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miércoles, 28 de mayo de 2014

POR EL CAMINO DE HITCHCOCK III: PSICOSIS







Y vimos Psicosis, la película con la que Hitchcock dio la campanada y el cuarto de baño se volvió el escenario doméstico de las más terribles pesadillas. Pero cuchilladas a golpe de violín aparte, hay que decir que la psicosis no es eso, y hay que decirlo porque la escena de Hitchcock ha marcado impronta en el imaginario colectivo. Locura y violencia no son pareja de hecho, y promocionarlas como tal no es más que otro empujón hacia la demonización y exclusión del loco.
Porque esa es la estela dominante en la historia de la locura, una estela de segregación social y de exclusión subjetiva. Hasta los albores del siglo XIX  el loco es recluído en asilos y manicomios y frecuéntemente encadenado. Desde entonces dos hitos marcan su devenir. El primero cuando Pinel le libera de las cadenas y le da la palabra, reconociéndole su estatuto de ser humano por más que atravesado por un extravío de la razón. El segundo es mucho más reciente y viene de la mano de los avances de la ciencia y el desarrollo de los neurolépticos que al poder atajar, reducir y mitigar notablemente los síntomas permitirán la externalización de los pacientes y su tratamiento ambulatorio con la idea de su normalización.
Hay que decir que en esos dos hitos se vislumbran las dos grandes corrientes que recorren la historia de la locura, los Psyquiker,que la piensan como una afección del alma (psijé es alma o pensamiento, etimologicamente hablando) y los Somatiker, que la consideran una enfermedad orgánica, una enfermedad del cerebro dirá Griesinger, y que es la corriente hegemónica en nuestros días.
Hay una expresión popular que dice que al loco le falta un tornillo. Desde el Psicoanálisis también se piensa la psicosis en términos de una falta, o una falla, pero no en los neurotransmisores y sus niveles sino en el campo de lo simbólico, es decir, en la construcción del alma. Pero para llegar ahí, habrá que hacer previamente un recorrido.

 Dimensión lingüística de la locura
Así que empezamos por el principio. Y fue preguntarnos algo tan básico como ¿qué entendemos por locura?. Y pudimos escuchar diversas respuestas que nos fueron conduciendo a una definición que es ya un lugar común: locura es un estado de pérdida de contacto con la realidad. Ante la que impepinablemente se nos impuso una nueva pregunta, ¿qué es la realidad?
Y ahí ya la pista se volvió más resbaladiza, con derecho a patinar cada uno a su libre style.
Tras recoger impresiones de variado pelaje se fue dibujando la percepción de que era algo relativo, y que el fundamento que la validaba era algo que pasaba por el consenso dominante, y así si una pastorcita dice que ha visto a la Virgen encima de una roca subiendo al cielo, construyen un templo y la consagran santa, pero si uno jura y perjura que ha visto un marciano verde bajando de un platillo volante es muy probable que acabe en el manicomio o en el ambulatorio con su cajita de rysperdal. La cosa puede incluso ser más sutil, y una misma persona, por ejemplo Juana de Arco, con ciertas experiencias místicas en su curriculum, pasa de ser condenada a la hoguera por departir con el demonio, a ser convertida en icono de la cristiandad com il fo y elevada a los altares.
Y es que como decían Jarabe de Palo, depende, todo depende...
Así que terminamos echando mano de una vieja definición que le escuché a mi maestro y que extrañamente nunca he olvidado.
"La realidad es la trama de significaciones compartidas", proposición que sitúa el debate en el campo de las significaciones, campo que nos conduce sin más rodeos al terreno lingüístico y a profundizar en la propuesta enunciada, que diría así: entendemos la realidad como una realidad lingüística, es decir, el resultado de la acción del lenguaje tapizando lo real (de lo cual se deduce que aquí, "realidad" y "real" son conceptos heterogéneos).
Ya sé que esto puede empezar a sonar mu complicao, pero es que el asunto es complejo y es preciso recurrir a cierta nomenclatura específica que puede suscitar desidia cuando no desconcierto. Pero es así. Igual que si quieres peces tienes que mojarte las manos (por no decir el culo), si queremos delimitar la cuestión de la locura en términos estructurales tenemos que introducirnos en el ámbito de lo simbólico como aquél en el que se produce la constitución subjetiva. Ya presentamos la complejidad de este proceso cuando hablamos en nuestra anterior cita del llamado Complejo de Edipo y sus tiempos. Allí me remito. Porque es imprescindible partir de estos referentes para comprender de lo que en la psicosis se trata.
Para simplificar diremos que en la psicosis hay una falla de la función simbólica, que también se dice función padre, o en lacaniano "inscripción del significante Nombre del Padre". Son términos que vienen al mismo lugar aunque evidentemente pueden conducir a desarrollos diferentes, e incluso llevar a matar por ellos. En lacaniano a esa falla se la designa como Forclusión del N.P. consistente en un rechazo radical de su inscripción psíquica. A la función simbólica se le llama Metáfora Paterna, que sería la operación por la que el N.P.  prohíbe el goce de la madre, o lo que vinimos a llamar coloquialmente, el huevo. Así pues cuando por distintas razones la tal metáfora no acontece el sujeto queda seriamente perjudicado en su haber simbólico lo que le deja en una inermidad precaria para afrontar determinadas circunstancias de la vida. Porque llevar inscrito el N.P. es el sello que nos válida el pasaporte  para transitar por los llamados "desfiladeros significantes", es decir, por los circuítos del discurso social, y es por ello que cuando el psicótico se cortocircuíta se queda por fuera de la trama de significaciones compartidas, o como decíamos antes, pierde el contacto con la realidad.

