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sábado, 20 de junio de 2015

De la Resonancia Significante

        






“…Y aguzando la atención flotante y abriéndome a la resonancia significante, ahí  vamos, golpe  a golpe y verso a verso, haciendo camino al hablar.”

Así terminaba mi último post  en  zapatillas  y  por ahí  quiero retomar la  cuestión, pero ya  en  chanclas, pues la calor asoma.

Puede resultar  muy  machadiano, que lo  es,  pero yo, que no  soy  muy versado en  poesía  y  que mi paladar no alcanza a menudo a saborear las delicatessen del género, he  de reconocer que este poema que descubrí en mi ya lejana adolescencia con la voz de Serrat por bandera, sigue resonando en mi memoria con  la misma  fuerza, si no más,  que en  aquellos  días en que toda la vida estaba  por venir.

Ahora que  el  porvenir ya  vino y se  marchó, y con él tantas cosas, siento y asiento  la verdad profunda y  desnuda que aquellos versos anunciaban.  “Caminante no hay camino, se hace camino  al andar”. Pero no  es mi intención ponerme filosófico, ni poético, ni profundo. Simplemente aprovechar la sabiduría que esas palabras encierran para abordar aspectos que  conciernen al psicoanálisis, que  es lo que nos reúne en esta página.

Veamos. Hablábamos  del significante y sus hazañas. Vimos la condición significante del síntoma y  por lo tanto su dimensión lingüística. Vimos que el síntoma era una metáfora, una  sustitución desfigurada de  algo conflictivo reprimido, es decir, inconsciente. Ergo, concluímos  con Lacan, que el inconsciente está estructurado como un lenguaje. Así que también  dijimos que  el inconsciente habla, o se manifiesta,  siguiendo unas reglas, una gramática,  a través de las  llamadas formaciones del inconsciente. Y ahí alineamos lapsus, sueño y síntoma, distintas formas de emerger eso  reprimido que  empuja y que llamamos la verdad subjetiva,  diana a la  que un análisis apunta  y promueve desde su regla  fundamental que es la asociación libre, esa invitación a decir todo lo que venga  al pensamiento sin censurarlo, es  decir, un dejarse llevar por la propia inercia de  las palabras, que en su fluir van a decir más de  lo que se proponen,  y a ese despropósito lenguaraz le llamamos significancia. Cualidad que habita en las entrañas del significante que como dijimos es  polisémico, es decir, montaraz y promiscuo, y en su polisemia nos aboca al chismorreo y al malentendido estructural. Ese plus de sentido es  compadre  de ese viejo truhán  que es el doble sentido, famoso por sus chistes y su ironía, no siempre fina ni de buen gusto. Y nos preguntamos por qué el  significante era tan golfo, y  Lacan con Freud nos respondió que le venía de nacimiento. Porque el flamante significante se yergue ladino y ufano sobre la  tumba viva de la Cosa, la madre del  cordero, proscrita y vampira, esencialmente  morbosa. Y sus raíces  beben de ahí. Así que no  es  de extrañar que se crea el  rey del mambo y se comporte como  tal.


Vale. Tras tan prieto repaso, un par de respiraciones profundas y podemos proseguir. Pero, ¿a dónde vamos, si puede  saberse?     Ah!, ¡quí lo  sa!  Recuerden, no  hay camino, se hace camino al hablar.  

Así  que hablemos, sigamos hablando, dejémonos llevar por las palabras hacia donde ellas empujen, y empujan, lo noto, hacia atrás, o hacia arriba, según se mire, hacia la autocita que encabeza estas líneas, “y aguzando la atención flotante…”, y ahí nos encontramos un concepto fundamental del dispositivo analítico, la atención flotante, que es la particular actitud de escucha que el analista ejerce, pareja de baile de la libre asociación, y condición sine qua non para que el milagro suceda o la cosa funcione. Porque el libre decir  del analizante se lanza a los brazos del libre oír del analista en  una danza de sonidos y silencios  que teje un discurso  que podemos decir  musical, y sólo así se entiende que privilegiemos  la ruta del resonamiento sobre la del  razonamiento, una vía en la  que se imponen los ecos del significante sobre el  mensaje conceptual, porque es por la resonancia por la que el inconsciente  se despierta y susurra.

Si dijimos que el significante era ligón, o con más precisión, ligante, en tanto que atendamos a su capacidad resonante, podemos proponer desde ahí que la resonancia  sería  la  energía ligante del significante, una energía que podemos calificar de musical y  que es la  que modula el  lenguaje inconsciente. Y si sabemos  afinar el  oído y guardar el silencio debido podremos reconocer su melodía sutil cuando asoma en  el  tumulto del discurso y nos dibuja, como la tinta invisible, el hilo  conductor del  inconsciente.

Cualquiera que teclee en el buscador de Google la palabra resonancia se encontrará al instante con una lista bien surtida de sus distintas y variopintas acepciones pero es seguro que entre ellas no se tropezará con ninguna que la emparente ni remotamente con el psicoanálisis ni con el significante, de momento.
De sus múltiples presentaciones no hay ninguna que me interese así que rescato de mi biblioteca un viejo libro de Luis Racionero, “Oriente y Occidente”, donde de su recorrido por la filosofía china algún lejano día subrayé con mi lapicero un parrafito de un tal Tung Chung-shu que ahora transcribo: “Cuando tocamos la nota kung o la shang en un laúd, son respondidas por las notas kung y shang de otros instrumentos de cuerda. Suenan por sí mismas porque cuando dos “chi” son similares coalescen.”

No me pregunten qué diantres son los “chi” porque no tengo ni idea. Sé que un trabajo que se precie tiene que investigar a fondo los datos que se manejen. No es el caso en este caso. No tengo tiempo, la vida va al galope y tengo otras prioridades, así que asumo mi vasta ignorancia y sigo adelante.

Pero estarán conmigo en que la cita además de erudita es chula y pertinente. Nos viene como anillo al dedo. Pues creo que nos presenta un fenómeno que ilustra maravillosamente el tema que estamos elaborando, la resonancia intersignificante, y si le damos una vuelta de tuerca más, podemos decir que esa vibración armónica entre los “chis” de marras es una buena imagen para ilustrar una cara fundamental del fenómeno que nosotros llamamos transferencia, herramienta clave de nuestro hacer, entendiéndola aquí como ese estado de conexión singular entre el inconsciente del analista y el del analizante, en la línea que viene sosteniendo Nasio desde hace años.

Bueno, no quiero ponerme pesado ni repetirme. Simplemente diré que es congruente y nada mejor que una viñeta clínica para contrastarlo. Sirva para rastrear sobre el terreno las diversas cuestiones que hemos ido desgranando y para mostrar su aplicación práctica al dente.


Una manía sin fundamento

Es el caso de una mujer de unos cuarenta y, que acude a mi consulta tras un largo recorrido por otros gabinetes de corte cognitivo conductual. El motivo que la trae es que padece desde hace años un cuadro dominado por una intensa angustia consecuencia de un temor obsesivo hipocondríaco, su convicción de que va a contraer un cáncer y ante tal perspectiva se empleará a la busca y captura preventiva de cualquier indicio sospechoso mediante el rastreo concienzudo y sistemático de palparse todo su cuerpo. Y como quien busca halla, de cuando en cuando halla algún bultito que la confirma en sus temores y la aboca a una angustia en la que se rehoga unos días de sin vivir hasta que decide acudir al médico que la desmiente y tranquiliza…de nuevo. Porque la calma, claro, es transitoria y pronto se reinicia un nuevo ciclo de su pertinaz ritual palpante.

