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domingo, 5 de abril de 2015

LA PASIÓN PÚRPURA









En estos días de cirios y capirotes, donde el morado refulge como estandarte de los penitentes, puede ser una buena ocasión para pensar desapasionadamente acerca de esta extraña pasión por la pasión púrpura.

Hablaremos pues de la culpa, misteriosa dama oscura que acompaña al hombre (y a la mujer) desde que el hombre es hombre (y la mujer, mujer), pero a partir de aquí daré por sobrentendidos los paréntesis.

Basta asomarse a Google y teclear la palabra, para encontrarnos sumergidos en un debate posmoderno: culpa vs responsabilidad. Las páginas que lo acogen responden a encabezados tales que “somostodosuno.com”, “misuperaciónpersonal.com”, “piensaesgratis.com”, “coachingexitopersonal.com” y un largo etcétera que me/les ahorro por cuestión de espacio y tiempo.

Por resumir a las bravas, la cosa se pone maniquea, y la culpa sería una lastra judeocristiana que nos fueron inoculando de padres a hijos por generaciones y generaciones, generando por generar, no más que un sufrimiento estéril y causa de mal vivir.

Habría que corregir entonces esa distorsión cognitiva y sustituirla por un sentimiento de noble raigambre cual es la responsabilidad, cualidad emblemática de la madurez personal.

Con todas las reservas que me suscita meterme en debates ajenos, no puedo eludir mi responsabilidad en pronunciarme sobre un tema que me atañe directamente, pues en mi condición de analista atiendo diariamente a personas aquejadas del suplicio que la culpa procura. Y plantear la cosa en términos de debate-combate es como confundir las churras con las meninas. Va a ser que no.  

Culpa y responsabilidad desde su diferencia se complementan, y como decía Schopenhauer: “Allí donde radica la culpa, tiene que radicar también la responsabilidad…”. Quien esté interesado en profundizar en tan enjundioso asunto le recomiendo un texto que transita por el decir de algunos filósofos al respecto: “Culpa y responsabilidad como vertientes de la conciencia moral” de Roberto R. Aramayo, disponible en internet.

Así que centrándonos en el tema que abordamos, diré que la culpa es un dolor o aflicción moral que uno experimenta al infligir un daño o infringir un principio.

Y como el dolor físico, cumple una función homeostática. Me explico. Si uno toca la plancha encendida, duele, y sin pensárselo retirará la mano. Claro que no mola quemarse, pero mola menos abrasarse. El dolor aquí opera como señal de alarma para evitar un mal mayor. Es un regulador automático del sistema corporal. El problema pues, no es el dolor en sí mismo, sino sus disfunciones, es decir, su exceso (hiperestesia) y su defecto (anestesia), en este caso cuando no se la busca.

De la misma manera podemos pensar la culpa como un regulador del “aparato psíquico”, que vendría a velar la integridad de las fronteras morales ante el asalto pulsional, asalto que presenta dos frentes prínceps, el empuje incestuoso y el empuje parricida. Reconocerán en esta descripción una cartografía del paisaje edípico. Paisaje que es estructural y que damos por convenido, más allá de la versión mítica freudiana, tamizada y deconstruida por Lacan. (Me remito a otros textos del blog, como por ejemplo “Por el camino de Hitchcock II”).

Y siguiendo la analogía, es la transgresión de esas fronteras la que ocasionará ese dolor moral, entendiendo lo moral como la morada del vínculo, y si de vínculos hablamos, de amor se trata. Amor primario del cachorro al Otro, fundado sobre la inermidad del desamparo. Vínculos primarios que tejen nuestra identidad precaria, y que en ese tejerse, se teje el ser. Y es ese ser-tejido el que adviene sujeto.

Sujeto sujetado a una Ley que proviene del Otro, que lo representa. Internalizar su ley, es internalizar al Otro. Saltársela, es traicionarlo.
Esta operatoria de internalización del vínculo con el Otro es harto compleja y acontece en ese tiempo lógico que Freud denomina el desenlace del complejo de Edipo, desenlace bien curioso, pardiez, pues el lazo adentro queda, y más que de lazo, debiéramos hablar de nudo, nudo que es el núcleo duro de maese Superyo.

Y con el Superyo hemos topado amigo Sancho.                                       

Un querido amigo me imprecaba tiempo ha de esta guisa.                 “¡¡¡¿Pero todavía explicas esas cosas?!!!”

Y es que el Superyo, otro que tal, no tiene buena prensa, y razones no le faltan. En esta era de superhéroes tutiplén, paradójicamente no vende nada. Corren tiempos coaching y el SY, con su vetusto gabán y su ceñudo talante, parece muy fuera de onda. Vale. Pillado.

Pero que no sea trending topic y que su nick quede muy nietzschiano no le resta un ápice a su poder patógeno y craso error cometeríamos si le perdemos la pista. Porque en pos de la culpa íbamos y al SY hemos llegado. Ahora tendremos que dilucidar qué puente les une.

Diré, como dije antes del dolor, que el problema no es la culpa en sí, sino su disfunción. Es decir, la falta de culpa o su exceso. Y no son equidistantes ni simétricos. Es la culpa-de-más la que atoraba antes los confesionarios y ahora los consultorios. Y lo que antes se parcheaba intermitentemente con avemarías y padrenuestros ahora recurre a tofraniles y benzodiacepinas varias. Menos mal que entre las témporas y las mores, como diría José Agustín Goytisolo, nos queda la palabra. Y ahí está el psicoanálisis, trinchera de las palabras.