Schreber
Así que déficit simbólico, que no neurotransmisor, que hará crisis en ciertas encrucijadas vitales que desbordan el precario equilibrio mantenido hasta entonces. Tomaré como referencia el famoso historial del Presidente Schreber, texto en el que Freud presenta sus tésis sobre la paranoia. 
Se trata del caso de Paul Schreber, hijo de Daniel Gottlob Moritz Schreber, un afamado médico ortopeda y rehabilitador de reconocido prestigio social, que fundaría los populares Schreber Garten. De tal palo, Paul cursa derecho y desarrolla una exitosa carrera judicial que le lleva obtener la presidencia de la Corte Suprema de Dresde, cima de la judicatura, a los 51 años, una edad bastante precoz para el cargo. Al poco de tomar posesión hace un brote que le lleva a ser internado en la clínica del Dr. Flechsig. Y ahí empieza la historia de su delirio contenida en sus Memorias de un neurópata, un relato apasionante de todo el proceso de elaboración delirante. No voy a entrar. No es el momento, pero a quién esté interesado se lo recomiendo encarecidamente.
Sí quisiera detenerme en el desencadenamiento y hacer una breve reflexión sobre el mismo, pues condensa de forma ejemplar la mecánica de la lógica psicótica.
Siempre es importante investigar las circunstancias en que un sujeto se brota. Aquí observamos que sucede en una circunstancia precisa. Cuando alcanza la cima de la judicatura y rodeado de colegas bastante más veteranos, él, preside. Allí, en la cumbre de su éxito, sin un techo que lo proteja, queda expuesto a la perplejidad de la intemperie simbólica. Es decir, alcanza un lugar fálico imaginario desde donde desborda a la figura de su poderoso padre y se ve abocado al pasmo ilimitado del goce y a la intrusión alucinatoria de lo real.
Intrusión de "percepciones sin objeto" o, en lacanés, de aquello que está por fuera de lo simbólico , es decir, por fuera del sentido, y que por tanto confronta con el terrible vacío de sentido, horror vacui que desesperadamente intentará llenar. Esa es la función reparativa del delirio, que diría Freud. Ese esbozo rudimentario de razón (delirante) con el que se trata de explicar lo inexplicable, y que en Schreber se resume en su misión final, ser la mujer de Dios.
Para ir terminando esta obligadamente breve exposición diremos que el sujeto se aferra a su delirio como el náufrago a la almadía, porque sin él, la mar(e) se lo tragaría. De ahí ese indicador irrefutable que es la certeza psicótica.

Psycho (1960)
No quisiera concluir sin hacer un comentario sobre la película que hemos visto, puro Hitchcock, puro cine, pero psicoanálisis de garrafón. De muestra la explicación final que nos ofrece el psiquiatra para entender lo sucedido, un claro caso de "doble personalidad". Es éste un término heredero del concepto bleuleriano de Esquizofrenia, mente partida o escindida, que no es especialmente afortunado, pues la mente partida, como el corazón, es un asunto que nos atañe a todos. No hay más que asomarse  a la factoría Disney  y rebuscar entre los añejos cortos de Mickey para encontrarnos al viejo Pluto tironeado por el debate a dos voces entre su malicioso y tentador diablo y el pánfilo de su angelito. Así que la supuesta doble personalidad de Norman Bates es una cacharrera forma de referirse a una cuestión bastante más compleja como es el campo de las identificaciones que lamentablemente no podremos abordar aquí. Sólo apuntar que se trata de una identificación primaria, es decir, muy indiscriminada  y fusional, donde fusión es confusión, y de ahí todo ese carnaval taxidermista y transformista del que hay que rescatar las pocas pinceladas biográficas que cita en su relato y, claro, sobre todo, cómo lo enuncia: "Todo empezó cuando murió su padre y Norman se quedó solo con una madre muy dominante ..." Hay que decir que siendo importante la pérdida de ese padre en la adolescencia es seguro que estaba perdido desde mucho más atrás.
El pastel se cuece a fuego lento desde el origen y siempre hay que interrogarse si la madre con su baby mira más allá. Más allá del baby es la guía que inscribe la ruta del deseo, es decir de la falta, y porque falta la falta, el futuro psicótico se estanca en su más acá, ese terreno vedado al deseo propio, un limbo, si no un infierno, de goce y soledad.


domingo, 11 de mayo de 2014

ROOTS





Si nos ponemos sadámicos podríamos pensar al Psicoanálisis como La Madre de Todas las Terapias y, pese a ciertas alergias y reacciones anafilácticas, Freud, claro, sería el padre.

Más de un siglo después, la descendencia ha sido prolífica, resultando todo lo heterogénea y variopinta que uno pueda llegar a imaginarse, pero a diferencia de Kunta Kinte, a menudo por el camino se han perdido las huellas y las trazas del linaje.

Tener conciencia del linaje no implica pleitesía alguna.

Tener conciencia del linaje pudiera parecer heráldica trasnochada o arqueología inútil, pero en realidad tener conciencia del linaje es una forma desapasionada de poder uno reconocerse en su singularidad en medio del bosque trabado.

Reconocer uno su lugar en la trama le destraba, permitiéndole comprender con perspectiva el sentido de su personaje. Reconocerse uno en su personaje es lo que le posibilitará  distinguirse de él, propiciándole elegir mejor los papeles en que se jugará su ser persona.

De eso va el psicoanálisis en este carnaval de máscaras. Quedan avisados.

                                                                         
                                                                                           Verano de 2007

sábado, 12 de abril de 2014

PSICOANÁLISIS Y CINE




                                     



Hubo un tiempo que Freud (pronúnciese Froid) se decía “f-r-e-u-d” y John Wayne, “yon vaine”. Yo vengo de allí.

Ahora que se revisa en voz alta la Mala Educación que recibimos y sus estragos, yo quiero hacerle sitio también a lo bueno que hubo, que lo hubo, y rendirle agradecido homenaje al padre Quinzá, (¿qué habrá sido de él?), aquel cura que me enseñó que Freud era Freud y el cine un camino de conocimiento.

¿Quién me iba a decir a mí que treinta años mas tarde, un suspiro, me iba a ver ante una amable audiencia, departiendo una charla sobre cine y psicoanálisis?

Y es que los caminos del señor, ya se sabe, son inescrutables, pero los de los demás no tanto. Mismamente , si escrutamos las trayectorias seguidas por el cine y el psicoanálisis, veremos que en su zigzagueo han dejado escrita una historia de encuentros y desencuentros desde su nacimiento hasta nuestros días .Pues es bien sabido que ambos dos son coetáneos, postreros alumbramientos de la Cultura en los estertores del siglo XIX, y ambos dos han sufrido las reticencias de sus mayores para hacerles un sitio en su estirpe, y así el cine, en sus aspiraciones a ser reconocido como el séptimo arte, nunca terminó de desembarazarse del lastre de sus orígenes como atracción de feria, y el psicoanálisis, por su parte, ahijado de la hipnosis y el magnetismo, sigue enredado en la tediosa discusión de si es o no es una ciencia.

