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domingo, 23 de noviembre de 2014

DEL NARCISISMO Y OTRAS HIERBAS







Leo un aforismo en el Facebook que publica una amiga (“No vemos las cosas como son, sino como somos”- Krishnamurti) y entre la gama de impresiones que me despierta se me impone el recuerdo de un breve fragmento de un texto ya añejo y por lo demás olvidado, una cita de Oscar Wilde que Paulo Coello recoge en el prólogo de El Alquimista y que dice así:

Cuando Narciso murió, vinieron las Oréiadas –diosas del bosque- y vieron el lago transformado, de un lago de agua dulce, en un cántaro de lágrimas saladas.
-¿Por qué lloráis?- preguntaron las Oréiadas                                                                     -Lloro por Narciso – respondió el lago.                                                                              -Oh, no nos extraña que lloréis por Narciso. A pesar de que todas nosotras le perseguíamos siempre a través del bosque, vos erais el único que tenía la oportunidad de contemplar de cerca su belleza.                                                                                      -Entonces, ¿era bello Narciso?-preguntó el lago.                                               
 - ¿Quién sino vos podría saberlo?-respondieron sorprendidas las Oréiadas-. Después de todo, era sobre vuestra orilla dónde él se inclinaba todos los días.
El lago quedose inmóvil unos instantes. Finalmente dijo:                                                  -Lloro por narciso, pero nunca me había dado cuenta de que Narciso fuese bello. Lloro por Narciso porque cada vez que él se recostaba sobre mi orilla yo podía ver, en el fondo de sus ojos, mi propia belleza reflejada.

Y  compruebo en directo que el Narcisismo es cosa de dos. Dos ensimismados.

Veamos. Esta es una afirmación que precisa una explicación, pero la tal, me temo que sea demasiado compleja para hincarle el diente en un marco como éste, que se presupone liviano y amigable y en el que es de mal gusto largar tostones eruditos y solemnes. Así pues no sé si me estoy metiendo en un jardín intransitable. La única forma de saberlo es intentarlo. Ea pues.

Empezaré diciendo que el Narcisismo no goza precisamente de buena fama, y no le faltan motivos, pero quisiera, cual abogado del diablo,  levantar un dedo en su defensa, siempre dentro de una perspectiva psicoanalítica, que es el campo que me atañe.

Situémonos. Freud toma el término acuñado por Havelock Ellis unos años atrás, para referirse a una forma de amor que es el amor a sí mismo,  en  referencia al mito de Narciso, aquel hermoso hijo de ninfa que enamoraba a todos a su paso, pero incapaz a su vez de enamorarse de nadie. Hasta que un día, vengadora de tanto despechado, la diosa le condena a su propia medicina, enamorarse de alguien con quien no pueda consumar su amor. Y una mañana de calor, tras ir de cacería, Narciso se dispone a beber del agua del lago e inesperadamente queda fatalmente capturado por la belleza de ese rostro que le mira. Sea de sed o ahogado, la muerte allí le espera.

Tal vez convenga, como hace admirablemente Waterhouse, incorporar a la escena a la ninfa Eco, un personaje secundario que también arrastra un trágico destino. Su arte de contar hermosas historias a Hera, provoca que Zeus, esposo envidioso, la condene a sólo poder repetir el final de cuanta palabra oyese. Desolada vaga perdida en su soledad sonora hasta que atravesada de pasión por Narciso, sucumbirá, tras el desdén en su rechazo, de mortal e inútil melancolía.

Así pues, pese a su diferencia formal, dos pasiones fatales semejantes. Pues semejante es lo que subyace bajo el reflejo de una imagen o tras el eco de una voz. Nada. O mejor dicho, nada más que espejismos, de orden visual o sonoro. Reflejos o ecos de un Ideal. Territorio imaginario diría Lacan.

