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martes, 31 de diciembre de 2019
Barbecho
31 de Diciembre de 2019, 19 horas, la tarde ya se hizo noche hace un rato. Suena el piano de Brad Mehldau y su banda, Un vaso de Jameson me acompaña en mi soledad ante la página en blanco. Hace muchos meses que no me sentaba a escribir, supongo que consecuencia lógica tras esa empresa titánica y extenuante que es escribir un libro. Una suerte de resaca mental, desgana escritural o sequía creativa. Barbecho le dicen. Le llaman barbecho a ese estado en que queda la tierra de labor cuando la dejan sin sembrar un tiempo para que descanse y se regenere. Pero la tierra es tierra y las lluvias caídas y el viento de levante la preñan aleatoriamente de semillas silvestres y hierbas sin propósito.
Ponerte a escribir sin propósito definido da un poco de pereza y de vértigo, el vértigo que da asomarse al vacío. En realidad es algo semejante a la propuesta de la libre asociación, ya saben, esa que postula la regla fundamental del psicoanálisis en aras de propiciar la emergencia del inconsciente y, de su mano, la verdad subjetiva. Pero tranquilos, no voy a darles la brasa con mis cuitas personales ni el tostón de la autoficción. Entonces ¿qué?. Bueno, diré que si bien es cierto que llevo un buen trecho sin escribir, he de reconocer que he podido por fin dedicarme a leer, leer que no estudiar, eso que también implica enfrentarse a los libros pero desde un lugar muy diferente. Leer por gusto y a mi aire, sin rumbo fijo, dejándome llevar por mis propias resonancias, conexiones imprevistas que van surgiendo sobre la marcha. Es cierto que tenía una lista de candidatos haciendo cola pacientemente todo este adviento, y los he tenido en cuenta por su fidelidad respetuosa, pero he bailado con ellos a mi ritmo abierto siempre a lances veleidosos. Y en una de esas me he topado con un libro excelente, La sabiduría de lo incierto, de J.C. Mélich, un filósofo letraherido que me ha calado hondo.
A veces -pocas, muy pocas, por desgracia- pasa que te encuentras con alguien con el que te encuentras, es decir, con el que te reconoces en su diferencia, y algo hace clic y la magia empieza.
Es una especie de enamoramiento ajeno al sexo pero no a la pasión, algo un poco loco, si no delirante por lo menos pirulero. Si nos ponemos brujulares -y esto es un guiño para tripulantes- lo podemos reconocer como un deslumbramiento especular, es decir, narcisista, es decir, imaginario, pero lo narciso no quita lo valiente y en cualquier caso, que nos quiten lo bailao. Y hay que aclarar que se trata de un baile muy especial porque, entre otras cosas, este señor a mi no me conoce de nada. Ni falta que hace. Entonces ¿yo me lo guiso y yo me lo como? No, no es tan simple, o tan básico, o, ya puestos, no es autoerótico, porque por en medio está su libro y en su libro está él, y pasa que su forma de pensar las cosas me es tremendamente familiar aunque él las piensa desde un lugar, la filosofía, bien diferente al mío, el psicoanálisis, y en concreto, mi particular modo de entender el psicoanálisis.
Cualquiera que se asome a la presentación de mi página web (javierarenaspsicoanalista.com) puede ver que termina con el siguiente párrafo:
"Y es por eso que a menudo denomino a mi hacer 'psicoanálisis brujular' pues procuro propiciar el acceso a una suerte de brújula psíquica que le ayude a uno, vagamundo errante, a transitar la incertidumbre."
Así que la 'sabiduría de lo incierto' a la que alude el libro en cuestión atañe precisamente a ese saber que la incertidumbre arrastra, un saber propio de la falta que el límite implica. Y J.C. Mélich va a emplear toda su munición dialéctica disparando contra la iglesia metafísica y sus egregios próceres, de Platón a Heidegger pasando por toda la tropa de consumados idealistas, esa legión de obstinados profetas de lo absoluto que reniegan del sinsentido de la vida en nombre de las más fútiles teleologías.
Sí, ya sé que no seduce en los tiempos urgentes que nos recorren, discursos tan espesos como el de arriba. Ya sé que la filosofía tiene los días contados en los planes de estudio de nuestros hijos, que el funcionalismo y la tecnocracia se imponen en un horizonte banalizante donde los lectores de libros son, somos, una especie en extinción. Sí, ya sé que el biocognitivismo y las neurociencias hace tiempo que se llevaron el gato al agua y que al psicoanálisis lo intentan arrojar insistentemente al vertedero de las pseudociencias o al museo de las reliquias obsoletas. Sé todo eso, todo el mundo lo sabe, como se sabe de la deforestación del Amazonas, del deshielo de los Polos y del calentamiento global. Da igual. Le llamemos pulsión de muerte o empuje entrópico, es obvio que un más allá del principio del placer nos habita, y ahí vamos.