Puede que por su común condición bastarda sus relaciones nunca cuajaran en algo serio. Si nos atenemos a los hechos, es conocido el rechazo explícito de Freud a las ofertas que le hace Hollywood para plasmar sus ideas en celuloide. Ello no impide que finalmente algunos discípulos se decidan a colaborar en la gestación de Secretos de un alma (1926) de G.W.Pabst, obra que inaugura un culebrón que no ha terminado.

Desconozco el resultado de aquel proyecto pionero de título tan entrañable, pues no he podido visionarla, pero dada la interminable muestra de maltratos posteriores dudo que sea la excepción que confirme la regla, que en palabras de un buen amigo reza así: El cine trata mal al psicoanálisis y a menudo lo maltrata.

Podríamos preguntarnos cuáles son las razones profundas de ese maltratamiento y seguro que la cosa tendría su enjundia, pero no creo ponerme salomónico si planteo el tema a la inversa, ¿Cómo trata el psicoanálisis al cine?, y francamente el resultado no es mucho más halagüeño.

Siempre hay excepciones, claro. Una ciertamente afortunada a mi entender la constituye el librito de reciente aparición tituladoEl cine en el diván, de Teodora Liébana, donde la autora hace una presentación de conceptos básicos del psicoanálisis a través de la lectura en clave psicoanalítica de algunas películas emblemáticas. Y tengo el honor y el deber de reconocerle el mérito que merece, pues por suerte o por desgracia es un libro que se entiende, y éste es un hecho bastante insólito en el ámbito que nos concierne. Uno podrá estar más o menos de acuerdo con su interpretación de los filmes comentados, pero para poder pronunciarse al respecto hace falta un paso previo tan básico como es entender lo que te están diciendo, y ese paso lo da con esmero.

Esa misma impresión me la produce la lectura de la mayoría de los textos freudianos. Me pregunto ¿qué demonios ha pasado para que entender el discurso psicoanalítico se haya convertido mayoritariamente en una sorpresa imprevista o en un evento nostálgico?

No sé si será un nuevo malestar o una ansiedad de siempre, pero en mi caso es algo que viene de lejos. Y apelar a la complejidad del objeto de nuestra disciplina, y por consiguiente a la complejidad de sus elaboraciones, no nos exime de nuestra responsabilidad como criptófilos obcecados cavando empedernidos el foso de incomunicación e incomprensión que hemos labrado a nuestro alrededor. Una cosa es ejercer de semblante en la sesión, y otra de orate en la calle. Valga un botón de muestra.

Seguramente todos recuerdan Recuerda, la obra canónica de Hitchcock sobre el psicoanálisis donde Gregory Peck es un presunto asesino amnésico e Ingrid Bergman la más linda psicoanalista que tocarte pudiera. Seguramente también recuerdan que el quid del asunto es que la amnesia vela un olvido más profundo y remoto, el recuerdo traumático del accidente que ocasionó la muerte de su hermanito, ensartado trágicamente en una verja negra.

Bien, les voy a leer un parrafito cualquiera de un ensayo sobre la película, de un tal Gabriel Espiño, editado en un libro titulado Psicoanálisis y cine. Dice así:
“Goce escópico del testigo que no testifica ni testamenta de una muerte y que a la vez no entra en el mercado de los intercambios discursivos, sino que se guarda y atesora en el camino extraviado (¿vía extra de goce?) de la desmemoria. Efecto de la pulsión de muerte que desenlaza hechos de sujetos sin eslabonarlos en discurso, pero que al contar de una vida donde el sujeto no se cuenta como historizado (no sabe quién es) genera la intervención del Otro opuesto al Goce escópico y su desvío represivo en olvido, marcando así el desalojo de ese Real pleno instalando una Ley que también es memoria de lo sucedido.”  Amén.

No sé si procede preguntar al respetable qué les pareció o directamente darles mi opinión.

Hace ya cien años que Freud nos abrió las puertas del inconsciente y nos dio las claves para descifrar el lenguaje de los sueños. No contempló la necesidad de descifrar el lenguaje psicoanalítico, que siempre pretendió claro y comprensible, a diferencia del discurso filosófico, oscuro y retorcido, al que no le escatimó sus críticas, críticas que no dudo volvería a desenfundar ante logomaquias y eruditos galimatías tan en boga.

Si bien es el propio Freud quien nos marca las pautas a seguir a través de sus Lecciones Introductorias(1916-1917), de cómo transmitir el ideario psicoanalítico de forma ejemplar a una audiencia lega en la materia, creo que el gran embajador del psicoanálisis tras la muerte de su fundador ha sido sir Alfred Hitchcock, y en el contrapunto, Woody Allen, su mejor enemigo. Por lo demás, flaco favor le ha hecho el cine a su compadre centenario con esa abultada y estrafalaria galería de fantoches con diván que ha poblado las pantallas hasta el escarnio. Ni siquiera una recreación digamos “realista” como la que hace Nanni Moretti en la laureada “La habitación del hijo”, resulta mínimamente estimulante.

Y es que hay algo propio a la experiencia psicoanalítica especialmente escurridizo y difícil de aprehender, como aquellas bolitas de mercurio de los termómetros rotos y el siempre esquivo y fotofóbico monstruo del lago Ness. Precisamente a esa irrepresentabilidad apela Freud cuando en su rechazo a la propuesta cinematográfica denuncia los riesgos de convertir el psicoanálisis en un espectáculo, algo que le está intrínsecamente vedado. Pero pese a sus temores fundados y largamente confirmados en caricaturas mil, creo que es posible pensar la relación entre el cine y el psicoanálisis de otra manera. Más allá de enzarzarnos en cruzadas puristas en defensa de La Causa (como así lo designaban entre ellos los miembros del comité del anillo, la guardia pretoriana freudiana), habría que aprovechar la tremenda potencia que el cine alberga.

