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lunes, 1 de mayo de 2017

NARCISISMO Y CONTRATRANSFERENCIA









Cristina Nadal, amiga querida, tuvo la gentileza de proponerme hablar del "Narcisismo del terapeuta" en un congreso de gestaltistas, a mí, un psicoanalista que, puestos a referenciarme, podría tildarme de freudiano y translacaniano, como me calificó Juanjo Albert hace ya muchos años, signifique lo que signifique la última etiqueta.

Vale, por mi encantado, pero desde ya les advierto que la cosa es canela fina si no tela marinera. Tendré que hacer un ejercicio de ultrasíntesis de conceptos complejos por lo que el recorrido puede atragantársele al más pintado que no esté acostumbrado a estas conjeturas o a esta jerga. Así que les pido un poco de atención y un poco de paciencia y ya les anticipo que al final habrá postre.

Empecemos pues. Antes que nada será preciso dejar claro que el concepto de Narcisismo es polisémico, es decir, de lecturas poliédricas, y para evitar no perdernos en el bacalao semántico correspondiente me ceñiré a la acepción lacaniana que plantea el Narcisismo como el tiempo de constitución del Yo, por la vía del estadío del espejo, es decir, ese fenómeno de adscripción e identificación que el cachorro humano, batiburrillo pulsional y fragmentario hasta entonces, hace en relación a esa imagen organizante y totalizante que el espejo le devuelve. Ese acto epifánico de reconocerse en ese reflejo y de acceder al "¡ese soy yo!", conllevará el júbilo correlativo, que en honor del mito griego, calificamos de narcisista. Poderoso y cautivador espejismo, que, paradójicamente, constituirá el núcleo fundante de nuestra identidad, (mi) divino tesoro.
Hay que precisar, por obvio que resulte, que ese reflejo y ese espejo del experimento son además una metáfora, pues si no ¿qué sería entonces de los niños ciegos? ¿No tienen yo?
Así que convendremos que el tal espejo va a ser una representación del Otro significativo, 
y sus reflejos sus decires, mensajes singularizados que conocemos como enunciados identificatorios y que configuran paradójicamente con su alienación nuestra imagen más propia.
Lacan va a referirse a este fenómeno como una experiencia paradigmática del registro imaginario.

Ahora nos iremos a Freud para abordar otro concepto fundamental que se juega en este tema que nos convoca y que no es otro que el de la Transferencia. Todo el mundo lo conoce, así que lo transitaré rápido. Ya saben, se trata de esa tendencia inconsciente a reeditar en los vínculos del presente patrones vinculares constituidos en la relación con los objetos primarios.
Es un fenómeno universal que Freud recorta y define, convirtiéndolo en un instrumento técnico capital de la terapia psicoanalítica, pues atraviesa de punta a punta el vínculo del analizante con el analista, y sólo através de esa reedición vincular en el aquí y ahora transferencial es que se van a poder operar cambios transformativos en los viejos clichés cristalizados.
Va a describir dos vertientes del fenómeno  que se diferencian y que se ensamblan como el Guadiana a lo largo del curso de un análisis.
La primera la designa transferencia  motor, y es la que facilitará la rememoración y el trabajo asociativo mediante el que se desplegará el inconsciente.
Y la segunda es la transferencia como resistencia, que se da cuando en vez de manifestarse lo reprimido por la vía del recuerdo se juega por la vía de la actuación de los afectos, dando lugar al clásico enamoramiento o sus reversos, y a consecuencia de este enmarañamiento pasional se estancará la producción asociativa.

Lacan por su parte va a hacer sus propios desarrollos, de una complejidad que ha hecho escuela, y obviamente no es éste el lugar ni el momento para entrar en ello, pero inevitablemente tendré que recurrir y aunque sólo sea citar algunos de sus conceptos.
Digamos que va a articular esta dualidad freudiana recién expuesta con su propia cosecha, y a la transferencia motor la va a llamar transferencia simbólica, porque cursa por la por él llamada ruta significante, que es la que mola, pues apunta a la verdad del sujeto inconsciente.
Frente a la llamada transferencia imaginaria, que la enlazaría con la transferencia como resistencia de Freud, y que es la chunga, porque para Lacan lo imaginario es chungo y falaz, como el Yo, que vimos antes, y al que definirá como una función de desconocimiento. De esa guisa también considerará la transferencia imaginaria como el laberinto de pasiones narcisistas donde chapotean los afectos. Vade retro.