Esta noche empieza el 2020, un año mellizo que estrena nueva década. Acabo de comerme las uvas al son de las campanadas de la tele. Telebasura y ruido. Ruido escandaloso, ruido mentiroso, ruido envenenado, demasiado ruido, que cantaba el Sabina.
Me retiro. Me vuelvo al barbecho.
Me conformo con un poco de silencio, alguien querido cerca y un libro amigo. Ahí es na. Nada más. Ni nada menos.
Que la incertidumbre les sea favorable, la brújula les acompañe y también mi abrazo de invierno.
En Mamouna, el 1 de Enero de 2020
jueves, 1 de agosto de 2019
Septiembre puede esperar
Ahora que Julio le da la mano a Agosto y que el verano se encamina a su ecuador, con un suspiro leve algunos franqueamos la puerta que nos depara las anheladas vacaciones.
Tras tantos años ocupado a piñón fijo elaborando y escribiendo el libro, de pronto me enfrento a un espacio libre y sin guión que convoca muchas lecturas postergadas en el tiempo. Una aventura incierta. Como una aventura es adentrarse a explorar las procelosas aguas donde habita el bacalao en pos de la Brújula. Me llegan testimonios de intrépidos marineros que emprendieron la travesía en los más refrescantes rincones de solaz. Decirles, deciros, que como nos advertía Walt Whitman, "Camaradas, esto no es un libro. El que lo toca, toca a un hombre...".
Pues eso, ahí vamos todos, con el calor a cuestas, rumbo a la incertidumbre. Bon voyage.
Como diría SF, Septiembre puede esperar.
viernes, 19 de abril de 2019
Fragmentos brujulares
Veamos ahora un caso donde se
muestra con claridad el fenómeno de la repetición y sus
avatares. Se trata de F, una paciente de largo recorrido
terapéutico a la que llevo viendo quincenalmente desde hace no llega un año. Me
comenta:
- "Me he dado cuenta de cómo
facilito situaciones que tendría que resolver el otro. Tenía cita con el médico
y necesitaba ausentarme del trabajo un rato por lo que alguien tendría que
cubrirme, y en vez de comunicarlo a Dirección y que ellos se encargaran de
resolver el tema, lo he arreglado cambiando turnos con un compañero, lo que me
obliga a tener que doblar el próximo día.
- ¿Lo relacionas con algo?
- Me viene la sensación de
"no molestar". Me pasaba también con mi familia. No les planteaba mis
problemas, ya me apañaba yo. La cosa era molestar lo menos posible.
Aquí me he dado cuenta, pero
demasiado tarde. Comunicárselo no era molestarles porque es su responsabilidad.
Sin embargo, en otra situación sí que he podido cambiar. Me dijo ayer la
Directora, "tenemos que hablar de x" "Vale, pero tendrá que ser
mañana, ahora no puedo". Y hoy he estado a punto de ir a buscarla para
hablar, pero ¡me he contenido! Si quiere algo de mí, que me busque. Me ha
costado, pero me siento satisfecha."
Siempre planteo que hay dos
modalidades de repetición:
- La repetición de lo mismo, repetición pura y dura que yo
llamo rayadura, a la manera de los discos rayados de antaño que
reenviaban la aguja una y otra vez a la misma frase musical.
- La repetición con conciencia como puerta para el cambio, a la
manera de Bill Murray en el día de la marmota, que tropezándose una
y otra vez en la misma piedra aprende a reconocerla y a cuestionarse qué
demonios le empuja a ello, única manera de poder elegir una alternativa
diferente.
En el fragmento citado, vemos
como F se descubre a posteriori repitiendo una conducta de
pleitesía hacia el Otro lo que le posibilita rectificar el patrón vincular en
la siguiente ocasión.
Hay que aclarar que no fue
sencillo llegar ahí. El empuje a la repetición bebe del goce y es cabezota.
Hace falta lucidez y coraje para zafarse de la marmota.