De muestra otro botón.

¿Cuántos de los presentes que no sean del gremio conocen, tienen noticia, les suena, alguno de los legendarios Historiales Clínicos publicados por Freud? Son cinco: El caso Dora, el caso Juanito, el caso Schereber, el Hombre de las ratas y el Hombre de los lobos. Son apasionantes todos ellos, incluso como experiencia literaria. De hecho, no hace mucho, Juan José Millás prologó una edición popular de los Estudios sobre la histeria que inundó los quioscos. En cada plaza y en cada esquina se podía acceder a las entrañables tribulaciones de Elisabeth von R., Emmy de N o de miss Lucy Brown , desdichadas damiselas de la Viena finisecular.

Bien, vale, pero ahora comparen y díganme quién no recuerda el caso de Marnie la ladrona, esa cleptómana frígida y rubia, la única de la que hay noticia que se le resistiera a James Connery Bond.

O el caso de James Stewart, voyeurista impenitente, más interesado en espiar indiscretamente la ventana que tiene en frente que en mirar el pedazo de mujer, Grace Kelly, que tiene al lado. O necrofílico él, sorteando sus vértigos y sus pasiones, en pos del fantasma de una Kim Novak revivida de entre los muertos.

O a Anthony Perkins, aquel conserje pacato y tímido del motel de la casa de la colina, desde la que su anciana madre, o lo que de ella queda, sigue amargándole la existencia. Y es que ¡peliagudo asunto es éste de la psicosis!

Y quién no recuerda Recuerda, decíamos antes, inolvidable dislate de crimen y castigo inconsciente con el mismísimo Dalí pintando sus sueños locos, y así podríamos seguir un buen trecho, porque la obra de Hitchcock, si nos ponemos, da para todo un seminario de psicopatología.

Y de eso se trata. De poder conjugar Cine y Psicoanálisis de una forma rica y productiva. Aprovechar el material privilegiado que el texto visual nos suministra a partir de su condición logopática, es decir, de su capacidad de vehiculizar al unísono un discurso razonante a través de una plástica emocionante. El espacio emocional que el cine construye es de una naturaleza singular que le es propia y le distingue de otras propuestas expresivas de índole dramática con las que comparte un cierto territorio afín, como el Teatro y otros parientes más o menos lejanos. No voy a entrar en el análisis de estas cuestiones. No es el lugar ni el momento.

Sí quiero destacar el carácter experiencial, que no empírico ni teórico, de esta vía de conocimiento, como al principio la consideré. Ir al cine, contemplar una película, más allá de las palomitas, es, o puede llegar a serlo, una experiencia inolvidable. Son imágenes que impresionan, que dejan huella o remueven huellas, huellas mnémicas que diría Freud. 

Impactar al espectador más allá del truco fácil, cautivarlo, tenerlo en vilo, es un arte y no sencillo, que pasa por saber cocinar las identificaciones. Una vez listo, capturado por ese juego de luces y sombras en movimiento, uno se ve arrastrado a vivir la historia en curso como su más secreta ficción. Es precisamente esta dimensión vivencial la que le da al cine su gran potencia inclusiva y la que lo convierte en una herramienta de transmisión de primer orden que por su variedad y polivalencia constituye un filón casi inagotable. Desarrollar ese filón y sus posibilidades es una tarea que se viene haciendo aisladamente desde hace tiempo. Yo mismo vengo trabajando esa línea hace años y siempre me resultó muy fértil y agradecida, pero creo que se halla bastante desaprovechada. Así pues, bienvenidas sean las iniciativas que como el texto de Liébana desbrocen el camino para animar a recorrerlo.

Nuevos malestares, ansiedades de siempre, se intitulan las jornadas.

Los mismos perros con distintos collares que diría el Refranero, o

Lo mismo, de otra manera si aparcamos la retórica,
donde “lo mismo” sería de lo que el psicoanálisis da cuenta, es decir, del sujeto partido y sus infatigables afanes de remendar lo irremediable, y “la otra manera”, o una de las posibles, aquí vendría a ser el cine, ese reflejo privilegiado de la vida que más que ninguna otra ficción o artificio nos confronta a la verdad de las mentiras (Varguitas dixit).

Así pues, señoras, señores, quien quiera ya sabe, que pase y que vea.


           
            Texto de la ponencia presentada en las Primeras Jornadas de la @p.a.
                                                                                            Alicante, Mayo de 2004






domingo, 30 de marzo de 2014

PORNOVERDADES






                                                                                       A Zinedine Zidane, en su adiós.


Por fin anoche Francia derrotó a España y oé, oé, el globo nacional se pinchó. Confío en que la orquesta mediática cese en su estridente embauque patriótico y nos dé un respiro, porque ya dijimos que a menudo la verdad es cutre, pero alivia hacerle sitio.

Hablando de verdades y de globos, no hace mucho escuché a un colega proclamar que "Todos sabemos que a veces la verdad es pornográfica". Lo cual, tras el primer impacto, me llevó a preguntarme qué demonios es eso de pornográfico, en qué consiste. Ya sé, ya sé, las pelis x del plus, o la carne satinada de las revistas guarras. Pero, ¿en qué consiste esa dichosa x? o, ¿qué diantres significa realmente guarro?

Bueno, parece que la susodicha x es la incógnita más resabida y resabiada a ambos lados del Pecos, pues todo el mundo sabe que el contenido del material pornográfico versa sobre la mostración de sexo explícito. Y no hace falta ponerse semántico para constatar que guarro alude a algo especialmente sucio y que remite al animal que nos sustenta con sus deliciosos manjares más o menos ibéricos, también conocido como cerdo, cochino, marrano o puerco.

De donde se colige que el sexo explícito es algo que se considera eminentemente sucio y propio de animales, aunque curiosamente todos los datos confirman  que es un negocio al alza y que su consumo se multiplica sostenidamente y no corresponde a ninguna fiebre pasajera. La wikipedia señala que su uso preferente está destinado a la masturbación y por más que parezcan jurásicos los tiempos del ¿tu ti toqui? y los reblandecimientos meníngeos, no deja de ser cierto que pese a venderse desde los púlpitos de la modernidad  como un producto más del pujante mercado self service, un cierto pudor antiguo todavía colea cuando el tema sale a la luz y resopla.

