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jueves, 13 de febrero de 2014

¿QUIEN TEME AL LOVE FEROZ?








                                                                                 "Lo mejor es enemigo de lo bueno"
                                                                                                       Proverbio manchego


      Recuerdo que cuando aquella analizante me pidió que le recomendara algún libro para leer durante las vacaciones de verano tomé conciencia de la delicada responsabilidad que adquiría si decidía responder a su demanda aparentemente banal. El caso es que ya lo había hecho en otras ocasiones, pero esta vez mi percepción de lo mismo fue distinta. Me vinieron a la cabeza casi de súbito dos textos, ambos muy hermosos, que en su día yo disfruté leyendo: "Seda" de Alessandro Baricco y "Verde agua" de Marisa Madieri, dos relatos muy distintos, pero que entre sus muchas diferencias albergan una muy precisa en lo tocante a la manera en que los protagonistas encaran el amor, y de ahí su propia vida, su estar en el mundo. Resolví indicarle los dos.

     A su regreso me refirió agradecida las variadas y hondas vivencias experimentadas durante su lectura. Llegado el momento, terminé la sesión con un conciso comentario, "Son dos formas distintas de mirar el amor", a lo que ella replicó: "Sí, pero las dos son válidas, ¿no?", y yo contesté con un salomónico "Digamos que las dos existen" como despedida.

      Fue cerrar la puerta y sobrevenirme como un relámpago otra respuesta probablemente más pertinente: "Válidas ...¿para qué?", porque ésa es la cuestión, cuestión en verdad compleja que me acribilla con una primera oleada de interrogantes:


Dime, ¡oh Perogrullo!, ¿quién soy yo para decidir qué amor es válido y cuál no?
¿Qué es lo que valida un amor?
¿A quién estamos amando cuando decimos "te amo"?
Y ya que estamos, como decía aquel señor gran amante del bourbon,¿de qué hablamos cuándo hablamos de amor?.
Bacalao.

      Y es que el Amor es la vaca sagrada del universo, y en su nombre se profesan los mayores estragos. "Ama y haz lo que quieras" nos exhortaba san Agustín mientras puntualizaba que "la medida del amor es amar sin medida", y así vamos. Y no me estoy refiriendo a la patología del amor en su cara más airada y aireada, la tan traída violencia doméstica, bien sea versión la maté porque era mía,o bien,mi marido me pega lo normal. No, o por lo menos, no solo. Quisiera reconsiderar su otra faz, la que se inviste de sublime y se enuncia como mandamiento ("Amarás a..."). 

           ¿Habéis visto "El marido de la peluquera"?.

      La historia de una pasión. En el desenlace, en una noche de lluvia y lujuria, Matilde dice que sale a comprar yogures y en un plis plas se arroja a un caudal de aguas turbulentas sin volver la vista atrás.Le ha dejado una carta a Antoine:

      "Mi amor, me voy antes de que te vayas tú. Me voy antes de que dejes de desearme, porque entonces sólo nos quedará la ternura y sé que no será suficiente. Me voy antes de ser desgraciada. Me voy llevando el sabor de tus abrazos, llevando tu olor, tu mirada, tus besos. Me voy llevándome el recuerdo de los mejores años de mi vida, los que me diste tú. Te beso infinitamente, hasta morir. Siempre te he amado. No he amado a nadie más. Me voy para que nunca me olvides. Matilde."


Inmolarse por amor para que no muera el Amor.
Pero, ¿qué amor es ése sino el viejo Ideal Tirano que nos convierte en sus más fervientes lacayos?

Da igual que sea Princesa en la torre, que Príncipe azul,
Dios venerable, que Dios en la cruz,
Gora Euskal Herria independiente, que piloto bomba en Manhattan sur.
Todos tienen algo en común: abanderados de La Causa en mayúsculas.
Un espejismo siniestro de gloriosa completud.

Un amor sin límites, pero ¿acaso no es ésa la naturaleza del hecho amoroso?

Esa irrefrenable aspiración a fundirse y confundirse, a hacerse Uno en el otro.

¿No es ésa la fuente de la poesía y de las religiones?

    
      Marx se quedó corto con lo de "el opio del pueblo" y se vio arrollado por los frutos trágicos de la nueva utopía que él alumbró. Y ése es el asunto, ese irreductible anhelo por la eterna utopía de turno, ese sueño que nos hace ser quienes somos, persiguiendo "eso que no es en ningún lugar".

     Opio del ser pues, que nos hace adictos empedernidos y del que sólo muy arduamente algunos pocos consiguen desengancharse. Mal remedio será sustituir el opio por el jaco, o el jaco por Jehová.

     El reto es otro. Perder al Otro para empezar a reconocerse a uno mismo, aunque a menudo, pese a que el Otro esté perdido de antemano, uno no asume su pérdida y como Antoine haciendo crucigramas en el epílogo de la película, le dirá al cliente impaciente, "espere usted, la peluquera volverá".

