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viernes, 30 de octubre de 2015

DE LA MADRE FÁLICA Y SUS (MÁS)CARAS








De sus caras

En Enero del 82, licenciado en medicina y con "la blanca" y el petate recién liquidados, asistí a mi primera clase de mi formación en psicoanálisis, la primera piedra de un edificio que está en plena construcción 33 años después. La cosa es que la tal primera piedra fue, como marcan los cánones, en la frente.
Se daba la circunstancia de que el Seminario (sí, así de solemne  se denomina esta enseñanza) había comenzado en Octubre, a razón de una sesión al mes. Me incorporé pues un trimestre tarde, acogido en un gesto de deferencia por mis deberes patrios.
Debíamos ser una docena larga de alumnos sentados en círculo alrededor de un profesor argentino que nos impartía una lección en un lenguaje extraño que muchos años después pude bautizar como lacanés. La peña tomaba apuntes a destajo. Yo no. No entendía nada. Lo atribuí al retraso de mi incorporación. En un momento preciso y sin saber bien por qué, me animé a preguntar por un concepto enigmático que pillé al vuelo en el revolutum de aquella jerga filistea. 
Lo recuerdo perfectamente. Fue una pregunta directa, sin preámbulos. A bocajarro: "¿Qué es la madre fálica?", cortando en seco aquella perorata interminable de acento porteño.
Un silencio perplejo sucedió a mi inopinada intervención. ¡Cielos! ¿Qué había mentado? Repuesto de la sorpresa el oficiante me dio una respuesta que a mí me sonó a logaritmo chino. Insistí. Él también. En vano. Al tercer intento zanjó la cuestión con un "Mejor te lo estudias". Fue una revelación. Cumplí al pie de la letra su indicación. No volví por allí y desde entonces no he dejado de estudiar. Tuve la fortuna de encontrar un maestro, argentino también, pero éste hablaba español, y me enseñó, entre otras cosas, que el psicoanálisis no era ni iglesia ni religión. Y ahí vamos. (Bueno, él ya se fue, pero en mi soledad, va conmigo)
Está claro que aquella pregunta marcó mi destino, y hoy, con la perspectiva de tantos años transcurridos, alucino con mi bisoña puntería resonante. Porque esa pregunta no es cualquier pregunta, esa pregunta es realmente la madre del cordero.
Así que, en acrobático looping, retomemos: ¿Qué o quién demonios es la tal Madre Fálica?
Situémonos. En 1923, Freud, en plena onda expansiva de la bomba teórica que supuso su Más allá del principio del placer y la irrupción de la pulsión de muerte, publica La organización genital infantil en la que propone la existencia de una nueva etapa en la escala libidinal, la fase fálica, que la va a incluir entre la fase anal y la genital, y se caracterizaría por la así llamada premisa fálica, consistente en la creencia infantil de la universalidad del pene, es decir, aquella que considera que todos tienen pilila, y quien todavía no, ya le crecerá. En este planteamiento Freud no distingue entre pene y falo, y usa esos términos como sinónimos. Va a ser Lacan quien sí los distinga, refiriéndose con pene al órgano anatómico y reservando falo para su representación, connotada ésta de un determinado valor. Ya lo vamos a ver.
La idea fuerte que sustenta la premisa universal y su "todos tienen pene", es que "a nadie le falte" y en ese "nadie" la implicada estelar es la madre. Es decir, es una teoría que viene a recusar la llamada por Freud castración materna, erigiendo como ingenioso recurso pantalla su figura antitética, la, por fin ante todos ustedes, increíble y fantástica Madre Fálica, 'la que tiene de to y no le falta de na'.
Pero la pantalla pierde su función cuando se acaba la película y se encienden las luces, aunque mejor sería aquí invertir el orden. Es porque se enciende la luz que se acaba la película. Porque es, antes o después, la fuerza de la evidencia la que se impone y derroca en su impostura a la mami superstar. Así que va a ser que mamá no tiene pito, y que el pito lo tiene papá.
Este es el enfoque freudiano que, como en otras ocasiones, a día de hoy nos resulta un tanto rústico en su primitivismo fenoménico.
Hay que decir en favor de la madre de turno que en realidad no le falta pito alguno, de la misma manera que no le falta ningún útero a papá. Es pues una falta imaginaria, como imaginaria era su supuesta completud. Espejismos de totalidad que velan sí, una falta más esencial que diremos simbólica. Estas dos modalidades de la representación, la imaginaria y la simbólica, son un aporte genuinamente lacaniano, imprescindible para entender la estratificación edípica y sus tiempos (Cfr. el post Por el camino de Hitchcock II)
Es desde ahí que podemos dar el salto de la-madre-con-pene freudiana a la madre fálica lacaniana, agente primordial del primer tiempo, al que para andar por casa y en zapatillas nos referiremos como el Huevo.
¿Y qué decir del Huevo sin repetirme demasiado?
Estadío mítico monodual donde el padre no consta en acta y no existe el límite como referencia, propiciando un estado de supuesta completud entre la madre y el hijo, de una supuesta fusión que es confusión, un alucinado mezclaíto de gloria y crujir de dientes. En ese pack tan religado la madre aparece como total en tanto que el baby la totaliza, fálica en tanto que el baby es su falo.
Y ahí toca enlazar con el planteamiento que hace Freud respecto a cómo se juega en la niña el llamado "Complejo de castración". Ya saben, nos toca vernos las caras con el tan polémico y denostado concepto de...¡la envidia de pene! ( pennisneid) síííí, tambaleándose desnortado en este galopante siglo XXI, revuelto y convulso, sacudido por las erupciones mituense y LGTBIQ que habrá que atender y repensar urgentemente, quede constancia.
La tesis plantea que ante la frustración que le supone asumir verse privada de ese signo de estatus que da el pene y que la madre busca en el padre, el camino habitual le lleva a envidiar su posesión (¡Cuántos sueños de analizantes lo testifican encontrándose para su sorpresa con "eso" brotado entre sus piernas!) Ante lo imposible de su anhelo, se producirá una mutación prodigiosa que Freud va a llamar la ecuación simbólica, donde pene = hijo, y mediante la cual la envidia del pene vendrá a ser sustituida por el deseo de un hijo, en dos tiempos, primero del padre (núcleo del fantasma histérico) y al que también habrá de renunciar, para darle paso, en un segundo tiempo, a un deseo postergado de tener un hijo con otro hombre.
¡Qué fuerte que es Freud! Habrá que no perder de vista que estos planteamientos que a día de hoy -en los tiempos del poliamor y el binarismo obsolescente en la picota- suenan jurásicos, en un día ya muy lejano fueron destello genial de una mente realmente brillante. Sí, ya sé que los popes de la cruzada neurobiológica terminaron metiéndolo en el saco basura de las "Pseudociencias", revuelto con la astrología y la quiromancia, y que les adalides de la disidencia posmoderna lo condenaron a la hoguera del heteropatriarcado normativizante, pero como dijo aquel otro, ¡eppur si muove!
Seguimos.
Es preciso este recorrido en apretada síntesis de conceptos bien complejos para intentar responder con rigor y fundamento a aquella pregunta que desde su densidad nos interroga. Articular el Edipo freudiano y el lacaniano no es tarea tan simple si uno pretende ir más allá de los estándars. Pero a poco que uno se pare a pensarlo caerá en la cuenta de que bajo las siglas de la MF cohabitan dos caras.
Digamos que hasta ahora hemos visto la cosa desde la perspectiva del infantil sujeto, es  decir, desde su creencia. Nos sirve para lo que nos toca, verlo desde el lado de la madre.
Así pues, cuando esa niñita que ha postergado su anhelo jugando a las muñecas crece y empieza a jugar a otras cosas más piripitosas, antes o después, cada vez más después que antes, y ya muchas a contrarreloj, en su particular carrera contra el "reloj biológico" que las apremia inexorablemente, llega un día en que queda embarazada.
Y ahí empieza otra historia. Aunque visto lo visto, sería más pertinente decir que empieza un capítulo nuevo y decisivo de la vieja historia. Lo que me interesa destacar es precisamente la continuidad diacrónica entre aquella inicial envidia infantil, transmutada en deseo de maternidad, largamente postergado, y por fin, ya, cumplido.
Y esa premamá irá viviendo en su cuerpo el milagro de sentir crecer en sus carnes otra carne llena de vida que empuja, protuye y se hace panza. Y cuando ella se familiariza con el prodigio cotidiano de su panza, más allá de los vómitos y las náuseas, se siente sorprendentemente feliz, segura, 'completa'. Es tiempo de disfrutar de la fisicidad incontestable del anhelo encarnado, de soñar y de saborear el sueño.
Y un día (o una noche, nunca se sabe) llega el ansiado y también temido parto. Y cuando el amnios se rompe y el cordón se corta, algo más se rompe y corta, y pueden pasar muchas cosas y muy diferentes, entre ellas, una clínicamente muy típica bautizada como depresión  post  parto, consecuencia consecuente del abrupto aterrizaje forzoso, cuando no ostia de categoría, resultado de pincharse el globo y estamparte de bruces con la realidad.
Pero el Imaginario, como en los dibujos animados, se recompone rápido. Y a partir de ahí  la película se va a jugar en vivo y en directo con ese cachorrito indefenso y demandante que a golpe de leche y de caca, de llantos y de nanas, de besos, caricias y palabras va a ir configurándose a nuestra imagen y semejanza. En parte, sólo en parte, pues siempre hay algo que se nos escapa. Por suerte. Para su bien y el nuestro. ¡Viva la biodiversidad!
Pero hay mamás muy apegadas a su baby, muy mucho, al punto que así lo sienten, como si fuera una parte suya. ¿Les suena? Una parte, extensión de sí, que las completa, ¿les sigue sonando? Que no hay límite que valga, ni se le espera. Que no se suelta ni te suelta. Que no querías caldo, toma dos tazas.  Que madre no hay más que una, y que la mano que gobierna el mundo, nunca lo olvides, es la mano que mece la cuna...Ya saben. Madre fálica le llaman y es la que andábamos buscando.
De manera que tendremos que distinguir la Madre Fálica del primer tiempo del Edipo, vista de la perspectiva del baby, es decir, fase de pasaje estructural en la escala edípica que antecede al padre del segundo tiempo o Padre  Fálico, que viene a destronarla en lo que constituirá la Castración Imaginaria. Y la madre fálica, (convendré en escribirla con minúscula), como  aquella mujer que detenta en su maternidad esa posición fálica, es decir, totalizante, que ubica al hijo en posición de falo, y como tal, le coarta su subjetividad, dando lugar a diversas formas de estrago, siendo la más grave de ellas la posición psicótica.
Resumiendo, una que será figura de pasaje estructuralmente necesaria, y otra, que en su contingencia, será el resultado y causa de una fijación.