Y es bueno tener esto presente para no confundirnos, como sí le sucedió a Freud, al distinguir y oponer una libido narcisista vs otra objetal. Pero para entender de lo que hablo tendremos que ponernos en contexto. Y el contexto era muy, pero que muy, convulso. Corre 1914, La Gran Guerra resuena flamante en las principales cancillerías de Europa. Crisis de Imperios. Alemania pide la vez y alza la voz. Las trincheras tienen la última palabra. O en realidad las palabras no tienen lugar. Sólo la metralla, el gas y la bayoneta tienen algo que decir, y sólo pronuncian una palabra monocorde: muerte.

Pero hay otras guerras jugándose de forma larvada, sin que corra la sangre, pero sí la tinta. Es 1914 y Freud publica Introducción del narcisismo, un texto importante por el giro que introduce en algunos de sus postulados, pero del que quisiera destacar su metatexto. Acaba de romper con Jung (1913), su más dilecto discípulo, y está reciente la deserción de Adler (1911). Está enfrentándose a varias encrucijadas teóricas, pero el guante se lo ha lanzado Jung con su crítica al reduccionismo sexual con que Freud caracteriza a la libido,  frente a su concepción de la libido como una energía psíquica inespecífica, no sólo sexual, subyacente en todas las tendencias. Es ahí donde Freud se reafirma en la naturaleza sexual de la libido y formula sus dos modalidades (narcisista y objetal) intentando resolver, insatisfactoriamente, hay que decirlo, algunas contradicciones de su teoría. Es una propuesta que resultará provisional y que le llevará a elaborar una segunda teoría de las pulsiones (de vida y de muerte) unos años después. Pero siempre preservando una posición dualista frente al monismo junguiano. Lo cual no es cuestión baladí, por lo que esas posiciones encierran y denotan. Mas este asunto, de largo calado, he de dejarlo aquí.

El principal aporte es introducir el Narcisismo como un nuevo estadio libidinal entre el Autoerotismo y la Relación de objeto, donde el Yo será tomado como objeto.Y, congruentemente, va a situar en este estadio la constitución del Yo, bien es cierto que no explica cómo, más allá de esa frase enigmática y lapidaria: "Acontece de resultas de un nuevo acto psíquico". 

Es Lacan quien retoma la cuestión y en El estadio del espejo describe el fenómeno que da cuenta del tal “acto psíquico” que Freud apunta. Ese momento en el que el cachorro humano manifiesta un júbilo al ver su imagen en el espejo y reconocerse en su reflejo. “Ese soy yo”, sería la traducción en palabras de su alborozo. Y es comprensible esa fiesta, pues anda estrenando imagen y completud. Imagen de completud, frente al bacalao fragmentario del que venía. Cacao maravillao que se unifica y cobra forma precisa y distinta. Nada menos que la identidad, reflejo en un espejo. Espejismo pues. Maravilloso o ingrato espejismo, pero espejismo al fin.(¡Vaya estafa!)

Sería ingenuo pensar que esto sucede así, tal cual, “una, dos y tres, pollito inglés, aquí está usted!”. Hasta el recurso a este latiguillo nos delata. Es preciso que “alguien” te presente. Te señale y te designe. Cuestión de educación. Y ésa es la cuestión.   No podemos pensar el fenómeno sin la intervención de ese Otro significativo, llamémosle la Madre, que va a ir apalabrando toda su existencia. Sólo desde ese apalabramiento base, va a ser posible la procelosa inclusión del cachorro en el ámbito representacional. Acceder a esa imagen que nos representa no podrá ser sólo cosa de reflejos en un cristal azogado. ¿Qué sería de los niños ciegos? ¿No tendrían yo?...Es evidente que no va por ahí la cosa.

Es evidente que el espejo es una metáfora que remite a otros reflejos, que son los decires del Otro. Y que el espejo es el Otro. Y esos decires que nos tapizan la piel y las mucosas desde el primer encuentro, “mama, mi tesoro” o “qué daño me haces, mamón”, van a ir inscribiendo una particular versión de nosotros mismos que siempre será arbitraria, en función de las circunstancias que rodeen y atraviesen el vínculo primordial.