El camino pasa por el farragoso
tránsito de la ruta significante, tránsitos permutantes de ida y vuelta que de
vez en vez hacen clic y abren brecha. Nuestra labor implica esa escucha atenta,
necesaria para percatarse del clic que resuena y asoma en el flujo del discurso
dominante. Veamos un ejemplo en otro tramo de la sesión de F. Dice:
"- Este finde me tocaba
hacerme cargo de mi padre. Yo hago la comida y normalmente vienen a comer con
nosotros mi hermano y su mujer. En esta ocasión me llamó para avisarme de que no
venían. Tras colgar me empezó un malestar que fue yendo a más hasta que de
repente me di cuenta que sentía abandono (se pone a llorar) y
fue reconocerlo y nombrarlo y se me calmó ese malestar profundo. Me di cuenta de
mi necesidad de engancharme a alguien para sentirme segura, porque en esas
situaciones me siento como una niña desvalida, abandonada.
-¿A dónde te lleva esa niña
abandonada?
- Me voy siempre a cuando me
enviaron interna al colegio con diez años, pero ahora no sé si ya antes
me sentí así...
- ¿Cuándo pudiste sentirte así
antes?
- Me viene que cuando nació mi
hermano. Yo tenía cuatro años, y él estuvo muy malito, el pobre, y yo no sentía
atención. Toda la atención estaba en él, y pasé de ser la reina de la casa a no
ser nada, a no ser vista.
- De sentirte que eras todo a
sentirte nada
-Sí
- ¿Pero realmente crees que pudo
ser así? No es lo mismo destronarte que abandonarte.
- ¡Es verdad! Pero yo lo debí
vivir así...lo del domingo es un hecho que lo muestra.
- Cierto, pero es importante
poder distinguir el fantasma de la realidad.
---Y corto ahí la sesión---
Este segundo fragmento condensa
de forma apretada varias cuestiones que venimos desarrollando. Desde el efecto
benefactor que supone la nominación del malestar bizarro al valor de la
repetición temática como ocasión para la progresión significante. En esta
ocasión, cuando llegados al lugar común de su ingreso en el internado como
experiencia traumática fundante de su vivencia de abandono, se abre a la duda
de un posible más allá, apertura que yo capturo al vuelo y tiro de la lengua, y
resultado de esa indagación caemos de bruces en el pozo traumático original que
supuso la irrupción de su hermanito en escena, usurpación destronante de su
reinado fálico. Revisitar ese escenario primordial permite elucidarlo y
elaborarlo, es decir, resignificarlo. Poder discernir desde la mirada del
adulto el callejón sin salida de la dialéctica totalitaria imaginaria (o todo o nada) en el que
quedó atrapada la niña, y desde esta nueva perspectiva abrirse a una lectura
parcializante y pacificadora.
“La vida no es la que uno vivió,
sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla” escribió Gabriel García
Márquez. Freud, cien años antes, anticipó esta sentencia con su distinción entre
la realidad psíquica y la realidad histórica, subrayando la primacía de la
primera sobre la segunda y destacando que pese a su dimensión psíquica
constataba su eficacia fáctica.
Es una prueba palmaria del poder
del fantasma inconsciente conduciendo nuestras vidas. Sólo su elucidación
consciente nos permitirá reconocerlo cuando se nos presente en acción y, así advertidos,
podremos salirnos de la inercia del automatismo recalcitrante y optar a una
respuesta novedosa y más libre.
viernes, 16 de noviembre de 2018
Clínica de la Neurosis Obsesiva
Toca ahora recoger el
guante nosográfico que nos lanzó Falret con su enfermedad de la duda y
prestarle atención a la riqueza semiológica que señalamos en su día y que Freud recogerá y desarrollará con verdadero ahínco a lo largo de los años
en un conjunto de textos ya clásicos que cualquier interesado en la matería
debería leer: Las Neuropsicosis de defensa (1894), Nuevas Observaciones
sobre las neuropsicosis de defensa (1896), Los actos obsesivos y las prácticas
religiosas (1907), Tótem y Tabú (1913), La disposición a la Neurosis Obsesiva
(1913), Lecciones introductorias al psicoanálisis -XVII- (1917), Inhibición,
síntoma y angustia (1925) y el imprescindible Historial del hombre de
las ratas, titulado Análisis de una neurosis obsesiva (1907)
Como se puede
constatar, un laborioso trabajo el que le dedicó a un cuadro que acuñó él mismo,
porque, como ya dijimos, llamando "neurosis obsesiva" a lo que
Kraepelin llamaba "locura obsesiva", daba una voltereta nosológica a
la psiquiatría de la época. Es un movimiento de tal calibre que tiene valor de
acto, acto subversivo epistemológico, pues sacude la tradicional división del
campo patológico que oponía psique y soma,
pensamiento y cuerpo, siendo las "neurosis" (histeria, epilepsia e
hipocondria) territorio del cuerpo y la "locura" (total -la
esquizofrenia-, parcial -la paranoia-, o lúcida -la
obsesión-) territorio del pensamiento. Y ese término que ahora damos por hecho
hubo que construirlo mediante un salto escorado y contracorriente.
