de 1918 que muestra un cuadrado blanco ligeramente inclinado sobre un fondo blanco y que en su día generó una gran polémica.






Decir que Malevich es el adalid y fundador en 1915 del Suprematismo, un movimiento de la vanguardia artística rusa que introdujo la abstracción geométrica en su guerra contra la representación y las formas. Llevaba hecho un buen rodaje previo. En 1912, colaboró con Mayakovski en el manifiesto titulado "Bofetada al gusto público", donde se reivindicaba "el derecho del poeta a crear nuevas palabras utilizando arbitrariamente vocablos, formas y fragmentos...". Traigo a colación esta cita para ilustrar la determinación de las vanguardias en su propósito de subversión, decíamos antes, del canon formal y del sentido.

Pero claro, bucea uno un poco en la Wikipedia, verdadero mare nostrum de nuestra cibercultura, y se encuentra con respecto a Malevich y su obra con comentarios de esta guisa (transcribo):
"Malevich, a través del Suprematismo, se impone la tarea ingente de recodificar el mundo."

O este otro:
"Malevich dominó las condiciones de la existencia humana, de modo que pudo operar con un lenguaje cósmico para afirmar el orden global y las leyes generales del universo. 
Hablaba con su arte como una nueva forma de búsqueda de Dios, el símbolo de una nueva religión" 

Y respecto al Cuadrado Blanco :
"Pretendía que el espectador evocara una sensación de flotar, pues el blanco simboliza el infinito del vacío por llenar y la ligera inclinación procura el movimiento por su inestabilidad".
¡No se iba a enfadar el perplejo de Sergio ante la ofensiva ignorancia del palurdo de Marcos!
"Hay gente que no se entera". No hay más.

Perplejo ando yo con revoluciones que buscan a Dios y con apostasías del sentido tan pretenciosas y arbitrarias, congruentes por otra parte con la disparatada megalomanía que las inflama. La paranoia es un combustible muy poderoso y viene de lejos la borrosa vecindad entre el artista y la locura. Pero ¡ojo!, para nada estoy afirmando que Malevich estuviera loco, no tengo ninguna constancia al respecto, ni que no fuera un genio. No soy nadie para emitir esos juicios. Pero sí puedo cuestionar ciertas sacralizaciones que entronizan de forma idealizada a las personas y a sus obras. Es más, me parece un ejercicio saludable que les recomiendo practicar. Ahí tienen a Jazmina Reza, alumna avezada, dejándonos por el camino algunas miguitas de pan.

Y como la ciencia avanza que es una barbaridad resulta que en 2015, con motivo de su centenario, se restauró Cuadrado negro sobre fondo blanco, la obra epigonal de Malevich con la que nace el Suprematismo y que seguramente ustedes conocerán y si no, tienen fácil imaginársela, simplemente sigan la descripción del título al pie de la letra. Sin más.







Y mira tú que al pasarla por rayos x se encontraron con algunas sorpresas. Más allá de que aparecieran rastros de algunos bocetos previos, lo más interesante fue la inscripción que descubrieron escrita en una esquina : "Dos negros peleando en una cueva"
¡Vaya por Dios! Enigmática inscripción.
Pero llegan los eruditos y nos desvelan el enigma. Resulta que alude a una obra del escritor Alfonse Allaise, perteneciente  a "Los incoherentes", grupo de artistas bohemios de París, que en 1887 publicó un álbum humorístico de obras monocromáticas con títulos así de curiosos:
Un rectángulo negro titulado "Combate de negros en un túnel"
Un rectángulo blanco titulado "La primera comunión de niñas anémicas en la nieve"
O el rectángulo rojo titulado "Cardenales apopléticos recogiendo tomates en la orilla del Mar Rojo"

¡Chapeau con el dislate! No me cabe ninguna duda de que era buena la absenta que bebían aquellos Incoherentes en sus juergas creativas en los salones bohemios de París, y que se lo pasaban en grande.
También debía pasárselo bien Malevich con Mayakovski y compañía  en compañía de una buena botella de vodka en las frías tardes moscovitas mientras se cocía la revolución.
Pero ambas consideraciones no pasan de ser intuiciones personales.
Lo que sí se sabe a ciencia cierta es que todos aquellos artistas conocían a fondo los entresijos de los movimientos de vanguardia franceses. Y, sorpresas te da la vida, un siglo después ... ¡Voilá!
El cuadro considerado el punto cero del arte moderno, el torpedo que sabotea la línea de flotación del arte figurativo, el icono por excelencia de la Modernidad, resulta que al fin y a la postre no es más que un chiste, o el hijo de un chiste, o su primo. 

El problema no es ese, ¡por Duchamp!, ¡larga vida a los chistes! El problema es que Malevich lo conocía, y lo plagia, y silencia el plagio, y para más inri en su plagio no hay humor sino monserga. De la ocurrencia chocante y de la guasa hace sermón. Y los párrocos de la crítica lo bendicen. Y los feligreses de la parroquia dicen a coro "¡Amén Señor!".

¿Y dónde queda aquí la verdad subjetiva?
Ya sé que Delacroix decía que "en arte, todo es mentira" y cierto es que el arte es antes que nada artificio en tanto que la obra no es la cosa en sí sino su representación. Pero no se trata aquí de debatir esas cuestiones, ni del grado de pericia realista del artista, ni del verismo del retrato o del bodegón. Cuando hablamos de la verdad subjetiva es de Perogrullo que hablamos de la verdad del sujeto, y en este caso pareciera obvio que supondría hablar de la verdad del autor. Pero lamentablemente no va a ser posible pues lleva muerto mucho tiempo y no tendremos la oportunidad de escuchar su testimonio al respecto, dejándonos sólo espacio para elucubranzas de las que obviamente tendrán que eximirme por hoy.