      La esperanza es lo último que se pierde, dice el dicho, pero, relámpago en la puerta, habría que preguntarse: la esperanza .... ¿de qué?.

     Lacan, en su versión más zen, plantea que el amor es dar aquello que no se tiene a alguien que no lo es. No seré yo quien le estropee la adivinanza, pero sí quiero hacer notar cómo destaca la dimensión de una falta indeleble.

       Así pues, enlazando con el principio, decíamos que habría dos formas distintas de mirar el amor, y en consecuencia, de encarar la existencia: Visa oro para un sueño, o por el contrario, ir viviendo como uno buenamente pueda, sabiendo que al final, más allá de los vértigos y los pálpitos, siempre habrá números rojos en la cuenta del olvido, que cantaba el poeta.

      Y cada uno elige.
                                                                                                
                                                                                  Mamouna, Septiembre de 2002










sábado, 11 de enero de 2014

DE LA PROGRESIÓN ONÍRICA ENTENDIDA COMO UNA DE LAS BELLAS ARTES




   





El Libro de la Vida dice que lo prometido es deuda  y puesto que prometimos hablar de la progresión onírica, hoy es una buena ocasión para saldar viejas deudas, explícitas o no. 

    Hace ahora cien años, en la cornisa del siglo XX, Freud publicó "La interpretación de los sueños", y me voy a permitir citarla en su versión original, la Traumdeutung, no por erudición ni otros mocos de moda, sino porque es una palabra hermosa y rotunda y la quiero compartir con ustedes. Decir que ese texto hace borrón y cuenta nueva en la historia del pensamiento podría sonar presuntuoso si no fuera cierto, y es que no se trata de liquidar viejas cuentas como de abrir otras líneas de crédito.

    Un siglo después y en la cornisa del XXI, el crédito de Freud está lo suficientemente contrastado y denostado para resultarle a nadie indiferente y sin embargo, sembrados de Traumdeutung, sus consecuencias son masivamente ignoradas. Si quiere comprobarlo sólo tiene que acercarse a su librería favorita y consultar cualquiera de los abundantes diccionarios sobre sueños y otros tochos más o menos esotéricos compañeros de anaquel. A este respecto estamos como en los tiempos de los Hititas, dime qué has soñado y te diré de qué te debes guardar, con quién te debes casar o cuando te es propicio salir a pescar el calamar. 
¿Paparruchadas?, bueno tengamos perspectiva histórica y digamos que pura y rancia mántica avalada por seis mil años de praxis documentada, (las pirámides nos contemplan), y la cosa no declina. Y es que esto del progreso es asunto de mucho intríngulis, porque si bien es cierto que la ciencia avanza que es una barbaridad, la realidad es que entre la bruja asada en la hoguera y el último hispano achicharrado en la silla eléctrica la diferencia es sólo cuestión de matices porque el olor a carne chamuscada que queda en el aire es el mismo.

    Así que entremos en materia. Los sueños son el pariente pobre del pensamiento, o más precisos aún, el pariente loco de la razón. Para la psicología científica, mera chatarra mental, el aceite que gotea la máquina cuando está apagada, residuo molesto, inevitable charquito sucio y mudo. Y llega Freud y les da la voz, o mejor, nos da las claves para escuchar lo que parecía ruído y resulta melodía, nos enciende una luz de sentido en el sin sentido y nos desvela todo un ámbito propio que nos es ajeno: lo inconsciente. Podemos decir que ahí nace el psicoanálisis y lo demás ya es historia, variopinta por demás, con sus cimas y sus simas,con sus luces y sus sombras, sus hitos y sus mitos, y sus frutos, sobre todo sus frutos, empedrados de cal y arena y tan rebeldes a la homologación como hasta ahora los mismo sueños.

    Porque llama poderosamente la atención que la semilla que siembra Freud en la Traumdeutung y que va a dar lugar a ingentes desarrollos teóricos a lo largo de su obra durante cuarenta años, como en sus discípulos y seguidores posteriores, en lo que respecta a los sueños es como si hubiera quedado cristalizada e inalterable en esencia con el perfil exacto con el que vio la luz, pese a sus diversas revisiones.

    La tesis freudiana fundamental es que los sueños son una realización de deseos, o más rigurosamente, un intento de realización del deseo infantil inconsciente. Hoy día después de que Lacan distinguiera entre deseo y goce, podemos decir que el motor del sueño es un empuje al goce, pero sería un desperdicio a la par que un error considerar los sueños como simples "gozadas" o gocerías. Es decir, habría que plantearse si la función del sueño es de mero exutorio del goce enmascarado, con el inri de la nocturnidad y la alevosía, o si por el contrario alberga otras tareas de más enjundia.