De sus máscaras

Y es esta figura terrible y fascinante la que se presenta  ante nosotros bajo las formas más variopintas que pueda uno imaginarse, embozada en todo tipo de disfraz del más variado pelaje.
¿Quién sinó la MF alienta las monstruosas arañas gigantes que Louise Burgoise ha sembrado a la vera de algunos de los más respetables museos de la modernidad?
Pero más peligrosa resulta investida de luchadora militante de una Causa, como Aurora Rodríguez, feminista de pro, que en los agitados años de la segunda República, antes del amanecer de un día de Julio, asesinó fríamente en el lecho a su hija Hildegart, de 18 años, disparándole cuatro tiros mientras dormía.
Es un suceso bien conocido que llevó al cine Fernando Fernán Gómez (Mi hija Hildegart 1977). La película relata la historia de Aurora Rodríguez, una gallega singular y avanzada a su tiempo que con un plan perfectamente diseñado decide engendrar a la hembra perfecta en provecho de la causa liberadora de la mujer. La llamará Hildegart y hará de ella una niña prodigio que a los 14 años ingresa en la Universidad. Con 18 años es una celebridad en los ambientes intelectuales y revolucionarios, defensora de las nuevas doctrinas sexuales, debatirá con importantes figuras de la época, llegando a cartearse con Freud. Pero en su evolución intenta apartarse del control omnipresente de su madre, atreviéndose incluso a enamorarse de un hombre y proyectar viajar a América. Es demasiada autonomía para su creadora, que cual si de una herramienta defectuosa se tratara, decide acabar con ella. Lo hace, y como quien ve llover, se entrega a la justicia. Después de ser juzgada y condenada por asesinato, un tribunal de apelación la declara paranoíca y es ingresada en un manicomio hasta el resto de sus días.
Hay que subrayar que la MF no precisa mostrarse poderosa o con tronío. También la encontramos en su envés. Sin irnos más lejos, nos asomaremos a Despertares, la peli sobre el texto de Sacks que comentamos en el último post.
¿Recuerdan a la madre de Leonard? Aquella pobre ancianita que consume su vida haciéndose cargo de su hijo severamente discapacitado. Cada día acude sin falta al hospital para darle de comer, cambiarlo y cualquier otro menester. Es la muestra de una dedicación abnegada y ejemplar. Eso que sólo es capaz de hacer una madre. Admirable.
Pero llega el Dr. Sayer y con su capacidad de observación y su perseverancia consigue despertar a su hijo de un letargo de décadas. Y una vez despierto, tras una vida secuestrada, quiere volar. ¿Cuál es la respuesta de su amorosa madre?
"¿Chicas? ¡nunca ha necesitado chicas! Me ha dicho que me tome ¡unas vacaciones! Pero no puedo dejarle solo en este hospital. ¡Sin mí se moriría!"

Da que pensar. ¿Quién se moriría sin quién? Parece bastante obvio que ese consagrar su vida a cuidar de su hijo es lo que le da sentido, y que sin él al que cuidar, tendría que enfrentarse a sí misma y a su vacío.
Es duro verlo así, pero es lo que hay, y hay que verlo.
Fundida a su hijo enfermo llena su existencia.
Hijo-falo, tapón de su falta.
¡Ay de mi sin mi falo! rezará su epitafio.
O directamente, sin ambages, como rezaba aquella otra película:
"No sin mi hijo!"
Mantra a tropel.

Y en nombre de ese mantra radical se cometen las mayores tropelías.
La clínica solo es un espejo de ellas. No es el único.
En la mili, muchos años antes de la moda maorí que nos invade, descubrí sorprendido un tatuaje que se repetía monocorde en los brazos de algunos de aquellos aguerridos soldados preparados para la muerte,  AMOR DE MADRE.
Kortatu, la banda vasca pionera del ská, clamaban desafiantes por aquellas fechas aquello de:
"Mi madre, la única mujer que he amado"
Llevo tatuado, en mi cabeza rapada!
Digámoslo otra vez. Hay amores que matan.
La araña gigante del Guggenheim responde al título de Maman. Bajo su abdomen le cuelga un saquito lleno de huevos suspendidos en el vacío. Atrapados en un espacio de nadie.
Salir de esa pegajosa celda es cuestión de vida o muerte.
No es fácil, si no imposible, hacerlo solo. Es preciso la presencia de un padre, aunque sea  remoto.
Pater incertum est, mater certissima decían los clásicos.
El padre, siempre incierto, nos libra de la letal certeza materna y nos abre las puertas de la bendita incertidumbre. Esa es su función.

Y le convocamos para una próxima ocasión.

                                                                             


martes, 8 de septiembre de 2015

THAT'S  ALL  FOLKS !










