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viernes, 19 de septiembre de 2014

La ruta del bacalao. The end.



           



            Decía Wittgenstein aquello de: “De lo que no se puede hablar, mucho mejor es               callarse”

La pregunta que nos tenemos que hacer es “¿qué es eso de lo que no se puede hablar?”
Creo que podemos convenir que no se refiere a lo prohibido, es decir, al tabú, al campo de lo reprimido, a todo ese batiburrillo de secretos que nos ocupan la vida, sino que atañe más bien a lo que las palabras no alcanzan, lo que referimos como indecible o inefable y que en psicoanálisis conocemos como lo Real.Y en Matrix, el desierto de lo Real…

Pero frente a la máxima mutista de Wittgenstein, el psicoanálisis intenta decir algo sobre lo indecible, reflexionar sobre su condición. Intentar cernirlo fallidamente con palabras. Y digo fallidamente, porque el significante está en falta, o como decíamos, es cojo. Y yo aún diría más, “porque es cojo… es”. O, si tensamos un poco más la frase, " porque escojo… soy".

Y es que escojo porque la realidad es incierta y ahí reside la raíz de nuestra libertad, divino tesoro, o más bien divino castigo, que nos expulsa del paraíso de lo natural y sus armonías, y nos aboca al trance del malentendido permanente y sus desencuentros. Es conocido el mito del Diluvio Universal como castigo iracundo y genocida de Jehová a la humanidad por sus pecados, que visto lo visto y dada la capacidad reproductora a prueba de conejos de los hijos de Noé, no sirvió de mucho. Escarmentado, Jehová impone un segundo castigo universal mucho más sutil e irreversible: la maldición babélica, que condena al hombre a la confusión de lenguas. Lo sucedido a los pies de aquel gigantesco Zigurat es el relato mítico del origen del bacalao que nos asola, y de la relación entre éstas dos cuestiones clave, lo Real y el bacalao, es que ha versado éste largo viaje que emprendimos hace ya unos cuantos años y que hoy llega a su fin. Un recorrido tortuoso y tenaz por los territorios de lo que se ha venido en llamar “la clínica de lo Real” y que nosotros hemos propuesto llamarla “clínica de la pulsión”, poniendo especial y aguerrida atención en ese fenómeno espurio que infiltra el discurso y que me animé a llamar el bacalao. Por cierto, me pidieron si podía aclarar el concepto o redefinirlo… y esto es lo que me salió:

Bacalao: dícese del estado de confusión y/o contradicción conceptual generalmente soslayado y/o revestido de certidumbre falaz. Habría que añadir que esa querencia por lo falaz es lo que lo emparenta con la chirla, pero dejar claro que aunque se solapen no son lo mismo, siendo la confusión lo propio del bacalao, y la trampa el alma de la chirla. 

Volviendo a Wittgenstein, con el que empezábamos hoy, si su propuesta es que ante lo indecible mejor dejar las palabras y darle la voz al silencio, yo prefiero apostar por la ruta intangible de la poesía, que como Alejandra Pizarnik dejó dicho, se afana en atesorar palabras muy puras para crear nuevos silencios.

Evohé. Evohé.


3 comentarios:

  1. eso es la poesía, sí, y pocos poetas lo saben

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  2. Si he entendido bien, además del problema de las diferentes lenguas, el meollo esta en lo q se esconde detrás, por ejemplo yo digo hola y lo q se esconde detrás es x y tu dices hello u hola, lo q guste, y lo q se esconde detrás es y.
    O es que hola puede ser x o y o z o vaya usted a saber y cada uno escoje.
    El significante no es inherente a la persona o estado emocional?
    Es decir yo me levanto un día y no digo hola como lo digo cuando tengo un mal día.
    No entiendo donde esta la elección. O es q acaso se puede elegir entre estar mal y estar bien?
    Si al final van a tener razón los optimistas

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