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viernes, 12 de febrero de 2021

Cuaderno de bitácora (Sólo para tripulantes): De la violencia simbólica

        






          Podría ponerme lacanés y decir que la palabra envenena el cuerpo. Y no me refiero a las palabras envenenadas que pronunciamos para hacer daño. O no sólo. Me refiero a la palabra en sí, ese artefacto con el que tratamos de referirnos a las cosas. Ese arado sígnico que nos hiende y surca la carne y la naturaleza que nos rodea y, labrándonos, nos transforma y nos consiste en cuerpo diciente y realidad dicha.

          Y en esa transformación el ser se echa a perder para que advenga el sujeto, sujeto de y a la palabra o parletre, que diría lacan. Homo sapiens triunfante herido de nostalgia por el humono perdido.

          Vaya triunfo conquistar la Luna y perder el instinto, abocándonos al extravío errante del deseo y al desencuentro de los cuerpos, desnortados para siempre del mamífero que llevamos dentro ¡ay!

          Es lo que tiene la violencia simbólica que nos engendra. Per secula seculorum.

domingo, 1 de noviembre de 2020

El Enfoque Brujular: A propósito del diván, la transferencia negativa, el buen límite y la eficacia simbólica

 





   
       Hay un aspecto muy importante del que hay que dejar constancia. Hablando de la dialéctica del amo y el esclavo que se juega en los vínculos que hacen a la neurosis y que es nuestra labor despejar y elucidar, no hay marco más privilegiado para desempeñar esa tarea que el que se despliega en la llamada transferencia negativa. Es este un campo extremadamente delicado y a la vez fecundo, aunque por su condición de ‘material sensible’ puede tardar bastante en manifestarse, e incluso, brillar por su ausencia. Hay que sospechar del ‘buen paciente’ que se esmera en producir lo que supone que se espera de él, ya sean recuerdos recuperados, contenidos inteligentes, agudas articulaciones, desgarros emocionales o sueños con pedigrí. Todo eso está bien, pero no debemos acomodarnos cual si se tratara de un proceso-crucero en el que todo va viento en popa. En un análisis, antes o después, siempre hay tormentas y las olas, inevitablemente, nos salpican, cuando no nos empapan o amenazan naufragio. Hay que estar prevenidos y, manteniendo el timón con firmeza, permitir que se juegue la hostilidad latente de forma manifiesta. Acogerla desde una posición excéntrica para no entrar en rivalidades ni luchas de poder. Aquí el manejo lúcido de la dimensión contratransferencial es clave. En mi experiencia como supervisor he contrastado los frecuentes descarrilamientos que su desatino conlleva. Hay que tener presente que ‘eso’ que se juega con nosotros es una repetición enmascarada de ‘algo’ que va más allá de nosotros, y que en vez de engancharnos en el rifirrafe imaginario de turno debemos aprovechar la ocasión para, dando un paso al lado, intentar desvelarlo.

Por ejemplo, es el caso de A, una mujer que viene asistiendo a consulta desde hace tres meses y a la que en la sesión anterior la pasé a diván a raíz de referirme un sueño en el que me incluía. Y con el diván hemos topado mi querida tripulación, y creo que bien se merece que le dediquemos unas palabras.

En el pasado Congreso Nacional de Gestalt en Málaga al que fui invitado a participar con una ponencia, tuve la ocasión de presenciar una mesa en la que debatían diversos profesionales de distintas corrientes terapéuticas, y cuál fue mi sorpresa cuando el representante del llamado “Psicoanálisis Relacional” nos vino a decir que el legendario diván freudiano había caído completamente en desuso y, cual herramienta obsoleta, casi borrado del mapa. Me chocó aquella aseveración por lo que destilaba. No profeso ninguna devoción por las ortodoxias ni considero al diván como un totem sagrado. Creo que la escucha analítica se juega en diversidad de encuadres posibles más allá de su silueta canónica, -desde el cara a cara al psicodrama grupal-, pero no por ello lo pienso como un trasnochado avatar decimonónico que el progreso haya dejado atrás. Creo por el contrario que es un elemento del dispositivo analítico con funciones específicas e indicaciones precisas que lo convierten en un haber valioso y completamente vigente. La declaración del colega ‘relacional’ es una más de una larga lista de medidas llevadas a cabo por una serie de corrientes que se dicen psicoanalíticas y que en su afán de progreso y modernización le amputan su esencia y le roman su filo.