En realidad el
psicoanálisis siempre ha sido y será contracorriente mientras
siga siendo psicoanálisis. Es cuando se adapta y se
propone adaptativo, como la corriente hegemónica norteamericana
conocida como "psicología del yo", cuando se desnaturaliza y pierde
su rumbo. Es contra esa deriva normalizante que se levantó
Lacan con su bandera del "retorno a Freud" y su decidida apuesta por
rescatar lo subversivo de su propuesta. Y aquí estamos, contracorrientes y
disidentes del imperio cognitivo desemeante y su legión de coachers positivistas. Y
así nos va.
Volviendo a Freud,
para dar ese paso aglutinador de histeria y obsesión inventa también una nueva
categoría, neuropsicosis -un término mixto que circulaba por el
gremio- de defensa. Y esa va a ser la verdadera bomba,
la postulación de un mecanismo común, la defensa, -contra los
recuerdos intolerables de un traumatismo sexual sufrido en la infancia- en vez
de la degeneración nerviosa que postulaban las vacas sagradas
desde los púlpitos psiquiátricos de la época. Así pues, se estrena
dinamitando los cimientos del paradigma. Aunque en realidad al paradigma se la
chufla porque cambia de piel y, cien años después, ahí sigue tan lustroso
vendiéndonos la panacea de los neurotransmisores.
Y uno se pregunta,
¿pero qué demonios tendrán que ver los neurotransmisores, el reblandecimiento
de la Aracnoides o la degeneración nerviosa con las ideas obsesivas que esta
pobre mujer le refiere a Kraepelin: "Cada objeto que veía le recordaba los
órganos genitales del hombre, un mango de un cuchillo, un bastón, etc. Si veía
una venda pensaba que se podía envolver con ella un pene. Un crucifijo
despertaba el pensamiento de levantar el mandil para agarrar con sus manos los
testículos. Para un mismo objeto surgían múltiples ideas análogas que le
perseguían sin cesar y sin posibilidad de sustraerse a ellas..."
Pero, por favor,
postular un núcleo conflictivo de índole sexual en el origen del síntoma no son
más que mamarrachadas y desvaríos de un judío calenturiento y, por supuesto,
nada científico.
Así que, querida
tripulación, contra viento y marea seguiremos intentando elucidar la lógica
subyacente tras ese abigarrado y variopinto abanico de manifestaciones tan
pintorescas que constituyen la fenomenología de la neurosis obsesiva. Ya dimos
somera cuenta de la lectura estructural lacaniana que nos planteaba Fink. En
esta lección haremos un recorrido por la clínica obsesiva de la mano de Freud,
que vendrá a mostrárnosla como el paradigma de las neurosis. Pasen y vean.
SEMIOLOGÍA
La semiología, como
sabréis, es la rama de la medicina que atiende al conjunto de los signos, es
decir, en términos generales, a lo que llamaremos los síntomas. Frente al
modelo médico de la psiquiatría que es eminentemente descriptivo, - y ahí tenemos
al DSM como enumeración de ítems acategorial - Freud intentará
articular los síntomas como expresión lógica de una dinámica inconsciente. Para
ello precisa elaborar toda una teoría previa -que es la que hemos desarrollado
a lo largo del curso- que justifique y explique el sentido del síntoma. Veamos
sus resultados.
Lo 'obsesivo' se
corresponde con el término alemán zwang, que se refiere a ese
talante imperativo o coercitivo que caracteriza a una determinada
representación o acto.
La idea
obsesiva se caracteriza por su "curso psíquico forzoso", es
decir, se trata de aquella idea que se le impone al pensamiento del sujeto de forma
asediante y aunque pueda resultar absurda no hay forma racional de deshacerse
de ella. Como por ejemplo, aquel paciente que piensa que ha contraído el sida sin haberse expuesto a una situación de riesgo y ese pensamiento le acosa y
le tortura sin cesar.