    Después de bastantes años de toma y daca y de daca y toma, cenitas con Rioja y madrugadas sin reloj con mi querido colega Ignacio Ruiz, llegamos a la firme conclusión de que haberlas haylas y que habría que plantearlas. Él acaba de escribir un libro donde emprende esa laboriosa tarea y expone de forma ejemplar el pasado, el presente y, lo que es más importante, abre una ruta de futuro por donde la ciencia de los sueños puede y debe avanzar. Se titula "Progresión Onírica y Análisis Estructural de los Sueños", y a los interesados en el tema se lo recomiendo con fruición. 

     Diremos, enlazando con lo que apuntábamos en ¿Aquí y Ahora versus Allí y Entonces?, que los sueños tienen un valor brujular insustituible en tanto que retratan con precisión la posición subjetiva del soñante respecto a la estrella polar de la Castración. Para ello habrá que delimitar los elementos cardinales que como puntos de referencia nos orientarán en el mapa de nuestro psiquismo. Este es un trabajo apasionante que excede el ámbito de estas páginas pero que se haya desarrollado con claridad meridiana en el texto de Ruiz.

    Si lo que nos enferma es la indómita nostalgia del goce, legendario tesoro desde siempre hundido, que con sus cantos de sirena nos arrastra como tentáculos fatales a ser engullidos por lo hondo, el trabajo de análisis será un extenuante proceso de desasimiento y renuncia por el acatamiento de esa inscripción sostenida en una flamante boya que dice "PROHIBIDO REFLOTAR TESOROS HUNDIDOS". Los sueños nos darán fiel testimonio de tan arduo aprendizaje siendo no sólo testigos del mismo sino mediadores, ya que cumplen una función de simbolización. Y es aquí donde hay que distinguir dos acepciones o dos modalidades posibles en esa operación: La tradicional, entendida como meramente representativa, es decir, como imaginarización, y la transformativa o propiamente simbólica, causa-efecto de la internalización de la Ley. 

    Simplificando al máximo, espacio obliga, y en términos binarios, podríamos distinguir dos tipos de sueños, los placenteros y los displacenteros, (siempre quedará la franja inevitable de los indecisos), y llevando esta división al extremo, facultad característica de lo onírico, nos encontraremos con los sueños maravillosos y los sueños de pesadilla. Sirvan de ilustración de los primeros aquellos sueños en los que de la forma más natural vamos y volamos, "¡qué guay!, con lo fácil que es, ¿¡ cómo no se me había ocurrido antes!?", haciendo uso de tan prodigiosa facultad en las situaciones más peregrinas. Y de los segundos, aquellos típicos sueños de caída a un abismo sin fin,...iii Socooorroooooo!ll, Mamáááááá!ll, dónde nunca llega el paf! consumatono pues antes despertamos. Cuando no se dan como dos secuencias sucesivas en el mismo sueño, expresión manifiesta de la lógica interna que los preside. Me explico. Volar es para los pájaros, que decía el poeta, y de momento, a parte de Superman, Peter Pan y toda esa cuadrilla de personajes afectados por el síndrome de la insoportable levedad del ser, el resto de los humanos somos básicamente pedestres y lo de volar no deja de ser un viejo anhelo imposible. Pero claro, como en sueños "todo es posible", cortesía del Proceso Primario que los gobierna, pues ala!, a volar, que son dos días!. 

    Todo es posible es la contraseña secreta del Goce y ya se sabe que el Goce aunque parezca un chollo es algo muy chungo y el sujeto, por pura homeostasis, de una u otra manera pide a gritos algo que le ponga freno, bien sea el síntoma, o el delirio, o como en este caso, la pesadilla. Así que, ¿no querías cielo?, pues toma!, Infierno!, y dos tazas. Y es que como decía aquella canción, "What goes up, must go down". O dicho en cristiano, "dime cuánto vuelas y te diré cuándo te estrellas". 

    Si consideramos el análisis como un proceso de barramiento del Goce y una progresiva asunción de la castración, (reconocimiento y aceptación del limite y de la falta inherente frente a pretendidas omnipotencias y completudes de bolsillo: No todo es posible), a lo largo de su curso podremos observar como el analizante en sus sueños irá cada vez volando peor y/o volando menos, al tiempo que menguarán sus vértigos y sus persecuciones. Esa correlación entre progresión onírica y clínica es diáfana a poco que se considere atenderla, y nada más didáctico que rastrearla en una serie concreta como es el caso de los sueños de volar que venimos viendo o cualquier otra, verbigracia, los sueños de toros, verdadero dream team en nuestra cultura, los sueños de guerra, o el no menos clásico tema de los sueños de caída de dientes, paradigma de la angustía más perra. Cada soñante va a tener personalizadas sus series oníricas favoritas que serán el escenario donde se jugará la procelosa e insidiosa batalla de su transformación subjetiva, pero sea cual fuere el guión de turno hay una constante que se virtualiza: conforme uno va asumiendo el limite y deja de saltárselo, el perseguidor se transfigura, la amenaza cede y la angustia se disipa.