Presentar un fragmento clínico es siempre una tarea delicada por muchos aspectos. Uno de ellos es precisamente por su condición de fragmento, es decir, por esa labor de poda brutal de lo que es una historia personal mil veces compleja. Trataremos de recoger en ese recorte minimalista lo que llamaré lo molecular del caso.  

Casada y con una hija pequeña concebida por sorpresa tras muchos años de buscarla por todos los medios y fracasar sus tratamientos de fertilización e inseminación, es cuando dan por perdida esa vía y comienzan un proceso de adopción que queda milagrosamente embarazada.

Refiere una relación muy ambivalente con una madre muy dominante a la que no soporta pero de la que no se puede despegar. Sesión tras sesión hará un pormenorizado relato de los menosprecios y ofensas sufridas al tiempo que no se explica por qué ha de estar permanentemente pendiente de ella. Tiene una hermana unos años mayor y el padre murió en su temprana juventud. De él nunca habla, desde que en la primera sesión al yo preguntarle me informa de su muerte, y que fue un padre ausente por el trabajo y al que no le perdona que la dejara a merced de su madre. Simplemente no cuenta para ella, y nada cuenta de él.

Meses después asistió a un taller de psicodrama y trabajando con ella emergió inopinadamente un recuerdo en el que con cinco años se hallaba sentada en las rodillas del padre preguntándole a quién quería más, si a su hermana o a ella, a lo que el padre respondió que a las dos igual. Ella insiste en su pregunta “pero ¿a qué me quieres más a mí? Y el padre mantiene su respuesta de firme equidistancia. Resulta que luego referirá que en realidad ella sentía que su hermana era la favorita del padre, con quien mantenía más relación mientras ella “era de la madre”. En la rueda final hará un comentario sorprendente, “he pensado en que ¿y si mi padre se hubiera enamorado de mí? ¡Qué horror! ¡qué asco! No lo quiero ni pensar.” En una contorsión admirable, su deseo, cumplido en su imaginación, se revuelve amenazante contra ella.

A partir de esta irrupción estelar del padre en escena algo se mueve en la trastienda y su presencia empieza a infiltrar la trama.

Un día comenta que le ha aparecido un recuerdo que no puede quitarse de la cabeza. Tiene doce o trece años, está en el recreo del colegio y le asalta el pensamiento obsesivo de que se va a encontrar a su padre en la calle haciendo algo que no debía pues tendría que estar en su lugar de trabajo, como realmente sucedía. No se explica el porqué de ese pensamiento ni su insistencia. Dirá: “era una manía sin fundamento”.       Yo intervengo, le repito la frase y le pregunto qué asocia. Un breve silencio y responde muy sorprendida, “¡pues me ha venido mi manía con el cáncer!” y yo corto ahí la sesión.

Este tipo de intervención es característica de la práctica lacaniana y recibe el nombre de escansión. Es una operación de corte del discurso y puntuación significante de potencia megatónica. Suele concitar una cierta perplejidad y si ha sido afortunada, una avalancha de efectos asociativos.

En esta ocasión la pirueta verbal es fascinante pues ha hecho puente su recuerdo obsesivo puberal con el síntoma actual, presentificándose el padre a través de un sintagma explícito, “una manía sin fundamento”, y que denominamos equivalente discursivo.

Como vemos la cadena inconsciente ya está en marcha.

En una sesión posterior me hará la crónica detallada de su saga sintomal en un relato desde sus orígenes a partir de la muerte súbita del padre por un ictus que ella tuvo que afrontar sola pues “mi madre estaba con un ataque de histeria”. Se sorprende de la eficacia y la madurez con que gestionó la situación y de que no se sintió muy afectada. Pero a los pocos días empezó a sentirse mal. “El primer toque fue un dolor de cabeza que…bli, blu, bla…El siguiente achuchón fue cuando…blu, bli, bla…y ya, el gran subidón fue cuando …bli, bla, blu…”

Y es ahí cuando después de escuchar en silencio su minuciosa descripción de los hechos intervengo repitiéndole las tres frases que entresaco de su largo relato:

-Atienda: “El primer toque”…”el siguiente achuchón”…”el gran subidón”, ¿qué asocia?
-Hombre, pues ahora que lo dices así me suena…muy sexual.

Y entró en un silencio prolongado y profundo del que a pesar de mis requerimientos no salió. Corto la sesión.

Podría seguir y contarles qué se estaba cociendo en ese mutismo lapidario que desvelaría un par de sesiones después…canela fina, pero como decían en La Historia Interminable, “esa es otra historia” y nosotros tenemos que ir terminando. Apuntaré que refirió recuerdos precisos de índole sexual que desplegaban su fantasma edípico, pero por hoy ya me he extendido bastante y es el momento de recortar.

Sí haré un último comentario sobre lo expuesto.

Empezamos hablando de la dimensión lingüística del síntoma y continuamos con la resonancia significante, dos titulares de los que echan para atrás. Si has llegado hasta aquí querido lector has demostrado estar en posesión de un tesón a prueba de muermos y de una paciencia encomiable, virtudes ambas imprescindibles para acometer determinadas e inciertas travesías. Ésta, como puedes ahora ver, versaba sobre una introducción ardua pero necesaria para comprender la lógica interna del síntoma y en consonancia, la de nuestro hacer. Un hacer que prima la intervención a través del significante más que del significado y que comporta unas premisas teóricas y unas consecuencias prácticas. De cualquier forma cualquier primacía tiene el riesgo de convertirse en tiranía y de ejemplos está plagada la historia. Este campo no es una excepción.

Te emplazo abnegado lector a una próxima cita donde reivindicaré los derechos del significado, tantas veces ninguneado, cuando no injustamente difamado.

Feliz y liviano verano, y que la incertidumbre te sea favorable.

                                     En Mamouna, solsticio de verano de 2015   

domingo, 31 de mayo de 2015

De la dimensión lingüística del síntoma y otras hazañas del significante









¿Cómo divulgar sin vulgarizar? ¿Cómo hacer sencillo lo complicado? ¿Cómo dar cuenta de lo complejo sin banalizarlo? ¿Cómo hablar de Lacan sin ser un tostón, un galimatías o un cacatúa? ¿Cómo transmitir el legado de Freud a un público forastero, variopinto y jaranero, pero al que la curiosidad, si no el deseo, le empuja a asomarse al ruedo?

Estas preguntas laten y se responden en el título de este blog, Psicoanálisis en zapatillas, (o en chanclas, si hace calor), un lugar en el que poder expresarme con la naturalidad y la confianza del que está en su casa y de las que hace partícipe a sus invitados.

Todo eso está muy bien, pero hay veces que por muy cómodo que te pongas se hace muy arduo  el aplicar el viejo adagio del instruir deleitando. Hay temas que adolecen invariablemente de una insoportable pesadez del ser, metafísica o patafísica. El que voy a tutear hoy arrastra merecida fama de fárrago de postín y listón de altura, y cotiza al alza en la Academia. Podríamos titularlo De la dimensión lingüística del síntoma y otras hazañas del Significante por ejemplo, y si se animan a seguir leyendo les sugiero que se lo tomen con calma y su infusión favorita. El que avisa no es traidor.

En estos tiempos de paradigma neuroquímico tropezarse con el título de este post lo condena automáticamente a ese cibercementerio sin alma que es la desalmada papelera de reciclaje, así que si estás leyendo estas líneas quiere decir que la patera hizo costa y ahora les toca a sus maltrechos argumentos buscarse la vida en un territorio extraño y hostil, y sorteando a la policía neurociéntífica, hacerse un sitio entre los prejuicios y la ignorancia.