Llama compulsión
obsesiva a ese otro pensamiento que se presenta bajo la forma de un "tienes
que", un mandato imperativo que te impele a realizar una determinada
acción, "coge a tu hijo y tíralo por el balcón", o en forma de temor
a realizarlo, " ¿y si se me va la cabeza y le clavo un cuchillo?".
Miedo a perder el control y llevar a cabo un acto horrible. La experiencia
muestra que no se llega a realizar la acción o la orden temida, pero la
angustia desatada es invasiva y paralizante.
Los actos
obsesivos, estos sí llevados a cabo, vendrán a tener por el contrario un
papel preventivo o reparador, y aunque su
realización pueda parecer disparatada o ridícula, tendrá como característica
esencial un patrón forzado y exacto. Son los llamados ceremoniales,
conductas estereotipadas perfectamente reglamentadas que han de cumplirse con
un orden estricto y sin lugar al error. Recuerdo a aquella paciente que ante el
asalto de un pensamiento obsceno al ir a la iglesia se veía obligada a tocar
madera tres veces o múltiplos de tres, cifras cada vez más elevadas, y si en el
transcurso de la operación perdía la cuenta debía comenzar a contar los toques
desde el principio. Era una actividad que podía llevarle horas y consumía sus días.
Hay infinitas
modalidades de ceremoniales, a menudo rituales realizados en la intimidad,
regidos por un rasgo de fijeza, aunque pueden ir modificándose
y complejizándose con el tiempo. Eso sí, todos comparten una circunstancia
común, son inaplazables e innegociables, pues si esto ocurre aparece
inevitablemente la angustia.
Cualquiera de los
casos citados muestra una dinámica semejante, la aparición de una idea
reprobable, terrible, inmoral o indigna que despierta la culpa y los
autoreproches que les conducirán a los ceremoniales como recurso expiatorio,
reparador y preventivo.
Como podéis ver sigue
un patrón semejante a los rituales religiosos, al punto que llevará a Freud a
pensar la neurosis obsesiva como una religión privada y, como contrapartida, a la religión como una
neurosis obsesiva colectiva.
Hablamos pues de ideas
reprobables que se le imponen al sujeto y que por su inmoralidad despiertan una
culpa que requiere un castigo. Es el circuito básico de la culpa,
un afecto dominante especialmente frecuente en estos pacientes, pero con una
particularidad, la culpa que sufren es injustificada o desproporcionada. Es el
caso del 'hombre de las ratas' que se recriminará haberse ausentado un rato a
descansar siendo precisamente entonces cuando su padre fallece, circunstancia que le hará sentir culpable respecto a su muerte, atormentándose cruelmente por su negligencia con
un fustigamiento en sus autoreproches que está fuera de lugar. Sin embargo,
cuando Freud le interpreta a partir de ciertos recuerdos infantiles los
sentimientos hostiles que guardaba hacia su padre, los rechazará ofendido,
declarando el gran amor que les unía.
Así pues nos vamos a
encontrar a alguien que sufre de una culpa que no le toca pero que difícilmente
asume la culpa que sí le toca, pues se va reclamar virulentamente inocente.
Es acorde este
posicionamiento con su curriculum clínico, pues aunque refiera con detalle el
listado de vilezas que le vienen a la cabeza, nunca se reconocerá como agente
de tales sevicias, antes al contrario, siempre como su indefensa víctima.
De hecho es
característico del perfil obsesivo presentarse como alguien modélico y ejemplar. Moralista y
justiciero, abanderado de la virtud, ¿cómo va a ser culpable de tan aviesas
intenciones?
Este dechado de
probidad es resultado de lo que Freud denominó formaciones reactivas,
una defensa caracterial que intentaría refrenar y contrarrestar el poderoso
empuje pulsional mediante el recurso a la transformación en lo
contrario. Así pues los impulsos transgresores serán reconvertidos en
una tendencia al orden y la disciplina, la violenta hostilidad en 'suavizamiento' tipo
Ned Flanders, el vecino de los Simpson que a todo lo llama en diminutivo, y el
empuje libidinoso puede transformarse en una tendencia a la la abstinencia o a
la austeridad en relación a los placeres, donde el hedonismo está muy mal visto y
lo que puntúa al alza es el sacrificio.
Como podéis ver todas
estas manifestaciones del obsesivo son congruentes y solidarias en su
finalidad. Todo partiría, como dijimos en su día, de un vínculo materno muy
fusional con su correspondiente pulsionalidad edípica, un exacerbado empuje al
goce incestuoso y parricida que debido a la debilitada función paterna se verá
contrarrestado por un Superyo de una severidad extrema que, en su exigencia y
represividad, se convertirá a su vez en ese juez gozador que Lacan describe como
feroz y obsceno. Y de ahí, todo ese rosario interminable de culpas y
penitencias.