    Dice el Libro de la Vida que quien no corre vuela, y dice bien, aunque yo siempre apostillo: "poco a poco", pero el día en que después de muchos aterrizajes forzosos, entre otras cuestiones más o menos aleatorias, Mariano nos refiera un sueño donde sin atisbo de alas pero armado de paciencia se vea haciendo cola en el peaje de la Autopista del Mar, habrá que empezar a considerar que se avecina el momento de que continúe el viaje por su cuenta y riesgo rumbo hacia un horizonte por lo demás siempre teñido de esa borrosídad propia de lo incierto. O no.

                                                                                                  Mamouna, julio 2000


sábado, 4 de enero de 2014

Q3K3


                                                     
 “Inter faeces et urinas nascimur”

     Decía el poeta que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”, y decía bien, aunque habría que apostillar que “lo malo, si breve, mejor”. De cualquier forma lo diré rápido: La verdad es cutre
     Es un secreto a voces que igual nos puede llevar toda la vida descubrirlo o igual nos puede llevar toda la vida no enterarnos. Es ésta una posibilidad frecuente. Yo aún diría más, es lo habitual, entre otras cosas porque a nadie le hace ilusión un secreto tan cutre. Tan cutre, tan cutre que eso no es un secreto ni es na.
     Tampoco es un secreto para nadie que un motín es una cosa muy fea y que un (psico)análisis es una cosa muy larga, o dicho mejor, un proceso extenso en el tiempo e intenso en el corazón. Si le resulta breve y leve, consulte a su proveedor. Desconfíe de sucedáneos baratos. Ya se sabe que el psicoanálisis es una cosa muy cara y que no lo cubre la Seguridad Social. Para colmo Woody Allen, su principal icono mediático, ha apostatado públicamente del mismo para luego optar, mira tú por donde, por la ruta del incesto putativo.
     En fin, menos mal que nos queda Portugal.
     Así las cosas en este siglo que agoniza al borde de un ataque de nervios por el efecto 2000, resulta casi insólito que el psicoanálisis, cien años después, todavía resista, y no solo ello sino que además se extienda irreversible por el intersticio social, al punto de infiltrarse hasta en las páginas amarillas. Vive Dios, ¿a dónde vamos a ir a parar?.
     “No se imaginan que les traemos la peste” comentó Freud en llegando a los USA allá por el 09, y desde entonces vamos sobrellevando el peso de la metáfora.
     Aventurarse a un análisis es precisamente eso, iniciar una aventura donde en absoluto está garantizado el happy end. El colorín colorado, con lo que ha llovido, anda un tanto desteñido, y las perdices, al paso que vamos, vete tu a saber.
     Son muchos los/las analizantes que instruidos por el viejo Hitchcock, emprenden el viaje en pos de algo que temen y anhelan a un tiempo, indagar y despejar las brumas que en la memoria ocultan un presentido trauma de horror y culpa desaforado y trágico: Relámpagos y sangre de marinero putero en Marnie la ladrona, o una amnesia pertinaz que vela una verja negra y mortífera, un grito helado en la nieve y la cara de pasmao que se le queda a Gregory Peck ya para siempre, ¿recuerdan Recuerda?.
     Pero la verdad es más cutre que las películas, con licencia de Torrente, el brazo tonto de la ley, y más allá de lo que de pintoresco haya en el relato del paciente, lo que se asoma y manifiesta en él es la tragedia cotidiana de su insatisfacción profunda que camuflada bajo el matorral sintomal redunda incansable y terca aferrada al lomismo.
     “Yo ya no se qué decir, ya te lo he contado todo y siempre es lo mismo”, es la queja rutinaria que emerge desde el diván mil veces cada día, y es lógico, pues el camino del análisis está empedrado de quejas y rutinas. Repetición fiel y necesaria del disco rayado que sustenta nuestras vidas. A ese pegote que obliga a la aguja al giro infinito le llamamos goce.
     Freud ya lo designaba como viscosidad de la libido, y desde él sabemos que está hecho de la misma substancia inefable que riega los sueños.
     ¿Quién no ha recibido la visita inquietante de ese sueño enigmático que tozudo y mudo vuelve y vuelve? Freud hablaba de regresión al punto de fijación. Luego lo llamó compulsión a la repetición, circuito vicioso que se hace cárcel, pesadilla o locura.
     “Cuando me viene la manía tengo que lavarme las manos equis veces, siendo equis siempre múltiplo de tres. Empecé por tres veces, luego seis, después nueve, y así cada vez más,... treinta, sesenta, noventa,... y si pierdo la cuenta tengo que volver a empezar. Es horrible, pero no lo puedo evitar, y no le veo salida. ¿Hay alguna salida doctor?.
     Salida, salida, mmmm.... digamos que sí, que salida hay, pero que lo que no hay es escapatoria. Porque la huida no es salida, tanto sea hacia delante como hacia atrás. La huida funda la persecución. Es más, la huida crea al perseguidor y nos hace forajidos, fora exidos. Cuanto más corres más ladran los perros, porque los perros huelen tu miedo y el miedo deja un rastro indeleble en el aire. Y no es el huir solo cuestión de piernas. Da igual que te dopes o que te escondas detrás del síntoma, se te ve el plumero. ¿Y qué decir de quien como el avestruz hunde la cabeza en un hoyo para no ver, mientras de su culo hace bandera?.
     No ver. No querer ver. No querer saber. De eso va el cuento.
     No querer que el cuento se acabe. No querer saber que el cuento se acabó. Esa es la historia.
     Es muy duro dejar de creer en los Reyes Magos.
     Es más duro todavía dejar de creer en los Reyes Malos.
     Nos aferramos desesperados al Hada Madrina, y nuestro anhelo le da alas y nuestro cuerpo varita. El precio es la Bruja Calixta y el Hombre del saco, estrellas invitadas de nuestros terrores nocturnos favoritos. Y es que da igual varita que escoba, sueño que pesadilla, pues ambos son el verso y el reverso del mismo engaño, las dos caras de la misma mentira. Y ya se sabe que la mentira vende. Por un tubo. Ignoro si los limones salvajes del Caribe existen tal cual. De lo que estoy seguro es de no ver ni atisbo en el gel con el que me ducho cantarín, y quien tenga alguna duda que se atreva a leer su fórmula cualitativa.
     En fin, perdidos al río, cometamos el penúltimo pleonasmo: la verdad es cutre, y no está bien vista y a veces huele y a menudo duele. Esa es la cruda realidad, pero sólo la verdad limpia y disuelve el pegote de chirla que hace de nuestra vida mierda. Sin perdón.
     Hay que frotar y frotarse mil veces con las palabras y limarse en su filo para dar a luz la palabra plena y desnuda. Combinación nueva de los viejos dichos que propicia un decir distinto, un sentido diferente. Progresión significante que precisa del crisol inconsciente, y donde una vez más, son los sueños los testigos fieles, si no los agentes, de esa laboriosa metamorfosis: Aquí se hace preciso hablar de la progresión onírica, tema apasionante donde los haya, pero eso ya es materia del milenio que viene.