Una amiga me contaba hace poco la extraña inquietud que le sobrevino al sorprender a su hijo y a su sobrino escondidos tocándose. ¿Qué hacer? -en el desconcierto del directo, un aluvión de dudas- ¿reprobar?, ¿desaconsejar?, ¿homologar?, ¿hacer como si nada?...Preguntó: "¿Qué pasa?". A lo que el sobrino, pues el hijo había desaparecido en estampida, contestó en tono confidencial: "Sexo...estamos jugando al sexo". Y ante tal erudita franqueza ella sólo supo preguntar con la mayor naturalidad posible:
"¿Y qué tal?". A lo que el chaval, genuíno, respondió impecable: "Pues bien y mal".
La vida misma.

Así pues la verdad es pornográfica y el sexo es conflictivo...¿Y?.

El problema no es ése. El problema es negar el problema. Creer, hacer creer, vender la creencia, de que hay agujeros negros o púrpuras, da igual, al paraíso. Da igual el ojete que el tercer ojo, pues ambos dos son pasajes para la gloria y para la mierda.

Garganta profunda se siente triste y vacía porque pese a su liberada vida sexual no encuentra el orgasmo. Un examen médico le revela que tiene el clítoris donde debiera tener la campanilla y suenan campanas tubulares cuando encuentra al tipo que da la talla.

¿Mensaje pernicioso o chiste grueso?

Francamente me parece mucho más obsceno y falaz el flamante escaparate de bestsellers sadomasos o el interminable catálogo de manuales de autoayuda que te prometen orgasmos múltiples y variopintos, recónditos puntos G o exóticas bolas chinas, por no promocionar los refinados kamasutra de bolsillo del último gurú de Malibú.

"No hay relación sexual" es el apotegma lacaniano en la primavera sesentayochista, jarro de agua fría para los ardores orgasmistas postreichianos."Haz el amor y no la guerra" fue la proclama antibelicista que caló entre los hijos de Kennedy objetores de Vietnam. "Folleu, folleu que el mon se acaba" era la consigna festiva y libertaria en los Canet Rock de la Transición...y un mundo después, apenas un suspiro, el rojo pasión de la revolución sexual acabó en el azul gaviota de la viagra. Así que nada que objetar a la tristeza post coitum de los clásicos. Dos mil años antes que el psicoanalista francés sabían de lo que hablaban.

Somos animales circundados y circuncidados por la palabra. Inexorablemente divididos. Desgajados del ser. Vivimos errantes y errando vamos. Y así nos va. Pero el error no es el horror. El horror anida en la oscuridad del no querer saber. Y la angustia que nos hace sufrir es la consecuencia de ese miedo a saber eso que uno no quiere saber que sabe.

"¿Qué será? ¿Qué será?", decía el viejo chiste de Jaimito. Adivina adivinanza que a cada uno le toca desvelar. O sintomar.

                                                                              
                                                                            Las Negras,  Junio de 2006

   

sábado, 15 de marzo de 2014

MEQUIVOCARSE



Es un lugar común la imagen que dibuja al psicoanálisis como una terapia un tanto rara y con ese cierto aire trasnochado que le da la presencia de un diván y de un señor tirando a distante que habla más bien poco (¡si es que habla!).

No glosaré aquí las tan celebradas virtudes del silencio, ni sus ventajas en lo que a con las moscas concierne, pero sí señalaré que el silencio activo facilita la escucha, una escucha ciertamente diferente, particular, literal, esto es, a la letra.

Tampoco voy a entrar a explicarles la sentencia vertebral de Lacan que así reza:

El inconsciente es/tá estructurado como un lenguaje”. La cito y ahí la dejo, como Pulgarcito, marcando el camino. Miga tiene, pero no es plan.

Vale, ¿y ahora qué? Pues sencillo, recapitulamos y seguimos.

El psicoanálisis es una terapia rara (diferente) porque la sostiene un señor (o señora, pero plis, no nos pongamos periquitos) que habla poco porque está más que en decir en escuchar.

Escuchar literalmente lo que uno dice, porque no importa tanto lo que se cuenta (el cuento, con permiso de Bucay) sino cómo se cuenta, y es en el acto de contarlo que a veces uno se va de la lengua, y ese puede ser un error fatal. Fatal de fatum, destino, uno de los nombres de ese algo que nos surca solapado a flor de frase, obstinado en dejarse ver, y que no se trata de otra cosa que de la verdad inconsciente, ese saber velado y vedado que puja y empuja entre líneas por meter la voz o la pata y romper e irrumpir en el discurso homologado y formal, dejando en evidencia al bruñido guión oficial.


“Soy muy desgraciada doctor”, me contaba atribulada una paciente. “No dejo de pensar en mi infidelidad…em, digoo, en mi infelicidad…”
“¿Su infidelidad?”, inquirí
“No, no. Es que mequivocao. Yo quería decir infelicidad”
-“Ya, ya, pero dijo infidelidad, ¿le dice eso algo?

Y sí, claro que le dijo, pero lo que respondió no sin apuro aquella mujer ya es otra historia. En concreto, su verdadera historia, no la que su Yo bribón pretendía colar de rondón.

Y es que, ya lo dije en su día y más de uno se rasgó las vestiduras, a menudo la verdad es cutre y se manifiesta no con Grandes Palabras sino en modos mucho más prosaicos, tal que un tropiezo o un olvido, un desliz o un tachón, distintos trajes del lapsus, divino tesoro, ora pro nobis.

Freud, el gran trasnochado, introdujo cien años ha el diván,no como un capricho extravagante sino para sustraerse a la mirada y ensancharle el sitio a la escucha, y desde ahí escribió la Psicopatología de la vida cotidiana, un texto seminal dedicado por entero a los fallidos que nos desmienten en el cada día.A cada cual le toca ver qué hace con sus enseñanzas.

 Mequivocarse y no desdecirse.
 Mequivocarse y no mirar para otro lado
 Al contrario, mequivocarse y coger al vuelo el gazapo furtivo, siendo cuidadosos de no apretar demasiado, y con nuestras manazas y nuestros prejuicios, ¡ay!, espachurrarlo.