Hablar de la dimensión lingüística del síntoma puede sonar marciano o esotérico pero en realidad es algo tan prosaico como llamar al pan pan y al vino vino. Y es lo que nos enseñó Freud en su Psicopatología de la vida cotidiana (inolvidable olvido de Signorelli) o ya en sus primeros casos clínicos, sus pormenorizados Estudios sobre la histeria donde nos  ilustra a través de un conjunto de damas y frauleins de una burguesía de balneario la lógica verbal subyacente en los malestares que les aquejaban, un surtido catálogo de algias varias, paresias y parestesias.

Concretemos. Elisabeth von R, una atribulada joven que ha sufrido sucesivamente la pérdida de su querido padre tras una larga enfermedad que ella veló abnegadamente al pie de su lecho y tiempo más tarde la de su querida hermana, admirada y felizmente casada con su cuñado que quedó viudo y al que profesaba una franca simpatía.

Tras un largo y minucioso recorrido por sus experiencias dolorosas, es a través de rastrear como un sabueso el relato de las mismas y sus asociaciones y derivas sentimentales que va a postular que su astasia-abasia es una parálisis funcional simbólica. Que los dolores de sus piernas y su incapacidad para andar son la expresión en el cuerpo de un conflicto emocional, es decir, de orden psíquico, es decir, fruto de pensamientos y deseos inadmisibles para su moral y por tanto rechazados de su conciencia.

No hace falta ser Poirot para intuir que con el cuñado había tomate. Pero no había sangre por ningún lado, ni arma del delito. Sólo un fugaz pensamiento cruzó su imaginación ante el cadáver de su pobre hermana:  “Ahora él ya está libre y puede hacerme su mujer”

Tengamos en cuenta que este es el protoFreud de 1895. Su tesis novedosa sobre la etiopatogenia de la histeria es la teoría del trauma sexual que la sujeto ha sufrido en la infancia a manos de un adulto, que sospechosamente frecuente parece el padre, y que tal representación traumática ha sido apartada (reprimida) de la conciencia, a una segunda conciencia (futuro inconsciente). Pero aquí ya se vislumbra que lo traumático va a ser el propio deseo, intolerable para sus rectos principios, y este atisbo anuncia el inminente hallazgo del llamado complejo de Edipo, verdadera bomba epistémica del siglo XX.

Pero que el fulgor mayúsculo del Edipo no nos impida apercibirnos de la letra pequeña que Freud nos presenta con rigor metódico, la escucha literal del discurso, la dimensión lingüística del inconsciente, y por tanto del síntoma, que es el tema que nos ocupa. Para ejemplificarlo transcribiré unas líneas: “Era innegable que en el desarrollo de la astasia-abasia había intervenido un tercer mecanismo. Observando que la enferma cerraba el relato de toda una serie de sucesos con el lamento de haber sentido dolorosamente “lo sola que estaba” (stehen significa en alemán tanto “estar” como “estar de pie”) y que no se cansaba de repetir que lo más doloroso para ella había sido el sentimiento de “impotencia” y la sensación de que “no lograba avanzar un solo paso en sus propósitos”, transcripción a la letra de sus síntomas de 'no poder estar de pie' o 'no poder avanzar un paso' ", fenómeno que calificará de parálisis funcional simbólica.

Es más. En su afán de cernir la especifidad de los matices termina describiendo una verdadera geografía sintomal dintiguiendo que los dolores del  muslo derecho se correspondían con el conflicto con el padre, pues fue en ese muslo donde sostenía el pie paterno al realizarle sus curas, y los del  izquierdo remitían a la problemática hermana/cuñado.

Es a través de todas estas observaciones que Freud va a ir delimitando una característica singular del cuerpo que lo distingue de su simple condición biológica, el cuerpo como escenario de tramas deseantes que lo van a configurar como cuerpo erógeno.
Así pues, por la vía del cuerpo, del síntoma histérico, Freud accede a establecer la existencia de un lenguaje corporal que viene a expresar lo que las palabras no dicen. Y es en ese no-dicho que así se dice que se manifiesta la verdad inconsciente. Y así podemos pensar lo inconsciente como una verdad velada, no dicha, que hace por decirse empujando en distintos frentes para desvelarse. Se les llama las formaciones del inconsciente y abarca entre otros al síntoma, del que venimos de disertar, a los sueños y a los fallidos (lapsus, olvidos…) que salpican nuestras vidas.

Esta dimensión lingüística, o simbólica, de sus formaciones, que Freud explicita, es la que Lacan recoge y sentencia en su más célebre apotegma:  “El inconsciente está estructurado como un lenguaje” que hace fortuna y bandera de su enseñanza. Y ahí sí, entra a saco vía Jakobson, en la Lingüística estructural de Saussure. Es un tema apasionante donde los haya, pero excede el cabotaje de este navío. Me limitaré a señalar como le hinca el diente al signo lingüístico de Saussure, ya saben, la unidad básica del lenguaje compuesto por dos socios bien amigados, el significado o concepto y el significante o imagen acústica, y los presenta como un algoritmo, a la manera de un quebrado, ligados por una línea bisagra con el significado arriba y el significante abajo y  encerrados confortablemente en una elipse. Y llega Lacan y, zorro él,  les hinca el diente y hace una verdadera escabechina. Zas, tajo a la elipse, zas, fuera bisagra,  y cataplás, te impone una barra divisoria donde encima, cual en un trono,  te planta a un Significante (S) machote como el primo de zumosol y debajo, en los sótanos del signo, castiga de rodillas al pobre significado (s) sin decir ni mu.

A este golpe de mano le va a llamar la Primacía del Significante, y a partir de ahí el tal S va a campar a sus anchas haciendo de las suyas. Ni que decir tiene que no por arrogante no va a conllevar seductores desarrollos de mucha enjundia teórica y técnica, pero, de-paso-cañaso, ajusta cuentas con la IPA y su monopolio del significado y del yo.

Y ya así establecido el nuevo signo va a proponer que el valor de un Significante no viene de su vínculo con el significado humillado sino de su relación con otros significantes, en la estela de los planteamientos estructuralistas.

Así que el significante es polisémico, promíscuo por naturaleza y presto a cargarse de nuevas significaciones. Es el caso del significante Vela, que solo cuando veamos de quién se acompaña podremos entender de qué se trata, pues no apunta a lo mismo “apaga las velas” que “arría las velas”, pues es evidente que no es lo mismo que hablemos de una fiesta de cumpleaños que de  una tormenta en altamar.

Esta primacía del significante y su cualidad polisémica es todo menos una frivolidad, pues dinamitada la fijeza del signo y la univocidad del sentido, el lenguaje nos aboca al territorio de la incertidumbre y al malentendido estructural. Pero aunque eso resulte un incordio en ocasiones, cuando no un drama, también es el humus del humor y del juego de los dobles sentidos. Esa condición cojitranca del significante es la que posibilita la función de la significancia, neologismo lacanés que da cuenta de la tesis freudiana de que uno cuando dice,  dice más de lo quiere o cree decir.

Pero, ¿en qué reside ese plus de sentido que guardan las palabras en su piel? Cualquiera que haya visto El jovencito Frankestein, (si alguien todavía no la ha visto me estará eternamente agradecido por la oportunidad que le brinda el destino de restañar su carencia cinéfila a través de mi afortunada cita) recordará sin dificultad el momento en el que llegan por primera vez al castillo de Transilvania Fróncostin y su secretaria Inga conducidos por Aigor en un carricoche. Mientras desciende en sus brazos a la escotada secretaria, Fróncostin exclama ante el gran portalón del palacio al ver sus dos inmensos picaportes, “¡Vaya par de aldabas!”, a lo que la secretaria ruborizada responde, “gracias doctor”.