(Continuará...)
martes, 17 de julio de 2018
Aproximación al trauma
Llegados los calores de Julio y para cerrar el curso lectivo
del seminario psicoanalítico realizamos un año más el cine-forum abierto y la
película elegida fue El príncipe de las mareas, muy apropiada
para debatir sobre el tema a tratar que era el trauma. Es este un tema de
creciente interés en el debate clínico de actualidad del que no es ajeno la
relativamente reciente publicación de un libro, El cuerpo lleva la
cuenta, de Bessel van der Kolk, un veterano y prestigioso neuropsiquiatra
que lleva toda su vida profesional dedicado a investigar esta cuestión y del
que tuve noticia a través de un estimado colega que me habló entusiasmado de él
y que adquirí con prontitud. Estando yo centrado en la escritura de mi libro, y
en concreto, fajándome a destajo con la tarea de esclarecer y establecer la
clínica de la pulsión, me pareció una gentil concurrencia del destino
ponerme delante a este insigne interlocutor que aborda un territorio clínico
semejante desde una perspectiva tan distinta.
Me pareció todo un reto poder conocer y aprender de la valiosa información
que recoge y transmite en sus páginas fruto de su dilatada experiencia en las
trincheras de la sanidad americana atendiendo a los sectores más desfavorecidos
y peleando por conquistar un nuevo diagnóstico que le conceda un lugar en el
DSM y desde ahí un reconocimiento imprescindible para ser tenidos en
consideración y beneficiarse de un tratamiento específico por el Sistema
Nacional de Salud. Pero más allá de su abnegada y encomiable cruzada por darle
carta de naturaleza a ese espectro de la clínica que abarca los abusos sexuales
y el maltrato infantil, me interesa ver cómo poder articular la perspectiva
neuroncientífica que él representa y formula con la perspectiva que desde el
psicoanálisis freudolacaniano nosotros venimos desarrollando al respecto. Ese
es el verdadero reto. Y ahí vamos.
Van der Kolk nos relata a partir de sus pioneras investigaciones con los
veteranos de Vietnam, el tortuoso proceso recorrido desde que se describen las
primeras 'Neurosis de guerra' tras la tragedia mundial del 14 y cuyos archivos
serán silenciados y vueltos a la luz con ocasión de la Segunda Guerra Mundial
por un psiquiatra llamado Kardiner que las va a denominar "Neurosis
Traumáticas" y en las que describe que sus afectados desarrollan un estado
crónico de vigilancia y una extrema sensibilidad hacia la amenaza, aseverando
que el núcleo de la neurosis es una fisioneurosis, es decir,
algo más de orden corporal que mental. Y ese postulado es el que recoge un
grupo de profesionales tras atender y estudiar a los veteranos de Vietnam
consiguiendo que en 1980 la Asociación Americana de Psiquiatría admitiera un
nuevo diagnóstico, el trastorno por estrés postraumático (TEPT) y
que el DSM va a definir como aquel cuadro que presenta una persona que se haya
expuesto a un acontecimiento horripilante que implica la muerte real o la
amenaza de ella, causando un miedo, una impotencia o un horror intensos de los
cuales se desprenden una variedad de manifestaciones: volver a
experimentar intrusivamente el acontecimiento (flashbacks, pesadillas...),
una evitación persistente e incapacitante de lo relativo al
trauma con amnesia y desafectivizacion, y una mayor activación interna
que genera un estado de tensión crónico, irritabilidad, insomnio...
La descripción sugiere una conclusión clara, a quien sufre un TEPT, la vida
le cambia. El trauma terminó, pero sus efectos perduran irreductibles al
paso del tiempo porque a nivel de su sistema nervioso hubo una alteración basal
cuya actividad trastocada persiste.
Valdría la pena dedicarle una ojeada rudimentaria, pero que muy
rudimentaria, a la anatomía de la cuestión. Por tosca que nos pueda resultar
nos permitirá comprender mejor la dinámica de lo que acontece en esta clínica.
Muy esquemáticamente diremos que el cerebro humano se compondría por tres
módulos evolutivos. El primero y más arcaico es el cerebro
reptiliano que reside en el tronco de encéfalo, encima de la
desembocadura de la médula espinal. Se encarga de las funciones vitales
básicas: corazón, pulmones, sistema endocrino, sistema inmunológico...garantizando y regulando su equilibrio interno, ese que llamaremos homeostasis.