No estará de más distinguir entre la palabra hueca y la palabra jonda. Entre la palabra tapón y la palabra liberadora. En lacanés, entre la palabra imaginaria y la palabra simbólica.

La culpa-que-toca por un acto indigno, conlleva, además del dolor de haber pecado, el arrepentimiento y el pedir perdón, el propósito de enmienda y el cumplimiento de la penitencia, padre Ripalda dixit.

Esta compleja sintaxis de la conciencia moral que la liturgia católica desgrana está expuesta a distorsiones varias. Como cualquier otro duelo, precisa un proceso. Si tomamos como referencia el luto, sabemos que las distintas  tradiciones pautaban sus tiempos marcando los plazos de los colores de la indumentaria, desde el negro riguroso del comienzo, hasta, pasando por los grises y los claros, el reencuentro con los colores de la vida que resurge sobre la cicatriz del muerto. Este itinerario de tonos cambiantes reflejaba ese tránsito doliente que supone elaborar una pérdida. Y todos sabemos de alguien que se puso de luto y lo convirtió en su uniforme hasta la mortaja. Pegarse al negro que representa al objeto perdido es una forma vana de no soltarlo. Re-tenerlo.

La culpa-de-más denota un duelo de más. O mejor dicho, un duelo no resuelto. Es decir, un dolor sin plazos, es decir, sin límite, es decir, algo del orden de la experiencia que no atañe al dolor propiamente dicho sino al sufrimiento. Distinguir entre dolor y sufrimiento es ya un lugar común en cierto territorio psi. Diferencia operativa y crucial para el psicoanálisis, pues el campo del sufrimiento es el fértil humus donde se cultiva el goce, concepto aciago donde los haya, porque en su contaminación semántica se convierte en un cajón-desastre.

Explicar aquí y ahora qué demonios es el goce sería un acto suicida-homicida que ni Andreas Lubitz. Así que lo despacharé sin matices y sin contemplaciones. A bocajarro. Entenderemos por goce ese estado de fusión con la cosa que no quiere saber de límites, gracias.

Hay cientos de cienes de maneras de conjugarlo. La clínica es su escaparate. Y la culpa uno de sus activos más boyantes.

Llegados aquí, intermedio, intervalo, pause.

Confieso que esto se me ha ido de las manos. Es lo que tiene ponerse a escribir, que si te dejas, las palabras te llevan, y si no, te arrastran.

Llevados pues a estos lares, ¡al toro!, y que sea lo que el significante quiera.

Quedaría para cerrar la faena con un mínimo decoro articular goce, culpa y superyó. Ahí es na. Ganas me dan de dar la espantá. Voy pallá.

Freud a lo largo de muchos años de vérselas con sus neuróticos se apercibe de que detrás del cantar del mío síntoma subyace palpitante un empuje insidioso que llamará necesidad de castigo.

Esto, junto a otras fundadas razones que hoy, sorry, dejaré de lado, le lleva en un acto de coraje intelectual a remover los cimientos de sus postulados y formular una hipótesis revulsiva que agrieta el casco de la nave psicoanalítica. Se llama Más allá del principio del placer y marca un antes y un después, y créanme, no exagero, en la historia del psicoanálisis y de la subjetividad. Ese más allá es al que llamará pulsión de muerte, término de nuevo no muy afortunado, y que nosotros con Lacan, diremos, empuje al goce.

Dejando a un lado los desvaríos biologicistas con los que intenta justificar tamaña osadía, rescatamos un párrafo luminoso que dice así:

“Habría una inercia regresiva, un retorno al origen, un empuje intrínseco al restablecimiento de un estado anterior que ese ser vivo tuvo que abandonar bajo la influencia perturbadora de fuerzas exteriores.”

Y ahí, cualquiera que aguce su escucha, podrá reconocer la trama básica del Edipo.

Ese empuje a restablecer ese estadio fusional (Huevo o primer tiempo) que hubo que resignar ante la irrupción de esa fuerza exterior que es el padre, condensa la vertiente goce del Edipo.

Podríamos añadir, y ya sé que es forzar mucho la máquina, que en ese supuesto estado fusional donde se borrarían las diferencias, el baby, vendría a ocupar el lugar de objeto que completa al Otro todopoderoso. Otro que así oficia de Amo. Y puesto que no hay Amo sin esclavo, ya tenemos retratado el fundamento estructural del masoquismo. O como vengo designándolo hace años, el masamoquismo, la pasión por el Amo.

Ese Amo totipotente todos sabemos que es un fiasco y antes o después está condenado a morder el polvo, pero hete aquí que sorprendentemente va a ser resucitado y reencarnado en el candidato de turno, que haberlos haylos. La cosa es que no decaiga, y la pasión por el Amo se juega tanto en la escena exterior, la social, como en la interior, en el teatrillo que se monta in situ el aparato psíquico, en freudiano, el dueto sado maso entre el Superyo y el Yo.

Ya acabamos. La culpa-que-no-toca recrea íntimamente esa tortura que ejerce obsceno el Superyo sobre ese yo que se retuerce, obsceno también, en su salsa de re-mordimientos. Goce chungo del fustigante que se fustiga humillante entre estertores de éxtasis y mortificación. ¿Pero qué Amo divino se  relame en su trono?  

“¿Gozas, negro? ¡Tope, Buana!" cantaba La Polla en desafiante provocación.

Pienso en los negros víctimas del Kukusklan. No los veo celebrando al del cucurucho.
Capirote blanco, capirote púrpura, víctima o victimario de una misma pasión oscura y sin rostro. Siniestra tradición.

Habemus goce.