Y es que mequivocarse es la contraseña del ser, un secreto a voces que ya proclamaban los clásicos en su famosa máxima: “Errare humanum est”, que en cristiano postconciliar quedaría como “ Mequivocarse nos hace humanos ”.
Veges tu, que diría mi abuela.

                                                                            Mamouna, julio de 2005








miércoles, 26 de febrero de 2014

POR EL CAMINO DE HITCHCOCK II: MARNIE LA LADRONA



 

Vimos Marnie, película de 1964, y nos sirvió para dar un paso adelante por el camino de Hitchcock y desarrollar cuestiones que habían quedado aparcadas en el planteamiento de Recuerda

DEL  EDIPO
Veníamos de visionar Recuerda para ilustrar la dinámica del Inconsciente a través del síntoma y su lógica. Mostraba la película como el desvelamiento del acontecimiento traumático sucedido en la infancia resolvía el enigma de la amnesia y la culpa subyacente. Ya apuntamos que no calzaba del todo que el vigor de la culpa se sustentase en el terrible accidente que ocasiona la muerte del hermanito si no incluimos el plus cainita del  deseo de muerte del rival, tan antiguo como la historia de la humanidad y del que el Génesis da cuenta. Y es del deseo y su constitución que hablaremos hoy, lo que nos lleva a hablar del trending topic del psicoanálisis, el complejo de Edipo.
No entraré en la versión del mito que recoge entre otros Sófocles en su Edipo Rey, y sobre el que basará Freud sus planteamientos, tan conocidos como mayoritariamente denostados por la psicología científica y al alcance de cualquier bachiller.
Me centraré en el desarrollo que hace Lacan en su propuesta estructuralista, siendo consciente de la complejidad de la materia a tratar y del riesgo de fárrago en un marco más bien liviano como es este blog. Así que a la manera de Eduardo Manostijeras haré una poda conceptual enérgica intentando preservar y conjugar lo esencial y lo asequible.
Partamos de la propuesta de premisa que adelantamos antes:
Llamaremos Edipo a esa encrucijada de lugares y posiciones donde se juega y configura el modo en que se constituye la subjetividad, es decir el advenimiento del sujeto como tal, es decir, sujeto deseante, es decir, sujeto a la ley del deseo.
Los elementos que componen esta estructura ( entendiéndola como aquel sistema en el que el valor de sus elementos no viene dado per sė sino por su relación con los otros elementos: uno es padre o madre en tanto que hay un hijo, y uno es hijo por la viceversa, o uno es hermano en tanto que hay otro ídem, etc.) van a ser cuatro: madre, padre, bebé y el falo, siendo este último un concepto comodín clave, a no confundir con el pene, que sería su referente anatómico primario. Digamos que llamaremos falo a aquel elemento que circula y connota de valor singular el lugar que ocupa.
Lacan va distinguir en el proceso tres tiempos lógicos, que no cronológicos, para zafarse del etapismo y sus pleitesías. Una lógica posicional que no es inexorable ni irreversible, antes al contrario, es diacrónicamente fluctuante. Es un proceso estructural donde se dirime una dialéctica de lugares más que de personas y donde madre y padre son funciones con diversidad de encarnaciones posibles. Así pues, sin perder de vista su condición de constructo, distinguiremos esquemáticamente:

Primer Tiempo:
Tiempo primordial donde el Padre, en eclipse, no consta en ese ámbito exclusivamente reducido al vínculo entre la Madre y el bebé, vínculo donde no hay una frontera definida que distinga donde acaba uno y empieza el otro, territorio pues de fusión-confusión y de supuesta completud, donde no hay registro de falta y esa Madre aparece como completa y Fálica en tanto que el bebé detenta ese lugar de falo y está ahí en condición de objeto completante. Desde ahí, Madre Fálica omnipotente que dicta su ley. Coloquialmente le llamamos el Huevo.

Segundo Tiempo:
El bebé se percata de que la madre mira más allá de él, ergo es que algo le falta, algo que yo no tengo y en esa mirada más allá es que se inscribe la dimensión de la Falta y desde ella la dimensión del Deseo, porque sólo desde la falta es que es posible el deseo. Así pues en esa mirada la madre se muestra faltante y deseante y siguiendo esa mirada el bebé encuentra al Padre poseedor de eso que la madre no tiene y anhela, el falo, encarnado en el pene, depositario de su fulgor. Padre Fálico pues, que con su irrupción derroca al bebé de su pedestal fálico con su correspondiente destronamiento narcisista y su herida. Pero no todo es injuria pues simultáneamente al corte del espejismo de supuesta completud, tal corte a su vez libera de ese lugar de Goce, término lacaniano equívoco, pues remite al gozo en el pozo, es decir, agujero ahogante, asfixiante prisión oscura. Es desde esa pérdida de ese cebo-cebamiento envenenado que el bebé adviene al lugar de sujeto, liberado de su condición de objeto al servicio de la madre, sujeto deseante de un deseo propio que lo llevará a transitar las rutas de la incertidumbre y sus conflictos, la vida misma, peregrino de un viaje al que el padre empuja. Pero hete aquí que este padre al que designaremos Padre Fálico, o Padre de la Potencia, hereda la potestad omnipotente de la que antes gozaba la madre, y desde ese lugar va a dictar e imponer su ley, autárquica y obscena, convocando toda la fascinación y el odio imaginables, convirtiéndose a su vez en el detentador de un lugar a arrebatar. Como decía el Gran Visir Iznogud, "yo quiero ser Califa en lugar del Califa". Y  en su estela, hacer de tu vida la obstinada persecución del maldito Califato.