Un vínculo primordial que en principio es fusional, de supuesta completud, donde el baby (“his majesty, the baby!”, le llamaba Freud) es el rey del mambo, centro del Universo y destinatario de todas las atenciones y honores, pero que antes o después, habrá de ser destronado. Es la aparición de la figura paterna, que se presentifica por la mirada deseante de  la madre, la que produce la quiebra de ese espejismo de completud, la caída de ese supuesto trono vitalicio a la que el baby se ve abocado. En términos psicoanalíticos, a ese lugar glorioso, se le llama fálico, y a la tal gloria, Goce.

Así que es preciso despertar del sueño de reyes que creímos ser, para poder ser el príncipe o princesa que somos. Y heme a mi aquí, en medio de este cuento rosa, resistiéndome a hablar de otro cuento mítico que se llama Edipo y que trae cola. Así que trataré de pasar de perfil, cruzar los dedos y que no ladren los perros.

Entonces, recapitulemos. El curso lógico de los acontecimientos nos llevaría de un tiempo primero de espejismo estructural a una caída necesaria del guindo. Ese primer tiempo sería el campo del Narcisismo, campo fundante y fundamental de nuestra identidad. Le llamaremos Narcisismo trófico, bagaje esencial y necesario para aspirar a hacer de la vida un buen viaje. A distinguir del Narcisismo tóxico, que nos garantiza innumerables problemas. Consistiría en quedarte con el culo pegado al trono y no caerte cuando toca. Aferrarte al espejismo y quedar atrapado en él. Como Narciso.

¿Y qué pasa con el lago? Que su mirada nos abre a una nueva consideración. Si decíamos que en el narcisismo el Yo era tomado como objeto, podemos plantear, revirando los términos, que el objeto es tomado como Yo. Pues por lo que nos dice Oscar Wilde, él también está prendado y prendido de sí mismo, y no ve al otro. Él también está enfermo de narcisismo. Y retomo la tesis inicial de que el narcisismo es cosa de dos. Pero teniendo en cuenta que la lógica que lo rige, en el origen, no es simétrica. El Otro tiene una responsabilidad determinante en relación a qué lugar le da al cachorro, y desde luego no es, o no debería ser, el de el atributo que nos realza y falifica, sino ese ser tan vulnerable al que tendremos que amar, respetando su individualidad y su libertad. Y es por eso que debiera ser de lectura obligada para cualquier aspirante a padre o madre el poema de Kahlil Gibran que empieza así:

Tus hijos no son tus hijos
son hijos de la vida deseosa de sí misma.
No vienen de ti, sino a través de ti
y aunque estén contigo, no te pertenecen…

Y habrá que estar advertidos, porque siempre está al acecho la tentación de ejercer de Pigmalión, enamorado narcisísticamente de su obra, pues no otra cosa guió a Yaveh al crear a Adan a su imagen y semejanza.

Y el que no se reconozca en Narciso, que tire la primera piedra.


                                                                           En Mamouna, Noviembre del otoño 14

viernes, 24 de octubre de 2014

JUSTICIA POETICA

              
                                                 



¿Malos tiempos para la lírica? Puede, pero ahora que retorna crecida y ufana la gaviota carroñera presta a la pitanza de las migajas del pastel, el Príncipe de Asturias se desmarca de la banalidad ambiente y en un acto inesperado de justicia poética le hace un guiño desubicado al viejo Leonard y su famoso impermeable azul.

Pero ¿qué demonios es la justicia poética? ¿el chocolate del loro? ¿el último recurso de los desheredados de oficio? ¿retórica pret a porter?. Veamos. ¿Recuerdan a Lisbeth Salander, la inolvidable muchacha que soñaba con un bidón de gasolina pensando en los hombres que no la amaban demasiado? Son necesarias dos mil quinientas páginas de lectura febril para hacer justicia, pero al final, descubierto en su impostura, Teleborian y su orgullo, al trullo.