¡E-e-e-eso es todo amigos! tartamudeaba Porky desde la pantalla de la prototele cuando despedía puntualmente cada tarde/noche el show de The Looney Tunes a las ocho y veinticinco y daba paso a la familia Telerín y su "vamos a la cama que hay que descansar, para que mañana podamos madrugar" con el que cerrábamos metódicamente una jornada más de aquella infancia interminable de los tiempos de antes del Nesquick, es decir, territorio Cola Cao.

"Eso es todo amigos" era la despedida de aquel programa de dibujos animados que, pandilla de chiflados con Bugs Bunny a la cabeza, te recibía con un saludo inolvidable, "¿Qué hay de nuevo viejo?", chascarrillo juguetón y paradójico que todavía espeto a algún que otro compay superviviente.

Saludos y despedidas, despedidas y saludos, rituales que delimitan el intervalo de un encuentro. Algo que abre y algo que cierra. Y en el medio, la vida como lapso. Un instante o una eternidad. La vida es eterna en cinco minutos, le cantaba a Amanda el poeta, porque los cinco minutos, ese es el prodigio, te hacen florecer.
Hola y adiós. Y en el medio una historia. O muchas.

Desde niño ya me divertían las palabras, mejor, los juegos de palabras, atravesado el Rubicón escatológico del "caca, culo, pedo, pis". Me gustaban las adivinanzas, "Una señorita muy enseñorada que siempre va en coche y siempre va mojada, ¿quién es?", no sólo cuando conseguía adivinar triunfal la respuesta, "¡la lengua!", pues lo que realmente me encantaba era la formulación de la pregunta, tan ocurrente, su entonación, su rima, su melodía. Lo que ahora diríamos "sus maneras significantes", más que su significado. 
Y claro, hay maneras y maneras. No es lo mismo plantear un enigma cifrado del tipo de "En este banco están sentados un padre y un hijo, el padre se llama Juan y el hijo ya te lo he dicho", que provocar a tu perplejo intelecto  con aquél patriótico nacional catolicista "¿De qué color es el caballo blanco de Santiago?" que desafiaba todas las leyes de la lógica, como Arsenio Lupin, y Lacan con él, en La carta robada de Poe.

En cualquier caso, maniobras palabreras en su heredad, que es el lenguaje. Y si de lenguaje hablamos es que nos hallamos en el reino de la Lingüística. O debiéramos. Pero tratándose de Lacan, ya se sabe, nunca se sabe. Bueno, algo sabemos. 
Los que se animaron a leer las últimas entradas del blog pese a mis advertencias ya están al tanto de la escabechina que le montó al venerable signo lingüístico de Saussure para ir abriendo boca. Claro, es comprensible que a los del gremio ling les tocara las narices que llegara un señor del gremio psi y, cual elefante por cacharrería, les diera la vuelta a sus fundamentos. Pero si a Lacan le sobraba osadía, no le faltaba perspicacia. Y con un chispazo de su ingenio - ¿no querías caldo? ¡toma dos tazas! - se sacó un neologismo de la manga que le vino al pelo. "Yo no hago lingüística, yo hago lingüisteria"  y chin pun. Muerto el perro se acabó la rabia.
Licencia para lingüistear sin que le dieran la tabarra purista.

Y claro que lingüisteó. Sintiéndose en racha, propuso un nuevo neologismo más inspirado si cabe, Lalangue, traducido, no muy afortunadamente a mi entender, por lalengua, pues huelga decir que en su homofonía, original y neologismo, se confunden, así que desde ya y aquí mismo propongo sustituirlo por laluenga, con permiso de Los Llopis.

Y ¿qué es lalangue

Cito a Zizek, afamado gurú poslacaniano, posmarxista y poscinéfilo: "El lenguaje como el espacio de placeres ilícito que desafía toda normatividad: la multiplicidad caótica de homónimos, juegos de palabras, relaciones metafóricas "irregulares" y resonancias".

Aclarar que esta dimensión gamberra del lenguaje no es una pose rebeldona ni trash, no. Por suerte o por desgracia es estructural. Y a mi, como cantaba el Kevin, "su idiosincrasia me hase mucha grasia", o no. Porque me matan los chistes malos. Como los indios sin grasia, con perdón.

Y una vez más Lacan hace de su argucia un ardid pertinente pues desvela una evidencia hasta entonces cegada, o, como mínimo, tuerta. Pues ya se sabe que evidentemente Evidente miente, y que a donde apunta Lacan con su lalangue es a desmarcarse de la lengua como sistema, concepción que defienden los lingüistas, y a remarcar su falta, su incompletud, su inconsistencia, estigmas que nos abocan al malentendido estructural, consecuencia de que las palabras se hallan infiltradas por el deseo y su sombra (de goce, glups). 
Ya lo dijimos, el inconsciente es lingüístico, o mejor, a la manera de Braunstein, diremos lenguajero
(Pero, sombreado y entre paréntesis, se me ha colado el bicho,  ése del que no quiero ni hablar, así que, nada como un mutis por el foro y un si te he visto no me acuerdo ...calamar!)

¿Qué hay de nuevo viejo?

Lamento decirte que, ¡maldita sea la gracia!, más que de saludos es tiempo de despedidas, crepúsculos, y de vuelta a trabajar.

De despedir al verano, ese tiempo pletórico siempre en fuga, que en su frenesí se llevó puntual a Oliver Sacks, ese hombre bueno y sabio que saboreó agradecido la vida hasta sus últimos sorbos. Y digo puntual, porque en Febrero publicó en el New York Times una carta donde comunicaba que recién le habían diagnosticado un cancer que le mataría en seis meses. Exacto. Cumplidora, la Parca se lo llevó en Agosto. La carta se titulaba De mi propia vida. Muchos la habrán leído, quien no, que no se la pierda. Es un texto breve y ejemplar, sencillo y entrañable, en el que le da gracias a la vida que tanto le había dado. Un testimonio del arte de bien vivir y de bien morir, que vistos así, parece claro que son el mismo. 
Gracias a ti, Oliver. Que tus palabras semilla circulen y germinen. Amén.

Así las cosas, no debe ser casualidad que el otro día viera Despertares, a no ser que pensemos con Borges el azar como una causalidad cuyas leyes ignoramos.

Awakenings, (qué bonito suena en inglés), es una peli de 1990, adaptación de un texto parcialmente autobiográfico de Oliver Sacks e interpretada por Robin Williams y Robert de Niro.
Relata la historia del Dr. Sayer, un neurólogo investigador sin experiencia clínica que consigue trabajo en un hospital de Nueva York donde se ha de hacer cargo de pacientes neurológicos crónicos graves. El, a su vez, es una persona con serias dificultades para establecer relaciones sociales, llevando al margen de su trabajo una existencia aislada y solitaria, y en el mismo, un trato reducido a lo estrictamente profesional evitando cualquier atisbo de aproximación o intimidad con sus compañeros, muy patente en el caso de Eleanor, la atenta y discreta enfermera que le acoge y le apoya desde el principio. Es desde esa condición de bicho raro que puede observar la realidad de los enfermos con otra perspectiva y va a abordar a un grupo de catatónicos diagnosticados de encefalitis letárgica. Se plantea experimentar con la L-dopa, un antiparkinsoniano de nueva  generación, pero ha de centrarse en un único paciente, Leonard, que encarna Robert de Niro. 
Probando con diferentes dosificaciones un día consigue inopinadamente que R.d.N. salga de su letargo y "despierte", al punto que recupera su motilidad y su conciencia, y habla y se comunica con él como si hubiera salido de un sueño, más bien una pesadilla, de más de treinta años. Tras la sorpresa y el júbilo correspondiente el tratamiento se hace extensivo al resto de afectados. El milagro es espectacular y variopinto, pero recuperar la salud no implica recuperar el tiempo perdido. Todo es nuevo, incierto y provisional. Leonard, que se enfermó siendo un chaval, va a tropezarse de morros con la atracción enigmática y rotunda que siente por una chica que visita el hospital, y va a buscar encontrase con ella y conocerla. Lo consigue. Pero ese enamoramiento que le asalta, esa fuerza motriz que le empuja a sentirse un hombre normal y a reclamar su derecho a vivirlo, es cercenado bruscamente por la directiva del centro, y en su rebeldía es reducido y encerrado en el pabellón de los locos peligrosos. Enjaulado, la rabia le subleva y en su impotencia resentida ...súbitamente se reencuentra con sus viejos espasmos. Es la señal de que lo que parecía curado es sólo un espejismo transitorio. La enfermedad contraataca, y tras un tortuoso periodo de convulsa batalla contra ella, el patético letargo catatónico vence y se impone. La cámara recorre despacio los distintos rincones del pabellón. Lo que antes fue una fiesta de alegría en movimiento ahora es un escenario silencioso donde cuerpos rígidos y rostros pasmados ven pasar el tiempo sin horas en la quietud mortífera de sus sillas de ruedas. Demoledor.