                                   En Mamouna, Pascua 2015

sábado, 14 de febrero de 2015

¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?






Ahora que casi todo lo mensurable ha sido medido, contabilizado, cuantificado, shareizado y no sé cuántas cosas más por mor de las estadísticas, seguramente alguien habrá establecido el Top Ten de las palabras y en ese Olimpo sustantivo no creo que me equivocaría mucho si apostase que el podio lo coparían Dios, Dinero y Amor, aunque no necesariamente por ese orden.

De esa supuesta tríada con ecos copleros, de la que se cayó la Salud y se aupó Dios, porque siempre ha habido clases, me voy a atrever a comentar el tercer término, es decir, el amor. Y digo “atreverme” porque siento un atrevimiento abordar una cuestión tan compleja y al mismo tiempo tan manida, sin caer además en la banalidad, la jerigonza o el sentimentalismo.

Del inabarcable arco de abordajes posibles me ceñiré a la parcela que cultivo, es decir, la mirada psicoanalítica, y más en concreto, la mirada lacaniana.
Acotado el campo, veamos cómo está el patio.

“¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?”

Es el título incontestable de un libro de relatos por lo demás olvidados que publicó Raymond Carver en 1981. Estandarte del Realismo Sucio, más allá de un clima irrespirable de alcoholismo y desamor no recuerdo ni sus tramas ni sus personajes, pero esa pregunta resuena candente en mi memoria literaria, y resulta ineludible contraseña para acceder al ámbito que pretendemos explorar hoy.

¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?

Amor es un concepto polisémico de fronteras borrosas con sus vecindades semánticas: afecto, pasión, eros, libido, deseo y pulsión y un buen etcétera abierto al gusto de cada cual.

Pero en el pentagrama lacaniano nos limitaremos a deslindar y articular la tríada amor, pulsión y deseo en congruencia con el prisma trinitario que componen el marco de los tres registros, Real, Simbólico e Imaginario y que representa topológicamente  anudados en el conocido como Nudo Borromeo.

Ya sé que para el no iniciado ha de sonar como un paradigma oscuro y críptico. He de confesar que para algunos iniciados, entre los que me encuentro, a veces también.

Como sería tarea ilusa y abstrusa pretender siquiera hacer una mínima introducción teórica al uso, optaré por la vía parabólica que el cine nos ofrece y tomaré prestada para la ocasión esa estupenda versión que Jean-Jacques Annaud nos regala de esa obra icónica de la literatura moderna que es El nombre de la rosa de Umberto Eco. Y digo “estupenda versión” porque condensar en dos horas un tocho de casi ochocientas páginas no es tarea fácil, y tomarse la licencia afortunada de cambiar drásticamente algunos elementos argumentales, nos va a permitir sustentar la reflexión que propondremos.

Prescindiré de toda la trama detectivesca que anima a la obra y de su contexto político-socio-cultural, para centrarme en un hilo aparentemente secundario, aquel que refleja lo que de relato iniciático la novela recoge. Porque sí, de relato de iniciación se trata aquel que nos habla de cómo Adso de Melk (Cristian Slater), un joven novicio discípulo de fray Guillermo de Baskerville (impagable Sean Connery) se encuentra con la mujer, y sus derivas.

Recortaré tres breves escenas que jalonan una historia inolvidable:

El encuentro
Investigando en secreto una noche las cocinas del monasterio y para no ser descubierto por un fraile, Adso se esconde tras unos sacos y allí, para su sorpresa, se encuentra con una joven también oculta, y con su mirada atónita, un relámpago en la oscuridad, que en su perplejidad le hace preguntarse: 

¿Quién era ella?¿Quién era esa criatura que había aparecido como la aurora, tan embrujadora como la luna, tan radiante como el sol, y tan terrible como un ejército dispuesto para el combate?

Y  después la tormenta. Una avalancha de pasión furiosa y muda que le arrolla en su oleaje y le hace ola. Puro sexo. Puro instinto. Un lenguaje atropellado de gestos sin palabras. Diálogo de cuerpos y gemidos. Agonía y éxtasis. Epifanía.

La conversación
En la penumbra oscura de la habitación que comparte con su maestro, un Adso atribulado pide confesión y aquél le invita a que primero hablen como amigos. Es un hermoso diálogo del que entresaco algunas frases que transcribo de memoria:

A.M.- ¿Maestro, habéis estado enamorado?
G.B.- Oh, sí, muchas veces, de Aristóteles, de Ovidio…
A.M.- No me refiero a eso, sino a…
G.B.- ¿No estarás confundiendo amor con lujuria?
A.M.- Tal vez, no lo sé. Yo solo deseo su propio bien, que sea feliz, salvarla de su pobreza…
G.B.- ¡Oh, cielos, estás enamorado!
A. M.- ¿y es eso malo?
G.B.- No necesariamente
A.M.- Pero maestro, ¿no dijo san Agustín: "Ama y haz lo que quieras"?
G. B.- Sí, pero "ama a Dios!", Adso, ¡a Dios!