Un conjunto de factores en feliz coincidencia propicia ese desencuentro feliz. O mejor podríamos hablar de encuentro en el desencuentro. Desencuentro semántico que propicia un encuentro significante presidido por un deseo que está por advenir. ¿Quién iba a deducir consultando un diccionario que “aldaba” podría dar de sí ser carne de piropo?

Y es que si como dicen, “a las armas las carga el diablo”, a las palabras también. ¿Quién es ese diablo lúbrico que erotiza a las palabras a poco que se presten al juego? ¿Quién demonios instiló en el discurso el erotismo verbal? Y no vale echarle la culpa a Freud. Él solo ejerció de notario de una realidad que en su habla rezuma picardía por sus cuatro costados, o por sus costuras.

Y es que el inconsciente es sexual, una sexualidad reprimida que nos funda y nos impulsa.
Y es que el inconsciente es verbal, una verbalidad que tapiza a la pulsión y la encauza por los desfiladeros del significante.
Y el deseo transita infatigable por la senda de las palabras, las dichas, pero sobre todo las no dichas, que se matan por decir.

Cantaba Sabina aquello de: “Calla más de lo que dice, pero dice la verdad”. Me tomaré la licencia de parafrasearlo. Tómese más como homenaje que como osadía, y en freudiano sabiniano diré que cuando recibo al analizante de turno con mi habitual “Te escucho”, siempre pienso que en lo que está por decirme, “dice más de lo que dice, y en ese más que dice, es que dice la verdad”.

Y aguzando la atención flotante y abriéndome a la resonancia significante, ahí vamos, golpe a golpe y verso a verso, haciendo camino al hablar.

    
       En Mamouna, el 31 de mayo y el triplete a un tiro de piedra.

             

domingo, 5 de abril de 2015

LA PASIÓN PÚRPURA









En estos días de cirios y capirotes, donde el morado refulge como estandarte de los penitentes, puede ser una buena ocasión para pensar desapasionadamente acerca de esta extraña pasión por la pasión púrpura.

Hablaremos pues de la culpa, misteriosa dama oscura que acompaña al hombre (y a la mujer) desde que el hombre es hombre (y la mujer, mujer), pero a partir de aquí daré por sobrentendidos los paréntesis.

Basta asomarse a Google y teclear la palabra, para encontrarnos sumergidos en un debate posmoderno: culpa vs responsabilidad. Las páginas que lo acogen responden a encabezados tales que “somostodosuno.com”, “misuperaciónpersonal.com”, “piensaesgratis.com”, “coachingexitopersonal.com” y un largo etcétera que me/les ahorro por cuestión de espacio y tiempo.

Por resumir a las bravas, la cosa se pone maniquea, y la culpa sería una lastra judeocristiana que nos fueron inoculando de padres a hijos por generaciones y generaciones, generando por generar, no más que un sufrimiento estéril y causa de mal vivir.

Habría que corregir entonces esa distorsión cognitiva y sustituirla por un sentimiento de noble raigambre cual es la responsabilidad, cualidad emblemática de la madurez personal.

Con todas las reservas que me suscita meterme en debates ajenos, no puedo eludir mi responsabilidad en pronunciarme sobre un tema que me atañe directamente, pues en mi condición de analista atiendo diariamente a personas aquejadas del suplicio que la culpa procura. Y plantear la cosa en términos de debate-combate es como confundir las churras con las meninas. Va a ser que no.  

Culpa y responsabilidad desde su diferencia se complementan, y como decía Schopenhauer: “Allí donde radica la culpa, tiene que radicar también la responsabilidad…”. Quien esté interesado en profundizar en tan enjundioso asunto le recomiendo un texto que transita por el decir de algunos filósofos al respecto: “Culpa y responsabilidad como vertientes de la conciencia moral” de Roberto R. Aramayo, disponible en internet.

Así que centrándonos en el tema que abordamos, diré que la culpa es un dolor o aflicción moral que uno experimenta al infligir un daño o infringir un principio.

Y como el dolor físico, cumple una función homeostática. Me explico. Si uno toca la plancha encendida, duele, y sin pensárselo retirará la mano. Claro que no mola quemarse, pero mola menos abrasarse. El dolor aquí opera como señal de alarma para evitar un mal mayor. Es un regulador automático del sistema corporal. El problema pues, no es el dolor en sí mismo, sino sus disfunciones, es decir, su exceso (hiperestesia) y su defecto (anestesia), en este caso cuando no se la busca.

De la misma manera podemos pensar la culpa como un regulador del “aparato psíquico”, que vendría a velar la integridad de las fronteras morales ante el asalto pulsional, asalto que presenta dos frentes prínceps, el empuje incestuoso y el empuje parricida. Reconocerán en esta descripción una cartografía del paisaje edípico. Paisaje que es estructural y que damos por convenido, más allá de la versión mítica freudiana, tamizada y deconstruida por Lacan. (Me remito a otros textos del blog, como por ejemplo “Por el camino de Hitchcock II”).

Y siguiendo la analogía, es la transgresión de esas fronteras la que ocasionará ese dolor moral, entendiendo lo moral como la morada del vínculo, y si de vínculos hablamos, de amor se trata. Amor primario del cachorro al Otro, fundado sobre la inermidad del desamparo. Vínculos primarios que tejen nuestra identidad precaria, y que en ese tejerse, se teje el ser. Y es ese ser-tejido el que adviene sujeto.

Sujeto sujetado a una Ley que proviene del Otro, que lo representa. Internalizar su ley, es internalizar al Otro. Saltársela, es traicionarlo.
Esta operatoria de internalización del vínculo con el Otro es harto compleja y acontece en ese tiempo lógico que Freud denomina el desenlace del complejo de Edipo, desenlace bien curioso, pardiez, pues el lazo adentro queda, y más que de lazo, debiéramos hablar de nudo, nudo que es el núcleo duro de maese Superyo.

Y con el Superyo hemos topado amigo Sancho.                                       

Un querido amigo me imprecaba tiempo ha de esta guisa.                 “¡¡¡¿Pero todavía explicas esas cosas?!!!”

Y es que el Superyo, otro que tal, no tiene buena prensa, y razones no le faltan. En esta era de superhéroes tutiplén, paradójicamente no vende nada. Corren tiempos coaching y el SY, con su vetusto gabán y su ceñudo talante, parece muy fuera de onda. Vale. Pillado.

Pero que no sea trending topic y que su nick quede muy nietzschiano no le resta un ápice a su poder patógeno y craso error cometeríamos si le perdemos la pista. Porque en pos de la culpa íbamos y al SY hemos llegado. Ahora tendremos que dilucidar qué puente les une.

Diré, como dije antes del dolor, que el problema no es la culpa en sí, sino su disfunción. Es decir, la falta de culpa o su exceso. Y no son equidistantes ni simétricos. Es la culpa-de-más la que atoraba antes los confesionarios y ahora los consultorios. Y lo que antes se parcheaba intermitentemente con avemarías y padrenuestros ahora recurre a tofraniles y benzodiacepinas varias. Menos mal que entre las témporas y las mores, como diría José Agustín Goytisolo, nos queda la palabra. Y ahí está el psicoanálisis, trinchera de las palabras.

No estará de más distinguir entre la palabra hueca y la palabra jonda. Entre la palabra tapón y la palabra liberadora. En lacanés, entre la palabra imaginaria y la palabra simbólica.