Más allá de la ventaja confesada por Freud de sentirse más relajado en su actividad diaria al poder sustraerse de la atención contínua de sus pacientes y que podría constituir una suerte de ‘beneficio secundario’ para el analista, esa sustracción del analista del campo visual del analizante tiene unas razones y unos efectos de mayor envergadura. Cuando Freud habla de las pulsiones describe varios tipos, oral, anal, genital…a las que Lacan añadirá la relativa a la voz o pulsión invocante, y la relativa a la mirada o pulsión escópica. Esta pulsión escópica va a ser el sostén primordial en el encuentro con la madre. Cuando toma pecho, el baby no sólo toma leche,  también toma mirada, y es en esa mirada íntima e intensa, silenciosa y preverbal, donde se fraguan las raíces más profundas del vínculo. Pasar al paciente al diván es privarle de ese canal visual que es la matriz del vínculo, es arrancarle de cuajo ese privilegio sin igual que es ver y ser visto por el Otro, es dejarle a ciegas y sin espejo en el que reconocerse y sentirse reconocido, arrojarlo de golpe a la oscuridad y a la soledad. Una putada salvaje y sin vuelta atrás. Así que tengámoslo en cuenta, cuando invitamos educadamente al paciente a tumbarse en el diván, bajo esa sencilla proposición técnica se esconde una verdadera maniobra de violencia estructural.

Pero siendo eso así de jodido, no lo hacemos por joder, claro. ¿Por qué lo hacemos pues? Por variadas razones, obviamente. Grosso modo señalaré dos. Freud dirá que al suspender el contacto visual con el analista se facilita la libre asociación, que es el objetivo de la regla fundamental, y la senda allanada que se le ofrece a la operatoria inconsciente. Lacan, por otra parte, va a proponer como  una de las consignas de la dirección de la cura proscribir en el escenario de la sesión la satisfacción de la pulsión, es decir, dejarla en vilo, y eso va a generar una tensión productiva. En vez de permitir encontrar el objeto que calma y colma, sustraerlo, y suspendiendo el encuentro abocar a la falta, falta que desde su vacío empuja, pero procurando reconducir ese empuje por la ruta de la palabra. Por eso es que no permitiremos comer, fumar, mascar chicle o cualquier otro exutorio pulsional.

Y otro punto a comentar es ¿cuándo pasar a diván?

Aquí nos tropezamos de nuevo con que hay básicamente dos modelos. El estándar, modelo inicial freudiano y que ha salvaguardado la IPA, y el lacaniano. El primero estaría establecido como puro protocolo. Tras las llamadas entrevistas iniciales (4, 5, aprox) se hace la llamada ‘devolución’, se establecen las normas del encuadre y se pasa a diván. Con Lacan, la cosa cambia. La idea básica es entender el pasaje como un acto y en un momento preciso. ¿Cuándo? Pues cuando se da el llamado síntoma en transferencia. ¿Y eso qué es? Pues como su nombre indica aquel acontecimiento donde lo sintomal del paciente, es decir, algo de corte inconsciente, se juega en la transferencia. Como por ejemplo un sueño en el que aparece el analista, que es lo que sucedió en el caso de A y que ahora ya retomamos.

Así que llega a su segunda sesión en el diván y nada más tumbarse me suelta:

- ¡No me gusta nada esto! No te veo. No hay feed back. No te veo la cara, ni tu expresión. ¡Puf! ¡Vaya rollo!

- ¿Qué te hace sentir?

- ¡Nada! No sé, cabreo, como una niña pequeña.

Y tirando de esa niña se extendió a contar diversas historias familiares que la enojaban bastante, al cabo de lo cual le pregunto qué relación encontraba con la situación actual conmigo, algo que descarta rotundamente, y sigue:

- Lo que me preocupa es quedarme dormida. Y me fastidia y veo absurdo pegarme el viaje (viene de lejos) y no poder interactuar, no poder comunicarme contigo porque no te veo.

- ¿Y tampoco te puedes comunicar cuando hablas por teléfono?

-  Eso es distinto. Aquí, pudiendo verte no te veo, porque me lo impones. Llevo muy mal no tener voz ni voto, que me impongan algo porque sí. Antes no sabía decir que no, pero ahora sí. Necesito que me expliques por qué.

- Tú, ¿por qué crees?

