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domingo, 18 de diciembre de 2016

Apostillas Mamíferas









                                                                                   And what can I tell you
                                                                                   My brother, my killer
                                                                                   What can I possibly say?
                                                                                   I guess that I miss you,
                                                                                   Yes, i forgive you
                                                                                   I'm glad you stood in my way...

                                                                                            Famous blue raincoat
                                                                                                                      L.C.                                              
                                                                                 

Me animo por fin a escribir y a calzarme las zapatillas en una pausa que me invento antes de que expire este otoño desnortado que ha trastocado tantas cosas y otras cuantas se ha llevado para siempre.

Se me ha muerto Leonard Cohen, el más querido de mis inmortales.
Lo conocí en el invierno del 71, con catorce años y una guitarra con la que destrozaba El Partisano. Una chica voluntariosa intentó enseñarme los luego famosos seis acordes mágicos, pero no hubo manera. Dejé la guitarra, dejé a la chica, y me agarré furiosamente a su voz, a sus canciones, al embrujo de sus letanías.
Recuerdo que mi padre me pilló en pleno rito y desde su comprensible extrañeza exclamó, "¿Quién es este tío? Parece que esté rezando el rosario". Eso es oído papá. Porque para mí, escuchar a Cohen, siempre tuvo esa dimensión de rezo, de oración íntima.

La orfandad es un sentimiento puro y duro que te desmocha la orgullosa vertical y te arroja al desamparo horizontal, porque la vida sigue en su diacronía inexorable, pero en el lugar de la estrella polar hay un vacío. Y un silencio irreparable.

No quiero que la tentación del silencio me embargue. Es sibilina y seductora. Pero este es un rincón de palabras que en su roce se despiertan con susurros y sacuden la modorra contagiosa a la que invita el invierno que llega.
Hibernar, como los osos, debe ser un recurso muy mamífero. Y el mamífero que nos habita por debajo del traje verborréico que nos cubre la piel vive hibernando una existencia letárgica.
Hoy hablaré de mamíferos, letargos y despertares.

Recién volvimos de hacer el Taller del deseo y la sexualidad. No pudo ser en primavera, su estación habitual, y nos lo trajimos a este otoño revuelto, donde la luz en vez de venir se va.
La oscuridad es el marco perfecto para poder percibir los diversos perfiles de la luz.
Y el frío que asoma por las esquinas es el que le da al calor su verdadero valor.
Era preciso que fuera otoño y presentir la inminencia del invierno para descubrir la vigencia de la cueva y la perentoriedad del fuego.

Ha sido un Taller especial. Diferente. Es de Perogrullo que no hay dos iguales, pero el cambio de escenario nos arrojó de bruces a los leones y a las diferencias cualitativas. Podría resumirlo, para no perderme en lo prolijo de los detalles, con una fórmula comercial tan en boga como un "dos x tres", si no un "tres x dos". Presentar lo que era el par inicial como una tríada, quedando la propuesta como un trabajo acerca del deseo, la sexualidad ...y... la adversidad, en forma de gota fría e insólito refugio posthippy en pleno territorio tomanche al sur de Mazarrón, no les digo más.
¡Ah! ¡Qué ingrediente más preciado la bendita adversidad! Como la trufa blanca o la flor del azafrán.

Pues nada como la adversidad para atizar las transferencias negativas.
Atención, aclaración. Trabajar los afectos llamados 'negativos' (como el odio, la rabia, la hostilidad y demás parentela) vía descarga activa, constituye una modalidad terapéutica bien arraigada llamada catarsis. Hay ejercicios específicos para promover su expresión y liberar el baúl de los afectos largamente retenidos. Pero no hay que confundir estas propuestas de abordaje programado y diseñado con tal fin, con el fenómeno espontáneo de la transferencia negativa, esa infiltración subrepticia  del 'mal rollito', o, directamente, la irrupción intempestiva de la bestia parda, en vivo y en directo, y contigo.
Y ahí está el arte, que no el artisteo, de poder canalizar esa torrentera abrasiva y entrópica, y, reconduciéndola, transformarla en corriente progresiva y fértil, de forma que lo que empezó como un reguero de quejas sobre la higiene, la humedad, el canto del gallo o el perrito piloto, convertirse, tras su paso por el alambique del nombrar lo innombrable y lo innombrado, en el cauce de expresión de las heridas abiertas y los secretos cerrados a cal y canto.