Visto lo visto, ya estamos en condiciones de abordar la cuestión a la que íbamos, que es la de la contratransferencia, o también llamada pertinentemente transferencia recíproca, pues se trata del mismo fenómeno pero invertido, referido ahora a la persona del analista respecto a su paciente.
Freud la menciona en unas pocas ocasiones en sus escritos técnicos y la presenta como un asunto complejo y problemático sobre el que el practicante, tras su propio trabajo en su análisis, debe estar avezado y tenerla bajo control para que no haga obstáculo en el proceso terapéutico.
Va a ser en la década de los 50, cuando los llamados posfreudianos la introducen como un tema clave en el debate psicoanalítico postulando como novedad el ir más allá de su condición de obstáculo y reconociéndole un valor de herramienta terapéutica.

Es ahí cuando emerge Lacan blandiendo su "retorno a Freud" y desenvainando su flamígera espada justiciera.
Criticará cualquier uso de la tal "contratransferencia", tachándola como el conjunto de prejuicios y resistencias del analista no suficientemente "depurado" en su análisis y denunciando su carácter imaginario, (ya saben, tremendo estigma conceptual en aquella época), al que opondrá un nuevo concepto redentor, el deseo del analista, que, atención, nada tiene que ver con los deseos mundanos del analista de turno, sino más bien se refiere a una función de carácter simbólico, que apuntaría a activar el deseo del analizante, un deseo que es deseo de saber sobre la verdad subjetiva, es decir, inconsciente. Es ésta la matriz de la transferencia simbólica, un empuje al saber  o una suerte de  transferencia epistémica que la distingue de la transferencia imaginaria y su corolario de sentimientos.

Así pues cuando hablamos del "narcisismo del terapeuta", tema de la ponencia que nos reúne, desde el psicoanálisis podemos plantearlo como un asunto contratransferencial que en términos lacanianos sería una manifestación de orden imaginario, y como tal, inconveniente y equívoca, que perentoriamente habría que evitar. Sería la expresión de una supuesta relación intersubjetiva entre terapeuta y paciente teñida de supuesta simetría. Horror. Una relación de yo a yo, o de tú a tú, que ilustraría proverbialmente la llamada 'oración gestáltica' del "yo so yo y tú eres tú...", frente a la decidida apuesta de Lacan por despersonalizar la figura del analista asignándole términos tan elusivos como "muerto", "semblante" o "des-ser".

Creo que éste es uno de los ejes de clara divergencia entre Gestalt y Psicoanálisis, al menos el freudolacaniano, y que comporta un debate interminable en el que no voy a entrar.
Sí quisiera aliviar este farragoso desarrollo teórico que les he endilgado pese a mi esforzado empeño simplificador con una viñeta fílmica que ilustre plásticamente conceptos tan áridos.
Pero en vez de proyectarla, que nos llevaría un tiempo del que no disponemos, se la voy a resumir de palabra.

Se trata del prólogo de la película La Misión que imagino que la mayoría de ustedes habrá visto.
Ya saben, Rodrigo Mendoza, es decir, Robert de Niro, es un mercenario cazador de indios que a la vuelta de una de sus tropelías se encuentra con que su novia está por su hermano menor, tras lo cual, herido en su orgullo de macho y cocido de alcohol lo reta a un duelo desigual y mortífero que acaba con su hermano cadáver y con él sepultado en vida, aplastado por el remordimiento en la mazmorra de un convento. Allí llega reclamado por el prior, Jeremy Irons, alias el padre Gabriel, un misionero jesuita que denunciará y sacudirá la molicie torturante y gozosa en la que se ha atrincherado De Niro, ese regodeo malsano y feroz en la ciénaga sadomasoquista que es la culpa. Y le ofrecerá una vía de salida, un camino de expiación, acompañarle en sus tareas humanitarias a una remota Misión. Mendoza acepta y emprenden viaje rumbo a la selva por una escarpada ruta fluvial, atravesando las tumultuosas aguas de un río salvaje y remontando precipicios insalvables que parecen un frontón, en el marco incomparable de las cataratas de Iguazú. A la dificultad y dureza de la ruta De Niro añadirá un plus, un amasijo de fierros varios, cascos, escudos, espadas y corazas, en una especie de morral que arrastra pesadamente tirando de una soga a la que va atado. Es un sobresfuerzo  constante al que se somete, al punto que uno de los frailes de la comitiva, el padre John, al que encarna Liam Neeson, acongojado, le conminará a su superior que lo pare, que "ya ha hecho suficiente penitencia, Padre", a lo que Irons le responde contundente, "pero él no lo cree así, y mientras él no lo crea, yo tampoco". 
Aunque esta admonición no impedirá que Neeson, en una ocasión en que De Niro lastrado por la morralla resbala y es arrastrado unos metros por la ladera, en un impulso libertador y machete en mano corte de dos tajos la maroma y empuje al vacío la ominosa chatarra.
Impertérrito, pero lanzándole una mirada tipo 'la cagaste Burt Lancaster', Mendoza desandará todos sus pasos y descenderá al río a recuperar su preciada penitencia. 
Si no querías caldo, toma dos tazas.