- No sé, yo estoy aquí porque confío en ti. Supongo que será porque así fluye más el inconsciente…

Y a partir de ahí empezó a contarme que había estado con otros dos psicólogos hacía tiempo y se abrieron cuestiones hasta ese momento silenciadas que nos llevaron por sabrosos derroteros. Y esto venía para ilustrar la cuestión de la transferencia negativa y la importancia de que se haga manifiesta para poder operar con ella. Estuvo bien que expusiera su enfado por el paso a diván, porque en realidad, más allá del cambio que le supone en relación a lo visual, lo que estaba en juego era otra cosa, algo relativo al dominio y la imposición, ante lo que se rebelaba. Y el poder expresarlo y elucidarlo le permitió restablecer el vínculo y la transferencia de trabajo. Y es que pasar al diván es un movimiento que concita vivencias muy diferentes, pero es bastante frecuente registrarlo como un corte, una imposición o un castigo, es decir, un acto que se presta a encarnar una versión muy extendida y malentendida del límite en su cara fálica, que aflorará en el escenario transferencial de manera más sinuosa o más explícita y que permitirá de forma privilegiada rastrear, transitar y recodificar sus claroscuros.

Es el caso de Flori que, tras indicarle su nueva ubicación, primero queda perpleja y desorientada, para acabar obedeciendo visiblemente contrariada. A lo largo de esa sesión y la siguiente su cuello se tuerce forzadamente hasta tenerme a tiro de reojo. Simultáneamente irá desplegando en su relato algunos aspectos de la relación con su padre que tienen cierto carácter compulsivo. Le apunto que va a acabar con tortícolis, a lo que responde corrigiendo su posición mientras me dice: 

- Se me va el cuerpo a mirarte

- Como en abrazar a tu padre

- Sí, desde que me has sentado aquí

Abriéndose en canal la veta de la transferencia paterna. Unas sesiones más tarde comentará:

- Me doy cuenta de que le tengo alergia a los límites, yo que me creía sumisa. La verdad es que yo no sabía qué eran los límites. Cuando me pasaste al diván no entendía. ¿Qué he hecho mal? Y después me he ido dando cuenta de que el límite no tiene porqué ser castratorio, sino todo lo contrario. El hecho de aceptar mi sitio me tranquiliza y me hace descansar. Es como sentirme adulta, pues estar siempre enrabiándome es un síntoma de huevo, de infantilismo. (Aquí habría que aclarar que F antes de analizante había sido alumna mía) Creo que me estoy familiarizando con este concepto. Yo tenía la idea asociada de que el límite es algo negativo, y es falso, porque sólo cuando hay un límite bien puesto yo descanso. Y es que si yo pongo un límite, también lo tengo que respetar, no como hacía mi padre, que imponía una cosa y después él se la saltaba. Reconocer el límite, el buen límite, es una pasada. Es una guía de la vida, porque está por todas partes. Para mí es importante comprenderlo, porque yo vengo de otro lado que funciona con consignas del tipo “No lo subas a la mente. Siéntelo”.

Y a propósito del buen límite y sus provechosas bondades os compartiré una joyita en la que refulge luminoso en su potencia benefactora. Es el caso de Elena, una psicóloga que supervisa conmigo y de la que ya hablé en páginas anteriores en relación a su rigidez normativa, que me cuenta venir de un taller con un terapeuta del que sabía que había tenido un affaire con una paciente y la desconfianza que ello le suscitaba. Eso le llevará a referirme que es conocido que varios de sus maestros han mantenido relaciones con sus pacientes y la confusión y la angustia que eso le ha generado siempre. Tras nuevos comentarios percibo que la sombra de la sospecha recae sobre mi y en esa tesitura decido intervenir. Después de contextualizarle el surgimiento de la Gestalt en la California de los 60 en plena revolución sexual y la irrupción del llamado ‘amor libre’ que Perls y tantos otros sostuvieron como bandera, le explico que este asunto, tras el declive del sueño hippy, o el New Age, generó mucha polémica, especialmente en lo relativo al tema de la abstinencia del terapeuta con sus pacientes que en su día había prescrito Freud. Tras un dilatado debate interno dentro del movimiento gestáltico, se impuso mayoritariamente una rectificación ideológica en nombre del código deóntologico.

También le señalo que el argumento contestatario que avalaba esas relaciones apelando a la libertad y a la responsabilidad de un encuentro entre adultos dejaba en evidencia la ignorancia supina que estos profesionales tenían sobre el fenómeno de la transferencia y sus flagrantes asimetrías y, por supuesto, de sus para nada inocuas consecuencias. Concluyo finalmente desmarcándome rotundamente de esas prácticas en nombre de mi ética clínica.

En la siguiente sesión comienza dándome las gracias por la claridad de mi pronunciamiento “porque para mí es muy importante tener un referente”. “Saber que nunca hayas mantenido relaciones sexuales con tus pacientes hace que para mi algo se ancle. No es algo que haya elaborado, pero algo se vuelve más estable y sólido. Y me facilita situarme en lo terapéutico, con mis pacientes, (no dice nada respecto a sus terapeutas) pero también en mi vida personal”.