Pero no se me despidan todavía, pues nos queda un último aspecto que tratar. Descuiden, seré breve.
Ante una obra artística no sólo está presente en ausencia el autor, también cuenta, de hecho es imprescindible, la presencia presente del espectador. Y en realidad es la que más nos importa pues es la que realmente nos concierne, pues cuando contemplamos una obra, cuando nos paramos y nos dejamos estar ante ella, indefectiblemente nos interpela.
¿Qué nos parece? ¿Qué sentimos? ¿Qué pensamos? ¿Qué nos suscita? ¿Qué nos evoca? ¿Qué coño es esto?
Preguntas intransferibles que cada uno debe responder. O no.
Pero en esa respuesta y en lo que uno hace con ella se juega la verdad subjetiva.

Volvamos a Art y veamos si nos presta alguna pista.
Tenemos a Sergio, todo orgulloso y preciado de haberse quedado casi arruinado con tal de adquirir ese mamotreto blanco que responde al nombre de "un Antrios". Un objeto que para él le confiere un estatus privilegiado, avalado por la opinión de los expertos que determinan el valor de una obra en función de unos criterios bastante aleatorios regidos por las misteriosas leyes del mercado.
Y tenemos a Marcos ( he suprimido a Iván a conciencia y con conciencia de mi crimen de lesa majestad, pero es lo que tienen los recortes ) referente admirado de Sergio, a quién él de alguna manera ha apadrinado desde la adolescencia. Cuando le muestra to preciado su falo y  se lo ridiculiza llamándolo "una mierda blanca", le está siendo sincero pues opina así del despropósito de su amigo, pero más allá de su opinión artística, en su carcajada hay desprecio, es decir, agresión. Agresión contra su pupilo que de un tiempo a esta parte se ha alejado de su benefactora tutela y se ha atrevido a volar solo o a buscarse sospechosas nuevas compañías. Es decir, lo ha desbancado de su rutilante trono de mentor fálico.
 Juego de tronos. Juego de falos. El pastel está servido.

Así pues, más allá de la excelencia o del bodrio que uno pueda ver en el Antrios, porque para gustos los colores, incluido el blanco, lo que se está jugando aquí es otra cosa. De esa otra cosa va la verdad del sujeto, y desde Freud sabemos que es inconsciente. Mismamente.

Ahí les dejo.
Una última recomendación. Art, si tienen ocasión, no se la pierdan. Genuina diversión.


                                                                                                         Mamouna, Septiembre 2017

viernes, 28 de julio de 2017

ARTE ( I )









Recién vi en Madrid Arte, la obra de Jazmina Reza que con poco más de veinte años rodando por los escenarios ya es un clásico de la dramaturgia actual. Ya vi en su día, allá por 2004, la versión argentina de Ricardo Darín y ahora ha sido la de Miguel del Arco. Lamentablemente no pude ver la de Flotats, que inauguró la serie de versiones en España. Las tres han sido un rotundo éxito de crítica y público y más allá de sus matices interpretativos el texto de la obra es inmaculado, como la pieza que le da título, un cuadro de 1,20 x 1,60 todo blanco, o por lo menos en apariencia.
Y es que ya saben, "Oropareceplatanoesyelquenolosepauntontoes".

Desde niño me fascinaban las adivinanzas que travestían las palabras, un juego en apariencia inocente pero que subvertía las bases del sistema, es decir, el lenguaje.
Julio Cortázar en su Libro de Manuel nos instruía en cómo hacer la revolución, a través de un montonero en el París post sesentayochista. No se trataba de arrancar adoquines buscando un mar imaginario donde sólo había cloacas, sino de seducir a una burguesíta de La Sorbona contándole hazañas del Che y enseñándole expresiones soeces como "pija colorá".

Subvertir las palabras, subvertir las formas. Él lo hizo con Rayuela, deconstruyendo la estructura narrativa de la novela en un galimatías de capítulos prescindibles e imprescindibles que sacaban de quicio al más templado, salvo, claro, a los exquisitos paladares de la vanguardia de turno. Sacar de quicio es uno de los propósitos no necesariamente declarados de las vanguardias  a lo largo de todo el siglo XX, y como el fin justifica los medios, ya se sabe, el escaparate de ocurrencias desquiciantes puede alcanzar las cotas más estrafalarias.

Arte va a jugar con esa premisa y se va a servir de ella para poner en solfa la Modernidad y su postureo de fantoches de guante blanco, y a rebufo de la manicura sangrante que le hace al artisteo dominante, descuartiza con humor amargo el triángulo moral de unos 'amigos de toda la vida'.
No voy a entrar a desgranar las nervaduras que recorren como violines afinados el desarrollo de una trama ejemplarmente dialéctica donde los tres protagonistas son capaces de llevarnos a sus respectivos huertos en un derroche de ritmo, lucidez y precisión. Sí quiero confesar mi rendición irrevocable a la creación que J. Usón hace del personaje llamado Iván, aquél que en su día interpretó mi venerado Darín. Sí quiero confesar que con las brumas de mi memoria a su favor, se lo come. Estaba en la primera fila de la platea y algunos de sus perdigones silbaron muy cerca. La fisicidad, la plasticidad, la naturalidad de su interpretación se disuelven en su transparencia. Un prodigio con aires de normalidad. Un milagro de lo cotidiano. Como cuando te sorprende en la boca esa sinfonía de matices livianos que despierta el primer bocado de esa cherna a la plancha que cenaste anoche en la Taberna del Mar. Para mí son experiencias genuinas que tienen el sabor de la verdad.

Yo, que en las cosas del creer ando imperdonablemente oxidado, ya dejé dicho en algún otro mensaje embotellado que creo en el dios de las pequeñas cosas, ese que a veces, y siempre por sorpresa, se manifiesta inefablemente en la verdad del instante.
Y si, ya sé que ése es un modelo de verdad peregrino y subjetivo, pero con todo su relativismo a cuestas, a mí me vale. Yo lo colocaría del lado real de la verdad. Pero mentar esa palabra, "real", es peor que destapar la caja de Pandora, y francamente, el último suspiro antes de las vacaciones no es el mejor momento para entrarle a ese bacalao.

