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domingo, 25 de septiembre de 2016

¿Veroño?







Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera  es una película del coreano Kim Ki Duk (2003) que ya  desde el título nos deja ver el  espíritu que la atraviesa, el inexorable  paso  del  tiempo manifestándose en ese continuum  que encadenan las estaciones, pero con un sutil hallazgo retórico, esos puntos suspensivos precediendo al nuevo ciclo que anuncia el “… y primavera”.

La circularidad está servida  y como quien no quiere la cosa nos ha dado un zaska en el tercer ojo. Porque  el viaje como metáfora de la  vida tiende a imaginarizarse como una diacronía más o menos longitudinal y… va a  ser que no. Un análisis, cualquiera que lo haya vivido en sus carnes lo sabe, es más bien una espiral, una progresión  helicoidal de  sentido, decía yo to cursi cuando era  muy joven  y las frases engominadas me molaban.

Espiral o helicoidal, la cosa tiene que ver con la circularidad de la repetición. Desengañémonos, un psicoanálisis, ese viaje a tu lado oscuro, no tiene nada de aventura romántica, encuentro con monstruos góticos y enigmas en sánscrito. No es una ruta por lugares remotos y exóticos sino, precisamente, un asomarse a lo más próximo e íntimo de tu ser, que, paradojicamente, resulta inquietantemente extraño e ‘infamiliar’ ( unheimlich dirá Freud, aquí traducido como ‘lo  siniestro’ o ‘lo ominoso’ y que Lacan neologizará agudamente como ‘lo éxtimo’). Eso que suena tan raro son los gajes de la  represión. Y para poder acceder a sus matrices, sacarlas a la luz, habrá que transitar cien veces por sus áreas de influencia, poniendo palabras que vayan decapando laboriosamente intrincadas capas de bizarras resistencias.

Sabemos desde los Estoicos, del poder curativo de la palabra. Que tradiciones esotéricas y religiosas las emplean desde los albores para exorcismos y maleficios varios. Y ya en el campo de la (más que discutible) ciencia, que desde Mesmer y su magnetismo animal hasta el hipnotismo de las exhibiciones de Charcot en la Salpetriere pasan cien años largos.Y ahí emerge el joven Freud, que tras los escarceos iniciales con la hipnosis, de la mano de Breuer, en lo que serían los orígenes del psicoanálisis, pronto se soltará de su mentor y de su técnica directiva para dejar atrás el método de la sugestión, mecanismo clave en el fenómeno histórico de la influencia por la palabra. Proponer la regla de la libre asociación es un giro cualitativamente trascendental en su aparente levedad, pues supone sustraerse del eje imaginario propio del recurso sugestivo, para abrirse al eje simbólico de la propia dinámica significante. Es a partir de ahí que  podemos decir que los cambios no se producen por ensalmos, abracadabras o sortilegios. Ni  siquiera por escribir cien veces  en  la  pizarra “no me morderé más las uñas” o cualquier otra letanía conductista.                                                                                            
Librando a la palabra del amo de turno, y dejándole hacer su hacer, el camino del cambio es la repetición con conciencia.
Y añadiría: en transferencia.

¿Por qué esa apostilla? Veamos.

Es un lugar común que el analizante se presente con una cantinela tipo “Hoy no sé qué contarte. Ya te lo he contado todo” o “Siento que no avanzo. Siempre es lo mismo”.

Es obvio que latiguillos de este estilo manifiestan  una actitud  resistencial del paciente con su proceso, pero atención, mi querido colega, en concreto contigo. Es decir, es imprescindible dejar de  pensar que lo que le ocurre al paciente es algo suyo, en tanto que individuo autónomo, y por lo tanto, algo simplemente personal. Desde la  perspectiva psicoanalítica, una vez instalada la transferencia, lo que le acontece al paciente en su proceso nos incluye indeleblemente. Es decir, es de orden vincular. Y es esa circunstancia la clave del  poder transformativo del análisis. Lo que se juega, sea lo que fuere, se juega  en vivo y en directo, “ni en effigie ni en absentia” decía Freud, sino (con la regla de  abstinencia por medio, por supuesto) en lo real del cuerpo a cuerpo. Porque lo que está en juego es lo pulsional, por más que su vehículo sea la  palabra.