Y me contará una anécdota reciente que le ha acontecido con un pariente de su padre al que le pidió el favor de que le hiciera unas gestiones relativas al empadronamiento “pues quería cambiarme el nombre. Mi padre me puso Elena, sin h, y quiero añadirle la h inicial, llamarme Helena”. Procede decir que detrás de ese nombre que eligió su padre para ella cuando nació, había una brumosa historia de una antigua novia. El caso es que refiere una escena con el tal pariente de su padre y el padre mismo con ocasión de una comida que compartieron los tres. Y dice que “empiezan un juego extraño, una especie de flirteo:

- No te he traído los papeles. Tendremos que quedar otro día los dos solos

- Dáselos a mi padre y que él me los envíe

- ¿No me quieres ver?

Y sigue como tirándome los trastos y mi padre siguiéndole la corriente. Yo me avergüenzo. Ellos son mayores y yo me siento muy chiquita. No me lo puedo creer, están jugando conmigo. Él es muy parecido a mi padre, es como un segundo padre. Me intimida, no entiendo nada, ¿qué está pasando? Tiempo después me llega un sobre con los papeles más una cartita en la que me dice: “Como no me quieres ver te los paso con tu padre”. No le había contestado ni para darle las gracias. Y esta mañana, antes de la supervisión y mientras pensaba en la última sesión, sin saber porqué, le he escrito dándole las gracias a la vez que he aprovechado y le he dicho que “me alegro de tener más contacto con la familia de mi padre” que es, con ese subrayado familiar, una forma sutil de ponerle y ponerme en mi sitio”.

 A lo que yo le respondo: “¡Qué importante es esa h que incorporas a tu nombre!” Porque es en esa letra muda que no se oye pero que sí se ve, donde ella se juega la inscripción de un límite simbólico en su relación con ese padre tan fantasmáticamente edípico que la tenía atrapada en su propia rigidez y severidad reactiva por temor a su descontrol, como nos anunciaba en su primera sesión: ”Flexibilizarme me lleva al caos y cuadricularme me controla”. Y es mi pronunciamiento ético con mi renuncia expresa al goce incestuoso que la nublaba, la que le hace, transferencia mediante, un click simbólico que la resitua y la libera del control defensivo y sus cuadrículas, precisamente porque la unce y la ancla, poniéndola a resguardo de sus turbulencias fantasmáticas.

Y son testimonios de esta índole, en los que podemos observar la lógica estructural que articula los distintos elementos en juego, los que certifican la pertinencia de nuestro enfoque brujular y la importancia de la pedagogía del límite.

viernes, 2 de octubre de 2020

VEROÑO II

Hoy empezó el veroño, ese tramo del inicio otoñal con piel de verano donde el calor se resiste a ceder su plaza a un fresquito tan tímido que ni asoma a pedir la vez a la caída de los atardeceres menguantes. Hace un día precioso. Tiempo de transición, donde un artificio como es la fecha pretende ponerle el yugo a ese cambio climático que inexorablemente se nos empodera. Qué poco me gusta esa palabra, como tampoco serendipia o resiliencia. Está claro que me hago viejo, son palabras que no existían en mi juventud, que se importaron no hace tanto y que han llegado para quedarse aunque sea a codazos, como el propio calentamiento global que alimentamos a golpe de negacionismo y otras hogueras. Están quemando el Amazonas, el último pulmón verde de nuestro achacoso planeta Tierra. Este verano me leí El clamor de los bosques, un tocho con el que Richard Powers ganó el último premio Pulitzer, un grito desgarrado y prolijo sobre el holocausto verde que se nos viene encima. Anteayer compartí en las redes un vídeo alarmante sobre el estrago calculado y metódico que está llevando adelante con total impunidad el tal Bolsonaro. Sí, ya sé que ese señor tan impresentable como democráticamente elegido es sólo el títere ruidoso de otros señores más poderosos que lo teledirigen en la sombra. ¿Qué podemos hacer? O mejor, ¿acaso podemos hacer algo realmente? Está bien que la gente se movilice, que la sociedad se conciencie y denuncie, que alce la voz, la mano o el puño, que broten las ONGs, que surjan los partidos verdes, que una chiquilla, Greta, desde su perpleja determinación sea el último icono redentor que lidere la protesta...está bien, hay que intentarlo...pero enfrente crecen imperturbables los títeres siniestros que hacen panda con Bolsonaro, Trump, Putin ...y no sigo, porque no quiero entrar en esa tropa de canallas premium que nos pillan más cercanos, e, insisto, son sólo los cabezas visibles de una bicha tentacular oculta que tiene en nómina una lista interminable de candidatos a suplentes. Acabo de terminar de leer El cártel, el segundo libro de la trilogía que Don Winslow dedica al Narco. Es brutal. Una obra maestra en clave de thriller furioso que trasciende el género y se convierte en el retrato más veraz y feroz del mundo que vivimos sin enterarnos. Demoledor. Te hace pensar y te rasga las cataratas invisibles que ciegan tus ojos. Ya sabemos que leemos la realidad a través de las gafas graduadas de los medios de comunicación. Mismamente el otro día leí una editorial del País reconviniendo al presidente López Obrador por convocar un referéndum en Méjico para que el pueblo se pronunciara sobre el posible encausamiento de los cinco anteriores mandatarios de la República, aleccionándole enfáticamente sobre que ésa era tarea de los jueces. Está claro que eso es lo que ordena la Constitución, entonces, lo que habría que preguntarse, digo yo, es ¿qué sentido tiene que el tipo lance tamaño y disparatado órdago? ¿realmente es sólo una maniobra electoralista? o ¿acaso es el intento decidido, a cara de perro, de hacer justicia en un país donde la justicia está podrida y corrupta hasta el tuétano del sistema? Como el psicoanalista que soy, creo en la verdad inconfesable que encierra el síntoma y profeso más querencia por el enigma que por el spoiler, pero en esta ocasión y sin que sirva de precedente me atreveré a una ferviente recomendación: Háganse un favor y lean a Winslow. De nada.