Así que reduciremos el campo teórico con el que pensar la cosa y continuaremos jugando con las cartas que estamos últimamente desplegando y practicando.

Decíamos que andábamos impactados por esa sacudida invisible del encuentro  con el instante verdadero ("decisivo" diría Cartier Bresson) y a veces pasa que cuando en alguna ocasión te tropiezas con algún touché en tu misma longitud de onda, sucede que lo reconoces, y te reconoces. 

Y sí, lo podemos tildar de 'fenómeno especular', es decir, de espejismo.
Ya saben que desde Lacan en ciertos ámbitos los espejismos tienen mala prensa. Arrastran con oprobio el san benito de "imaginarios", pecado capital donde los haya, y más te vale que no te cruces con el inquisidor de guardia porque te la lían.
Pero no olvidemos que también Lacan nos dijo que "la verdad tiene estructura de ficción" y que Vargas Llosa nos regaló un título inolvidable con La verdad de las mentiras, así que habría que empezar a desdemonizar los espejos y aventurarnos a atravesarlos. No debe ser tan terrible si nos fiamos de Alicia y, personalmente, yo puedo darle crédito al espejismo siempre que no te quedes a vivir en él.

Centrémonos. Si se fijan pueden comprobar que cuando hablé de 'la verdad del instante' lo escribí con minúscula. Es esta cuestión de las mayúsculas y las minúsculas un terreno propicio al bacalao. Si me acompañan desde hace tiempo estarán al tanto de mi particular cruzada contra tan taimado bicho. Si su compañía es reciente, digamos desde el Congreso de Málaga, le resultará familiar la temática que venimos rondando, una variación más sobre la infinita dialéctica entre lo Imaginario y lo Simbólico, que califiqué de operativa, pero también de maniquea. Y aquí entramos en mi jardín privado sin la cobertura de ninguna estampita ni de ningún escapulario.

La convención lacananiana, porque de convenciones se trata, postula en su propia álgebra referirse a lo Imaginario con minúsculas y a lo Símbólico con mayúsculas. Por eso en el esquema lambda que ilustramos en su día el eje imaginario se anotaba (o - o') y el eje simbólico (O - S).
Esa O mayúscula designaba al Otro simbólico, concepto ya tan trillado que parece un lugar común, ¡pero no lo es! La elaboración del tal concepto le llevó a Lacan un largo trecho en el que fue evolucionando y cambiando su concepción. Es obvio y cristiano por mi parte el que no les voy a torturar con tamañas lindezas en este bochornoso fin de julio, pero sí les apuntaré que la mayúscula venía a refrendar la tesis de la primacía del significante, y que éste, el significante, tan querido para Lacan por aquellas fechas, era eminentemente simbólico. Así que ahí tenemos al Otro simbólico to mayúsculo y preeminente cuando súbitamente en una curva conceptual descubrimos que el tal Otro, también conocido como Tesoro del Significante, ¡ay!, está en falta. Glups. Houston, tenemos un problema. El sistema tiene una brecha en su estructura. Está barrado. Y así será representado, una O pasada por la barra (O/). No somos nadie.

Pero resulta que lo que tendría que haberse consagrado como tal, Otro simbólico = Otro barrado = (O/), en la práctica, habitualmente, va a seguir siendo referido como 'el Otro', a pelo, sin matices engorrosos.
Si, por otra parte, el concepto de Imaginario, remite a completud (ya sé que ortográficamente se escribe completitud, pero se me hace cursilíneo), a una imagen ideal y sin tacha, es decir, sin barra, me pareció más indicado otorgarle esa representación mayúscula y sin barra al registro Imaginario, y así lo hago en mis clases, quedando ambos registros en mayúscula y diferenciándose por la presencia o ausencia de tachadura. I: (O) y S:(O/), aplicándose este grafismo para otros conceptos tales como Padre Fálico (P) versus Padre Simbólico (P/) o Yo Ideal (I) e Ideal del Yo (I/), etc.

Ya sé que puede parecer muy osado y presuntuoso por mi parte arrogarme la facultad de formular mi propia versión del álgebra lacaniana. Pero lo que me mueve, no sólo en este apartado sino en el conjunto del trabajo de enseñanza del psicoanálisis que llevo desempeñando hace más de 20 años para un público formado mayoritariamente en otras corrientes terapéuticas y que se asoman de manera frugal y limitada a este vastísimo y complejísimo campo teórico, lo que me mueve, decía, es procurar transmitir la base necesaria y los conceptos precisos con rigor, inteligibilidad y, muy prioritariamente, con funcionalidad operativa, es decir, que resulte eficiente en la práxis que como terapeutas de sus respectivas escuelas ejercen en su labor clínica. Mi propósito es poder proporcionar una brújula teórica que permita orientarse en el tumultuoso oleaje de la clínica, en su tormentosa complejidad.

Y es por eso de mi hincapié en distinguir la vertiente simbólica de la imaginaria, porque esa diferencia tiene rango brujular. Pero no es algo sencillo ni evidente. Y frente a enfoques simplistas, puristas o antagónicos, yo, cada vez más, me decanto por su hibridaje, por su incontestable condición mestiza, en la que sí, claro, habrá que deslindar y reconocer sus diferentes linajes.

La verdad es que hablar de la Verdad impone y puede abrumar al más pintado. Pasa como con lo Real que mencionábamos antes. Son ambos conceptos de tal densidad semántica y epistémica que casi mejor callar. Ya está ahí la Historia de la Filosofía para abrir boca. Sírvase quien quiera y a discreción, cual menú libre. Hossana el fast food.

Yo menté más arriba una acepción muy acotada que llamé 'la verdad del instante', aquella que en su fugacidad denota la fuerza de su certeza atravesada por su precaria transitoriedad. La vida es eterna en cinco minutos, ya saben, y si no pregúntenle a Amanda que ella les contará. Bien distinta de esas otras Verdades Eternas e inmutables que se nos venden desde cualquier tribuna trascendental.