Pero esta es la síntesis de una parte de la historia, la relativa al curso fallido de un nuevo tratamiento y su desesperanzado pronóstico final. Podríamos quedarnos ahí, en el lado trágico de la experiencia de Leonard, en esa lectura sombría. Pero suceden muchas más cosas, muchas más historias  en esa simultáneidad incesante que es la vida, y esas otras tramas que se cruzan y se pierden, o se vislumbran y se adivinan, se abren a lecturas muy distintas. 

No pretendo hacer un análisis sintáctico ni sintagmático del film, para ese tipo de deconstrucción profunda y sistemática ya está el blog de Jaume Cardona, Cine y psicología. Sólo quisiera poner el foco en la fecunda  polisemia que encierra un texto, en el cubo de agua fría con el que a veces te espabila un oxímoron.

Y de nuevo el "¿Qué hay de nuevo viejo?", esa yuxtaposición chocante de opuestos que alumbra una salida paradojal.

Veamos. Aunque tarde su media hora larga en coger el timón parece obvio que es Robert de Niro el protagonista de la función. Basta irse a los títulos de crédito (conceptazo!) y ver quien aparece en primer lugar. Ese es un dato definitivo en Hollywood respecto a establecer las jerarquías. Por no entrar a valorar el regalito que es para cualquier actor de la Academia un papel que albergue algún tipo de discapacidad que permita lucir el más sofisticado repertorio de tics que ni en el Actor's Studio. Aquí de Niro cumple con creces. No hay discusión al respecto. La industria sonríe ufana.

Pero me van a permitir que proponga una visión alternativa y no sin fundamento. Creo que para Oliver Sacks el protagonista es Robin Williams, básicamente porque interpreta al doctor Meyer, que no es ni más ni menos que una suerte de alter ego.
Y añadiré:  para mí también.

Robin Williams/ Dr. Meyer se afana en "despertar" a sus pacientes de su letargia encefalítica, mientras su vida personal es un páramo emocional.
Pero es Leonard/De Niro, una vez despierto, quien le dice  en un diálogo confrontativo:
- Dr.- Mírame!
- L.-  No, mírate tú! Yo tengo una enfermedad 30 años, y lucho contra ella.
         Pero tú no tienes nada. Eres solo un hombre asustado y solitario.
          ¡Tú si que estás dormido!

Aunque ahí todavía no es capaz de recoger ese reflejo que le devuelve en espejo.
Es cierto que De Niro se ha pasado en latencia casi toda su existencia,  pero en ese regalo inesperado que fue su despertar ha podido sentir intensamente el milagro que supone estar vivo. La escena del baile con la muchacha es un prodigio de elocuencia sin palabras. Podrá derrotarle la oscuridad, pero él sabe ya para siempre lo que es sentirse en un cuerpo enamorado y nunca mejor podrá decir "que me quiten lo bailao!"
Y Williams lo sabe, porque se ha quedado fuera del baile, fuera de la vida, del contacto de la piel y del corazón.
Solo al final de la película va a darse cuenta de que "las cosas importantes son las que teníamos olvidadas, las más sencillas" y es en la última escena, después de que Eleanor, su fiel compañera de fatigas laborales, pasa a despedirse y él se queda sólo en el silencio de su despacho, que, tras una pronunciada pausa llena de dudas, deja la máquina de escribir, trastea unas carpetas, se encuentra unas fotos en las que aparece con Leonard y en un arranque decidido se levanta hacia la ventana y desde allí grita a Eleanor que le espere. Baja y la alcanza en la calle. Hace frío en la noche de invierno. Un diálogo cierra el film:
Dr.- Eleanor, ¿tiene usted algún plan ?
El.- ...¿un plan?...no, esta noche no.
Dr.- Porque me preguntaba si usted, si usted y yo, si nosotros...podríamos ir a tomar un café.
El.- ¡Me encantaría!...tengo el coche allí.
Dr.- ...¿Qué tal si vamos andando?

¡Cómo se han deslizado los papeles! Sólo falta Jorge Drexler cantando "cada uno da lo que recibe, y luego recibe lo que da", esa canción que es puro retorno circular.

Yo no creo en el karma ni en el equilibrio universal. Y ya puestos, ni en las ventajas del bipartidismo ni en las de la democracia transversal. Ni siquiera tengo nada claro qué es eso tan en boga de la libre determinación. Azares y determinismos nos contemplan.
Paradojas. Incertidumbres. Sincronicidades. ...Oxímoron.

Se da la circunstancia de que Robin Williams murió hace un año, puntual en su cita con el agosto fatal. Se suicidó colgándose con su cinturón. Dicen los periódicos que a causa de una depresión contraída al enterarse de que padecía Parkinson. Vueltas te da la vida. Una opción muy diferente de la tomada por Sacks/Meyer al que en buena hora interpretó. 
No, no hay guión.

"En el exilio de mi voz existo" dejó escrito el poeta.

 Y por mi parte, That's all folks! 
(by the moment)


                      En Mamouna, septiembre del 2015, cuando el verano baja el telón.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Tormenta de verano







"Tormenta de verano dicen que eres, dicen que eres..." cantaba con brío aflamencado Javier Ruibal cuando lo descubrí y me enamoró en La piel de Sara, antes de volverlo a hacer en una versión diferente, ya hospedado en la Pensión Triana.

Tormenta de verano fue la que se me vino encima la otra tarde y me caló hasta los huesos del alma.

"Hasta los huesos del alma" es una metáfora, un tropo retórico frecuente, especialmente en el ámbito poético. "Tormenta de verano", si se lo dices a una chica, también.
La que me chopó de arriba a abajo, sin embargo, es un fenómeno atmosférico. Un dato de la realidad. Pero si nos ponemos periquitos, o profundos, podríamos preguntarnos, ...y la realidad ¿qué es? Pues verás, algo que como con la Iglesia, te topas. Pero toparse con la realidad o con la Iglesia ¿no es acaso otra metáfora?...Uff! Y además una metafóra taurina! Ya te vale.

Es lo que tiene el lenguaje, muro fronterizo con "lo real", que excluyéndolo, permite el acceso a la realidad, una realidad, claro, tapizada de palabras, y por lo tanto equívoca, porque a las palabras, ya se sabe, las carga el diablo.

Lo que acabo de despachar en tres líneas son cuestiones mayores que merecerían la deferencia de una explicación más detallada, pero no era mi intención escribir sobre estas cosas cuando me puse a teclear, así que dejémoslo estar, en otra ocasión quizás. Por cierto, ¿no les pasa a ustedes cuando se ponen a escribir que las palabras les empujan en una dirección con la que no contaban y si se descuidan se te llevan al huerto?

Yo tenía concertada una cita en esta página para hablar del significado, el gran marginado del imperialismo significante que nos invade, esa doctrina que en su tentadora frivolidad reniega del peso de la tradición y los sentidos dados. Pensaba hacer una numantina reflexión sobre el valor del concepto, tan venido a menos tras el tsunami posmoderno, pero va a ser que no, pues la verdad, se me hace muy tedioso y cuesta arriba. Será cosa de las vacaciones. Son tan largos los sueños ¡y los veranos tan cortos!