El soliloquio final
En el epílogo de la historia, tras el aquelarre final, Guillermo y Adso emprenden su viaje de vuelta y abandonan la Abadía. En una vuelta del camino ella le sale al paso. El detiene su montura. Otra vez ese diálogo de miradas y de silencios. Ella le reclama con intensidad contenida desde el pozo de sus ojos. El duda. Vuelve su vista al maestro que adelantado reemprende el camino sin volverse. Es un largo instante de indecisión y lucha interna. Ella le coge la mano y se la besa con delicadeza y él, lentamente, se desprende de ella y con una mirada de profundo dolor azuza al asno para seguir los pasos de su maestro. Una cámara cenital nos muestra el sendero que circula por esas cumbres alpinas mientras la voz de un Adso anciano y crepuscular nos confiesa:

Jamás me arrepentí de mi decisión. Mi maestro me enseñó muchas cosas sabias, buenas y verdaderas…sin embargo debo confesar que de todos los rostros que conocí en mi vida, aquél que veo con más claridad es el de la muchacha con la que nunca he dejado de soñar a lo largo de todos estos años. El único amor terrenal que tuve en mi vida, aunque jamás supe ni sabré su nombre.

Con este conmovedor final se cierra una película que les recomiendo revisitar.
Y ya presentado el material afrontaremos la tarea que nos propusimos, distinguir y establecer las diferencias estructurales que subyacen entre los tres conceptos referidos.

Diremos que la viñeta del Encuentro nos permite ilustrar el concepto de Pulsión, aquel empuje que llamamos “sexual”, en su dimensión eminentemente corporal, donde el juicio queda suspendido y sólo resta que entregarse al goce de la experiencia, de esa fuerza acéfala que persigue su satisfacción sin demora.

Al objeto de la pulsión le dicen objeto parcial y puestos a ubicarla en la trinidad borromea sería prevalente su dimensión real.


La segunda viñeta mostraría el campo del amor y sus variantes, desde el amor a Dios hasta el amor a una mujer, pasando por el amor a la sabiduría y a otros ideales, porque esa es la naturaleza del amor, su relación con el Ideal, su condición de objeto total o completante, la famosa media naranja de nuestros sueños, que irremediablemente antes o después revelará faltarle un gajo al menos.

El amor es ubicado en el territorio imaginario, y estoy de acuerdo en tanto que referido a la modalidad recién descrita, pero que yo  denominaría enamoramiento, a distinguir de esa otra modalidad que podemos llamar amor oblativo, ese donde la renuncia y el límite desalojan a la fusión y a la completud, como puede ser el amor de madre, aunque no cualquier amor materno nos vale, y tomaré como referencia a aquella que Salomón descubre en su verdad al desenvainar su espada. Y ahí tendríamos que reconocer, aunque no cuadre, la dimensión simbólica del amor.


Y es en esa secuencia final que Annaud nos regala, pues un regalo es que deje vivir a la muchacha ya que en la novela original moría quemada en la hoguera por la Inquisición, la que nos propicia la oportunidad de despejar la condición del deseo como el anhelo interminable de un objeto, para siempre y desde siempre, perdido.

La pérdida, la falta, como motor de vida (pulsión de vida le llamaba Freud), empuje en pos de una Itaca añorada, en cuya búsqueda lo que realmente importa es el viaje.

Es esa condición de atravesado por la falta e inexorablemente insatisfecho la que le confiere al deseo su dimensión intrínsecamente simbólica.

Si afinamos más, la escena nos muestra alegóricamente la tesitura edípica, donde el sujeto debe renunciar al goce de la Cosa/Madre para poder recorrer el pedregoso sendero del deseo propio…alentado por esa figura paterna que nos convoca a seguir haciendo camino unos pasos adelante.

Así presentadas y distinguidas las dimensiones deseante, pulsional y amorosa del sujeto hay que decir que pueden conjugarse de diversas maneras, confluir o disociarse, pero siempre en su complejidad, antes o después, van a estar irremediablemente tironeadas por el conflicto. La vida misma.

No quisiera parecer pesimista y aguarle la fiesta a San Valentín, así que cerraré la función con un par de citas motivantes.

La primera es de Lacan y dice así:

Sólo a través del amor puede la pulsión (el goce) condescender al deseo

No me pidan que se la explique ahora. Lo dejamos para mejor ocasión.

La segunda es de la Banda de los Corazones Solitarios, y no sé bien si es una sentencia o una bendición. Reza así:

“All you need is love”

Amén.   



        En Mamouna, el día de San Valentín, 14 de febrero de 2015     


     

domingo, 23 de noviembre de 2014

DEL NARCISISMO Y OTRAS HIERBAS







Leo un aforismo en el Facebook que publica una amiga (“No vemos las cosas como son, sino como somos”- Krishnamurti) y entre la gama de impresiones que me despierta se me impone el recuerdo de un breve fragmento de un texto ya añejo y por lo demás olvidado, una cita de Oscar Wilde que Paulo Coello recoge en el prólogo de El Alquimista y que dice así:

Cuando Narciso murió, vinieron las Oréiadas –diosas del bosque- y vieron el lago transformado, de un lago de agua dulce, en un cántaro de lágrimas saladas.
-¿Por qué lloráis?- preguntaron las Oréiadas                                                                     -Lloro por Narciso – respondió el lago.                                                                              -Oh, no nos extraña que lloréis por Narciso. A pesar de que todas nosotras le perseguíamos siempre a través del bosque, vos erais el único que tenía la oportunidad de contemplar de cerca su belleza.                                                                                      -Entonces, ¿era bello Narciso?-preguntó el lago.                                               
 - ¿Quién sino vos podría saberlo?-respondieron sorprendidas las Oréiadas-. Después de todo, era sobre vuestra orilla dónde él se inclinaba todos los días.
El lago quedose inmóvil unos instantes. Finalmente dijo:                                                  -Lloro por narciso, pero nunca me había dado cuenta de que Narciso fuese bello. Lloro por Narciso porque cada vez que él se recostaba sobre mi orilla yo podía ver, en el fondo de sus ojos, mi propia belleza reflejada.