Es una variante más de esa fórmula lacaniana tan retórica como formal que enuncia como 'la Verdad no toda', con la que define la condición irremediablemente fragmentaria de lo que la palabra y sus derivas simbólicas pueden dar de sí. Y ahí viene el arte como camino o expresión de la verdad subjetiva, siempre en conflicto, siempre en falta, que es la que el psicoanálisis despeja pues es la que nos incumbe y que en una próxima ocasíon haré por abordar.

Quedan emplazados. Y ojalá que en Agosto la incertidumbre nos sea favorable. 
Carpe diem y bon profit.

martes, 13 de junio de 2017

LA DIALÉCTICA SIMBÓLICO/IMAGINARIO






A un mes y medio cumplido del Congreso de Málaga, en el retrovisor de mi memoria desfilan imágenes que se empujan nerviosas como una multitud impaciente por salir de un espectáculo largamente anhelado y de golpe recién finiquitado. De esa turbamulta de sensaciones, apretones y codazos sobresale la desgarbada y risueña figura de Miguel, aquel terrorista infiltrado como cómico que con su humor kamikaze presentó y despidió el evento a la vez que con su mirada afilada y la cicuta de su palabra certera no dejó títere con cabeza.

Entre risa y risa tuve el privilegio de experimentar la maestría precisa de su tajo y la pertinencia de su comentario. Además de la impagable semblanza que nos regaló a mi colega de mesa y a mí con Farruquito y Ortega Cano, adalides de la seguridad vial, el mensaje que me dirigió personalizado me quedó claro, "javier arenas, tío, no se te entiende nada", lo cual, tratándose de lo que se trataba, es decir, de presentar una ponencia ante una audiencia bienintencionada que además había pasado por caja, no es precisamente el resultado más encomiable.

Así que pasados los fastos y sus resacas, las interminables primarias del PSOE, la Liga, la Copa, las diversas ferias, la bomba de Manchester, la Champions de Cardiff y la décima de Nadal, habiendo pasado página otro florido Mayo y estirando Junio sus largos y lánguidos crepúsculos en pos del solsticio, confieso que me da vértigo la urgencia galopante de este tiempo líquido, y ya que me pongo, pues que con la caló estreno chanclas y con ellas un mea culpa y un contrito propósito de enmienda.

Así que recapitularé brevemente. El tema en cuestión versaba sobre el Narcisismo del Terapeuta y yo lo abordé específicamente desde el ángulo de la Contratransferencia (Ver Narcisismo y Contratransferencia) Tuve que desplegar unos cuantos conceptos freudianos y lacanianos y hacer una síntesis apretada de los mismos y contrastarlos con el enfoque de los posfreudianos del que bebe Perls y que caracteriza su enfoque gestáltico. Todo eso en diez minutos. Empleé otros ocho en intentar ejemplificarlo a través del análisis de un fragmento del film La Misión. Un tándem prieto y alto en calorías. Nutritivo pero no de fácil digestión. Queda constancia de ello en el texto que publiqué en este blog y al que remito a quien quiera refrescarlo.

Pero no es esa mi intención. Mi propósito es abordar un asunto que está en la base de todo el tinglado pero que no por básico implica que sea sencillo ni que esté asimilado, antes al contrario, creo que darlo por hecho o entendido es (fue) un (mi) gran error. Alguien me dijo: “Pero tío, ¿cómo pretendes que la gente se entere de algo si les hablas de ‘lo simbólico y lo imaginario’? La peña no tiene ni idea de qué va eso.”
Y sí, es algo de cajón que yo pasé por alto. Así que para resarcirlo empezaré desde el principio.

 (WARNING: Este escrito puede atorar su sensibilidad. Si es alérgico a los ladrillos, vigile sus niveles de torro)

Hoy les hablaré del tira y afloja más célebre del lacanismo, el pulso dialéctico entre lo Simbólico y lo Imaginario. Y que el dios de las pequeñas cosas reparta suerte.

Algún avezado lector habrá fruncido el ceño y erguido las orejas. "Simbólico e Imaginario, mmm, ¿no nos dejamos a nadie?" Y sí, habrá fruncido bien, y sí, nos dejamos a alguien, pero de lo Real, ustedes me disculparán, si queremos llegar a algún sitio hoy, ni mentarlo.

Diré que la distinción entre Simbólico e Imaginario es uno de los mayores aportes que le debemos a Lacan, una distinción capital para poder hacer una lectura estructural de la teoría y de la clínica. Pero hay que señalar a mi entender dos objeciones:
En primer lugar, que esa dialéctica se juega en distintos campos temáticos no siempre suficientemente bien delimitados, lo cual propicia la confusión.
Y en segundo, pero no menos importante, que en todo el primer tramo de su conceptualización se resiente de un flagrante maniqueísmo, donde lo simbólico es lo que mola y lo imaginario es chungo, tramposo o petardo.

Pero toca ya decir en qué consisten y desfacer algún malentendido habitual.

Y es que hay homofonías que no ayudan.
Lo primero sería decir que no es lo mismo el registro simbólico que el Simbolismo.
Como tampoco lo imaginario tiene especialmente que ver con imaginar.
Y es que las homofonías no aclaradas propician el bacalao.
Pues ¡aclaremoslas!, dirán ustedes. Pero no es tan fácil.
Podríamos decir que de lo que va el asunto es de una operación tan básica y a la vez tan compleja como es la de Simbolizar. Pero claro, de ahí viene el lío, porque, ¿de qué hablamos cuando hablamos de simbolizar? Porque no es evidente, y para que vean que no es cosa mía que me da por ponerme pejiguero, le paso la vez y la voz al Diccionario de Laplanche y Pontalis, que al respecto dirán: 
"Las palabras simbolizar, simbólico y simbolización se utilizan con tanta frecuencia y en sentidos tan diversos, y los problemas concernientes al pensamiento simbólico, a la creación y manejo de los símbolos, dependen de tantas disciplinas, como la Psicología, la Lingüística, la Epistemología, la Antropología, la Historia de las Religiones, la Etnología, etc. que resulta particularmente difícil intentar delimitar..."