Así que pasada la tormenta de verano recuperemos el espíritu de sus vacaciones. Ahora mismo estoy de retiro al fresco de la montaña pero mayoritariamente el verano me sabe a playa. Y paseando por su orilla es habitual tropezarte con esos arquitectos espontáneos, afanados constructores de castillos en la arena. Sus herramientas, el cubo y la pala. Hay una tercera, el rastrillo, que siempre se la lleva el más pequeño, el más lento o el más panoli. Pero siendo pragmáticos, la cosa pasa por el cubo y la pala.

Me vino esto a la cabeza por resonancia significante al pensar en mi hacer clínico, en concreto, en relación a esa tarea que yo llamo "de pico y pala". ¿De qué se trata?

Veamos. Veníamos de revisar en el post anterior la diferencia entre la deutung  y la bedeutung, es decir, dicho en cristiano, la diferencia existente entre la interpretación y la significación. Y la querencia lacaniana por la primera, que como dijimos, era aquella intervención significante que propiciaba la emergencia de nuevos sentidos. Pusimos como ejemplo el caso de aquella mujer con "fobia al cancer " y cómo, al puntuar tres sintagmas precisos -"primer toque", "siguiente achuchón", "gran subidón"- relativos al relato de su síntoma, emergieron encadenados varios recuerdos infantiles de clara índole incestuosa.

Lacan decía de la interpretacion que había de ser una intervención a modo de cita o enigma, remarcando así su condición eminentemente significante y desmarcándose de cualquier atisbo de significación, o atribución de significado, característica del hacer de la IPA (la Asociación Internacional Psicoanalítica) con la que bregaba su encarnizada cruzada del retorno a Freud.
El problema es que Freud también practicaba la bedeutung, le ofrecía un plato de arenques al Hombre de las ratas y analizó a su propia hija.
Enarbolar la bandera de la causa freudiana y reivindicarse como su legítimo albacea o heredero tiene mucho de sagacidad política y no poco de usurpación. Curiosamente la historia se repite con Miller, el yernísimo, y la obra de Lacan y sus prebendas padecen semejantes tironeos. La rapiña del padre es estructural.
Pero si hablamos de Freud, hay que decir que más allá de los arenques y las bedeutungs de turno, dejó escrita su hermosa analogía tomada de Leonardo da Vinci donde compara al psicoanálisis y las psicoterapias en relación a las artes plásticas, en las que distingue dos tipos, en función de su forma de hacer: aquellas que cursarían per vía di porre, es decir, transformar añadiendo, como la pintura, y aquellas otras que operan per vía di levare, es decir, transformar vaciando, al modo de la escultura. Y es muy claro al respecto, sitúa al psicoanálisis del lado del levare.
Y  más allá del obvio hacer porre de la psiquiatría y los conductismos varios, es tarea de cada cual discernir dónde se ubica con su arte.

A ese respecto, tras más de treinta años ejerciendo mi oficio (no me atrevo a decirme artista, si acaso artesano de una particular escucha de las palabras y sus inflexiones) tengo que confesar que me siento profundamente mestizo. Mi alma es psicoanalítica, lo sé, lo siento, pero mi cuerpo, ay, mi cuerpo, es pecador y vagamundo. Y desde ahí digo que no sigo dogmas ni sacramentos y que desconfío de quien los promueve. Si algo he aprendido en este viaje a ninguna parte que es la vida, es que el emperador está descaradamente desnudo, por mucho oropel y mucho consenso que lo desmienta.

Así que en la clínica del día a día, en las rutinas cambiantes de los decires cotidianos, y depende de con quién y cómo, a veces hago enigma, adivina adivinanza o la pregunta del millón; otras, la interjección sorpresiva o el silencio lapidario, y a veces, no tan pocas como quisiera, simple y llana pedagogía. Yo le llamo pedagogía del límite y pese a su aparente humildad de rango su importancia es capital. En alguna próxima ocasión la explicaré con detalle y viñetas clínicas.

Y es que, desengañémonos, no somos Arsenio Lupin, ni Hércules Poirot, ni Sherlock Holmes. O si les va más el noir, ni Marlowe, ni Harper, ni Wallander, y la ocurrencia deslumbrante, la deducción afortunada, la inspiración reveladora, son los destellos puntuales y fugaces de una tarea mucho más prosaica, paciente y concienzuda, pues es sabido que un análisis conlleva un verdadero trabajo de deconstrucción subjetiva y su posterior y laboriosa reconstrucción. A ese hacer perseverante es al que llamo "de pico y pala", trabajo duro y fatigoso donde los haya, pues no hay convidado de piedra más pelmazo y resistente que la compulsión a la repetición. Pulsion de muerte le llaman.
Y es por ello que hace tiempo y de forma no premeditada me encontré haciéndole sitio al humor, ese viejo comodín que liga bien en tantas bazas, un ingrediente sorprendentemente revulsivo y facilitador. Descuadrante, desarmante y sobre todo, divertido.

¿Psicoanálisis chistoso? No lo llamaría así, tal vez mejor, irreverente. Pero antes de que se me rasguen las vestiduras vendría bien recordar que fue Freud quien escribió El chiste y su relación con el inconsciente y que a veces, my friend, un puro no es sólo un puro.

"No sé, no sé, francamente, me parece poco serio", les imagino argüir.

Y ahí les tengo que corregir, pues si como decía el Herr inspector de policía de aquel pueblito transilvano de cuyo nombre no me puedo acordar advirtiendo a sus convecinos  que "un motín es una cosa muy feeaa!", yo diré sin ambages que el humor es una cosa muy seria.
Pero no vale cualquier humor. Parafraseando al Arcipreste, habría que escribir un Libro del buen humor. Y es de recibo que el buen humor empieza por uno mismo. Y que no hay mejor antídoto contra el narcisismo felón que poderse reír uno de sus reflejos. 
Y es que la risa, la buena risa, es medicina del alma.

Brillante Monstruos S.A., de la factoría Pixar, donde en su escena final resuelven el problema endémico de su necesidad energética sustituyendo como fuente de la misma el miedo que despiertan en los niños por su risa, divino tesoro.

Termino. Siguiendo esa lógica energética tan saludable y aprovechando la coyuntura veraniega que nos solaza, pensé que sería una buena idea sustituir la vieja fórmula del "pico y pala" por la más refrescante e ilusionante del "cubo y pala". Ahí estoy.

Pero no se confundan. No es un trueque cosmético o bien intencionado. A veces
un simple cambio de concepto alumbra una metáfora nueva. Y una nueva metáfora, a veces, opera como una bomba de gusano, una puerta performativa que produce una revisión/reversión de la realidad. 

Cosas del lenguaje. La alquimia de lo simbólico. Casi ná.

                                                     
                                                                           En Vijavega, Agosto del 2015





sábado, 20 de junio de 2015

De la Resonancia Significante

        






“…Y aguzando la atención flotante y abriéndome a la resonancia significante, ahí  vamos, golpe  a golpe y verso a verso, haciendo camino al hablar.”

Así terminaba mi último post  en  zapatillas  y  por ahí  quiero retomar la  cuestión, pero ya  en  chanclas, pues la calor asoma.

Puede resultar  muy  machadiano, que lo  es,  pero yo, que no  soy  muy versado en  poesía  y  que mi paladar no alcanza a menudo a saborear las delicatessen del género, he  de reconocer que este poema que descubrí en mi ya lejana adolescencia con la voz de Serrat por bandera, sigue resonando en mi memoria con  la misma  fuerza, si no más,  que en  aquellos  días en que toda la vida estaba  por venir.