La culpa-que-toca por un acto indigno, conlleva, además del dolor de haber pecado, el arrepentimiento y el pedir perdón, el propósito de enmienda y el cumplimiento de la penitencia, padre Ripalda dixit.

Esta compleja sintaxis de la conciencia moral que la liturgia católica desgrana está expuesta a distorsiones varias. Como cualquier otro duelo, precisa un proceso. Si tomamos como referencia el luto, sabemos que las distintas  tradiciones pautaban sus tiempos marcando los plazos de los colores de la indumentaria, desde el negro riguroso del comienzo, hasta, pasando por los grises y los claros, el reencuentro con los colores de la vida que resurge sobre la cicatriz del muerto. Este itinerario de tonos cambiantes reflejaba ese tránsito doliente que supone elaborar una pérdida. Y todos sabemos de alguien que se puso de luto y lo convirtió en su uniforme hasta la mortaja. Pegarse al negro que representa al objeto perdido es una forma vana de no soltarlo. Re-tenerlo.

La culpa-de-más denota un duelo de más. O mejor dicho, un duelo no resuelto. Es decir, un dolor sin plazos, es decir, sin límite, es decir, algo del orden de la experiencia que no atañe al dolor propiamente dicho sino al sufrimiento. Distinguir entre dolor y sufrimiento es ya un lugar común en cierto territorio psi. Diferencia operativa y crucial para el psicoanálisis, pues el campo del sufrimiento es el fértil humus donde se cultiva el goce, concepto aciago donde los haya, porque en su contaminación semántica se convierte en un cajón-desastre.

Explicar aquí y ahora qué demonios es el goce sería un acto suicida-homicida que ni Andreas Lubitz. Así que lo despacharé sin matices y sin contemplaciones. A bocajarro. Entenderemos por goce ese estado de fusión con la cosa que no quiere saber de límites, gracias.

Hay cientos de cienes de maneras de conjugarlo. La clínica es su escaparate. Y la culpa uno de sus activos más boyantes.

Llegados aquí, intermedio, intervalo, pause.

Confieso que esto se me ha ido de las manos. Es lo que tiene ponerse a escribir, que si te dejas, las palabras te llevan, y si no, te arrastran.

Llevados pues a estos lares, ¡al toro!, y que sea lo que el significante quiera.

Quedaría para cerrar la faena con un mínimo decoro articular goce, culpa y superyó. Ahí es na. Ganas me dan de dar la espantá. Voy pallá.

Freud a lo largo de muchos años de vérselas con sus neuróticos se apercibe de que detrás del cantar del mío síntoma subyace palpitante un empuje insidioso que llamará necesidad de castigo.

Esto, junto a otras fundadas razones que hoy, sorry, dejaré de lado, le lleva en un acto de coraje intelectual a remover los cimientos de sus postulados y formular una hipótesis revulsiva que agrieta el casco de la nave psicoanalítica. Se llama Más allá del principio del placer y marca un antes y un después, y créanme, no exagero, en la historia del psicoanálisis y de la subjetividad. Ese más allá es al que llamará pulsión de muerte, término de nuevo no muy afortunado, y que nosotros con Lacan, diremos, empuje al goce.

Dejando a un lado los desvaríos biologicistas con los que intenta justificar tamaña osadía, rescatamos un párrafo luminoso que dice así:

“Habría una inercia regresiva, un retorno al origen, un empuje intrínseco al restablecimiento de un estado anterior que ese ser vivo tuvo que abandonar bajo la influencia perturbadora de fuerzas exteriores.”

Y ahí, cualquiera que aguce su escucha, podrá reconocer la trama básica del Edipo.

Ese empuje a restablecer ese estadio fusional (Huevo o primer tiempo) que hubo que resignar ante la irrupción de esa fuerza exterior que es el padre, condensa la vertiente goce del Edipo.

Podríamos añadir, y ya sé que es forzar mucho la máquina, que en ese supuesto estado fusional donde se borrarían las diferencias, el baby, vendría a ocupar el lugar de objeto que completa al Otro todopoderoso. Otro que así oficia de Amo. Y puesto que no hay Amo sin esclavo, ya tenemos retratado el fundamento estructural del masoquismo. O como vengo designándolo hace años, el masamoquismo, la pasión por el Amo.

Ese Amo totipotente todos sabemos que es un fiasco y antes o después está condenado a morder el polvo, pero hete aquí que sorprendentemente va a ser resucitado y reencarnado en el candidato de turno, que haberlos haylos. La cosa es que no decaiga, y la pasión por el Amo se juega tanto en la escena exterior, la social, como en la interior, en el teatrillo que se monta in situ el aparato psíquico, en freudiano, el dueto sado maso entre el Superyo y el Yo.

Ya acabamos. La culpa-que-no-toca recrea íntimamente esa tortura que ejerce obsceno el Superyo sobre ese yo que se retuerce, obsceno también, en su salsa de re-mordimientos. Goce chungo del fustigante que se fustiga humillante entre estertores de éxtasis y mortificación. ¿Pero qué Amo divino se  relame en su trono?  

“¿Gozas, negro? ¡Tope, Buana!" cantaba La Polla en desafiante provocación.

Pienso en los negros víctimas del Kukusklan. No los veo celebrando al del cucurucho.
Capirote blanco, capirote púrpura, víctima o victimario de una misma pasión oscura y sin rostro. Siniestra tradición.

Habemus goce.


                                   En Mamouna, Pascua 2015

sábado, 14 de febrero de 2015

¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?






Ahora que casi todo lo mensurable ha sido medido, contabilizado, cuantificado, shareizado y no sé cuántas cosas más por mor de las estadísticas, seguramente alguien habrá establecido el Top Ten de las palabras y en ese Olimpo sustantivo no creo que me equivocaría mucho si apostase que el podio lo coparían Dios, Dinero y Amor, aunque no necesariamente por ese orden.

De esa supuesta tríada con ecos copleros, de la que se cayó la Salud y se aupó Dios, porque siempre ha habido clases, me voy a atrever a comentar el tercer término, es decir, el amor. Y digo “atreverme” porque siento un atrevimiento abordar una cuestión tan compleja y al mismo tiempo tan manida, sin caer además en la banalidad, la jerigonza o el sentimentalismo.

Del inabarcable arco de abordajes posibles me ceñiré a la parcela que cultivo, es decir, la mirada psicoanalítica, y más en concreto, la mirada lacaniana.
Acotado el campo, veamos cómo está el patio.

“¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?”

Es el título incontestable de un libro de relatos por lo demás olvidados que publicó Raymond Carver en 1981. Estandarte del Realismo Sucio, más allá de un clima irrespirable de alcoholismo y desamor no recuerdo ni sus tramas ni sus personajes, pero esa pregunta resuena candente en mi memoria literaria, y resulta ineludible contraseña para acceder al ámbito que pretendemos explorar hoy.

¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?

Amor es un concepto polisémico de fronteras borrosas con sus vecindades semánticas: afecto, pasión, eros, libido, deseo y pulsión y un buen etcétera abierto al gusto de cada cual.

Pero en el pentagrama lacaniano nos limitaremos a deslindar y articular la tríada amor, pulsión y deseo en congruencia con el prisma trinitario que componen el marco de los tres registros, Real, Simbólico e Imaginario y que representa topológicamente  anudados en el conocido como Nudo Borromeo.

Ya sé que para el no iniciado ha de sonar como un paradigma oscuro y críptico. He de confesar que para algunos iniciados, entre los que me encuentro, a veces también.