Ya sé que es una obra de ficción, pero como decía Lacan, la verdad tiene estructura de ficción, y son muchas las Lisbeth que no salen airosas de su encuentro con el Teleborian de turno, así que hay que celebrar cuando el azar nos regala tal evento. No hace mucho yo fui testigo de uno, les cuento. Una tarde oyendo la radio escuché un diálogo a dos voces entre una muchacha diagnosticada de psicosis y un egregio catedrático de psicocofarmacología o así. Ella, desde su curtida experiencia por los circuítos de la Salud Mental, denuncia y reclama que la Sanidad, el Sistema o el Sursum Corda, además del preceptivo psicofármaco cotidiano, le brinde la ayuda necesaria de una psicoterapia, la oportunidad de un lugar para la palabra.

"Mire señorita, a veces la palabra es tóxica" sentencia el ilustre Teleborian, tal vez traicionado en un descuido por su pensamiento reflejo. Atónita, ella le inquiere por tan pintoresca declaración, a lo que él responde con el paternalismo y la suficiencia de quien todo lo sabe, dándole una breve pero rotunda lección de anatomía y neurotransmisores, "donde la palabra, perdóneme usted, no pinta nada". Ya lo dijo hace siglo y medio Griesinger, un somatiker de laconismo semejante: "la locura es una enfermedad del cerebro". Kraepelin, el totem y referente fundador de la neuropsiquiatría del siglo XX, se preciaba de no entender la lengua de los estonios en su primer destino hospitalario, lo cual le evitaba las engorrosas distorsiones subjetivas de los enfermos tratados, a la manera del ínclito doctor House que prescinde por principio de hablar con el paciente, avalado por su impresionante arsenal tecnológico y semiológico y su desdeñosa misantropía. Así que ya se sabe, "a veces la palabra es tóxica", pero son precisamente afirmaciones como ésta las que intoxican el valor de las palabras y en nombre de una presunta objetividad científica se deja fuera la verdadera esencia del hombre, su alma lenguajera, su psijé, su psique.

La chica en cuestión se hace llamar Princesa Inca. Él, dejémoslo en Teleborian. Frente a la palabra tóxica y vacía de su interlocutor sabelotodo, ella escribe poemas que hablan de su forma de sentir la vida. Es la palabra viva versus la palabra muerta, un debate que no es un debate porque no hay color. 

De perdidos al río, y cuál, si no el de los versos rotos. Es lo que tiene la justicia poética.     Allí nos vemos.
                                                                     Noche de San Juan, 2011

(Princesa Inca recientemente ha publicado Mujer precipicio - poemas)


miércoles, 1 de octubre de 2014

Seminario Psicoanalítico: La Ruta del Bacalao






Cualquiera que se anime o se atreva a sumergirse un mínimo en las procelosas aguas psicoanalíticas pronto se topará entre su variada fauna marina con una presencia reiterada e ineludible, el bacalao.    
En lo que a mi respecta no entra entre mis preferencias, antes al contrario, me disgusta especialmente y se ha convertido desde hace bastantes años en una cuestión personal. Si el capitán Ahab consagró su vida a capturar a la ballena blanca, yo empleo la mía en denunciar el bacalao. Así pues dedicaré tres encuentros a intentar poner un poco de orden en un territorio donde cunde un considerable sarao conceptual.
Partiendo de una tarea preliminar e imprescindible como es tratar de esclarecer la confusión reinante entre dos conceptos base como son deseo y pulsión, tendremos las claves para proponer un criterio nosológico novedoso para pensar esa clínica bizarra que campea revuelta en ese territorio impreciso que componen los llamados trastornos límite y de los que la angustia es su divisa señera.

viernes, 19 de septiembre de 2014

La ruta del bacalao. The end.