Y  compruebo en directo que el Narcisismo es cosa de dos. Dos ensimismados.

Veamos. Esta es una afirmación que precisa una explicación, pero la tal, me temo que sea demasiado compleja para hincarle el diente en un marco como éste, que se presupone liviano y amigable y en el que es de mal gusto largar tostones eruditos y solemnes. Así pues no sé si me estoy metiendo en un jardín intransitable. La única forma de saberlo es intentarlo. Ea pues.

Empezaré diciendo que el Narcisismo no goza precisamente de buena fama, y no le faltan motivos, pero quisiera, cual abogado del diablo,  levantar un dedo en su defensa, siempre dentro de una perspectiva psicoanalítica, que es el campo que me atañe.

Situémonos. Freud toma el término acuñado por Havelock Ellis unos años atrás, para referirse a una forma de amor que es el amor a sí mismo,  en  referencia al mito de Narciso, aquel hermoso hijo de ninfa que enamoraba a todos a su paso, pero incapaz a su vez de enamorarse de nadie. Hasta que un día, vengadora de tanto despechado, la diosa le condena a su propia medicina, enamorarse de alguien con quien no pueda consumar su amor. Y una mañana de calor, tras ir de cacería, Narciso se dispone a beber del agua del lago e inesperadamente queda fatalmente capturado por la belleza de ese rostro que le mira. Sea de sed o ahogado, la muerte allí le espera.

Tal vez convenga, como hace admirablemente Waterhouse, incorporar a la escena a la ninfa Eco, un personaje secundario que también arrastra un trágico destino. Su arte de contar hermosas historias a Hera, provoca que Zeus, esposo envidioso, la condene a sólo poder repetir el final de cuanta palabra oyese. Desolada vaga perdida en su soledad sonora hasta que atravesada de pasión por Narciso, sucumbirá, tras el desdén en su rechazo, de mortal e inútil melancolía.

Así pues, pese a su diferencia formal, dos pasiones fatales semejantes. Pues semejante es lo que subyace bajo el reflejo de una imagen o tras el eco de una voz. Nada. O mejor dicho, nada más que espejismos, de orden visual o sonoro. Reflejos o ecos de un Ideal. Territorio imaginario diría Lacan.

Y es bueno tener esto presente para no confundirnos, como sí le sucedió a Freud, al distinguir y oponer una libido narcisista vs otra objetal. Pero para entender de lo que hablo tendremos que ponernos en contexto. Y el contexto era muy, pero que muy, convulso. Corre 1914, La Gran Guerra resuena flamante en las principales cancillerías de Europa. Crisis de Imperios. Alemania pide la vez y alza la voz. Las trincheras tienen la última palabra. O en realidad las palabras no tienen lugar. Sólo la metralla, el gas y la bayoneta tienen algo que decir, y sólo pronuncian una palabra monocorde: muerte.

Pero hay otras guerras jugándose de forma larvada, sin que corra la sangre, pero sí la tinta. Es 1914 y Freud publica Introducción del narcisismo, un texto importante por el giro que introduce en algunos de sus postulados, pero del que quisiera destacar su metatexto. Acaba de romper con Jung (1913), su más dilecto discípulo, y está reciente la deserción de Adler (1911). Está enfrentándose a varias encrucijadas teóricas, pero el guante se lo ha lanzado Jung con su crítica al reduccionismo sexual con que Freud caracteriza a la libido,  frente a su concepción de la libido como una energía psíquica inespecífica, no sólo sexual, subyacente en todas las tendencias. Es ahí donde Freud se reafirma en la naturaleza sexual de la libido y formula sus dos modalidades (narcisista y objetal) intentando resolver, insatisfactoriamente, hay que decirlo, algunas contradicciones de su teoría. Es una propuesta que resultará provisional y que le llevará a elaborar una segunda teoría de las pulsiones (de vida y de muerte) unos años después. Pero siempre preservando una posición dualista frente al monismo junguiano. Lo cual no es cuestión baladí, por lo que esas posiciones encierran y denotan. Mas este asunto, de largo calado, he de dejarlo aquí.

El principal aporte es introducir el Narcisismo como un nuevo estadio libidinal entre el Autoerotismo y la Relación de objeto, donde el Yo será tomado como objeto.Y, congruentemente, va a situar en este estadio la constitución del Yo, bien es cierto que no explica cómo, más allá de esa frase enigmática y lapidaria: "Acontece de resultas de un nuevo acto psíquico". 

Es Lacan quien retoma la cuestión y en El estadio del espejo describe el fenómeno que da cuenta del tal “acto psíquico” que Freud apunta. Ese momento en el que el cachorro humano manifiesta un júbilo al ver su imagen en el espejo y reconocerse en su reflejo. “Ese soy yo”, sería la traducción en palabras de su alborozo. Y es comprensible esa fiesta, pues anda estrenando imagen y completud. Imagen de completud, frente al bacalao fragmentario del que venía. Cacao maravillao que se unifica y cobra forma precisa y distinta. Nada menos que la identidad, reflejo en un espejo. Espejismo pues. Maravilloso o ingrato espejismo, pero espejismo al fin.(¡Vaya estafa!)

Sería ingenuo pensar que esto sucede así, tal cual, “una, dos y tres, pollito inglés, aquí está usted!”. Hasta el recurso a este latiguillo nos delata. Es preciso que “alguien” te presente. Te señale y te designe. Cuestión de educación. Y ésa es la cuestión.   No podemos pensar el fenómeno sin la intervención de ese Otro significativo, llamémosle la Madre, que va a ir apalabrando toda su existencia. Sólo desde ese apalabramiento base, va a ser posible la procelosa inclusión del cachorro en el ámbito representacional. Acceder a esa imagen que nos representa no podrá ser sólo cosa de reflejos en un cristal azogado. ¿Qué sería de los niños ciegos? ¿No tendrían yo?...Es evidente que no va por ahí la cosa.