Tercer Tiempo:
Cuando ese padre supuesto Amo de la ley se revela también sujeto a ella, y de ser su presunto dueño pasa a ser su representante, algo así como pasar de ser John Wayne descerrajando tu puerta con su garbosa coz de shérif y el winchester a la cadera, a ser Colombo, con su raída gabardina y la debida orden judicial tocando a tu puerta. El tal agente es conocido como Padre Simbólico o Padre de la Ley. Mas ¿de qué ley hablamos? De una ley universal que nos atañe a todos. La ley de la gravedad acaso? No, pues es ésta una ley de la naturaleza que incumbe también a los perros, naturalmente, y nos referimos a una ley específicamente humana, es decir, propia del ser que habla y que como tal llamaremos ley simbólica, que no es otra que la ley del incesto, y aquí veníamos y ya hemos llegado, como constata Levy Strauss en sus Estructuras elementales del parentesco, ley que establece una prohibición fundante y fundamental y hace de ella el fundamento de la cultura, de todas las culturas.
Así pues, acceder a la dimensión simbólica es incorporarnos a un registro de un límite y una falta estructural de la que nadie se escapa y que en psicoanálisis recibe el nombre de Castración Simbólica y que en función de la defensa que emplee el sujeto ante ella devendrán las distintas estructuras clínicas.
Para ilustrar estos conceptos iremos de la mano de Hitchcock y haremos una lectura estructural de su película.

A PROPÓSITO DE MARNIE 
Narra las peripecias de una mujer cleptómana atrapada en un vínculo estragante con su madre y el encuentro con un hombre que le abre la posibilidad de un destino diferente.
Empieza la película andando por el andén de una estación con un bolso amarillo donde lleva el botín que le ha sustraído a un rico empresario aprovechando su puesto de secretaria trabajadora y eficiente al tiempo que recatadamente sexy. Viaja a ver a su madre, una mujer mayor y con una cierta cojera, que vive sola, aunque es frecuentada por una niña rubia hija de una vecina viuda. Desde que le abre la puerta, la rivalidad feroz  con la niña está servida y el afán desesperado por conseguir la atención o la aprobación de la madre, que la trata con severidad, frialdad y distancia. "¿Por qué no me quieres mamá?" pregunta y se pregunta derrotada, "si todo lo que hago es por ti". Ese enigma preside la vida de esta mujer órbitando incesantemente alrededor de esa madre estrella inalcanzable. "No tuvimos papá" sentencia tajante esa Madre Fálica, zanjando sin más explicación esa ausencia clamante. "No necesitamos a ningún hombre", remata con un plural inclusivo un vínculo-huevo que no contempla al tercero ni la diferencia.

Destripando el guión y desvelando su golpe de efecto final sabremos que en realidad necesitaba a cualquier hombre que estuviera dispuesto a pagar sus servicios y que en un rifirrafe con un marinero putero acaba lisiada y por los suelos mientras su hija de pocos años golpea hasta la muerte al agresor de su mamá. Escena traumática que será silenciada y sepultada en el olvido, y desde ese lugar rechazado de la conciencia volverá tortuosamente en forma de fobia al rojo sangre o de angustiosa pesadilla.
Estamos hablando de algo ya conocido, la dinámica inconsciente, la lógica del síntoma, el retorno de lo reprimido.
Aclarar un punto importante en relación al trauma. Hay que decir que más allá del suceso x o y, con toda la gravedad que encierre, es su silenciamiento lo que le confiere su potencia patógena y de ahí que su puesta en palabras tenga ese efecto sanador.
Es ese valor liberador de la palabra el que va a jugar activamente un Sean Connery en funciones de Padre Simbólico. Alguien que ejerce de límite desde una posición de amor y que  busca confrontarla con la verdad como condición necesaria para poder cortar el cordón imaginario que la une viscosamente a su madre con una ligadura aliñada de afán y culpa.
Hay una secuencia que nos muestra la labilidad de las posiciones sustentadas. En la luna de miel S.C. le da su palabra a M. de qué no volverá a tocarla si ella no quiere, para   días después y en un momento de exasperación saltársela y prácticamente violarla. Su reacción no se hace esperar. Con las primeras luces intenta suicidarse. Es la respuesta a esa caída desde la posición de padre de la ley que al traicionar su palabra dada deviene padre gozador o fálico. Posteriormente intentará hacerse perdonar consiguiéndole su querido caballo o pretendiendo reparar el daño leyendo libros psi que le ayuden a entenderla. Ella se burlará de sus patéticos esfuerzos imprecándole si no será él el enfermo al enamorarse tercamente de una mentirosa y una ladrona, a lo que él responderá que nunca pretendió ser perfecto. Sí, definitivamente el padre simbólico está barrado.

DE LA HISTERIA
Reseñados los itinerarios de los personajes que trasiegan por los distintos tiempos del Edipo, faltaría comentar aunque fuera brevemente la posición histérica, una de las modalidades del campo de las Neurosis que comparte con su fiel compañero "el obsesivo".
De las mil caras de la histeria nos ceñiremos a la que presenta Marnie, una mujer, decíamos, estragada por su madre, en su sentido más literal, engullida, devorada, a la manera de las viejas brujas de los cuentos. "No tuvimos papá" proclama orgullosa de su supuesta autosuficiencia la madre de marras, pero aunque se empeñe en silenciarlo, ya sea a Billy, el muchacho que le dejó el pastel y su gersey de basquet, ya sean los marineros que visitaban su dormitorio, la niña tenía que dejar la cama que compartía con su mami y dormir afuera en el sofá. Padre anónimo pues, pero tercero que la desaloja del huevo materno. "¿Qué tendrá el negro que yo no tenga?" se pregunta el zapatero remendón de la canción de Albert Pla. Pues en este caso a parte de rabo, pasta. Y a eso se dedicará empleando sus mejores artes, a seducir a tíos pastosos y a robarles su falomoney para regalarle a su mamá el visón de turno. Llamado a un padre que no está a la altura y del que hará colección en su capazo de cabezas burladas.
Y de repente irrumpe S.C. que no cae en su celada pero sí en esa cosa misteriosa que llamamos amor. Y para su sorpresa, aparte de pillada in fraganti, se siente vista, interpelada en su mentira en busca de su verdad. " Y eso ¿a quién le importa?"' "A mi me importa". Y por un instante y desde la perplejidad de la sorpresa percibe algo diferente, desconocido, y su mirada hacia el hombre cambia, aunque obviamente la resistencia persiste. No lo tiene nada fácil S.C. para viabilizar ese destello y poder encontrar el camino que la conduzca a salir de su atolladero. En su afán conductor habrá deslices y desbarres que ya hemos contado pero hay que decir en su descargo que no debe ser fácil gestionar el James Bond que lleva dentro y su propia perplejidad ante la frigidez de Marnie, la única rubia que se le ha resistido en su legendario currículum de amante pluscuamexperto. Sí James, nadie es perfecto. 
Con la frigidez, síntoma de rancio abolengo en la histeria, tendrá que lidiar Marnie en su psicoanálisis, pero esa ya es otra historia.
                                                                                   
                                                                                Alicante, febrero 14 

jueves, 13 de febrero de 2014

¿QUIEN TEME AL LOVE FEROZ?