Ahora que  el  porvenir ya  vino y se  marchó, y con él tantas cosas, siento y asiento  la verdad profunda y  desnuda que aquellos versos anunciaban.  “Caminante no hay camino, se hace camino  al andar”. Pero no  es mi intención ponerme filosófico, ni poético, ni profundo. Simplemente aprovechar la sabiduría que esas palabras encierran para abordar aspectos que  conciernen al psicoanálisis, que  es lo que nos reúne en esta página.

Veamos. Hablábamos  del significante y sus hazañas. Vimos la condición significante del síntoma y  por lo tanto su dimensión lingüística. Vimos que el síntoma era una metáfora, una  sustitución desfigurada de  algo conflictivo reprimido, es decir, inconsciente. Ergo, concluímos  con Lacan, que el inconsciente está estructurado como un lenguaje. Así que también  dijimos que  el inconsciente habla, o se manifiesta,  siguiendo unas reglas, una gramática,  a través de las  llamadas formaciones del inconsciente. Y ahí alineamos lapsus, sueño y síntoma, distintas formas de emerger eso  reprimido que  empuja y que llamamos la verdad subjetiva,  diana a la  que un análisis apunta  y promueve desde su regla  fundamental que es la asociación libre, esa invitación a decir todo lo que venga  al pensamiento sin censurarlo, es  decir, un dejarse llevar por la propia inercia de  las palabras, que en su fluir van a decir más de  lo que se proponen,  y a ese despropósito lenguaraz le llamamos significancia. Cualidad que habita en las entrañas del significante que como dijimos es  polisémico, es decir, montaraz y promiscuo, y en su polisemia nos aboca al chismorreo y al malentendido estructural. Ese plus de sentido es  compadre  de ese viejo truhán  que es el doble sentido, famoso por sus chistes y su ironía, no siempre fina ni de buen gusto. Y nos preguntamos por qué el  significante era tan golfo, y  Lacan con Freud nos respondió que le venía de nacimiento. Porque el flamante significante se yergue ladino y ufano sobre la  tumba viva de la Cosa, la madre del  cordero, proscrita y vampira, esencialmente  morbosa. Y sus raíces  beben de ahí. Así que no  es  de extrañar que se crea el  rey del mambo y se comporte como  tal.


Vale. Tras tan prieto repaso, un par de respiraciones profundas y podemos proseguir. Pero, ¿a dónde vamos, si puede  saberse?     Ah!, ¡quí lo  sa!  Recuerden, no  hay camino, se hace camino al hablar.  

Así  que hablemos, sigamos hablando, dejémonos llevar por las palabras hacia donde ellas empujen, y empujan, lo noto, hacia atrás, o hacia arriba, según se mire, hacia la autocita que encabeza estas líneas, “y aguzando la atención flotante…”, y ahí nos encontramos un concepto fundamental del dispositivo analítico, la atención flotante, que es la particular actitud de escucha que el analista ejerce, pareja de baile de la libre asociación, y condición sine qua non para que el milagro suceda o la cosa funcione. Porque el libre decir  del analizante se lanza a los brazos del libre oír del analista en  una danza de sonidos y silencios  que teje un discurso  que podemos decir  musical, y sólo así se entiende que privilegiemos  la ruta del resonamiento sobre la del  razonamiento, una vía en la  que se imponen los ecos del significante sobre el  mensaje conceptual, porque es por la resonancia por la que el inconsciente  se despierta y susurra.

Si dijimos que el significante era ligón, o con más precisión, ligante, en tanto que atendamos a su capacidad resonante, podemos proponer desde ahí que la resonancia  sería  la  energía ligante del significante, una energía que podemos calificar de musical y  que es la  que modula el  lenguaje inconsciente. Y si sabemos  afinar el  oído y guardar el silencio debido podremos reconocer su melodía sutil cuando asoma en  el  tumulto del discurso y nos dibuja, como la tinta invisible, el hilo  conductor del  inconsciente.

Cualquiera que teclee en el buscador de Google la palabra resonancia se encontrará al instante con una lista bien surtida de sus distintas y variopintas acepciones pero es seguro que entre ellas no se tropezará con ninguna que la emparente ni remotamente con el psicoanálisis ni con el significante, de momento.
De sus múltiples presentaciones no hay ninguna que me interese así que rescato de mi biblioteca un viejo libro de Luis Racionero, “Oriente y Occidente”, donde de su recorrido por la filosofía china algún lejano día subrayé con mi lapicero un parrafito de un tal Tung Chung-shu que ahora transcribo: “Cuando tocamos la nota kung o la shang en un laúd, son respondidas por las notas kung y shang de otros instrumentos de cuerda. Suenan por sí mismas porque cuando dos “chi” son similares coalescen.”

No me pregunten qué diantres son los “chi” porque no tengo ni idea. Sé que un trabajo que se precie tiene que investigar a fondo los datos que se manejen. No es el caso en este caso. No tengo tiempo, la vida va al galope y tengo otras prioridades, así que asumo mi vasta ignorancia y sigo adelante.

Pero estarán conmigo en que la cita además de erudita es chula y pertinente. Nos viene como anillo al dedo. Pues creo que nos presenta un fenómeno que ilustra maravillosamente el tema que estamos elaborando, la resonancia intersignificante, y si le damos una vuelta de tuerca más, podemos decir que esa vibración armónica entre los “chis” de marras es una buena imagen para ilustrar una cara fundamental del fenómeno que nosotros llamamos transferencia, herramienta clave de nuestro hacer, entendiéndola aquí como ese estado de conexión singular entre el inconsciente del analista y el del analizante, en la línea que viene sosteniendo Nasio desde hace años.

Bueno, no quiero ponerme pesado ni repetirme. Simplemente diré que es congruente y nada mejor que una viñeta clínica para contrastarlo. Sirva para rastrear sobre el terreno las diversas cuestiones que hemos ido desgranando y para mostrar su aplicación práctica al dente.


Una manía sin fundamento

Es el caso de una mujer de unos cuarenta y, que acude a mi consulta tras un largo recorrido por otros gabinetes de corte cognitivo conductual. El motivo que la trae es que padece desde hace años un cuadro dominado por una intensa angustia consecuencia de un temor obsesivo hipocondríaco, su convicción de que va a contraer un cáncer y ante tal perspectiva se empleará a la busca y captura preventiva de cualquier indicio sospechoso mediante el rastreo concienzudo y sistemático de palparse todo su cuerpo. Y como quien busca halla, de cuando en cuando halla algún bultito que la confirma en sus temores y la aboca a una angustia en la que se rehoga unos días de sin vivir hasta que decide acudir al médico que la desmiente y tranquiliza…de nuevo. Porque la calma, claro, es transitoria y pronto se reinicia un nuevo ciclo de su pertinaz ritual palpante.

Presentar un fragmento clínico es siempre una tarea delicada por muchos aspectos. Uno de ellos es precisamente por su condición de fragmento, es decir, por esa labor de poda brutal de lo que es una historia personal mil veces compleja. Trataremos de recoger en ese recorte minimalista lo que llamaré lo molecular del caso.  

Casada y con una hija pequeña concebida por sorpresa tras muchos años de buscarla por todos los medios y fracasar sus tratamientos de fertilización e inseminación, es cuando dan por perdida esa vía y comienzan un proceso de adopción que queda milagrosamente embarazada.

Refiere una relación muy ambivalente con una madre muy dominante a la que no soporta pero de la que no se puede despegar. Sesión tras sesión hará un pormenorizado relato de los menosprecios y ofensas sufridas al tiempo que no se explica por qué ha de estar permanentemente pendiente de ella. Tiene una hermana unos años mayor y el padre murió en su temprana juventud. De él nunca habla, desde que en la primera sesión al yo preguntarle me informa de su muerte, y que fue un padre ausente por el trabajo y al que no le perdona que la dejara a merced de su madre. Simplemente no cuenta para ella, y nada cuenta de él.