     Quedan emplazados para la ocasión. Agur.

                                                                                       Mamouna, julio de 1999

viernes, 20 de diciembre de 2013

BAJARSE DEL BURRO


"El sol de verano nos hace reír,
mi hermano mellizo no sabe nadar,
le empujo hasta el fondo y le dejo morir,
me vuelvo a la arena junto a mi mamá, la, la, la"

     Canta Albert Pla al compás de una melodía de goma y comba con su vocecita más inocente su canción más demoledora. Si no fuera porque no, habría que reivindicar al de Sabadell como el místico que es, en la estela de los grandes poetas místicos que le precedieron en el intento de sitiar con palabras lo indecible, si bien aquellos aluden al vértigo extásico del amor a Dios y su gozo, y éste afeita con su navaja palabrera el horror mudo del goce. Ambas, semblanzas imposibles de lo Real. Amén.

   Pero yo no quería hablar de la mística y sus extravíos, sino de algo mucho más pedestre, o si me apuran, ecuestre, pues de equinos va el asunto, asunto por todos bien conocido aunque sólo fuera de oídas, cual es el proverbial y castizo CAER DEL BURRO.

     O de todo lo contrario. Porque la tesis que quiero plantear es que es de la dificultad, de la incapacidad, de la imposibilidad para caerse del burro, que versa un análisis. Habrá que ver qué demonios encierra esa indómita resistencia a soltar la poltrona burril. Para ello tendremos que dar un rodeo en el que trataré de deslindar y articular algunas cuestiones clave tal que son la culpa y el narcisismo.

     Veamos pues. Un aspecto que refulge con luz propia a la vuelta de cada historia, una y otra vez, sesión tras sesión, hoy seguro y mañana también, es el afanoso reclamo de inocencia. Reclamo de inocencia plenaria ante el que hay que preguntarse insoslayablemente, ¿por qué tanto afán desmentidor?: “Doctor yo nunca he pensado… yo nunca he sentido… jamás se me ocurriría… no soy rencoroso… ¿cómo alguien puede ser capaz de…?, pero usted ¿por quién me ha tomado?”. Invocaciones de fantasmas secretos, exorcismos de demonios íntimos, negaciones de los anhelos mas temidos.