domingo, 19 de abril de 2020

FAKE FREUD







     Primavera 2020. Pandemia y reclusión. Un Abril de lluvias mil se suma a esta distopía de salón. Tiempos en que se impuso la telemática doméstica, la vídeo conferencia y el teletrabajo, tiempos de Skype, Hangout y Zoom y, cómo no, tiempos en que volvió por sus fueros de reina del hogar la vieja televisión, ahora con pantalla extra plana de 50 pulgadas y full definition. Desde mi retiro campestre la tele es mi ventana al mundo y cuando me animo a asomarme veo el drama que nos invade, ruido y series.
      
      Ayer me dispuse a ver Freud, un estreno reciente de Netflix. Me la habían recomendado y le tenía ganas. Duré cinco minutos. Tras los créditos aparece un joven Freud, guaperas y con barba toque hipster, hipnotizando con su reloj pendulante a una mujer que sufre de mutismo histérico, mientras relata y bucea entre sus recuerdos brumosos siguiendo una lógica rigurosa, hasta que desvela implacable el trauma sepultado en su inconsciente. Ni Poirot lo hubiera hecho mejor. Bueno, un pequeño inconveniente, a continuación la hipnotizada súbitamente ‘despierta’ y le suelta: “Esto no funcionará Dr. Freud”.
      
      Sorpresa. Resulta que la tal señora es su ama de llaves que se ha prestado a interpretar el papel de una supuesta paciente supuestamente hipnotizada en la inminente presentación clínica que Freud va a oficiar en el Colegio de médicos de Viena. Todo ha sido un simple ensayo, una patética pantomima con la que engatusar al espectador antes de engatusar a los ilustres colegiados. Mensaje: El psicoanálisis es un fraude, puro teatro, un cuento chino en manos de un gran farsante. Corto. Me levanto y me largo. Alto. ¿Qué haces? Me paro en seco y vuelvo. Tengo que sobreponerme al rechazo que me suscita un panfleto tan tendencioso y decidirme a visionar el capítulo entero para ver hasta dónde es capaz de llegar la infamia. Y la infamia le da paso al circo: Hay un asesinato en un prostíbulo. Una meretriz ha sido salvajemente acuchillada en la vagina. Policías de mostacho nietzschiano se espantan cuando les resucita y la llevan urgentemente al domicilio de un médico vecino que resulta ser Freud, endosándole el cuerpo ya cadaver y dejándole el fiambre to sangriento en la mesa del comedor. F protesta y lo tratan con un desprecio que ni a las ratas. Se queda humillado e impotente con el marrón. Un pringado. A continuación aparecen los mozos de la funeraria a la par que un tipo con frac y chistera, a la sazón Arthur Schindler, el poeta y dramaturgo que resulta ser amigo de farras. Para aderezar la escena vemos a Freud arrearse varios lingotazos de cocaína antes de irse de fiesta con su colega a una mansión donde se reúne la alta sociedad vienesa -un Eyes wide shut con menos presupuesto- para celebrar una sesión de espiritismo. Por la boca de la médium se manifiesta el padre de una niña que guarda secretos sexuales ominosos; en pleno trance onírico una figura mefítica la acosa, entra en pánico y huye mientras su cuerpo se convulsiona y entre estertores y ojos idos vomita espuma...¿sigo? Yo creo que ya vale por hoy. Quien se haya quedado con ganas la tiene a mano en las plataformas dándole al stick, y que le aproveche.            
      