           



            Decía Wittgenstein aquello de: “De lo que no se puede hablar, mucho mejor es               callarse”

La pregunta que nos tenemos que hacer es “¿qué es eso de lo que no se puede hablar?”
Creo que podemos convenir que no se refiere a lo prohibido, es decir, al tabú, al campo de lo reprimido, a todo ese batiburrillo de secretos que nos ocupan la vida, sino que atañe más bien a lo que las palabras no alcanzan, lo que referimos como indecible o inefable y que en psicoanálisis lacaniano conocemos como lo Real. Y en Matrix, el desierto de lo Real…

Pero frente a la máxima mutista de Wittgenstein, el psicoanálisis intenta decir algo sobre lo indecible, reflexionar sobre su condición. Intentar cernirlo fallidamente con palabras. Y digo fallidamente porque el significante está en falta, o como decíamos, es cojo. Y yo aún diría más, “porque es cojo… es”. O, si tensamos un poco más la frase, " porque escojo… soy".

Y es que escojo porque la realidad es incierta y ahí reside la raíz de nuestra libertad, divino tesoro, o más bien divino castigo, que nos expulsa del paraíso de lo natural y sus armonías, y nos aboca al trance del malentendido permanente y sus desencuentros. Es conocido el mito del Diluvio Universal como castigo iracundo y genocida de Jehová a la humanidad por sus pecados, que visto lo visto y dada la capacidad reproductora a prueba de conejos de los hijos de Noé, no sirvió de mucho. Escarmentado, Jehová impone un segundo castigo universal mucho más sutil e irreversible: la maldición babélica, que condena al hombre a la confusión de lenguas. Lo sucedido a los pies de aquel gigantesco Zigurat es el relato mítico del origen del bacalao que nos asola, y de la relación entre éstas dos cuestiones clave, lo Real y el bacalao, es que ha versado éste largo viaje que emprendimos hace ya unos cuantos años y que hoy llega a su fin. Un recorrido tortuoso y tenaz por los territorios de lo que se ha venido en llamar “la clínica de lo Real” y que nosotros hemos propuesto llamarla “clínica de la pulsión”, poniendo especial y aguerrida atención en ese fenómeno espurio que infiltra el discurso y que me animé a llamar el bacalao. Por cierto, me pidieron si podía aclarar el concepto o redefinirlo… y esto es lo que me salió:

Bacalao: dícese del estado de confusión y/o contradicción conceptual generalmente soslayado y/o revestido de certidumbre falaz. Habría que añadir que esa querencia por lo falaz es lo que lo emparenta con la chirla, pero dejar claro que aunque se solapen no son lo mismo, siendo la confusión lo propio del bacalao, y la trampa el alma de la chirla. 

Volviendo a Wittgenstein, con el que empezábamos hoy, si su propuesta es que ante lo indecible mejor dejar las palabras y darle la voz al silencio, yo prefiero apostar por la ruta intangible de la poesía, que como Alejandra Pizarnik dejó dicho, se afana en atesorar palabras muy puras para crear nuevos silencios.

Evohé. Evohé.