     Dice otro proverbio que quien se excusa se acusa, y dice bien. Reclamo de inocencia que delata un crimen, o por lo menos, una culpa. Ma qué culpa? Espinoso territorio donde los haya, Ignacio López destripaba el año pasado el tema y señalaba claramente entre otras su función superyoica de límite y de autoagresión, y esa otra faz de tapadera del propio vacío que había que atravesar para recuperar nuestra innata y olvidada capacidad de disfrute, “y nuestra naturaleza -concluía- guiaría el camino”. Así pues el enfoque gestaltico plantea la culpa como una distorsión que hace obstáculo al buen vivir fluido y armónico que el propio organismo regularía de forma natural. Es este un punto, el de lo natural, un aspecto central en el que hay que marcar un lindo linde desde el psicoanálisis. Marcar la diferencia y desmarcarse de esa mirada roussoniana de la bondad humana natural y esencial, porque si algo nos hace hombres es precisamente nuestra radical condición contra-natura. Esa expulsión y exilio irreversible del orden de la naturaleza que funda la Ley Simbólica y el ingreso en el lenguaje. Humanos que no humonos decíamos, para siempre jamás.

     Esto acarrea unas consecuencias muy precisas a la hora de pensar la clínica. Es bien sabido el rechazo que le supuso a Freud su tesis del caracter sexual en la etiología de la histeria, pero siendo original como enfoque médico, ya lo habían sustentado en sus carnes miles de cuerpos de mujer estragados por las llamas purificadoras de la Santa lnquisición víctimas de los lúbricos favores del Maligno. Lo verdaderamente subversivo e intolerable del aporte freudiano fue meter el dedo en la llaga más sagrada e intocable, la inocencia infantil. Meter el dedo y sacarlo hediondo, cómo iba a ser sinó, porque no hay nada mejor para exacerbar los tufos y las pestes que cubrir y vendar sin limpiar la herida abierta. Estúpido velo de mentiras que arropan lo obvio. El mellizo asesino que canta Pía solo es un canalla más de la lista interminable de pequeños canallas fratricidas del club de los cainitas muertos.

    En la Agresividad en Psicoanálisis, Lacan cita a San Agustín como un pionero develador del traje nuevo del Emperador. Transcribo: “Vi con mis propios ojos y conocí bien a un pequeñuelo presa de los celos. No hablaba todavía y ya contemplaba todo pálido y con una mirada envenenada a su hermano de leche”. El buen salvaje es un mito. Y como todo mito un timo. Una idea, un relato, una leyenda de los orígenes que hace coartada. Coartada necesaria de un delito que a su vez es un mito y nos funda, sea en forma de manzana prohibida y Pecado Original, o sea esa otra versión mas sanguinaria del Urvater asesinado en la niebla por la horda, lógico y denostado mito freudiano, Totem y Tabú en el candelabro, again.

     Caer del burro, vale, pero ¿quién?. Aparcados la bestia y el verbo nos queda ver al jinete, el que va montado, el que así se lo monta, el rey del montaje, el Yo. Ya Freud lo comparaba con un jinete más o menos desmañado y sudoroso tratando de conducir a buena cuadra una montura en verdad caprichosa y tozuda. Este atribulado caballerete va a dejar paso en Lacan a una figura mas bien mendaz y tramposa, el Yo tahúr como función de desconocimiento, convirtiéndose a lo largo de su primera época en el malo de la película, probablemente como reacción a ese otro Yo bien vitaminado y robusto postulado por los “americanos” de la Ego psycology. No entraremos en el SeIf porque ya se sabe que el “si mismo” no es lo mismo, etcétera. Sí hay que señalar que ahí se tipifican las llamadas personalidades narcisistas y sus correspondientes trastornos en la línea que desarrolla Albert Rams en su enjundioso artículo de páginas adyacentes.

     Así que en este desfile de modas y de modos de abordar el tema, me ceñiré al enfoque estructural. El narcisismo como un universal, acto psíquico que funda la identidad. Acto del orden de la identificación a una imagen devenida por el Otro e ilustrada por Lacan en el estadio del espejo. Imagen que no es solo visual, pensemos en los ciegos, pero sí siempre imaginaria, construida golpe a golpe y verso a verso a partir de los diversos decires del Otro: “Mi niño más listo que nadie, mi niña más guapa que todas, tan torpe como tu padre, siempre en las nubes como tu madre, nunca llegarás a nada so inútil, ¡qué cruz que me ha caído contigo Señor!”.

     Enunciados identificatorios que van configurando una imagen, una gestalt que se conforma y propicia un referente de identidad allí donde sólo había un sarao de pulsiones mas bien grunge. Identidad paradojal del Yo en su raíz, ya que siendo alienante es subjetivante, y de ahí todo el drama que nos desgarra la existencia pues a ella se aferra el sujeto como la carne a la piel. Digámoslo, el Yo es piel. La piel del ser, y no somos serpientes, ergo…

     El análisis es un proceso de disección y caída identificatoria. Seccionar a través del decir las redes de coalescencia con el dicho del Otro. Dicho que en su origen es preverbal, una mirada, pero una mirada en un universo de hablantes, no lo olvidemos.