      Creo que es un pelotazo, como también lo fue La hermana de Freud, de Goce Smilevsky, un best seller que hace pocos años ganó inauditamente el Premio de Literatura de la Unión Europea y del que ya di cuenta en otro post (Junio 18), un texto con una factura literaria     aceptable pero con una mirada hacia Freud manipuladora y miserable.
      
      Uno se pregunta inevitablemente por qué esa inquina difamadora hacia Freud. Porque una cosa es criticar o rechazar sus ideas con mejores o peores argumentos y otra bien distinta es atentar directamente contra la persona, que resulta más bien un personaje de ficción de tramas tendenciosas cuando no zafias y ridículas como es el caso de la serie.
Hay que decir que los vientos soplan a favor de esa corriente ladina y chusca. Son tiempos fake. Lo fake es tendencia, trending topic, pan nuestro de cada día, mentira y mierda.
      
      Dan ganas de callarse, salir del ágora donde la palabra es ruido y retirarse al jardín donde la palabra es amiga de los amigos queridos, del buen vino y del silencio. Esto del confinamiento, zoom mediante, es una ocasión privilegiada para ir ejercitando un epicureismo estoico y doméstico que no vendrá nada mal para afrontar la tenebrosa postormenta que se avecina. Lo dicho. Un buen libro ayuda, -los ensayos de Montaigne o novela negra, cuestión de gustos- y, por supuesto, parafraseando al maestro Aute que la musa oscura de la muerte se llevó para siempre, siempre, siempre, nos quedará la música. Salud.

martes, 31 de diciembre de 2019

Barbecho




     

        31 de Diciembre de 2019, 19 horas, la tarde ya se hizo noche hace un rato. Suena el piano de Brad Mehldau y su banda, Un vaso de Jameson me acompaña en mi soledad ante la página en blanco. Hace muchos meses que no me sentaba a escribir, supongo que consecuencia lógica tras esa empresa titánica y extenuante que es escribir un libro. Una suerte de resaca mental, desgana escritural o sequía creativa. Barbecho le dicen. Le llaman barbecho a ese estado en que queda la tierra de labor cuando la dejan sin sembrar un tiempo para que descanse y se regenere. Pero la tierra es tierra y las lluvias caídas y el viento de levante la preñan aleatoriamente de semillas silvestres y hierbas sin propósito.
        Ponerte a escribir sin propósito definido da un poco de pereza y de vértigo, el vértigo que da asomarse al vacío. En realidad es algo semejante a la propuesta de la libre asociación, ya saben, esa que postula la regla fundamental del psicoanálisis en aras de propiciar la emergencia del inconsciente y, de su mano, la verdad subjetiva. Pero tranquilos, no voy a darles la brasa con mis cuitas personales ni el tostón de la autoficción. Entonces ¿qué?. Bueno, diré que si bien es cierto que llevo un buen trecho sin escribir, he de reconocer que he podido por fin dedicarme a leer, leer que no estudiar, eso que también implica enfrentarse a los libros pero desde un lugar muy diferente. Leer por gusto y a mi aire, sin rumbo fijo, dejándome llevar por mis propias resonancias, conexiones imprevistas que van surgiendo sobre la marcha. Es cierto que tenía una lista de candidatos haciendo cola pacientemente todo este adviento, y los he tenido en cuenta por su fidelidad respetuosa, pero he bailado con ellos a mi ritmo abierto siempre a lances veleidosos. Y en una de esas me he topado con un libro excelente, La sabiduría de lo incierto, de J.C. Mélich, un filósofo letraherido que me ha calado hondo.
        A veces -pocas, muy pocas, por desgracia- pasa que te encuentras con alguien con el que te encuentras, es decir, con el que te reconoces en su diferencia, y algo hace clic y la magia empieza.
Es una especie de enamoramiento ajeno al sexo pero no a la pasión, algo un poco loco, si no delirante por lo menos pirulero. Si nos ponemos brujulares -y esto es un guiño para tripulantes- lo podemos reconocer como un deslumbramiento especular, es decir, narcisista, es decir, imaginario, pero lo narciso no quita lo valiente y en cualquier caso, que nos quiten lo bailao. Y hay que aclarar que se trata de un baile muy especial porque, entre otras cosas, este señor a mi no me conoce de nada. Ni falta que hace. Entonces ¿yo me lo guiso y yo me lo como? No, no es tan simple, o tan básico, o, ya puestos, no es autoerótico, porque por en medio está su libro y en su libro está él, y pasa que su forma de pensar las cosas me es tremendamente familiar aunque él las piensa desde un lugar, la filosofía, bien diferente al mío, el psicoanálisis, y en concreto, mi particular modo de entender el psicoanálisis.
        Cualquiera que se asome a la presentación de mi página web (javierarenaspsicoanalista.com) puede ver que termina con el siguiente párrafo:
     