                                                                                 "Lo mejor es enemigo de lo bueno"
                                                                                                       Proverbio manchego


      Recuerdo que cuando aquella analizante me pidió que le recomendara algún libro para leer durante las vacaciones de verano tomé conciencia de la delicada responsabilidad que adquiría si decidía responder a su demanda aparentemente banal. El caso es que ya lo había hecho en otras ocasiones, pero esta vez mi percepción de lo mismo fue distinta. Me vinieron a la cabeza casi de súbito dos textos, ambos muy hermosos, que en su día yo disfruté leyendo: "Seda" de Alessandro Baricco y "Verde agua" de Marisa Madieri, dos relatos muy distintos, pero que entre sus muchas diferencias albergan una muy precisa en lo tocante a la manera en que los protagonistas encaran el amor, y de ahí su propia vida, su estar en el mundo. Resolví indicarle los dos.

     A su regreso me refirió agradecida las variadas y hondas vivencias experimentadas durante su lectura. Llegado el momento, terminé la sesión con un conciso comentario, "Son dos formas distintas de mirar el amor", a lo que ella replicó: "Sí, pero las dos son válidas, ¿no?", y yo contesté con un salomónico "Digamos que las dos existen" como despedida.

      Fue cerrar la puerta y sobrevenirme como un relámpago otra respuesta probablemente más pertinente: "Válidas ...¿para qué?", porque ésa es la cuestión, cuestión en verdad compleja que me acribilla con una primera oleada de interrogantes:


Dime, ¡oh Perogrullo!, ¿quién soy yo para decidir qué amor es válido y cuál no?
¿Qué es lo que valida un amor?
¿A quién estamos amando cuando decimos "te amo"?
Y ya que estamos, como decía aquel señor gran amante del bourbon,¿de qué hablamos cuándo hablamos de amor?.
Bacalao.

      Y es que el Amor es la vaca sagrada del universo, y en su nombre se profesan los mayores estragos. "Ama y haz lo que quieras" nos exhortaba san Agustín mientras puntualizaba que "la medida del amor es amar sin medida", y así vamos. Y no me estoy refiriendo a la patología del amor en su cara más airada y aireada, la tan traída violencia doméstica, bien sea versión la maté porque era mía,o bien,mi marido me pega lo normal. No, o por lo menos, no solo. Quisiera reconsiderar su otra faz, la que se inviste de sublime y se enuncia como mandamiento ("Amarás a..."). 

           ¿Habéis visto "El marido de la peluquera"?.

      La historia de una pasión. En el desenlace, en una noche de lluvia y lujuria, Matilde dice que sale a comprar yogures y en un plis plas se arroja a un caudal de aguas turbulentas sin volver la vista atrás.Le ha dejado una carta a Antoine:

      "Mi amor, me voy antes de que te vayas tú. Me voy antes de que dejes de desearme, porque entonces sólo nos quedará la ternura y sé que no será suficiente. Me voy antes de ser desgraciada. Me voy llevando el sabor de tus abrazos, llevando tu olor, tu mirada, tus besos. Me voy llevándome el recuerdo de los mejores años de mi vida, los que me diste tú. Te beso infinitamente, hasta morir. Siempre te he amado. No he amado a nadie más. Me voy para que nunca me olvides. Matilde."


Inmolarse por amor para que no muera el Amor.
Pero, ¿qué amor es ése sino el viejo Ideal Tirano que nos convierte en sus más fervientes lacayos?

Da igual que sea Princesa en la torre, que Príncipe azul,
Dios venerable, que Dios en la cruz,
Gora Euskal Herria independiente, que piloto bomba en Manhattan sur.
Todos tienen algo en común: abanderados de La Causa en mayúsculas.
Un espejismo siniestro de gloriosa completud.

Un amor sin límites, pero ¿acaso no es ésa la naturaleza del hecho amoroso?

Esa irrefrenable aspiración a fundirse y confundirse, a hacerse Uno en el otro.

¿No es ésa la fuente de la poesía y de las religiones?

    
      Marx se quedó corto con lo de "el opio del pueblo" y se vio arrollado por los frutos trágicos de la nueva utopía que él alumbró. Y ése es el asunto, ese irreductible anhelo por la eterna utopía de turno, ese sueño que nos hace ser quienes somos, persiguiendo "eso que no es en ningún lugar".

     Opio del ser pues, que nos hace adictos empedernidos y del que sólo muy arduamente algunos pocos consiguen desengancharse. Mal remedio será sustituir el opio por el jaco, o el jaco por Jehová.

     El reto es otro. Perder al Otro para empezar a reconocerse a uno mismo, aunque a menudo, pese a que el Otro esté perdido de antemano, uno no asume su pérdida y como Antoine haciendo crucigramas en el epílogo de la película, le dirá al cliente impaciente, "espere usted, la peluquera volverá".

      La esperanza es lo último que se pierde, dice el dicho, pero, relámpago en la puerta, habría que preguntarse: la esperanza .... ¿de qué?.

     Lacan, en su versión más zen, plantea que el amor es dar aquello que no se tiene a alguien que no lo es. No seré yo quien le estropee la adivinanza, pero sí quiero hacer notar cómo destaca la dimensión de una falta indeleble.

       Así pues, enlazando con el principio, decíamos que habría dos formas distintas de mirar el amor, y en consecuencia, de encarar la existencia: Visa oro para un sueño, o por el contrario, ir viviendo como uno buenamente pueda, sabiendo que al final, más allá de los vértigos y los pálpitos, siempre habrá números rojos en la cuenta del olvido, que cantaba el poeta.

      Y cada uno elige.
                                                                                                
                                                                                  Mamouna, Septiembre de 2002