Y no sigo por no darles más la brasa, pero estarán conmigo en que la cosa tiene su aquél.
Así que me centraré en el Psicoanálisis, en concreto en el freudolacaniano, y no está de más decir que les daré mi versión, mi síntesis particular de un tema especialmente atravesado por el malentendido estructural.

Podemos decir en su acepción más llana que simbolizar es representar a la cosa, es decir, aquella operación que nos faculta para presentificarla en su ausencia.
La palabra 'coche' nos permite referirnos a él aunque todavía no nos lo hayamos comprado. Vale. Así pués parece obvio que el lenguaje es un aparato esencialmente simbolizante. Que las palabras son representaciones de las cosas. ¿Ya está? ¿Y qué pasa con las fotos o los dibujos?, sí, o ya puestos, ¿qué pasa con las pinturas rupestres? ¿Acaso no son las más primitivas representaciones de la Humanidad?
Vale, parece que el lenguaje no es sólo cuestión de palabras. Que también hay un lenguaje de imágenes, y ya puestos, también de signos, de números, de notas musicales, de colores...
A toda esa galería de elementos discretos los llamaremos significantes.

Conviene precisar, siguiendo a Hugo Bleichmar, que el significante es una traza material. Una inscripción. Tanto una huella acústica como una imagen visual, un fonema, un color o un olor, que se diferencian de otros, porque la diferencia es su esencia, y desde ahí, buscarán combinarse con esos otros y hacer cadena, aunque no de cualquier manera. No vale decir "una buena libro" ni "los coches roto". No procede ni la ensalada verbal ni la sopa de letras. A lío revuelto, ganancia de pecadores.
Así que ahí viene la gramática, que con sus leyes los regula y los ordena.

Y en el variopinto campo de las representaciones hay que distinguir dos modos de organización. El modo Imaginario y el modo Simbólico.
Un elemento pertenece a lo Imaginario cuando es algo en sí mismo.
Un elemento pertenece a lo Simbólico cuando adquiere valor en relación a otros elementos.
De modo que un elemento en sí no es simbólico o imaginario sino que depende del tipo de articulación en la que entre.

El modo imaginario, que Lacan remite al estadío deespejo como experiencia referencial, pasa por la identificación del cachorro pulsional, prematuro y fragmentario, con una Imagen que lo refleja como una totalidad organizada, a la que se adscribirá el Yo como el núcleo de una identidad definida y fija. Así pues, abrochamiento de imagen e identidad. Yo soy esa imagen.
Es una relación dual, especular y narcisistica.

El modo simbólico que preside las relaciones de parentesco es un claro ejemplo de la relatividad de los lugares, de que nadie es en sí, o por sí mismo, sino en relación a otro. Uno es padre en cuanto que hay un hijo/a, y nieto en referencia a un abuelo/a y así sucesivamente con toda la tropa de primos, tíos y sobrinos, sin olvidarnos de los cuñados, los yernos, las nueras y las suegras. Categorías cambiantes en función de lugares diferentes. 
Lo mismo que ocurre con el Diccionario, en el que al consultar cualquier palabra somos respondidos con términos que a su vez nos reenvían a otros diferentes en un deslizamiento interminable.

Y frente a la fijeza en el significado del signo nos encontramos con la polisemia del  símbolo.

La fijeza semántica habla de una relación coalescente entre el significante y el significado. Estirando la imagen podemos decir que es una relación fusional, y si estiramos hasta el final podemos decir que estamos en presencia del Huevo a nivel sígnico. Es decir, que no opera el límite. Territorio del dogma o del neologismo psicótico. O de la máquina, "su tabaco, gracias".

Y al hablar de la polisemia del símbolo, es decir, de que un mismo término encierre diversas significaciones, los lacanianos van a dar el cambiazo y sustituir símbolo por significante. 
Así que cuando hablemos de simbólico va a remitir a significante, a no confundir con simbolismo, concepto non grato por su estirpe junguiana.
Y del significante ya dije en su día que es de naturaleza infiel y está cojo, y desde su cojera no ceja en apoyarse en los otros. Y por eso hace cadena. Pero para no repetirme, quien esté interesado en el tema puede revisar los posts De la dimensión lingüística del síntoma y otras hazañas del significante De la resonancia significante.

Como pueden ver la cosa tiene su miga y sus vueltas pero no estoy yo por seguir dándole carrete.
¿Para qué nos sirve todo este despliegue?
Les decía al principio que distinguir estas dos dimensiones de la representación para mí suponía un aporte fundamental pues centra el eje de mi práxis. Yo las uso como quien usa unas lentes bifocales que te permiten enfocar mejor la realidad y pensarla con mayor claridad. Como pueden ir comprobando tiene diferentes niveles de lectura y abarca un amplio abanico temático que es el que he ido abordando a lo largo de los diferentes posts de este blog que pacientemente visitan.


Puestos a simplificar, distinguiré tres pares de oposiciones dialécticas:


1.La dualidad lo total ( I ) vs lo pasado por el límite ( S )

Lo que apunta a la completud frente a la asunción de la falta.
Creo que en la clínica de las Neurosis, que es la que mayormente nos ocupa, el problema pasa por el enganche al eje imaginario. Y eso ¿qué significa? Pues estar pillados  en una dinámica en la que rige el Yo Ideal, ideal imaginario al que también llamamos en su día Ideal Tirano, y que supone vivir en la exigencia de alcanzar cotas y valores sin tacha, como el amigo Sócrates, que lo pagó con su vida, a distinguir del patrón del Ideal del yo, ideal simbólico atravesado por la barra, bajo el que, como Galileo, partiendo de sus limitaciones, uno hará lo que buenamente pueda. (Lo vimos con detalle en No es lo mismo Hernández que Fernández).
La diferencia  radica en asumir los límites y sus peajes, lo que Freud llamaría el principio de Realidad, o por el contrario, vivir en la ilusión de que es posible zafarse de la falta, aunque hipoteques en vano la vida en ello.