Es evidente que el espejo es una metáfora que remite a otros reflejos, que son los decires del Otro. Y que el espejo es el Otro. Y esos decires que nos tapizan la piel y las mucosas desde el primer encuentro, “mama, mi tesoro” o “qué daño me haces, mamón”, van a ir inscribiendo una particular versión de nosotros mismos que siempre será arbitraria, en función de las circunstancias que rodeen y atraviesen el vínculo primordial.

Un vínculo primordial que en principio es fusional, de supuesta completud, donde el baby (“his majesty, the baby!”, le llamaba Freud) es el rey del mambo, centro del Universo y destinatario de todas las atenciones y honores, pero que antes o después, habrá de ser destronado. Es la aparición de la figura paterna, que se presentifica por la mirada deseante de  la madre, la que produce la quiebra de ese espejismo de completud, la caída de ese supuesto trono vitalicio a la que el baby se ve abocado. En términos psicoanalíticos, a ese lugar glorioso, se le llama fálico, y a la tal gloria, Goce.

Así que es preciso despertar del sueño de reyes que creímos ser, para poder ser el príncipe o princesa que somos. Y heme a mi aquí, en medio de este cuento rosa, resistiéndome a hablar de otro cuento mítico que se llama Edipo y que trae cola. Así que trataré de pasar de perfil, cruzar los dedos y que no ladren los perros.

Entonces, recapitulemos. El curso lógico de los acontecimientos nos llevaría de un tiempo primero de espejismo estructural a una caída necesaria del guindo. Ese primer tiempo sería el campo del Narcisismo, campo fundante y fundamental de nuestra identidad. Le llamaremos Narcisismo trófico, bagaje esencial y necesario para aspirar a hacer de la vida un buen viaje. A distinguir del Narcisismo tóxico, que nos garantiza innumerables problemas. Consistiría en quedarte con el culo pegado al trono y no caerte cuando toca. Aferrarte al espejismo y quedar atrapado en él. Como Narciso.

¿Y qué pasa con el lago? Que su mirada nos abre a una nueva consideración. Si decíamos que en el narcisismo el Yo era tomado como objeto, podemos plantear, revirando los términos, que el objeto es tomado como Yo. Pues por lo que nos dice Oscar Wilde, él también está prendado y prendido de sí mismo, y no ve al otro. Él también está enfermo de narcisismo. Y retomo la tesis inicial de que el narcisismo es cosa de dos. Pero teniendo en cuenta que la lógica que lo rige, en el origen, no es simétrica. El Otro tiene una responsabilidad determinante en relación a qué lugar le da al cachorro, y desde luego no es, o no debería ser, el de el atributo que nos realza y falifica, sino ese ser tan vulnerable al que tendremos que amar, respetando su individualidad y su libertad. Y es por eso que debiera ser de lectura obligada para cualquier aspirante a padre o madre el poema de Kahlil Gibran que empieza así:

Tus hijos no son tus hijos
son hijos de la vida deseosa de sí misma.
No vienen de ti, sino a través de ti
y aunque estén contigo, no te pertenecen…

Y habrá que estar advertidos, porque siempre está al acecho la tentación de ejercer de Pigmalión, enamorado narcisísticamente de su obra, pues no otra cosa guió a Yaveh al crear a Adan a su imagen y semejanza.

Y el que no se reconozca en Narciso, que tire la primera piedra.


                                                                           En Mamouna, Noviembre del otoño 14

viernes, 24 de octubre de 2014

JUSTICIA POETICA

              
                                                 



¿Malos tiempos para la lírica? Puede, pero ahora que retorna crecida y ufana la gaviota carroñera presta a la pitanza de las migajas del pastel, el Príncipe de Asturias se desmarca de la banalidad ambiente y en un acto inesperado de justicia poética le hace un guiño desubicado al viejo Leonard y su famoso impermeable azul.

Pero ¿qué demonios es la justicia poética? ¿el chocolate del loro? ¿el último recurso de los desheredados de oficio? ¿retórica pret a porter?. Veamos. ¿Recuerdan a Lisbeth Salander, la inolvidable muchacha que soñaba con un bidón de gasolina pensando en los hombres que no la amaban demasiado? Son necesarias dos mil quinientas páginas de lectura febril para hacer justicia, pero al final, descubierto en su impostura, Teleborian y su orgullo, al trullo.

Ya sé que es una obra de ficción, pero como decía Lacan, la verdad tiene estructura de ficción, y son muchas las Lisbeth que no salen airosas de su encuentro con el Teleborian de turno, así que hay que celebrar cuando el azar nos regala tal evento. No hace mucho yo fui testigo de uno, les cuento. Una tarde oyendo la radio escuché un diálogo a dos voces entre una muchacha diagnosticada de psicosis y un egregio catedrático de psicocofarmacología o así. Ella, desde su curtida experiencia por los circuítos de la Salud Mental, denuncia y reclama que la Sanidad, el Sistema o el Sursum Corda, además del preceptivo psicofármaco cotidiano, le brinde la ayuda necesaria de una psicoterapia, la oportunidad de un lugar para la palabra.