Y es por eso que las palabras tienen un lado secreto, que por sorpresa y a contrapié, de vez  en cuando nos dejan ver. La queja del ‘lomismo’ es el mantra que delata la censura que amordaza el fluir de la cadena significante.Y esa es la razón por la que el analista establece la regla fundamental, que avala y promueve el libre fluir de las palabras, el “diga usted lo que le  venga, sin censurar sus pensamientos…”. Y si a las palabras las dejas fluir, ellas son de naturaleza juguetona, y en su discurrir inventan siempre nuevas (y a veces ocurrentes) combinaciones.

Ese invitar a volver a hablar de ‘lo mismo’, si éste, tenaz, se presenta, es lo que permite que al contarlo de nuevo pero introduciendo alguna diferencia deje de ser ‘lo mismo’ y nos podamos encontrar con lo novedoso y lo distinto.
Una modalidad particular de este fenómeno se observa en el campo de los sueños, ese material psíquico tan fecundo y tan subestimado.

Es el caso de una mujer, madre de un niño al que sobreprotege por su propia angustia de separación. Un día en una curva asociativa comentará sobre una  pesadilla que se le repite. Sabemos que es corriente el hecho de sueños con una repetición temática. Constituyen lo que llamaremos series oníricas. Cada uno tiene sus  favoritas, por  más que hay algunas especialmente populares, siendo el de la caída de  dientes un verdadero top one. Algún día les contaré.        

En el caso de esta mujer se le repiten sueños en los que pierde a su hijo. Son sueños de mucha angustia que la despiertan en medio de la noche en su desesperación. Le pido que en lo sucesivo me los cuente  cuando acontezcan. Y es así que en el relato minucioso de cada episodio onírico vamos a ir reconociendo  elementos que se repiten sistemáticamente, pero a su vez vamos a descubrir elementos singulares que abren rutas novedosas.Y en ese recorrido pasamos del horror desolador de un extravío sin rastro alguno al de una desaparición por secuestro, y en ambas hace acto de presencia la culpa mortificante. Otras variantes variopintas tendrán lugar hasta llegar un día en el que se sueña tomando un  café con una amiga en unos grandes almacenes y observa tranquilamente a su hijo en la distancia jugar con otros niños, y en una distracción momentánea lo pierde de vista, para al poco caer en la cuenta de que no lo localiza, con el consiguiente sobresalto. Se apresura a buscarlo, con inquietud, pero con  la confianza de que lo va a encontrar, y efectivamente, para su sorpresa, lo descubre con su padre en un quiosco cercano.

Entre los primeros sueños de pánico sin límite hasta el de la aparición tranquilizadora del padre, transcurren un par de años de análisis, tiempo en el que tuvimos que transitar reiteradamente por los lugares comunes de su vida y su forma de habitarlos. Es ese caer en la cuenta de cómo uno se posiciona en cada encrucijada cotidiana y en el  por qué y para qué de su posición, lo que nos va  a facultar para poder, desatados de los automatismos inconscientes, elegir con conciencia nuestras decisiones y asumir las consecuencias.

En fin, Primavera, verano, otoño…¡un momento!, estaba a punto de retomar la circularidad estacional, cuando caigo en la cuenta de que en estos días en los que septiembre acoge al otoño recién llegado y las golondrinas empiezan a hacer las maletas, hay un significante de reciente cuño  que anda  empujando para hacerse sitio, le llaman veroño, y como zaska, quiere quedarse. Travesuras lenguajeras pidiendo la vez.

Que cada uno elija al gusto. Yo, personalmente, prefiero a estas fechas melancólicas de los últimos calores llamarlas como me enseñó mi abuela. Fueron y serán el veranito de san Miguel.


                                                                    Mamouna, finales de Septiembre de 2016

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