        "Y es por eso que a menudo denomino a mi hacer 'psicoanálisis brujular' pues procuro propiciar el acceso a una suerte de brújula psíquica que le ayude a uno, vagamundo errante, a transitar la incertidumbre."
     
        Así que la 'sabiduría de lo incierto' a la que alude el libro en cuestión atañe precisamente a ese saber que la incertidumbre arrastra, un saber propio de la falta que el límite implica. Y J.C. Mélich va a emplear toda su munición dialéctica disparando contra la iglesia metafísica y sus egregios próceres, de Platón a Heidegger pasando por toda la tropa de consumados idealistas, esa legión de obstinados profetas de lo absoluto que reniegan del sinsentido de la vida en nombre de las más fútiles teleologías.
        Sí, ya sé que no seduce en los tiempos urgentes que nos recorren, discursos tan espesos como el de arriba. Ya sé que la filosofía tiene los días contados en los planes de estudio de nuestros hijos, que el funcionalismo y la tecnocracia se imponen en un horizonte banalizante donde los lectores de libros son, somos, una especie en extinción. Sí, ya sé que el biocognitivismo y las neurociencias hace tiempo que se llevaron el gato al agua y que al psicoanálisis lo intentan arrojar insistentemente al vertedero de las pseudociencias o al museo de las reliquias obsoletas. Sé todo eso, todo el mundo lo sabe, como se sabe de la deforestación del Amazonas, del deshielo de los Polos y del calentamiento global. Da igual. Le llamemos pulsión de muerte o empuje entrópico, es obvio que un más allá del principio del placer nos habita, y ahí vamos.
        Esta noche empieza el 2020, un año mellizo que estrena nueva década. Acabo de comerme las uvas al son de las campanadas de la tele. Telebasura y ruido. Ruido escandaloso, ruido mentiroso, ruido envenenado, demasiado ruido, que cantaba el Sabina.
        Me retiro. Me vuelvo al barbecho.
        Me conformo con un poco de silencio, alguien querido cerca y un libro amigo. Ahí es na. Nada más. Ni nada menos.
        Que la incertidumbre les sea favorable, la brújula les acompañe y también mi abrazo de invierno.

                                                       
                                                                         En Mamouna, el 1 de Enero de 2020

       
       
     

jueves, 1 de agosto de 2019

Septiembre puede esperar




        Ahora que Julio le da la mano a Agosto y que el verano se encamina a su ecuador, con un suspiro leve algunos franqueamos la puerta que nos depara las anheladas vacaciones.
        Tras tantos años ocupado a piñón fijo elaborando y escribiendo el libro, de pronto me enfrento a un espacio libre y sin guión que convoca muchas lecturas postergadas en el tiempo. Una aventura incierta. Como una aventura es adentrarse a explorar las procelosas aguas donde habita el bacalao en pos de la Brújula. Me llegan testimonios de intrépidos marineros que emprendieron la travesía en los más refrescantes rincones de solaz. Decirles, deciros, que como nos advertía Walt Whitman, "Camaradas, esto no es un libro. El que lo toca, toca a un hombre...".
        Pues eso, ahí vamos todos, con el calor a cuestas, rumbo a la incertidumbre. Bon voyage.
        Como diría SF, Septiembre puede esperar.



viernes, 19 de abril de 2019

Fragmentos brujulares







Veamos ahora un caso donde se muestra con claridad el fenómeno de la repetición y sus avatares. Se trata de F, una paciente de largo recorrido terapéutico a la que llevo viendo quincenalmente desde hace no llega un año. Me comenta:

- "Me he dado cuenta de cómo facilito situaciones que tendría que resolver el otro. Tenía cita con el médico y necesitaba ausentarme del trabajo un rato por lo que alguien tendría que cubrirme, y en vez de comunicarlo a Dirección y que ellos se encargaran de resolver el tema, lo he arreglado cambiando turnos con un compañero, lo que me obliga a tener que doblar el próximo día.
- ¿Lo relacionas con algo?
- Me viene la sensación de "no molestar". Me pasaba también con mi familia. No les planteaba mis problemas, ya me apañaba yo. La cosa era molestar lo menos posible.
Aquí me he dado cuenta, pero demasiado tarde. Comunicárselo no era molestarles porque es su responsabilidad. Sin embargo, en otra situación sí que he podido cambiar. Me dijo ayer la Directora, "tenemos que hablar de x" "Vale, pero tendrá que ser mañana, ahora no puedo". Y hoy he estado a punto de ir a buscarla para hablar, pero ¡me he contenido! Si quiere algo de mí, que me busque. Me ha costado, pero me siento satisfecha."