Meses después asistió a un taller de psicodrama y trabajando con ella emergió inopinadamente un recuerdo en el que con cinco años se hallaba sentada en las rodillas del padre preguntándole a quién quería más, si a su hermana o a ella, a lo que el padre respondió que a las dos igual. Ella insiste en su pregunta “pero ¿a qué me quieres más a mí? Y el padre mantiene su respuesta de firme equidistancia. Resulta que luego referirá que en realidad ella sentía que su hermana era la favorita del padre, con quien mantenía más relación mientras ella “era de la madre”. En la rueda final hará un comentario sorprendente, “he pensado en que ¿y si mi padre se hubiera enamorado de mí? ¡Qué horror! ¡qué asco! No lo quiero ni pensar.” En una contorsión admirable, su deseo, cumplido en su imaginación, se revuelve amenazante contra ella.

A partir de esta irrupción estelar del padre en escena algo se mueve en la trastienda y su presencia empieza a infiltrar la trama.

Un día comenta que le ha aparecido un recuerdo que no puede quitarse de la cabeza. Tiene doce o trece años, está en el recreo del colegio y le asalta el pensamiento obsesivo de que se va a encontrar a su padre en la calle haciendo algo que no debía pues tendría que estar en su lugar de trabajo, como realmente sucedía. No se explica el porqué de ese pensamiento ni su insistencia. Dirá: “era una manía sin fundamento”.       Yo intervengo, le repito la frase y le pregunto qué asocia. Un breve silencio y responde muy sorprendida, “¡pues me ha venido mi manía con el cáncer!” y yo corto ahí la sesión.

Este tipo de intervención es característica de la práctica lacaniana y recibe el nombre de escansión. Es una operación de corte del discurso y puntuación significante de potencia megatónica. Suele concitar una cierta perplejidad y si ha sido afortunada, una avalancha de efectos asociativos.

En esta ocasión la pirueta verbal es fascinante pues ha hecho puente su recuerdo obsesivo puberal con el síntoma actual, presentificándose el padre a través de un sintagma explícito, “una manía sin fundamento”, y que denominamos equivalente discursivo.

Como vemos la cadena inconsciente ya está en marcha.

En una sesión posterior me hará la crónica detallada de su saga sintomal en un relato desde sus orígenes a partir de la muerte súbita del padre por un ictus que ella tuvo que afrontar sola pues “mi madre estaba con un ataque de histeria”. Se sorprende de la eficacia y la madurez con que gestionó la situación y de que no se sintió muy afectada. Pero a los pocos días empezó a sentirse mal. “El primer toque fue un dolor de cabeza que…bli, blu, bla…El siguiente achuchón fue cuando…blu, bli, bla…y ya, el gran subidón fue cuando …bli, bla, blu…”

Y es ahí cuando después de escuchar en silencio su minuciosa descripción de los hechos intervengo repitiéndole las tres frases que entresaco de su largo relato:

-Atienda: “El primer toque”…”el siguiente achuchón”…”el gran subidón”, ¿qué asocia?
-Hombre, pues ahora que lo dices así me suena…muy sexual.

Y entró en un silencio prolongado y profundo del que a pesar de mis requerimientos no salió. Corto la sesión.

Podría seguir y contarles qué se estaba cociendo en ese mutismo lapidario que desvelaría un par de sesiones después…canela fina, pero como decían en La Historia Interminable, “esa es otra historia” y nosotros tenemos que ir terminando. Apuntaré que refirió recuerdos precisos de índole sexual que desplegaban su fantasma edípico, pero por hoy ya me he extendido bastante y es el momento de recortar.

Sí haré un último comentario sobre lo expuesto.

Empezamos hablando de la dimensión lingüística del síntoma y continuamos con la resonancia significante, dos titulares de los que echan para atrás. Si has llegado hasta aquí querido lector has demostrado estar en posesión de un tesón a prueba de muermos y de una paciencia encomiable, virtudes ambas imprescindibles para acometer determinadas e inciertas travesías. Ésta, como puedes ahora ver, versaba sobre una introducción ardua pero necesaria para comprender la lógica interna del síntoma y en consonancia, la de nuestro hacer. Un hacer que prima la intervención a través del significante más que del significado y que comporta unas premisas teóricas y unas consecuencias prácticas. De cualquier forma cualquier primacía tiene el riesgo de convertirse en tiranía y de ejemplos está plagada la historia. Este campo no es una excepción.

Te emplazo abnegado lector a una próxima cita donde reivindicaré los derechos del significado, tantas veces ninguneado, cuando no injustamente difamado.

Feliz y liviano verano, y que la incertidumbre te sea favorable.

                                     En Mamouna, solsticio de verano de 2015   

domingo, 31 de mayo de 2015

De la dimensión lingüística del síntoma y otras hazañas del significante









¿Cómo divulgar sin vulgarizar? ¿Cómo hacer sencillo lo complicado? ¿Cómo dar cuenta de lo complejo sin banalizarlo? ¿Cómo hablar de Lacan sin ser un tostón, un galimatías o un cacatúa? ¿Cómo transmitir el legado de Freud a un público forastero, variopinto y jaranero, pero al que la curiosidad, si no el deseo, le empuja a asomarse al ruedo?

Estas preguntas laten y se responden en el título de este blog, Psicoanálisis en zapatillas, (o en chanclas, si hace calor), un lugar en el que poder expresarme con la naturalidad y la confianza del que está en su casa y de las que hace partícipe a sus invitados.

Todo eso está muy bien, pero hay veces que por muy cómodo que te pongas se hace muy arduo  el aplicar el viejo adagio del instruir deleitando. Hay temas que adolecen invariablemente de una insoportable pesadez del ser, metafísica o patafísica. El que voy a tutear hoy arrastra merecida fama de fárrago de postín y listón de altura, y cotiza al alza en la Academia. Podríamos titularlo De la dimensión lingüística del síntoma y otras hazañas del Significante por ejemplo, y si se animan a seguir leyendo les sugiero que se lo tomen con calma y su infusión favorita. El que avisa no es traidor.

En estos tiempos de paradigma neuroquímico tropezarse con el título de este post lo condena automáticamente a ese cibercementerio sin alma que es la desalmada papelera de reciclaje, así que si estás leyendo estas líneas quiere decir que la patera hizo costa y ahora les toca a sus maltrechos argumentos buscarse la vida en un territorio extraño y hostil, y sorteando a la policía neurociéntífica, hacerse un sitio entre los prejuicios y la ignorancia.

Hablar de la dimensión lingüística del síntoma puede sonar marciano o esotérico pero en realidad es algo tan prosaico como llamar al pan pan y al vino vino. Y es lo que nos enseñó Freud en su Psicopatología de la vida cotidiana (inolvidable olvido de Signorelli) o ya en sus primeros casos clínicos, sus pormenorizados Estudios sobre la histeria donde nos  ilustra a través de un conjunto de damas y frauleins de una burguesía de balneario la lógica verbal subyacente en los malestares que les aquejaban, un surtido catálogo de algias varias, paresias y parestesias.

Concretemos. Elisabeth von R, una atribulada joven que ha sufrido sucesivamente la pérdida de su querido padre tras una larga enfermedad que ella veló abnegadamente al pie de su lecho y tiempo más tarde la de su querida hermana, admirada y felizmente casada con su cuñado que quedó viudo y al que profesaba una franca simpatía.

Tras un largo y minucioso recorrido por sus experiencias dolorosas, es a través de rastrear como un sabueso el relato de las mismas y sus asociaciones y derivas sentimentales que va a postular que su astasia-abasia es una parálisis funcional simbólica. Que los dolores de sus piernas y su incapacidad para andar son la expresión en el cuerpo de un conflicto emocional, es decir, de orden psíquico, es decir, fruto de pensamientos y deseos inadmisibles para su moral y por tanto rechazados de su conciencia.