      Caída, decíamos, de un lugar de espejismo, porque de lugares imaginarios aquí se trata. Jaque al Yo en su trono fálico. En la quietud del diván verse sacudido, zancadilleado, empujado por la inercia irreversible de la libre asociación que deja en vilo sus certezas, y confrontado al espejismo en el abismo del espejo hacer nacer una pregunta de respuesta incierta: ¿quién soy yo?, o mejor, ¿quién es yo?.

     Sea quien fuere una cosa es segura, tiene el corazón partío. Y ahí vamos. Escisión del Yo, Spaltung freudiana, grieta estructural en los cimientos del ser. Hiancia incurable. Falta en ser, dicen en lacanés.

     La historia de la humanidad es la historia de las diversas maneras para no saber de eso, o de cómo ingeniárselas para intentar restañar ese agujero, interminable y variopinta galería de tapones divinos, rutilantes ideales, medias naranjas a la medida y otras suturas homologadas y de buen ver.

    “Caer del burro”, comenta Iribarren en el Porqué de los Dichos, “Reconocer el yerro y falta de uno. Cejar en el error en el que se ha perseverado tercamente”. ¡Qué forma tan simple de enunciar asunto tan complejo!. ¿Sería muy atrevido decir que más acá de otras fórmulas solipsístas éste es el fin del análisis?.

     Propondría un matiz. Sustituir el verbo caer por bajarse, pues caerse denota tropiezo, hecho consumado, avatar marcado por la ley de la gravedad y el accidente. Bajarse es acto, elección de sujeto, sujeto a la ley simbólica que asume y reconoce como tal su condición de barrado. Barrado por la Castración.

    Bajarse del burro es asumir la barra y renunciar a la parra.

    Parafraseando al viejo Bob, habría que preguntarle al viento cuántos rebuznos hacen falta para decidirse a hacer al camino a pie. (Solo de armónica).


                                                                                             Mamouna, julio de 1998

viernes, 13 de diciembre de 2013

¿AQUÍ Y AHORA VERSUS ALLÍ Y ENTONCES?



Apostar por la frontera como decíamos ayer es una vocación de encuentro que pasa por el desencuentro, experiencia inevitable si uno quiere ir un poco más allá del júbilo fatigado y ahumado de las hachas enterradas y las pipas de la paz. Un poco más allá del cambalache colorista de collares y espejuelos, de las palabras floridas y las buenas intenciones. Más allá, pasada la resaca del feliz encuentro, toca lidiar con la abrupta cornisa de las cosas que no encajan, que chirrían, que discordian. Muchas de las veces en la base del tropiezo subyace la falta de entendimiento que resulta del simple desconocimiento. Baluartes del mismo son los tópicos. Tristes tópicos que nos velan la fecundidad trópica que encierran una vez atravesados. Tropiquemos pues.

A lo largo de los verdes predios por donde lindan sin demasiado ruido el Psicoanálisis y la Gestalt destaca con figura propia una vieja controversia versia que pondría en oposición el emblemático Aquí y Ahora gestáltico versus un pretendido Allí y Entonces psicoanalítico.Idea ésta que dibuja al psicoanálisis como una especie de cruzada pertinaz y anacrónica a la  búsqueda de una mítica Arca Perdida.

Esta supuesta divergencia se pondría paradigmáticamente en evidencia en la crítica característica que hace la gestalt del fenómeno de la transferencia. Valga como exponente un texto de Paco Peñarrubia, “La relación terapéutica en gestalt”, del que entresaco  algunas citas en cursiva. Desde la gestalt la transferencia se considera algo que habla de “un problema de contacto con el presente”, una especie de “confusión que el paciente tiene o hace respecto al terapeuta y sus figuras parentales”, confusión que pasa “por un bloqueo en su conciencia que le impide distinguir entre la fantasía y la realidad”.

Hay pues que desmontar ese equívoco. Desmontar la transferencia y desmentirla. Aclarar que yo soy fulano y no soy tu padre, que aquello es aquello y que esto es esto. Que el pasado pasado es y pasado está y que lo que hay aquí y ahora es el presente y en eso estamos y que hay que darle a cada cual lo suyo, versión actualizada del bíblico “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, donde al presente casi se le altariza, “y en ese encuentro real el cliente aprende a distinguir entre la llamada insistente del pasado y la libertad y claridad del presente”.

Ese darse cuenta del error permitirá corregirlo relegando al obsoleto chupete a donde le corresponde, ese desván donde se arramblan los trastos viejos y ya así, desprendidos de tal rémora, poder aplicarse a degustar esos otros platos suculentos que una buena mesa nos ofrece. Pero ocurre que entonces va y se presenta impertinente el vómito, o voraz la bulimia, o peor, orgullosa la anorexia, y de noche en sueños se aparece gigante y obsceno el chupete dichoso, cuando no te despiertas sonámbulo rumbo al desván en el vértice de la escalera u otros vértigos más rampantes.