Siempre planteo que hay dos modalidades de repetición:
- La repetición de lo mismo, repetición pura y dura que yo llamo rayadura, a la manera de los discos rayados de antaño que reenviaban la aguja una y otra vez a la misma frase musical.
- La repetición con conciencia como puerta para el cambio, a la manera de Bill Murray en el día de la marmota, que tropezándose una y otra vez en la misma piedra aprende a reconocerla y a cuestionarse qué demonios le empuja a ello, única manera de poder elegir una alternativa diferente.
En el fragmento citado, vemos como F se descubre a posteriori repitiendo una conducta de pleitesía hacia el Otro lo que le posibilita rectificar el patrón vincular en la siguiente ocasión.
Hay que aclarar que no fue sencillo llegar ahí. El empuje a la repetición bebe del goce y es cabezota. Hace falta lucidez y coraje para zafarse de la marmota.
El camino pasa por el farragoso tránsito de la ruta significante, tránsitos permutantes de ida y vuelta que de vez en vez hacen clic y abren brecha. Nuestra labor implica esa escucha atenta, necesaria para percatarse del clic que resuena y asoma en el flujo del discurso dominante. Veamos un ejemplo en otro tramo de la sesión de F. Dice:

"- Este finde me tocaba hacerme cargo de mi padre. Yo hago la comida y normalmente vienen a comer con nosotros mi hermano y su mujer. En esta ocasión me llamó para avisarme de que no venían. Tras colgar me empezó un malestar que fue yendo a más hasta que de repente me di cuenta que sentía abandono (se pone a llorar) y fue reconocerlo y nombrarlo y se me calmó ese malestar profundo. Me di cuenta de mi necesidad de engancharme a alguien para sentirme segura, porque en esas situaciones me siento como una niña desvalida, abandonada.
-¿A dónde te lleva esa niña abandonada?
- Me voy siempre a cuando me enviaron interna al colegio con diez años, pero ahora no sé si ya antes me sentí así...
- ¿Cuándo pudiste sentirte así antes?
- Me viene que cuando nació mi hermano. Yo tenía cuatro años, y él estuvo muy malito, el pobre, y yo no sentía atención. Toda la atención estaba en él, y pasé de ser la reina de la casa a no ser nada, a no ser vista.
- De sentirte que eras todo a sentirte nada
-Sí
- ¿Pero realmente crees que pudo ser así? No es lo mismo destronarte que abandonarte.
- ¡Es verdad! Pero yo lo debí vivir así...lo del domingo es un hecho que lo muestra.
- Cierto, pero es importante poder distinguir el fantasma de la realidad.
---Y corto ahí la sesión---

Este segundo fragmento condensa de forma apretada varias cuestiones que venimos desarrollando. Desde el efecto benefactor que supone la nominación del malestar bizarro al valor de la repetición temática como ocasión para la progresión significante. En esta ocasión, cuando llegados al lugar común de su ingreso en el internado como experiencia traumática fundante de su vivencia de abandono, se abre a la duda de un posible más allá, apertura que yo capturo al vuelo y tiro de la lengua, y resultado de esa indagación caemos de bruces en el pozo traumático original que supuso la irrupción de su hermanito en escena, usurpación destronante de su reinado fálico. Revisitar ese escenario primordial permite elucidarlo y elaborarlo, es decir, resignificarlo. Poder discernir desde la mirada del adulto el callejón sin salida de la dialéctica totalitaria imaginaria (o todo o nada) en el que quedó atrapada la niña, y desde esta nueva perspectiva abrirse a una lectura parcializante y pacificadora.

“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla” escribió Gabriel García Márquez. Freud, cien años antes, anticipó esta sentencia con su distinción entre la realidad psíquica y la realidad histórica, subrayando la primacía de la primera sobre la segunda y destacando que pese a su dimensión psíquica constataba su eficacia fáctica.
Es una prueba palmaria del poder del fantasma inconsciente conduciendo nuestras vidas. Sólo su elucidación consciente nos permitirá reconocerlo cuando se nos presente en acción y, así advertidos, podremos salirnos de la inercia del automatismo recalcitrante y optar a una respuesta novedosa y más libre.