No hace falta ser Poirot para intuir que con el cuñado había tomate. Pero no había sangre por ningún lado, ni arma del delito. Sólo un fugaz pensamiento cruzó su imaginación ante el cadáver de su pobre hermana:  “Ahora él ya está libre y puede hacerme su mujer”

Tengamos en cuenta que este es el protoFreud de 1895. Su tesis novedosa sobre la etiopatogenia de la histeria es la teoría del trauma sexual que la sujeto ha sufrido en la infancia a manos de un adulto, que sospechosamente frecuente parece el padre, y que tal representación traumática ha sido apartada (reprimida) de la conciencia, a una segunda conciencia (futuro inconsciente). Pero aquí ya se vislumbra que lo traumático va a ser el propio deseo, intolerable para sus rectos principios, y este atisbo anuncia el inminente hallazgo del llamado complejo de Edipo, verdadera bomba epistémica del siglo XX.

Pero que el fulgor mayúsculo del Edipo no nos impida apercibirnos de la letra pequeña que Freud nos presenta con rigor metódico, la escucha literal del discurso, la dimensión lingüística del inconsciente, y por tanto del síntoma, que es el tema que nos ocupa. Para ejemplificarlo transcribiré unas líneas: “Era innegable que en el desarrollo de la astasia-abasia había intervenido un tercer mecanismo. Observando que la enferma cerraba el relato de toda una serie de sucesos con el lamento de haber sentido dolorosamente “lo sola que estaba” (stehen significa en alemán tanto “estar” como “estar de pie”) y que no se cansaba de repetir que lo más doloroso para ella había sido el sentimiento de “impotencia” y la sensación de que “no lograba avanzar un solo paso en sus propósitos”, transcripción a la letra de sus síntomas de 'no poder estar de pie' o 'no poder avanzar un paso' ", fenómeno que calificará de parálisis funcional simbólica.

Es más. En su afán de cernir la especifidad de los matices termina describiendo una verdadera geografía sintomal dintiguiendo que los dolores del  muslo derecho se correspondían con el conflicto con el padre, pues fue en ese muslo donde sostenía el pie paterno al realizarle sus curas, y los del  izquierdo remitían a la problemática hermana/cuñado.

Es a través de todas estas observaciones que Freud va a ir delimitando una característica singular del cuerpo que lo distingue de su simple condición biológica, el cuerpo como escenario de tramas deseantes que lo van a configurar como cuerpo erógeno.
Así pues, por la vía del cuerpo, del síntoma histérico, Freud accede a establecer la existencia de un lenguaje corporal que viene a expresar lo que las palabras no dicen. Y es en ese no-dicho que así se dice que se manifiesta la verdad inconsciente. Y así podemos pensar lo inconsciente como una verdad velada, no dicha, que hace por decirse empujando en distintos frentes para desvelarse. Se les llama las formaciones del inconsciente y abarca entre otros al síntoma, del que venimos de disertar, a los sueños y a los fallidos (lapsus, olvidos…) que salpican nuestras vidas.

Esta dimensión lingüística, o simbólica, de sus formaciones, que Freud explicita, es la que Lacan recoge y sentencia en su más célebre apotegma:  “El inconsciente está estructurado como un lenguaje” que hace fortuna y bandera de su enseñanza. Y ahí sí, entra a saco vía Jakobson, en la Lingüística estructural de Saussure. Es un tema apasionante donde los haya, pero excede el cabotaje de este navío. Me limitaré a señalar como le hinca el diente al signo lingüístico de Saussure, ya saben, la unidad básica del lenguaje compuesto por dos socios bien amigados, el significado o concepto y el significante o imagen acústica, y los presenta como un algoritmo, a la manera de un quebrado, ligados por una línea bisagra con el significado arriba y el significante abajo y  encerrados confortablemente en una elipse. Y llega Lacan y, zorro él,  les hinca el diente y hace una verdadera escabechina. Zas, tajo a la elipse, zas, fuera bisagra,  y cataplás, te impone una barra divisoria donde encima, cual en un trono,  te planta a un Significante (S) machote como el primo de zumosol y debajo, en los sótanos del signo, castiga de rodillas al pobre significado (s) sin decir ni mu.

A este golpe de mano le va a llamar la Primacía del Significante, y a partir de ahí el tal S va a campar a sus anchas haciendo de las suyas. Ni que decir tiene que no por arrogante no va a conllevar seductores desarrollos de mucha enjundia teórica y técnica, pero, de-paso-cañaso, ajusta cuentas con la IPA y su monopolio del significado y del yo.

Y ya así establecido el nuevo signo va a proponer que el valor de un Significante no viene de su vínculo con el significado humillado sino de su relación con otros significantes, en la estela de los planteamientos estructuralistas.

Así que el significante es polisémico, promíscuo por naturaleza y presto a cargarse de nuevas significaciones. Es el caso del significante Vela, que solo cuando veamos de quién se acompaña podremos entender de qué se trata, pues no apunta a lo mismo “apaga las velas” que “arría las velas”, pues es evidente que no es lo mismo que hablemos de una fiesta de cumpleaños que de  una tormenta en altamar.

Esta primacía del significante y su cualidad polisémica es todo menos una frivolidad, pues dinamitada la fijeza del signo y la univocidad del sentido, el lenguaje nos aboca al territorio de la incertidumbre y al malentendido estructural. Pero aunque eso resulte un incordio en ocasiones, cuando no un drama, también es el humus del humor y del juego de los dobles sentidos. Esa condición cojitranca del significante es la que posibilita la función de la significancia, neologismo lacanés que da cuenta de la tesis freudiana de que uno cuando dice,  dice más de lo quiere o cree decir.

Pero, ¿en qué reside ese plus de sentido que guardan las palabras en su piel? Cualquiera que haya visto El jovencito Frankestein, (si alguien todavía no la ha visto me estará eternamente agradecido por la oportunidad que le brinda el destino de restañar su carencia cinéfila a través de mi afortunada cita) recordará sin dificultad el momento en el que llegan por primera vez al castillo de Transilvania Fróncostin y su secretaria Inga conducidos por Aigor en un carricoche. Mientras desciende en sus brazos a la escotada secretaria, Fróncostin exclama ante el gran portalón del palacio al ver sus dos inmensos picaportes, “¡Vaya par de aldabas!”, a lo que la secretaria ruborizada responde, “gracias doctor”.

Un conjunto de factores en feliz coincidencia propicia ese desencuentro feliz. O mejor podríamos hablar de encuentro en el desencuentro. Desencuentro semántico que propicia un encuentro significante presidido por un deseo que está por advenir. ¿Quién iba a deducir consultando un diccionario que “aldaba” podría dar de sí ser carne de piropo?

Y es que si como dicen, “a las armas las carga el diablo”, a las palabras también. ¿Quién es ese diablo lúbrico que erotiza a las palabras a poco que se presten al juego? ¿Quién demonios instiló en el discurso el erotismo verbal? Y no vale echarle la culpa a Freud. Él solo ejerció de notario de una realidad que en su habla rezuma picardía por sus cuatro costados, o por sus costuras.

Y es que el inconsciente es sexual, una sexualidad reprimida que nos funda y nos impulsa.
Y es que el inconsciente es verbal, una verbalidad que tapiza a la pulsión y la encauza por los desfiladeros del significante.
Y el deseo transita infatigable por la senda de las palabras, las dichas, pero sobre todo las no dichas, que se matan por decir.

Cantaba Sabina aquello de: “Calla más de lo que dice, pero dice la verdad”. Me tomaré la licencia de parafrasearlo. Tómese más como homenaje que como osadía, y en freudiano sabiniano diré que cuando recibo al analizante de turno con mi habitual “Te escucho”, siempre pienso que en lo que está por decirme, “dice más de lo que dice, y en ese más que dice, es que dice la verdad”.

Y aguzando la atención flotante y abriéndome a la resonancia significante, ahí vamos, golpe a golpe y verso a verso, haciendo camino al hablar.

    
       En Mamouna, el 31 de mayo y el triplete a un tiro de piedra.