Y claro, ponte a decirle que eso no se hace, que eso no se debe, que no comes nada, que no me comas tanto, o que yo no soy su madre, algo más que evidente pues evidente es que no tengo ni sus bucles dorados ni sus confortables tetas. Y es que no hay que olvidar nunca que evidentemente evidente miente y que la cosa no se trata de un bloqueo de la conciencia ni de cualquier otro músculo. El yo, bien despierto y perplejo no entiende nada y puede preguntarse qué demonios significa todo esto, o lo más frecuente en estos casos, se dirigirá presto al señor de la bata para pedirle rohipnol o lexatín para que se le pase pronto.
No sólo es que no se entienda, es que se desentiende. No sabe, no contesta porque no quiere saber sobre ese otro saber que le habita pero que le es inconsciente. Y a lo inconsciente hemos llegado, santo y seña del psicoanálisis, expediente x universal del que tantas pruebas tenemos pero que nadie todavía ha retratado. Y que quede claro que no se trata de un ente más o menos esotérico  ni marciano, sino de un saber, decíamos, y una operatoria, estructurada  como un lenguaje, que empuja. Empuje que surca nuestras vidas y se muestra enigmático en eso que lacan vino a llamar las formaciones del inconsciente, lapsus, sueño, síntoma y donde la transferencia viene a hacer serie.

Así las cosas, dada su naturaleza sintomal, cualquier intervención sobre ella del tipo ortopédico o del sentido común, naufraga. Y es desde ahí  desde donde hay que intentar atender a esa llamada insistente del pasado que mencionaba Paco  y preguntarnos sobre ella, por qué insiste tanto, maldita testaruda, que no se desbrava porque la destapes y mucho menos se apaga si le retiras la palabra y le das carpetazo. Ella opera tenaz y siniestra en el silencio. Es lo que Freud va a llamar primero compulsión a la repetición y finalmente pulsión de muerte. Con Lacan sería el empuje al goce y nosotros, por qué no, más poéticos, nostalgia del pozo.

Es obvio que no se trata de hacer arqueología de momias más o menos insepultas ni hacer del chupete blasón y fetiche de nuestras pesquisas. Si hoy se asoma el chupete de marras, bienvenido sea, pero igual sitio hay que hacerle a la muñeca de trapo o al caballito de madera, a la Kawasaky 1000 o a esa rubia tan hortera, al abrigo de armiño o a mi niño bandera, a esa plaza de subsecretario o al entierro de primera, cada noche me duermo pensando en ti pero me da mucha vergüenza, hoy no voy a ir a la sesión porque me duele mucho la cabeza. Mmmm…
Y a todo eso, pasado, presente y futuro, ponerle palabras, aquí y ahora, en transferencia, embajadora privilegiada de lo inconsciente que ahí se encarna, porque sólo así, decía Freud,  se puede vencer al enemigo, que no in effigie ni in absentia .

Si la compulsión a la repetición es el vector de fuerza que nos enferma hay que permitir que tome cuerpo y que se despliegue en sus mil formas o caretas y en el seno de ellas el recuerdo se hace actual y se actúa, se hace acto. El acto que hacemos nos representa. Lleva implícito nuestro código de identidad, “por sus actos les conoceréis”, y la identidad, el que somos o creemos ser, lo que hacemos y dejamos de hacer, ahora y en los tiempos de la tos, da igual, son distintas radiografías, mejor, psicografías de nuestra estructura subjetiva, estructura que viene dada por nuestra posición como sujetos en relación a la castración.
En esta perspectiva la castración es la estrella polar que ordena este espacio cartapacio que es el psiquismo. Ese referente simbólico que permite el pasaje de humonos a humanos para siempre jamás. Es aquella operación que instaura irreversiblemente la Ley, ley que prohíbe el goce, o sí, digámoslo, el gozo, el gozo del pozo. Se acabó lo que (no)se daba. C´est fini. Es finitto. Caput. Stop.

Así pues, el enfoque brujular que imanta la castración nos permite orientarnos en ese carnaval de máscaras que la transferencia es  y rastrear no tanto su condición de máscara sino lo que como tal oculta, ese perfil fijo en la sombra que llamamos fantasma, pero esta es una cuestión que por razones obvias no podemos abordar aquí y ahora. En fin, castraçao. ¡Qué vamos a hacer! Por suerte nos queda el después. Hasta entonces pues.
Tal vez.
                                                                                                         Mamouna, julio del 97
 

sábado, 7 de diciembre de 2013

LA PIEL DEL SER



"Anatomía de la palabra" es el brillante título de un texto de Valente.
Es curioso que anatomía me resulte una palabra sugerente, cargada de erotismo, cuando en su literalidad atañe a lo real del cuerpo, antierótico por definición.
Piensa en esas láminas de homúnculos musculares con color de garreta, esos torvos esqueletos, esos vasos bicolores, esos nervios, esas vísceras.
La verdad que encubre la piel.
El imaginario es la piel del ser, una película que nos envuelve y nos unifica.
Apariencia.Espejismo necesario. Yo.
Ay!