Como sería tarea ilusa y abstrusa pretender siquiera hacer una mínima introducción teórica al uso, optaré por la vía parabólica que el cine nos ofrece y tomaré prestada para la ocasión esa estupenda versión que Jean-Jacques Annaud nos regala de esa obra icónica de la literatura moderna que es El nombre de la rosa de Umberto Eco. Y digo “estupenda versión” porque condensar en dos horas un tocho de casi ochocientas páginas no es tarea fácil, y tomarse la licencia afortunada de cambiar drásticamente algunos elementos argumentales, nos va a permitir sustentar la reflexión que propondremos.

Prescindiré de toda la trama detectivesca que anima a la obra y de su contexto político-socio-cultural, para centrarme en un hilo aparentemente secundario, aquel que refleja lo que de relato iniciático la novela recoge. Porque sí, de relato de iniciación se trata aquel que nos habla de cómo Adso de Melk (Cristian Slater), un joven novicio discípulo de fray Guillermo de Baskerville (impagable Sean Connery) se encuentra con la mujer, y sus derivas.

Recortaré tres breves escenas que jalonan una historia inolvidable:

El encuentro
Investigando en secreto una noche las cocinas del monasterio y para no ser descubierto por un fraile, Adso se esconde tras unos sacos y allí, para su sorpresa, se encuentra con una joven también oculta, y con su mirada atónita, un relámpago en la oscuridad, que en su perplejidad le hace preguntarse: 

¿Quién era ella?¿Quién era esa criatura que había aparecido como la aurora, tan embrujadora como la luna, tan radiante como el sol, y tan terrible como un ejército dispuesto para el combate?

Y  después la tormenta. Una avalancha de pasión furiosa y muda que le arrolla en su oleaje y le hace ola. Puro sexo. Puro instinto. Un lenguaje atropellado de gestos sin palabras. Diálogo de cuerpos y gemidos. Agonía y éxtasis. Epifanía.

La conversación
En la penumbra oscura de la habitación que comparte con su maestro, un Adso atribulado pide confesión y aquél le invita a que primero hablen como amigos. Es un hermoso diálogo del que entresaco algunas frases que transcribo de memoria:

A.M.- ¿Maestro, habéis estado enamorado?
G.B.- Oh, sí, muchas veces, de Aristóteles, de Ovidio…
A.M.- No me refiero a eso, sino a…
G.B.- ¿No estarás confundiendo amor con lujuria?
A.M.- Tal vez, no lo sé. Yo solo deseo su propio bien, que sea feliz, salvarla de su pobreza…
G.B.- ¡Oh, cielos, estás enamorado!
A. M.- ¿y es eso malo?
G.B.- No necesariamente
A.M.- Pero maestro, ¿no dijo san Agustín: "Ama y haz lo que quieras"?
G. B.- Sí, pero "ama a Dios!", Adso, ¡a Dios!


El soliloquio final
En el epílogo de la historia, tras el aquelarre final, Guillermo y Adso emprenden su viaje de vuelta y abandonan la Abadía. En una vuelta del camino ella le sale al paso. El detiene su montura. Otra vez ese diálogo de miradas y de silencios. Ella le reclama con intensidad contenida desde el pozo de sus ojos. El duda. Vuelve su vista al maestro que adelantado reemprende el camino sin volverse. Es un largo instante de indecisión y lucha interna. Ella le coge la mano y se la besa con delicadeza y él, lentamente, se desprende de ella y con una mirada de profundo dolor azuza al asno para seguir los pasos de su maestro. Una cámara cenital nos muestra el sendero que circula por esas cumbres alpinas mientras la voz de un Adso anciano y crepuscular nos confiesa:

Jamás me arrepentí de mi decisión. Mi maestro me enseñó muchas cosas sabias, buenas y verdaderas…sin embargo debo confesar que de todos los rostros que conocí en mi vida, aquél que veo con más claridad es el de la muchacha con la que nunca he dejado de soñar a lo largo de todos estos años. El único amor terrenal que tuve en mi vida, aunque jamás supe ni sabré su nombre.

Con este conmovedor final se cierra una película que les recomiendo revisitar.
Y ya presentado el material afrontaremos la tarea que nos propusimos, distinguir y establecer las diferencias estructurales que subyacen entre los tres conceptos referidos.

Diremos que la viñeta del Encuentro nos permite ilustrar el concepto de Pulsión, aquel empuje que llamamos “sexual”, en su dimensión eminentemente corporal, donde el juicio queda suspendido y sólo resta que entregarse al goce de la experiencia, de esa fuerza acéfala que persigue su satisfacción sin demora.

Al objeto de la pulsión le dicen objeto parcial y puestos a ubicarla en la trinidad borromea sería prevalente su dimensión real.


La segunda viñeta mostraría el campo del amor y sus variantes, desde el amor a Dios hasta el amor a una mujer, pasando por el amor a la sabiduría y a otros ideales, porque esa es la naturaleza del amor, su relación con el Ideal, su condición de objeto total o completante, la famosa media naranja de nuestros sueños, que irremediablemente antes o después revelará faltarle un gajo al menos.

El amor es ubicado en el territorio imaginario, y estoy de acuerdo en tanto que referido a la modalidad recién descrita, pero que yo  denominaría enamoramiento, a distinguir de esa otra modalidad que podemos llamar amor oblativo, ese donde la renuncia y el límite desalojan a la fusión y a la completud, como puede ser el amor de madre, aunque no cualquier amor materno nos vale, y tomaré como referencia a aquella que Salomón descubre en su verdad al desenvainar su espada. Y ahí tendríamos que reconocer, aunque no cuadre, la dimensión simbólica del amor.


Y es en esa secuencia final que Annaud nos regala, pues un regalo es que deje vivir a la muchacha ya que en la novela original moría quemada en la hoguera por la Inquisición, la que nos propicia la oportunidad de despejar la condición del deseo como el anhelo interminable de un objeto, para siempre y desde siempre, perdido.

La pérdida, la falta, como motor de vida (pulsión de vida le llamaba Freud), empuje en pos de una Itaca añorada, en cuya búsqueda lo que realmente importa es el viaje.

Es esa condición de atravesado por la falta e inexorablemente insatisfecho la que le confiere al deseo su dimensión intrínsecamente simbólica.

Si afinamos más, la escena nos muestra alegóricamente la tesitura edípica, donde el sujeto debe renunciar al goce de la Cosa/Madre para poder recorrer el pedregoso sendero del deseo propio…alentado por esa figura paterna que nos convoca a seguir haciendo camino unos pasos adelante.

Así presentadas y distinguidas las dimensiones deseante, pulsional y amorosa del sujeto hay que decir que pueden conjugarse de diversas maneras, confluir o disociarse, pero siempre en su complejidad, antes o después, van a estar irremediablemente tironeadas por el conflicto. La vida misma.

No quisiera parecer pesimista y aguarle la fiesta a San Valentín, así que cerraré la función con un par de citas motivantes.

La primera es de Lacan y dice así:

“Sólo a través del amor puede la pulsión (el goce) condescender al deseo”

No me pidan que se la explique ahora. Lo dejamos para mejor ocasión.

La segunda es de la Banda de los Corazones Solitarios, y no sé bien si es una sentencia o una bendición. Reza así:

“All you need is love”

Amén.   