"Mire señorita, a veces la palabra es tóxica" sentencia el ilustre Teleborian, tal vez traicionado en un descuido por su pensamiento reflejo. Atónita, ella le inquiere por tan pintoresca declaración, a lo que él responde con el paternalismo y la suficiencia de quien todo lo sabe, dándole una breve pero rotunda lección de anatomía y neurotransmisores, "donde la palabra, perdóneme usted, no pinta nada". Ya lo dijo hace siglo y medio Griesinger, un somatiker de laconismo semejante: "la locura es una enfermedad del cerebro". Kraepelin, el totem y referente fundador de la neuropsiquiatría del siglo XX, se preciaba de no entender la lengua de los estonios en su primer destino hospitalario, lo cual le evitaba las engorrosas distorsiones subjetivas de los enfermos tratados, a la manera del ínclito doctor House que prescinde por principio de hablar con el paciente, avalado por su impresionante arsenal tecnológico y semiológico y su desdeñosa misantropía. Así que ya se sabe, "a veces la palabra es tóxica", pero son precisamente afirmaciones como ésta las que intoxican el valor de las palabras y en nombre de una presunta objetividad científica se deja fuera la verdadera esencia del hombre, su alma lenguajera, su psijé, su psique.

La chica en cuestión se hace llamar Princesa Inca. Él, dejémoslo en Teleborian. Frente a la palabra tóxica y vacía de su interlocutor sabelotodo, ella escribe poemas que hablan de su forma de sentir la vida. Es la palabra viva versus la palabra muerta, un debate que no es un debate porque no hay color. 

De perdidos al río, y cuál, si no el de los versos rotos. Es lo que tiene la justicia poética.     Allí nos vemos.
                                                                     Noche de San Juan, 2011

(Princesa Inca recientemente ha publicado Mujer precipicio - poemas)


miércoles, 1 de octubre de 2014

Seminario Psicoanalítico: La Ruta del Bacalao






Cualquiera que se anime o se atreva a sumergirse un mínimo en las procelosas aguas psicoanalíticas pronto se topará entre su variada fauna marina con una presencia reiterada e ineludible, el bacalao.    
En lo que a mi respecta no entra entre mis preferencias, antes al contrario, me disgusta especialmente y se ha convertido desde hace bastantes años en una cuestión personal. Si el capitán Ahab consagró su vida a capturar a la ballena blanca, yo empleo la mía en denunciar el bacalao. Así pues dedicaré tres encuentros a intentar poner un poco de orden en un territorio donde cunde un considerable sarao conceptual.
Partiendo de una tarea preliminar e imprescindible como es tratar de esclarecer la confusión reinante entre dos conceptos base como son deseo y pulsión, tendremos las claves para proponer un criterio nosológico novedoso para pensar esa clínica bizarra que campea revuelta en ese territorio impreciso que componen los llamados trastornos límite y de los que la angustia es su divisa señera.

viernes, 19 de septiembre de 2014

La ruta del bacalao. The end.



           



            Decía Wittgenstein aquello de: “De lo que no se puede hablar, mucho mejor es               callarse”

La pregunta que nos tenemos que hacer es “¿qué es eso de lo que no se puede hablar?”
Creo que podemos convenir que no se refiere a lo prohibido, es decir, al tabú, al campo de lo reprimido, a todo ese batiburrillo de secretos que nos ocupan la vida, sino que atañe más bien a lo que las palabras no alcanzan, lo que referimos como indecible o inefable y que en psicoanálisis lacaniano conocemos como lo Real. Y en Matrix, el desierto de lo Real…

Pero frente a la máxima mutista de Wittgenstein, el psicoanálisis intenta decir algo sobre lo indecible, reflexionar sobre su condición. Intentar cernirlo fallidamente con palabras. Y digo fallidamente porque el significante está en falta, o como decíamos, es cojo. Y yo aún diría más, “porque es cojo… es”. O, si tensamos un poco más la frase, " porque escojo… soy".

Y es que escojo porque la realidad es incierta y ahí reside la raíz de nuestra libertad, divino tesoro, o más bien divino castigo, que nos expulsa del paraíso de lo natural y sus armonías, y nos aboca al trance del malentendido permanente y sus desencuentros. Es conocido el mito del Diluvio Universal como castigo iracundo y genocida de Jehová a la humanidad por sus pecados, que visto lo visto y dada la capacidad reproductora a prueba de conejos de los hijos de Noé, no sirvió de mucho. Escarmentado, Jehová impone un segundo castigo universal mucho más sutil e irreversible: la maldición babélica, que condena al hombre a la confusión de lenguas. Lo sucedido a los pies de aquel gigantesco Zigurat es el relato mítico del origen del bacalao que nos asola, y de la relación entre éstas dos cuestiones clave, lo Real y el bacalao, es que ha versado éste largo viaje que emprendimos hace ya unos cuantos años y que hoy llega a su fin. Un recorrido tortuoso y tenaz por los territorios de lo que se ha venido en llamar “la clínica de lo Real” y que nosotros hemos propuesto llamarla “clínica de la pulsión”, poniendo especial y aguerrida atención en ese fenómeno espurio que infiltra el discurso y que me animé a llamar el bacalao. Por cierto, me pidieron si podía aclarar el concepto o redefinirlo… y esto es lo que me salió:

Bacalao: dícese del estado de confusión y/o contradicción conceptual generalmente soslayado y/o revestido de certidumbre falaz. Habría que añadir que esa querencia por lo falaz es lo que lo emparenta con la chirla, pero dejar claro que aunque se solapen no son lo mismo, siendo la confusión lo propio del bacalao, y la trampa el alma de la chirla. 