Se trataría ahora de poder aplicar a nuestro tema la didáctica moraleja.
Tomar nota de que el arrebato liberador del 'empático' cura/terapeuta no libera de nada al machacado paciente/penitente. Si acaso es una exclusa por donde evacuar la propia angustia del terapeuta ante una situación de conflicto o sufrimiento. Es decir, que es su propia 'necesidad', expresión muy querida en ciertos ámbitos, la que se impondría sobre la del paciente, precipitando un desenlace que no desenlaza nada, antes al contrario, lo cortocircuíta. 
Es muy importante observar el factor distorsionante que opera aquí darle cancha a la "contratransferencia", pues en nombre del bien del otro vehiculiza un acto que hace interferencia en el sinuoso proceso que el paciente precisa y que perfectamente  podría haber  llevado a abortarlo.

A diferenciar de esa otra posición de acompañamiento que detenta Irons, que respetando escrupulosamente los tiempos del analizante, se abstiene de intrusiones  reparativas. Lo cual no significa pasividad quietista alguna. Para nada.
Recordemos la actitud confrontativa en la celda mediante la que consigue provocar y despertar en De Niro el anhelo de redención o ese otro momento crucial durante el ascenso en el que Mendoza resbala y se aboca al abismo en el que queda suspendido y que gracias a la intervención atenta y firme del jesuita que resiste y le sostiene, evita el desastre. 
Posición activa pues, como activa es la llamada atención flotante, aunque no lo parezca.

Dicho esto y con conciencia de que desafía la ortodoxia analítica y su 'neutralidad benevolente', incluiré la escena final de este prólogo tan enjundioso. Me refiero a cuando llegan los intrépidos viajeros a donde los indios y éstos reconocen en el estrafalario personaje que cierra tambaleante la expedición al antiguo mercenario sanguinario. Uno sale a su paso cuchillo en mano, ante el sobresalto angustiado, otra vez, de Neeson, mientras Irons, confiado, pronuncia una frase en guaraní y deja hacer. La secuencia es tensa y rápida. El indio se encara gritando y blandiendo amenazante el cuchillo a un De Niro postrado de rodillas, rendido y dispuesto a acatar su destino. Pero finalmente, para su sorpresa, el nativo corta la cuerda y le libera del fardo de culpa y fierros que arroja al fondo del río. Mendoza, mudo y perplejo, rompe en desconsolado llanto mientras Irons, a unos metros, le mira conmovido y, ahora sí, se va a él y lo recoge en un abrazo reconfortante y compasivo.

Ya sé que en la Gestalt el abrazo es un lugar común. En psicoanálisis no, pues es difícilmente compatible con consignas de la índole de la impasibilidad o el des-ser. Pero a riesgo de excomunión o apostasía diré que yo le hago sitio al abrazo en ocasiones precisas y que esa experiencia de contacto corporal-emocional puede ser sin lugar a dudas una opción electiva apropiada y productiva.
Y es que ese tema, el del cuerpo, me parece de una importancia primordial y que seguramente daría para todo un debate, si no, para un congreso entero.

Bueno, tenemos que terminar.
Resumiendo. Del narcisismo del terapeuta ... ¡ojo y al loro!
Y a no confundirse intentando neutralizarlo con la tentación estatuaria o de esfinge.
No va de eso. La cuestión a dirimir no es si pastel o si granito. Es una cuestión brujular. De saber dónde está el norte. Y así, como Jeremy Irons, jaquear el goce y apuntar a la verdad del sujeto, esto es, a lo que atañe a la asunción de su falta. Lo demás, serán frutos sobrevenidos de esa travesía fecunda.

                                                               
                                                                                                                          En Málaga, 29 de Abril de 2017

( Para ampliar sobre el tema consultar Del Narcisismo y otras hierbas)


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