domingo, 14 de septiembre de 2014

HECHOS DE NUBES




El tema a escribir pasaba por el Agua y se me presentó presta aquella estrofa que dice:
“Tú y yo muchacha estamos hechos de nubes, pero ¿quién nos ata? pero ¿quién nos ata?”
que cantaba Pablo Guerrero en aquellos tiempos en que el tiempo era más ancho y aún quedaban primaveras… Ahora que llegó el otoño aunque luzca un sol inclemente de verano y la noche huela a jazmín pienso en qué habrá sido de aquella muchacha con quien compartí besos y sueños al compás de melodías que anunciaban que una fuerte lluvia iba a caer y que limpiaría al fin el aire gris y espeso de tantos años de casposa dictadura. Ha caído bastante desde entonces y algunos ya no están aquí para contarlo. Otros sí que estamos, pero no tenemos mucho que contar, o ganas de contarlo. El Tsunami que nos azota empuja al Todo vale y al Sálvese quien pueda, pero no, no vale todo y ya se sabe que en caso de naufragio hay un código ancestral que establece que las mujeres y los niños primero. Son verdades de siempre que hay que volver a enunciar porque hay mucha desmemoria y mucho canalla suelto.
No habrá paz para los malvados es el aleccionador título del terso thriller con el que Urbizu ganó los Goya. Pero el mensaje que instilan sus postreras imágenes es bastante más desazonador y más bien nos revela que no hay manera de que los malditos malvados nos dejen de una puñetera vez en paz. Y donde digo malvados incluyo a banqueros con prima y sin levita, capos de casino y del ladrillo, prelados pederastas, jueces marbelleros, eres que erres y gurtels de postín. Pandilla.
Lo más grave es que la insidia lo infiltra todo y donde menos te lo esperas, ay, salta la liebre o sale un ratón. Le llaman fuego amigo. A mí me pilló por sorpresa leyendo una crítica de libros en una revista de psicoterapia humanista a propósito de un texto reciente de Onfray sobre Freud. De Onfray y su ardor filosófico diletante nos podíamos esperar su tendenciosa escabechina del padre del psicoanálisis. Otras egregias cabezas rodaron antes y personalmente me traen sin cuidado las razones de su pasión jíbara. Del crítico de marras, un colega psi supongo, no. Y no porque a Freud no se le pueda criticar ¡faltaría más, por Tutatis!...sino por desde dónde y el lineamiento ideológico que destilan sus palabras. No es nuevo, por supuesto, más bien diría que es viejo, demasiado viejo.
Se entiende que Perls, psicoanalista en sus orígenes, en su proceso de redefinición profesional tuviera que “matar al padre” para alumbrar su nueva vía. Es la vieja senda dialéctica, que a la Tesis se le oponga una Antítesis para que a su debido tiempo nos nazca una linda Síntesis con un vigor renovado. Así progresa el conocimiento.
Llevo treinta años ejerciendo de psicoanalista y casi veinte impartiendo formación en psicoanálisis a los alumnos del curso de Psicoterapia Integrativa Clínica, mayoritariamente guestaltistas, y puedo decir con Heráclito que uno no se baña dos veces en el mismo río. Me he zambullido tantas veces en aguas tan diferentes, me he empapado del remanso y del movimiento en mi flujo por la continuidad que sé que somos sinergia creativa, fronteras nutricias de la diversidad. Pero esa diversidad comparte un hilo conductor franco. Entendemos la psicoterapia como un viaje hacia la verdad del sujeto, es decir, hacia la verdad de su deseo, y más allá de sus múltiples vicisitudes sabemos que en el núcleo duro de ese proceso nos habremos de enfrentar con un conflicto estructural, ese pulso constante entre la ley y el goce, lo que en castizo se dice “hecha la ley, hecha la trampa” y que Freud teoriza como complejo de Edipo. Tildarlo de coyuntura personal del vienés apunta a sonoro despropósito.
Recojo promoción tras promoción el reconocimiento agradecido de los que en las enseñanzas freudolacanianas encontraron las coordenadas para poder pensar al sujeto en clave brujular y escuchar su discurso como una corriente donde la verdad inconsciente se manifiesta como bengalas furtivas llenando de luz lo que era oscuridad.
Opino que linchar a Freud desde la Gestalt hoy en día está fuera de lugar y que es más bien un resabio añejo que huele a naftalina, a prejuicio rancio o a una lectura cuando menos bastante superficial, viejas ataduras invisibles soterradas bajo los ruidosos ecos de la posmodernidad. Pero ya vale. Hay que marcar, delgadas o no, algunas precisas líneas rojas. Delimitar cuáles son los márgenes a respetar para compartir o no una cierta mirada común. Y no olvidar que no hay nudo marinero que ate al agua, que las redes que nos apresan son imaginarias y que la vía de salida del síntoma es la palabra encarnada.
Y puestos a hablar de agua, que era el tema,
si como decía el poeta estamos hechos de nubes,
es de cajón que somos hijos de la lluvia…
alma de río… cuerpo de ola… destino de mar…
y sí, claro, semilla de nube… agüita amarilla…
…y vuelta a empezar.

                                                                                           
                                                                                     En Las Negras,solsticio de junio 2012
  

jueves, 11 de septiembre de 2014

CREER. CREAR.