        En Mamouna, el día de San Valentín, 14 de febrero de 2015     


     

domingo, 23 de noviembre de 2014

DEL NARCISISMO Y OTRAS HIERBAS







Leo un aforismo en el Facebook que publica una amiga (“No vemos las cosas como son, sino como somos”- Krishnamurti) y entre la gama de impresiones que me despierta se me impone el recuerdo de un breve fragmento de un texto ya añejo y por lo demás olvidado, una cita de Oscar Wilde que Paulo Coello recoge en el prólogo de El Alquimista y que dice así:

Cuando Narciso murió, vinieron las Oréiadas –diosas del bosque- y vieron el lago transformado, de un lago de agua dulce, en un cántaro de lágrimas saladas.
-¿Por qué lloráis?- preguntaron las Oréiadas                                                                     -Lloro por Narciso – respondió el lago.                                                                              -Oh, no nos extraña que lloréis por Narciso. A pesar de que todas nosotras le perseguíamos siempre a través del bosque, vos erais el único que tenía la oportunidad de contemplar de cerca su belleza.                                                                                      -Entonces, ¿era bello Narciso?-preguntó el lago.                                               
 - ¿Quién sino vos podría saberlo?-respondieron sorprendidas las Oréiadas-. Después de todo, era sobre vuestra orilla dónde él se inclinaba todos los días.
El lago quedose inmóvil unos instantes. Finalmente dijo:                                                  -Lloro por narciso, pero nunca me había dado cuenta de que Narciso fuese bello. Lloro por Narciso porque cada vez que él se recostaba sobre mi orilla yo podía ver, en el fondo de sus ojos, mi propia belleza reflejada.

Y  compruebo en directo que el Narcisismo es cosa de dos. Dos ensimismados.

Veamos. Esta es una afirmación que precisa una explicación, pero la tal, me temo que sea demasiado compleja para hincarle el diente en un marco como éste, que se presupone liviano y amigable y en el que es de mal gusto largar tostones eruditos y solemnes. Así pues no sé si me estoy metiendo en un jardín intransitable. La única forma de saberlo es intentarlo. Ea pues.

Empezaré diciendo que el Narcisismo no goza precisamente de buena fama, y no le faltan motivos, pero quisiera, cual abogado del diablo,  levantar un dedo en su defensa, siempre dentro de una perspectiva psicoanalítica, que es el campo que me atañe.

Situémonos. Freud toma el término acuñado por Havelock Ellis unos años atrás, para referirse a una forma de amor que es el amor a sí mismo,  en  referencia al mito de Narciso, aquel hermoso hijo de ninfa que enamoraba a todos a su paso, pero incapaz a su vez de enamorarse de nadie. Hasta que un día, vengadora de tanto despechado, la diosa le condena a su propia medicina, enamorarse de alguien con quien no pueda consumar su amor. Y una mañana de calor, tras ir de cacería, Narciso se dispone a beber del agua del lago e inesperadamente queda fatalmente capturado por la belleza de ese rostro que le mira. Sea de sed o ahogado, la muerte allí le espera.

Tal vez convenga, como hace admirablemente Waterhouse, incorporar a la escena a la ninfa Eco, un personaje secundario que también arrastra un trágico destino. Su arte de contar hermosas historias a Hera, provoca que Zeus, esposo envidioso, la condene a sólo poder repetir el final de cuanta palabra oyese. Desolada vaga perdida en su soledad sonora hasta que atravesada de pasión por Narciso, sucumbirá, tras el desdén en su rechazo, de mortal e inútil melancolía.

Así pues, pese a su diferencia formal, dos pasiones fatales semejantes. Pues semejante es lo que subyace bajo el reflejo de una imagen o tras el eco de una voz. Nada. O mejor dicho, nada más que espejismos, de orden visual o sonoro. Reflejos o ecos de un Ideal. Territorio imaginario diría Lacan.

Y es bueno tener esto presente para no confundirnos, como sí le sucedió a Freud, al distinguir y oponer una libido narcisista vs otra objetal. Pero para entender de lo que hablo tendremos que ponernos en contexto. Y el contexto era muy, pero que muy, convulso. Corre 1914, La Gran Guerra resuena flamante en las principales cancillerías de Europa. Crisis de Imperios. Alemania pide la vez y alza la voz. Las trincheras tienen la última palabra. O en realidad las palabras no tienen lugar. Sólo la metralla, el gas y la bayoneta tienen algo que decir, y sólo pronuncian una palabra monocorde: muerte.

Pero hay otras guerras jugándose de forma larvada, sin que corra la sangre, pero sí la tinta. Es 1914 y Freud publica Introducción del narcisismo, un texto importante por el giro que introduce en algunos de sus postulados, pero del que quisiera destacar su metatexto. Acaba de romper con Jung (1913), su más dilecto discípulo, y está reciente la deserción de Adler (1911). Está enfrentándose a varias encrucijadas teóricas, pero el guante se lo ha lanzado Jung con su crítica al reduccionismo sexual con que Freud caracteriza a la libido,  frente a su concepción de la libido como una energía psíquica inespecífica, no sólo sexual, subyacente en todas las tendencias. Es ahí donde Freud se reafirma en la naturaleza sexual de la libido y formula sus dos modalidades (narcisista y objetal) intentando resolver, insatisfactoriamente, hay que decirlo, algunas contradicciones de su teoría. Es una propuesta que resultará provisional y que le llevará a elaborar una segunda teoría de las pulsiones (de vida y de muerte) unos años después. Pero siempre preservando una posición dualista frente al monismo junguiano. Lo cual no es cuestión baladí, por lo que esas posiciones encierran y denotan. Mas este asunto, de largo calado, he de dejarlo aquí.

El principal aporte es introducir el Narcisismo como un nuevo estadio libidinal entre el Autoerotismo y la Relación de objeto, donde el Yo será tomado como objeto.Y, congruentemente, va a situar en este estadio la constitución del Yo, bien es cierto que no explica cómo, más allá de esa frase enigmática y lapidaria: "Acontece de resultas de un nuevo acto psíquico". 

Es Lacan quien retoma la cuestión y en El estadio del espejo describe el fenómeno que da cuenta del tal “acto psíquico” que Freud apunta. Ese momento en el que el cachorro humano manifiesta un júbilo al ver su imagen en el espejo y reconocerse en su reflejo. “Ese soy yo”, sería la traducción en palabras de su alborozo. Y es comprensible esa fiesta, pues anda estrenando imagen y completud. Imagen de completud, frente al bacalao fragmentario del que venía. Cacao maravillao que se unifica y cobra forma precisa y distinta. Nada menos que la identidad, reflejo en un espejo. Espejismo pues. Maravilloso o ingrato espejismo, pero espejismo al fin.(¡Vaya estafa!)

Sería ingenuo pensar que esto sucede así, tal cual, “una, dos y tres, pollito inglés, aquí está usted!”. Hasta el recurso a este latiguillo nos delata. Es preciso que “alguien” te presente. Te señale y te designe. Cuestión de educación. Y ésa es la cuestión.   No podemos pensar el fenómeno sin la intervención de ese Otro significativo, llamémosle la Madre, que va a ir apalabrando toda su existencia. Sólo desde ese apalabramiento base, va a ser posible la procelosa inclusión del cachorro en el ámbito representacional. Acceder a esa imagen que nos representa no podrá ser sólo cosa de reflejos en un cristal azogado. ¿Qué sería de los niños ciegos? ¿No tendrían yo?...Es evidente que no va por ahí la cosa.

Es evidente que el espejo es una metáfora que remite a otros reflejos, que son los decires del Otro. Y que el espejo es el Otro. Y esos decires que nos tapizan la piel y las mucosas desde el primer encuentro, “mama, mi tesoro” o “qué daño me haces, mamón”, van a ir inscribiendo una particular versión de nosotros mismos que siempre será arbitraria, en función de las circunstancias que rodeen y atraviesen el vínculo primordial.