2.La dualidad significante ( S ) vs significado ( I )

Ya saben del signo lingüístico de Saussure y de la toilette que le hizo Lacan. El tajo que le dio al vínculo antaño armonioso entre el significado y el significante y el volteo que supuso darle la primacía a éste último. Fue un acto que subvirtió las jerarquías, acabando con el reinado del significado que campaba a sus anchas por los divanes.
Esto tuvo múltiples consecuencias, pero me ceñiré al vector de la técnica. La más llamativa fue el destronamiento de la interpretación a la vieja usanza como herramienta principal del psicoanálisis, la tildó de bedeutung y la tradujo como significación, o atribución de significados, panacea de lo imaginario y por lo tanto proscrita en la nueva ortodoxia para escándalo de los posfreudianos.
Y reivindicó la deutung como la interpretación genuina y marca de escuela, destacando su condición de puntuación significante, es decir simbólica, propiciadora de nuevos sentidos.
( Estos asuntos tan interesantes y algunos más los pueden revisar acudiendo a los posts antes citados De la condición lingüística del síntoma y otras hazañas del significante y De la resonancia significante).

3.La dualidad lo estructural ( S ) vs lo fenoménico ( I )

Aquí lo estructural va a referirlo a lo inconsciente, también pensado en términos de verdad subjetiva y de estructura significante, por aquello de que el inconsciente es lingüístico.
Lo simbólico entendido como pura combinatoria significante que produce efectos resonantes, sin entrar en las “batallitas sentimentales”.
Lo fenoménico, lo percibido por los sentidos, caerá del lado de lo imaginario, donde incluirá el campo de los afectos, con los “yo siento que” y demás películas imaginarias.
Se observa aquí sin ambages el burdo maniqueísmo que les anticipaba, una canonización elitista del metal simbólico a costa de denigrar la gena imaginaria.
Esta dialéctica tan descompensada se templará posteriormente cuando introduzca el nudo borromeo en relación a los tres registros, pero ese es otro cantar.

Vale, y tras este somero recorrido por el percal dialéctico, ya procede preguntarse ¿cuál sería la conexión con el tema de la contratransferencia que no me entendieron?
Respuesta: pues que Lacan aplica también el binomio simbólico-imaginario a la hora de leer la relación analizante-analista que ilustrará mediante el famoso esquema lambda.






Va a distinguir dos ejes posibles:

El imaginario, ( de o' )en él álgebra lacaniana, que podríamos traducir como "de yo a yo'" o más coloquialmente como "de tú a tú".
Sería el eje habitual en la comunicación convencional en la que se daría una suerte de complicidad narcisística. Por ejemplo, sin en medio de una conversación uno comete un lapsus, el interlocutor lo pasará por alto, "porque un error lo tiene cualquiera".

El simbólico, (de O a s), Otro en relación con el sujeto del inconsciente, que será la posición excéntrica que ha de ocupar el analista para poder alumbrar la dimensión inconsciente en el decir del analizante. Es preciso desplazarse de ese eje de complicidad imaginaria para que aflore la verdad del sujeto.

Veámoslo en una breve viñeta clínica. Se trata de una mujer que me está contando sus penas y miserias cotidianas cuando me dice, "Doctor me preocupa mucho mi infidelidad, ¡ay!, mi infelicidad..." Y yo, obviamente, reacciono repitiendo con una exclamación su lapsus e interpelándole por él.
"No, doctor, yo quería decir 'infelicidad'"
"Ya, ya, pero dijo 'infidelidad', ¿tiene algo que decir al respecto?"
Y claro que tenía mucho que decir, pero esa es otra historia.

Así pués es esa posición de Otro la que ha de jugar el analista, posición simbólica que se desmarca de presuntas simetrías imaginarias, no importa cuánto sean de bienintencionadas.
(Y ahí tenemos a Neeson con su carrito del helado)

Estas son las premisas necesarias para comprender toda la crítica que hace Lacan al despliegue contratransferencial y su apuesta decidida por esa otra línea de intervención significante que terminará  llamando deseo del analista, ese empuje en promover la producción y elucidación de la verdad subjetiva del analizante, que siempre es aquella que atañe a su relación con la falta.

En fin, ya me vale y aquí me paro. No sé hasta qué punto esto puede ayudarles a comprender mejor aquello que resultaba razonablemente incomprensible. Tampoco tiene más importancia.
El depósito no da para más, y yo ya saldé la deuda y cumplí mi penitencia.
Es tiempo de soltar amarras.

Si alguien se cruza con Miguel me haría un favor si le transmite mis recuerdos agradecidos.

Y para todos ustedes vosotros, con la brisa de popa en las velas, salud y buen verano.



                                                            Mamouna, 13 de Junio de 2017

lunes, 1 de mayo de 2017

NARCISISMO Y CONTRATRANSFERENCIA









Cristina Nadal, amiga querida, tuvo la gentileza de proponerme hablar del "Narcisismo del terapeuta" en un congreso de gestaltistas, a mí, un psicoanalista que, puestos a referenciarme, podría tildarme de freudiano y translacaniano, como me calificó Juanjo Albert hace ya muchos años, signifique lo que signifique la última etiqueta.

Vale, por mi encantado, pero desde ya les advierto que la cosa es canela fina si no tela marinera. Tendré que hacer un ejercicio de ultrasíntesis de conceptos complejos por lo que el recorrido puede atragantársele al más pintado que no esté acostumbrado a estas conjeturas o a esta jerga. Así que les pido un poco de atención y un poco de paciencia y ya les anticipo que al final habrá postre.