"Soy ateo por la gracia de Dios" declaraba socarronamente Luis Buñuel siempre que podía.
"Soy ateo por desgracia, señor, señor" parafrasearía yo, aunque quizás sea más preciso pronunciarme como excreyente, porque a día de hoy confieso que no sé muy bien de qué hablamos cuando hablamos de Dios. Antes era más fácil pues, desde una perspectiva etnocentrista, o creías en el Dios verdadero que establecía la religión monoteísta de turno (judaísmo, cristianismo o islamismo) o lo llevabas claro como adorador de cualquiera de los infinitos dioses paganos. La historia de las religiones es un relato apasionante de las mil y una vicisitudes que ese irreductible empuje a creer en lo sobrenatural ha dado de sí a lo largo y ancho de los siglos, los continentes y las culturas. Somos anhelo de inmortalidad. Pero desde hace tiempo, cada vez más a menudo, a mi alrededor y desde internet ni te cuento, he ido contactando como un turista en un garage con esa otra corriente en la estela de la sabiduría oriental que plantea la relación con la divinidad por fuera de las religiones, sustrayéndose a sus dogmas y sus liturgias y apuntando a una dimensión más abstracta que se enuncia con términos sitiadores de lo inefable como  la trascendencia, lo sagrado o el misterio, y que giran alrededor o en pos del Ser o del Uno. En ese selecto club de la conciencia cósmica, claro,  ancha es Castilla, y como es bien sabido, el Tao que se puede nombrar no es el verdadero Tao, prerrogativa inherente a lo Real, desde siempre perdido para siempre.
Sé que éste es un tema extremadamente delicado donde el cuestionamiento, hasta no hace demasiado, te llevaba a la hoguera. Aunque Nietzsche proclamara la muerte de Dios hace más de cien años, otras inquisiciones tomaron el testigo. Por eso me parece admirable la tarea prometeica que Charles Darwin llevó a cabo con la escritura y publicación de El origen de las especies. Una verdadera hazaña intelectual, un punto y aparte irreversible en el tortuoso camino de la ciencia, pero, no lo olvidemos, también y esencialmente, un pronunciamiento radicalmente  ético.

Este verano tuve la fortuna de ver La duda de Darwin (Creation), una joyita perdida en la soledad de la programación televisiva de madrugada. Con Paul Bettany y (cielos!) Jennifer Connelly. Potente y sutil. Con sabor a cine inglés del bueno, aunque sea americana. No se la pierdan.

viernes, 5 de septiembre de 2014

REQUIEM





Cumplí hace poco 57 años. No es cualquier cifra. Humphrey la palmó con 57. Desde antiguo he tenido cierto fetichismo con los guarismos de la edad. Con ciertos guarismos. No me interesan las decenas (los 40, los 50...) ni la soledad de los números primos. Llaman mi atención más bien los que podríamos llamar guarismos narcisistas, es decir, los afectados por un cierto espejeo, como por ejemplo los capicúa. Recuerdo la fascinación que ejercía en mi el 33, "la edad de Cristo" (y de Alejandro Magno!). Alcanzar tal cifra fue como coronar una cima mítica que hasta entonces había operado de techo. Después vinieron en su inexorable inercia los 44, los 55...y de repente casi sin darme cuenta los 57, con la particularidad de que nací en 1957, ¡57 desde el 57!, otro eco en el que me alcanzo esta vez a mi mismo. Soy de letras y estas coincidencias numéricas despiertan en mi una extraña turbación íntima. Entiendo bien por qué a algunos psicóticos les flipan. Es tentador atribuirles valor de señal y por ese camino, camino verde, transitar al delirio. Porque ir más allá de Bogart es de alguna manera ir más allá del padre, rebasarle, superarlo, y eso, ya se sabe, es cualquier cosa menos un accidente, del que nadie es inocente. Para rematar la función muere Lauren Bacall ay!, y nos deja irreparablemente huérfanos a los hijos de los sueños en blanco y negro. Tan lejos y tan cerca, a un soplo, de la fosa común del tiempo y del olvido que el poeta cantó. Just (a) blow. Nos vemos flaca. Amén.