El segundo, más evolucionado, es el cerebro mamífero, pues lo
compartimos con ellos, y comprende el sistema límbico, que es el centro de las
emociones, el monitor del peligro, el árbitro de lo que es importante para la
supervivencia.
El tándem constituido por estos dos cerebros componen el llamado cerebro
emocional.
Por encima de ellos y ya caracteristicamente humano nos encontramos con
el cerebro racional residente en la corteza cerebral o neocortex y
de desarrollo más tardío. Evalúa la información de forma más global. Nos
permite planificar y reflexionar, imaginar y crear...
Partiendo de este mapa básico describiremos el operativo fisiológico que
ante una situación de peligro que el cerebro detecta, éste pone en marcha de
forma coordinada y que gracias a las sofisticadas pruebas de neuroimagen se ha
podido registrar con extrema fidelidad.
El Tálamo es un dispositivo del sistema límbico que
integra toda la información de nuestras percepciones y la remite en dos
direcciones, hacia la Corteza y hacia la Amígdala, siendo este núcleo límbico una
especie de 'detector de humos', que si detecta una amenaza va a activar la
liberación de 'las hormonas del estrés' -cortisol y adrenalina- que nos
preparan para responder ya sea mediante la lucha o mediante la huída, según convenga.
La corteza prefrontal va a ser la 'torre de vigilancia' que evalúa de forma
más matizada la situación de peligro. Distinguirá si el el olor a humo es
porque se está quemando la casa o si sólo se quema el bistec. En este caso
señalará la falsa alarma y abortará la respuesta de estrés. Un cerebro que haya
madurado adecuadamente a través de la experiencia vital, permitirá inhibir y
modular las reacciones automáticas preprogramadas en el cerebro emocional y
quedarse solo en el susto pasajero y la pronta vuelta a la normalidad.
La relación entre estos dos sistemas complementarios normalmente funciona
con un equilibrio dinámico que se autoregula, pero en determinadas
circunstancias, como es el caso del TEPT, la cosa cambia radicalmente. De
resultas del acontecimiento traumático la función inhibitoria falló y el
sistema de alarma quedó permanentemente activado, con el rosario de efectos
secundarios que antes citamos descritos por el DSM III.
El paso adelante que da Van der Kolk es ampliar el campo del trauma más
allá de guerras, crímenes, accidentes o desastres naturales, incluyendo en él
los abusos sexuales y el maltrato infantil, tanto
físico como psicológico, y persiguiendo la convalidación de un nuevo
diagnóstico conocido como trastornos por trauma del desarrollo que
englobaría todas las presentaciones clínicas de niños y adolescentes expuestos
al trauma interpersonal crónico.
A la hora de plantearse el tratamiento nos dice que queda claro que lo que
ha sucedido, el terrible acontecimiento que constituye el trauma, no se puede
deshacer. Pero lo que sí se pueden tratar son las huellas del trauma en el
cuerpo, la mente y el alma: las sensaciones aplastantes en el pecho que podemos
etiquetar como 'ansiedad'; el miedo a perder el control; el estar siempre
alerta ante el peligro o el rechazo; el odio hacia uno mismo, la culpa, la
vergüenza y la incapacidad para poder abrirse y confiar en alguien...
Es esta cuestión de la confianza condición fundamental, y en el caso de los
niños abusados o maltratados por familiares, ese vínculo tan básico y necesario
está hecho trizas, dejando a la víctima expuesta a una desoladora intemperie
emocional, lo que complica mucho más el pronóstico en comparación con los
traumatismos del adulto.
También nos advierte que no se puede perseguir o pretender alcanzar la
"aceptación" de lo sucedido si previamente uno no aprende a tolerar
las sensaciones turbadoras que le invaden. Esa impronta corporal que Lacan
llama letra y que es preverbal. La autoconciencia física
es el primer paso para liberarse del pasado. Sólo cuando uno está en
condiciones de poder liberar la tensión física podrán ir apareciendo las
emociones y los sentimientos, es decir, experiencia cifrada pasada por la
palabra.