Empecemos pues. Antes que nada será preciso dejar claro que el concepto de Narcisismo es polisémico, es decir, de lecturas poliédricas, y para evitar no perdernos en el bacalao semántico correspondiente me ceñiré a la acepción lacaniana que plantea el Narcisismo como el tiempo de constitución del Yo, por la vía del estadío del espejo, es decir, ese fenómeno de adscripción e identificación que el cachorro humano, batiburrillo pulsional y fragmentario hasta entonces, hace en relación a esa imagen organizante y totalizante que el espejo le devuelve. Ese acto epifánico de reconocerse en ese reflejo y de acceder al "¡ese soy yo!", conllevará el júbilo correlativo, que en honor del mito griego, calificamos de narcisista. Poderoso y cautivador espejismo, que, paradójicamente, constituirá el núcleo fundante de nuestra identidad, (mi) divino tesoro.
Hay que precisar, por obvio que resulte, que ese reflejo y ese espejo del experimento son además una metáfora, pues si no ¿qué sería entonces de los niños ciegos? ¿No tienen yo?
Así que convendremos que el tal espejo va a ser una representación del Otro significativo, 
y sus reflejos sus decires, mensajes singularizados que conocemos como enunciados identificatorios y que configuran paradójicamente con su alienación nuestra imagen más propia.
Lacan va a referirse a este fenómeno como una experiencia paradigmática del registro imaginario.

Ahora nos iremos a Freud para abordar otro concepto fundamental que se juega en este tema que nos convoca y que no es otro que el de la Transferencia. Todo el mundo lo conoce, así que lo transitaré rápido. Ya saben, se trata de esa tendencia inconsciente a reeditar en los vínculos del presente patrones vinculares constituidos en la relación con los objetos primarios.
Es un fenómeno universal que Freud recorta y define, convirtiéndolo en un instrumento técnico capital de la terapia psicoanalítica, pues atraviesa de punta a punta el vínculo del analizante con el analista, y sólo através de esa reedición vincular en el aquí y ahora transferencial es que se van a poder operar cambios transformativos en los viejos clichés cristalizados.
Va a describir dos vertientes del fenómeno  que se diferencian y que se ensamblan como el Guadiana a lo largo del curso de un análisis.
La primera la designa transferencia  motor, y es la que facilitará la rememoración y el trabajo asociativo mediante el que se desplegará el inconsciente.
Y la segunda es la transferencia como resistencia, que se da cuando en vez de manifestarse lo reprimido por la vía del recuerdo se juega por la vía de la actuación de los afectos, dando lugar al clásico enamoramiento o sus reversos, y a consecuencia de este enmarañamiento pasional se estancará la producción asociativa.

Lacan por su parte va a hacer sus propios desarrollos, de una complejidad que ha hecho escuela, y obviamente no es éste el lugar ni el momento para entrar en ello, pero inevitablemente tendré que recurrir y aunque sólo sea citar algunos de sus conceptos.
Digamos que va a articular esta dualidad freudiana recién expuesta con su propia cosecha, y a la transferencia motor la va a llamar transferencia simbólica, porque cursa por la por él llamada ruta significante, que es la que mola, pues apunta a la verdad del sujeto inconsciente.
Frente a la llamada transferencia imaginaria, que la enlazaría con la transferencia como resistencia de Freud, y que es la chunga, porque para Lacan lo imaginario es chungo y falaz, como el Yo, que vimos antes, y al que definirá como una función de desconocimiento. De esa guisa también considerará la transferencia imaginaria como el laberinto de pasiones narcisistas donde chapotean los afectos. Vade retro.

Visto lo visto, ya estamos en condiciones de abordar la cuestión a la que íbamos, que es la de la contratransferencia, o también llamada pertinentemente transferencia recíproca, pues se trata del mismo fenómeno pero invertido, referido ahora a la persona del analista respecto a su paciente.
Freud la menciona en unas pocas ocasiones en sus escritos técnicos y la presenta como un asunto complejo y problemático sobre el que el practicante, tras su propio trabajo en su análisis, debe estar avezado y tenerla bajo control para que no haga obstáculo en el proceso terapéutico.
Va a ser en la década de los 50, cuando los llamados posfreudianos la introducen como un tema clave en el debate psicoanalítico postulando como novedad el ir más allá de su condición de obstáculo y reconociéndole un valor de herramienta terapéutica.

Es ahí cuando emerge Lacan blandiendo su "retorno a Freud" y desenvainando su flamígera espada justiciera.
Criticará cualquier uso de la tal "contratransferencia", tachándola como el conjunto de prejuicios y resistencias del analista no suficientemente "depurado" en su análisis y denunciando su carácter imaginario, (ya saben, tremendo estigma conceptual en aquella época), al que opondrá un nuevo concepto redentor, el deseo del analista, que, atención, nada tiene que ver con los deseos mundanos del analista de turno, sino más bien se refiere a una función de carácter simbólico, que apuntaría a activar el deseo del analizante, un deseo que es deseo de saber sobre la verdad subjetiva, es decir, inconsciente. Es ésta la matriz de la transferencia simbólica, un empuje al saber  o una suerte de  transferencia epistémica que la distingue de la transferencia imaginaria y su corolario de sentimientos.

Así pues cuando hablamos del "narcisismo del terapeuta", tema de la ponencia que nos reúne, desde el psicoanálisis podemos plantearlo como un asunto contratransferencial que en términos lacanianos sería una manifestación de orden imaginario, y como tal, inconveniente y equívoca, que perentoriamente habría que evitar. Sería la expresión de una supuesta relación intersubjetiva entre terapeuta y paciente teñida de supuesta simetría. Horror. Una relación de yo a yo, o de tú a tú, que ilustraría proverbialmente la llamada 'oración gestáltica' del "yo so yo y tú eres tú...", frente a la decidida apuesta de Lacan por despersonalizar la figura del analista asignándole términos tan elusivos como "muerto", "semblante" o "des-ser".

Creo que éste es uno de los ejes de clara divergencia entre Gestalt y Psicoanálisis, al menos el freudolacaniano, y que comporta un debate interminable en el que no voy a entrar.
Sí quisiera aliviar este farragoso desarrollo teórico que les he endilgado pese a mi esforzado empeño simplificador con una viñeta fílmica que ilustre plásticamente conceptos tan áridos.
Pero en vez de proyectarla, que nos llevaría un tiempo del que no disponemos, se la voy a resumir de palabra.