Volviendo a Wittgenstein, con el que empezábamos hoy, si su propuesta es que ante lo indecible mejor dejar las palabras y darle la voz al silencio, yo prefiero apostar por la ruta intangible de la poesía, que como Alejandra Pizarnik dejó dicho, se afana en atesorar palabras muy puras para crear nuevos silencios.

Evohé. Evohé.


domingo, 14 de septiembre de 2014

HECHOS DE NUBES




El tema a escribir pasaba por el Agua y se me presentó presta aquella estrofa que dice:
“Tú y yo muchacha estamos hechos de nubes, pero ¿quién nos ata? pero ¿quién nos ata?”
que cantaba Pablo Guerrero en aquellos tiempos en que el tiempo era más ancho y aún quedaban primaveras… Ahora que llegó el otoño aunque luzca un sol inclemente de verano y la noche huela a jazmín pienso en qué habrá sido de aquella muchacha con quien compartí besos y sueños al compás de melodías que anunciaban que una fuerte lluvia iba a caer y que limpiaría al fin el aire gris y espeso de tantos años de casposa dictadura. Ha caído bastante desde entonces y algunos ya no están aquí para contarlo. Otros sí que estamos, pero no tenemos mucho que contar, o ganas de contarlo. El Tsunami que nos azota empuja al Todo vale y al Sálvese quien pueda, pero no, no vale todo y ya se sabe que en caso de naufragio hay un código ancestral que establece que las mujeres y los niños primero. Son verdades de siempre que hay que volver a enunciar porque hay mucha desmemoria y mucho canalla suelto.
No habrá paz para los malvados es el aleccionador título del terso thriller con el que Urbizu ganó los Goya. Pero el mensaje que instilan sus postreras imágenes es bastante más desazonador y más bien nos revela que no hay manera de que los malditos malvados nos dejen de una puñetera vez en paz. Y donde digo malvados incluyo a banqueros con prima y sin levita, capos de casino y del ladrillo, prelados pederastas, jueces marbelleros, eres que erres y gurtels de postín. Pandilla.
Lo más grave es que la insidia lo infiltra todo y donde menos te lo esperas, ay, salta la liebre o sale un ratón. Le llaman fuego amigo. A mí me pilló por sorpresa leyendo una crítica de libros en una revista de psicoterapia humanista a propósito de un texto reciente de Onfray sobre Freud. De Onfray y su ardor filosófico diletante nos podíamos esperar su tendenciosa escabechina del padre del psicoanálisis. Otras egregias cabezas rodaron antes y personalmente me traen sin cuidado las razones de su pasión jíbara. Del crítico de marras, un colega psi supongo, no. Y no porque a Freud no se le pueda criticar ¡faltaría más, por Tutatis!...sino por desde dónde y el lineamiento ideológico que destilan sus palabras. No es nuevo, por supuesto, más bien diría que es viejo, demasiado viejo.
Se entiende que Perls, psicoanalista en sus orígenes, en su proceso de redefinición profesional tuviera que “matar al padre” para alumbrar su nueva vía. Es la vieja senda dialéctica, que a la Tesis se le oponga una Antítesis para que a su debido tiempo nos nazca una linda Síntesis con un vigor renovado. Así progresa el conocimiento.
Llevo treinta años ejerciendo de psicoanalista y casi veinte impartiendo formación en psicoanálisis a los alumnos del curso de Psicoterapia Integrativa Clínica, mayoritariamente guestaltistas, y puedo decir con Heráclito que uno no se baña dos veces en el mismo río. Me he zambullido tantas veces en aguas tan diferentes, me he empapado del remanso y del movimiento en mi flujo por la continuidad que sé que somos sinergia creativa, fronteras nutricias de la diversidad. Pero esa diversidad comparte un hilo conductor franco. Entendemos la psicoterapia como un viaje hacia la verdad del sujeto, es decir, hacia la verdad de su deseo, y más allá de sus múltiples vicisitudes sabemos que en el núcleo duro de ese proceso nos habremos de enfrentar con un conflicto estructural, ese pulso constante entre la ley y el goce, lo que en castizo se dice “hecha la ley, hecha la trampa” y que Freud teoriza como complejo de Edipo. Tildarlo de coyuntura personal del vienés apunta a sonoro despropósito.
Recojo promoción tras promoción el reconocimiento agradecido de los que en las enseñanzas freudolacanianas encontraron las coordenadas para poder pensar al sujeto en clave brujular y escuchar su discurso como una corriente donde la verdad inconsciente se manifiesta como bengalas furtivas llenando de luz lo que era oscuridad.
Opino que linchar a Freud desde la Gestalt hoy en día está fuera de lugar y que es más bien un resabio añejo que huele a naftalina, a prejuicio rancio o a una lectura cuando menos bastante superficial, viejas ataduras invisibles soterradas bajo los ruidosos ecos de la posmodernidad. Pero ya vale. Hay que marcar, delgadas o no, algunas precisas líneas rojas. Delimitar cuáles son los márgenes a respetar para compartir o no una cierta mirada común. Y no olvidar que no hay nudo marinero que ate al agua, que las redes que nos apresan son imaginarias y que la vía de salida del síntoma es la palabra encarnada.
Y puestos a hablar de agua, que era el tema,
si como decía el poeta estamos hechos de nubes,
es de cajón que somos hijos de la lluvia…
alma de río… cuerpo de ola… destino de mar…
y sí, claro, semilla de nube… agüita amarilla…
…y vuelta a empezar.

                                                                                           
                                                                                     En Las Negras,solsticio de junio 2012