Pero claro, hay que decir que para que esa alquimia opere, para que la palabra-ruido se transforme en palabra melodía, antes, hay que olvidarse de las palabras, requisarlas, dejarlas afuera. Darle la vez y la voz al cuerpo. Abrirse al lenguaje de los sentidos, atreverse a explorar el campo de la experiencia, dejar a un lado el hemisferio izquierdo y despertar al cachorro olvidado y tanto tiempo dado por muerto.

En psicoanálisis, y especialmente en el lacaniano, se enfatiza y con razón nuestra condición lingüística. No podemos pensarnos fuera del lenguaje, y, ¡ay de aquél que lo haga!, pero lo cortés no quita lo valiente, y por mucho que mole Hegel, puede que la palabra mate a la cosa, pero, ¡pardiez!, el mamífero que nos encarna está vivo y coleando.

Somos mamíferos pensantes, o, por qué no decirlo, mamíferos poéticos.
(Poiesis en griego significaba 'hacer', 'crear'. Son los romanos, el latín, quien lo connotará como creación verbal, y de ahí 'poesía')

Somos mamíferos poéticos pues, o, por qué no decirlo, mamíferos patéticos.
(Pathos remite a 'emoción'o 'sentimiento' y de ahí se emparenta con 'pasión', 'sufrimiento' o enfermedad del sentimiento)

Así que de la mano de Susi descubrí hace tiempo el mamífero que llevamos dentro, poético y patético, y, parafraseando un proverbio de infausto prestigio, propondré la tesis de que la letra con leche entra.
Mamá. Mama. Mamar. Vínculo primario de leche y piel. Calorcito. Recogimiento. Mirada. Olor. Murmullo. Piropos. Silencios. Clapping. Eructo. Mecimiento. Nana, cuna, luna.
Sensaciones en un universo de palabras. Pero palabras en su dimensión significante, no semántica.

Atender a esta dimensión del ser no es tarea nada fácil. No pertenece a la memoria consciente, ni siquiera a la inconsciente. Algunos la llaman memoria tisular. El caso es que es más bien de orden energético y sintonizar con esa frecuencia, o con sus ecos, propicia movimientos regresivos intensos, aflojamiento de la coraza, apertura emocional.
Y desde ahí, desde esa experiencia de contacto íntimo y genúino, el encuentro con el otro se amplifica y amplifica. Y sobre esa base entran ya el espejo y las palabras, o las palabras como espejo,  desarrollando un trabajo sobre lo que podemos llamar el narcisismo tróficoque tiene un poderoso efecto reparador.

Cuando en un post anterior (febrero 16) presenté los fundamentos teóricos de la labor que desplegamos en el Taller, terminé postulando la conveniencia de diferenciar lo relativo a la sexualidad como el campo propio de la pulsión, y el campo del deseo como aquel que se escenifica en el fantasma.
Ya sé que como propuesta queda guay, pero para que no se quedara en otra fórmula rimbombante y vacía es que efectué aquel arduo recorrido conceptual, alto en calorías y de laboriosa digestión. A él les remito, quien quiera refrescar el disco duro.

Hoy quise acercarme e ilustrar la dimensión pulsional en su versión mamífera. Es un ámbito  de difícil acceso si no se cuenta con el encuadre preciso. Es por ello que la primera tarea que nos ocupa al emprender el Taller va a ser hacer grupo, es decir, promover el tejido de la red vincular  que va a sostener ese proceso de desarme, despojamiento y exposición de tu vulnerabilidad, a pecho abierto y sin anestesia. Y así, cuando uno abre esa puerta, en el calor de la cueva, al abrigo del temporal exterior y sus amenazas, desde ese clima de confianza básica que da el grupo cohesionado, es más fácil conectar con la ternura hacia sí mismo y hacia el prójimo. Y es desde ahí y por ahí, a través de la ruta amorosa bien labrada, que podremos abordar y asomarnos con garantías al proceloso territorio del fantasma y sus umbrías. Pero ese es otro cantar. A contar en una próxima travesía.

Me despediré del otoño y de ustedes, en esta tarde de frío y lluvia, no con una balada a lo Serrat sino con una cita de Lacan (ya conocida por quién transite mis pasos) y una apostilla:

"Porque sólo a través del amor (mamífero) puede el goce condescender al deseo"

    
                                                                                      En Mamouna, el 18 de Diciembre de 2016




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