Un vínculo primordial que en principio es fusional, de supuesta completud, donde el baby (“his majesty, the baby!”, le llamaba Freud) es el rey del mambo, centro del Universo y destinatario de todas las atenciones y honores, pero que antes o después, habrá de ser destronado. Es la aparición de la figura paterna, que se presentifica por la mirada deseante de  la madre, la que produce la quiebra de ese espejismo de completud, la caída de ese supuesto trono vitalicio a la que el baby se ve abocado. En términos psicoanalíticos, a ese lugar glorioso, se le llama fálico, y a la tal gloria, Goce.

Así que es preciso despertar del sueño de reyes que creímos ser, para poder ser el príncipe o princesa que somos. Y heme a mi aquí, en medio de este cuento rosa, resistiéndome a hablar de otro cuento mítico que se llama Edipo y que trae cola. Así que trataré de pasar de perfil, cruzar los dedos y que no ladren los perros.

Entonces, recapitulemos. El curso lógico de los acontecimientos nos llevaría de un tiempo primero de espejismo estructural a una caída necesaria del guindo. Ese primer tiempo sería el campo del Narcisismo, campo fundante y fundamental de nuestra identidad. Le llamaremos Narcisismo trófico, bagaje esencial y necesario para aspirar a hacer de la vida un buen viaje. A distinguir del Narcisismo tóxico, que nos garantiza innumerables problemas. Consistiría en quedarte con el culo pegado al trono y no caerte cuando toca. Aferrarte al espejismo y quedar atrapado en él. Como Narciso.

¿Y qué pasa con el lago? Que su mirada nos abre a una nueva consideración. Si decíamos que en el narcisismo el Yo era tomado como objeto, podemos plantear, revirando los términos, que el objeto es tomado como Yo. Pues por lo que nos dice Oscar Wilde, él también está prendado y prendido de sí mismo, y no ve al otro. Él también está enfermo de narcisismo. Y retomo la tesis inicial de que el narcisismo es cosa de dos. Pero teniendo en cuenta que la lógica que lo rige, en el origen, no es simétrica. El Otro tiene una responsabilidad determinante en relación a qué lugar le da al cachorro, y desde luego no es, o no debería ser, el de el atributo que nos realza y falifica, sino ese ser tan vulnerable al que tendremos que amar, respetando su individualidad y su libertad. Y es por eso que debiera ser de lectura obligada para cualquier aspirante a padre o madre el poema de Kahlil Gibran que empieza así:

Tus hijos no son tus hijos
son hijos de la vida deseosa de sí misma.
No vienen de ti, sino a través de ti
y aunque estén contigo, no te pertenecen…

Y habrá que estar advertidos, porque siempre está al acecho la tentación de ejercer de Pigmalión, enamorado narcisísticamente de su obra, pues no otra cosa guió a Yaveh al crear a Adan a su imagen y semejanza.

Y el que no se reconozca en Narciso, que tire la primera piedra.


                                                                           En Mamouna, Noviembre del otoño 14

viernes, 24 de octubre de 2014

JUSTICIA POETICA

              
                                                 



¿Malos tiempos para la lírica? Puede, pero ahora que retorna crecida y ufana la gaviota carroñera presta a la pitanza de las migajas del pastel, el Príncipe de Asturias se desmarca de la banalidad ambiente y en un acto inesperado de justicia poética le hace un guiño desubicado al viejo Leonard y su famoso impermeable azul.

Pero ¿qué demonios es la justicia poética? ¿el chocolate del loro? ¿el último recurso de los desheredados de oficio? ¿retórica pret a porter?. Veamos. ¿Recuerdan a Lisbeth Salander, la inolvidable muchacha que soñaba con un bidón de gasolina pensando en los hombres que no la amaban demasiado? Son necesarias dos mil quinientas páginas de lectura febril para hacer justicia, pero al final, descubierto en su impostura, Teleborian y su orgullo, al trullo.

Ya sé que es una obra de ficción, pero como decía Lacan, la verdad tiene estructura de ficción, y son muchas las Lisbeth que no salen airosas de su encuentro con el Teleborian de turno, así que hay que celebrar cuando el azar nos regala tal evento. No hace mucho yo fui testigo de uno, les cuento. Una tarde oyendo la radio escuché un diálogo a dos voces entre una muchacha diagnosticada de psicosis y un egregio catedrático de psicocofarmacología o así. Ella, desde su curtida experiencia por los circuítos de la Salud Mental, denuncia y reclama que la Sanidad, el Sistema o el Sursum Corda, además del preceptivo psicofármaco cotidiano, le brinde la ayuda necesaria de una psicoterapia, la oportunidad de un lugar para la palabra.

"Mire señorita, a veces la palabra es tóxica" sentencia el ilustre Teleborian, tal vez traicionado en un descuido por su pensamiento reflejo. Atónita, ella le inquiere por tan pintoresca declaración, a lo que él responde con el paternalismo y la suficiencia de quien todo lo sabe, dándole una breve pero rotunda lección de anatomía y neurotransmisores, "donde la palabra, perdóneme usted, no pinta nada". Ya lo dijo hace siglo y medio Griesinger, un somatiker de laconismo semejante: "la locura es una enfermedad del cerebro". Kraepelin, el totem y referente fundador de la neuropsiquiatría del siglo XX, se preciaba de no entender la lengua de los estonios en su primer destino hospitalario, lo cual le evitaba las engorrosas distorsiones subjetivas de los enfermos tratados, a la manera del ínclito doctor House que prescinde por principio de hablar con el paciente, avalado por su impresionante arsenal tecnológico y semiológico y su desdeñosa misantropía. Así que ya se sabe, "a veces la palabra es tóxica", pero son precisamente afirmaciones como ésta las que intoxican el valor de las palabras y en nombre de una presunta objetividad científica se deja fuera la verdadera esencia del hombre, su alma lenguajera, su psijé, su psique.

La chica en cuestión se hace llamar Princesa Inca. Él, dejémoslo en Teleborian. Frente a la palabra tóxica y vacía de su interlocutor sabelotodo, ella escribe poemas que hablan de su forma de sentir la vida. Es la palabra viva versus la palabra muerta, un debate que no es un debate porque no hay color. 

De perdidos al río, y cuál, si no el de los versos rotos. Es lo que tiene la justicia poética.     Allí nos vemos.
                                                                     Noche de San Juan, 2011

(Princesa Inca recientemente ha publicado Mujer precipicio - poemas)


miércoles, 1 de octubre de 2014

Seminario Psicoanalítico: La Ruta del Bacalao






Cualquiera que se anime o se atreva a sumergirse un mínimo en las procelosas aguas psicoanalíticas pronto se topará entre su variada fauna marina con una presencia reiterada e ineludible, el bacalao.    
En lo que a mi respecta no entra entre mis preferencias, antes al contrario, me disgusta especialmente y se ha convertido desde hace bastantes años en una cuestión personal. Si el capitán Ahab consagró su vida a capturar a la ballena blanca, yo empleo la mía en denunciar el bacalao. Así pues dedicaré tres encuentros a intentar poner un poco de orden en un territorio donde cunde un considerable sarao conceptual.
Partiendo de una tarea preliminar e imprescindible como es tratar de esclarecer la confusión reinante entre dos conceptos base como son deseo y pulsión, tendremos las claves para proponer un criterio nosológico novedoso para pensar esa clínica bizarra que campea revuelta en ese territorio impreciso que componen los llamados trastornos límite y de los que la angustia es su divisa señera.