Se trata del prólogo de la película La Misión que imagino que la mayoría de ustedes habrá visto.
Ya saben, Rodrigo Mendoza, es decir, Robert de Niro, es un mercenario cazador de indios que a la vuelta de una de sus tropelías se encuentra con que su novia está por su hermano menor, tras lo cual, herido en su orgullo de macho y cocido de alcohol lo reta a un duelo desigual y mortífero que acaba con su hermano cadáver y con él sepultado en vida, aplastado por el remordimiento en la mazmorra de un convento. Allí llega reclamado por el prior, Jeremy Irons, alias el padre Gabriel, un misionero jesuita que denunciará y sacudirá la molicie torturante y gozosa en la que se ha atrincherado De Niro, ese regodeo malsano y feroz en la ciénaga sadomasoquista que es la culpa. Y le ofrecerá una vía de salida, un camino de expiación, acompañarle en sus tareas humanitarias a una remota Misión. Mendoza acepta y emprenden viaje rumbo a la selva por una escarpada ruta fluvial, atravesando las tumultuosas aguas de un río salvaje y remontando precipicios insalvables que parecen un frontón, en el marco incomparable de las cataratas de Iguazú. A la dificultad y dureza de la ruta De Niro añadirá un plus, un amasijo de fierros varios, cascos, escudos, espadas y corazas, en una especie de morral que arrastra pesadamente tirando de una soga a la que va atado. Es un sobresfuerzo  constante al que se somete, al punto que uno de los frailes de la comitiva, el padre John, al que encarna Liam Neeson, acongojado, le conminará a su superior que lo pare, que "ya ha hecho suficiente penitencia, Padre", a lo que Irons le responde contundente, "pero él no lo cree así, y mientras él no lo crea, yo tampoco". 
Aunque esta admonición no impedirá que Neeson, en una ocasión en que De Niro lastrado por la morralla resbala y es arrastrado unos metros por la ladera, en un impulso libertador y machete en mano corte de dos tajos la maroma y empuje al vacío la ominosa chatarra.
Impertérrito, pero lanzándole una mirada tipo 'la cagaste Burt Lancaster', Mendoza desandará todos sus pasos y descenderá al río a recuperar su preciada penitencia. 
Si no querías caldo, toma dos tazas.

Se trataría ahora de poder aplicar a nuestro tema la didáctica moraleja.
Tomar nota de que el arrebato liberador del 'empático' cura/terapeuta no libera de nada al machacado paciente/penitente. Si acaso es una exclusa por donde evacuar la propia angustia del terapeuta ante una situación de conflicto o sufrimiento. Es decir, que es su propia 'necesidad', expresión muy querida en ciertos ámbitos, la que se impondría sobre la del paciente, precipitando un desenlace que no desenlaza nada, antes al contrario, lo cortocircuíta. 
Es muy importante observar el factor distorsionante que opera aquí darle cancha a la "contratransferencia", pues en nombre del bien del otro vehiculiza un acto que hace interferencia en el sinuoso proceso que el paciente precisa y que perfectamente  podría haber  llevado a abortarlo.

A diferenciar de esa otra posición de acompañamiento que detenta Irons, que respetando escrupulosamente los tiempos del analizante, se abstiene de intrusiones  reparativas. Lo cual no significa pasividad quietista alguna. Para nada.
Recordemos la actitud confrontativa en la celda mediante la que consigue provocar y despertar en De Niro el anhelo de redención o ese otro momento crucial durante el ascenso en el que Mendoza resbala y se aboca al abismo en el que queda suspendido y que gracias a la intervención atenta y firme del jesuita que resiste y le sostiene, evita el desastre. 
Posición activa pues, como activa es la llamada atención flotante, aunque no lo parezca.

Dicho esto y con conciencia de que desafía la ortodoxia analítica y su 'neutralidad benevolente', incluiré la escena final de este prólogo tan enjundioso. Me refiero a cuando llegan los intrépidos viajeros a donde los indios y éstos reconocen en el estrafalario personaje que cierra tambaleante la expedición al antiguo mercenario sanguinario. Uno sale a su paso cuchillo en mano, ante el sobresalto angustiado, otra vez, de Neeson, mientras Irons, confiado, pronuncia una frase en guaraní y deja hacer. La secuencia es tensa y rápida. El indio se encara gritando y blandiendo amenazante el cuchillo a un De Niro postrado de rodillas, rendido y dispuesto a acatar su destino. Pero finalmente, para su sorpresa, el nativo corta la cuerda y le libera del fardo de culpa y fierros que arroja al fondo del río. Mendoza, mudo y perplejo, rompe en desconsolado llanto mientras Irons, a unos metros, le mira conmovido y, ahora sí, se va a él y lo recoge en un abrazo reconfortante y compasivo.

Ya sé que en la Gestalt el abrazo es un lugar común. En psicoanálisis no, pues es difícilmente compatible con consignas de la índole de la impasibilidad o el des-ser. Pero a riesgo de excomunión o apostasía diré que yo le hago sitio al abrazo en ocasiones precisas y que esa experiencia de contacto corporal-emocional puede ser sin lugar a dudas una opción electiva apropiada y productiva.
Y es que ese tema, el del cuerpo, me parece de una importancia primordial y que seguramente daría para todo un debate, si no, para un congreso entero.

Bueno, tenemos que terminar.
Resumiendo. Del narcisismo del terapeuta ... ¡ojo y al loro!
Y a no confundirse intentando neutralizarlo con la tentación estatuaria o de esfinge.
No va de eso. La cuestión a dirimir no es si pastel o si granito. Es una cuestión brujular. De saber dónde está el norte. Y así, como Jeremy Irons, jaquear el goce y apuntar a la verdad del sujeto, esto es, a lo que atañe a la asunción de su falta. Lo demás, serán frutos sobrevenidos de esa travesía fecunda.

                                                               
                                                                                                                          En Málaga, 29 de Abril de 2017

( Para ampliar sobre el tema consultar Del Narcisismo y otras hierbas)