Las personas traumatizadas suelen tener miedo a sentir. Ahora, el enemigo
no es tanto el autor de los hechos sino las propias sensaciones físicas. El
miedo a quedar secuestrados por unas sensaciones angustiantes hace que el
cuerpo se congele y la mente se apague. Habrá que hacer un cuidadoso y
laborioso proceso de deshielo y sensibilización corporal para poder ir
despertando los recuerdos que irán emergiendo como dolorosas dentelladas
revividas, que tendrán que ir siendo expresadas -gemidas, gritadas,
lloradas...-, nombradas y contadas. El mosaico de dispersos fragmentos
traumáticos se irá articulando y ordenando en un relato integrador que
historice ese evento vital secuestrado y deshauciado, y es en ese relato al
otro donde uno se subjetiviza y se reencuentra consigo mismo y con su historia.
El príncipe de las mareas
Es ésta una hermosa película de amor, - o tal vez sería más atinado decir
"de amores" - que sin desviarse de su condición de melodrama de raza
aborda con rigor respetuoso un asunto realmente dramático.
Es el relato retrospectivo de una suerte de psicoterapia intensiva que
realiza Tom W -interpretado por un Nick Nolte magnífico, papel por el que
consiguió un Globo de oro- un profesor y ex-entrenador en paro nativo del
profundo Sur que ha de desplazarse a Nueva York para atender a su hermana
gemela Savanah, en coma tras un intento de suicidio, a instancias de su
psiquiatra - Bárbara Streisand, que dirige y produce con alma la función - una
judía de alcurnia llamada Lowenstein.
Tom está casado con Sally y tienen tres hijas, pero el matrimonio hace
aguas tras dos años de crisis profunda de Tom tras la muerte violenta de su
hermano mayor Luc.
Requerido por la psiquiatra para recabar información sobre la hermana
suicida que le ayude a sanarla, se verá embarcado en un viaje hacia sus raíces
dispuesto a ser su memoria. Pero va a resultar que su hermana no es
la única desmemoriada.
Nos presenta su infancia en las marismas bastante aislado de la
civilización, con sus dos hermanos como compañeros de vida y de juegos, y
también de desdichas, pues su padre y su madre están en conflicto abierto, y la
violencia del padre coarta cualquier discusión. Ese padre maltratador se cebará
en Tom, un niño sensible y atemorizado, a diferencia de su admirado hermano
mayor que, con su fuerte temperamento, no duda en plantarle cara al intempestivo
progenitor. La madre, Layla, es una ambiciosa mujer que no se resigna a esa
vida miserable y está dispuesta a cualquier cosa para salir adelante. Y cuando
digo 'cualquier cosa' no exagero. La trama de la película discurre por las
diversas evocaciones que sesión a sesión va refiriéndole Tom a la psiquiatra,
pero es un discurrir dificultoso, con lagunas y airados tropiezos ante ciertas
preguntas que indican una resistencia activa a destapar la caja de los truenos.
Hay que decir que en el ínterin retrospectivo se va desplegando un vínculo
afectivo entre paciente y terapeuta al tiempo que su mujer le confiesa su
relación con otro hombre. No me interesa relatar los pormenores románticos ni
el juego de triángulos que se suceden sin pausa. Así que me ceñiré al tema que
nos concierne.
Y es así que un día decide confesarle el suceso que marcará sus vidas. Y le
cuenta como una noche cualquiera irrumpen por sorpresa en su casa tres
convictos fugados de una prisión del Estado.
- "Uno cogió a mamá y el otro a Savanah... Ella gritaba como si la
estuvieran descuartizando... ..."
- "¿Y usted qué hizo? ¿Las defendió? ¿Fue a pedir ayuda?"
- "No, eso seguro que no, pero no recuerdo... ... ..."
- " Dijo usted que eran tres hombres...¿qué hizo el tercero?"
Y vemos como a Tom, aturdido y en pasmo, comienza a demudársele el
rostro...y empieza a recordar. Fragmentos del horror. "Lo que sentí era
algo que no podía ni imaginar que existiese..." "Una pesadilla de
horror que no podía entender..." "Recuerdo su voz repitiendo '¡cómo
me gusta la carne tierna!, ¡cómo me gusta la carne tierna!'..."
Y entonces llega Luc con una escopeta y mata de un tiro al canalla y
después al que estaba violando a su hermana y con el arma descargada se
encuentra ante el tercero que por un segundo le apunta con una pistola,
pero en vez del disparo fatal, el tipo súbitamente cae fulminado por una
cuchillada que le asesta la madre por la espalda. Se miran unos a otros entre
la perplejidad y el espanto, pero no hay tregua, "¡Deshaceros de esa
basura!", ordena impávida L, "No hay que dejar rastro de lo
sucedido" mientras se pone a limpiar frenéticamente la sangre de las
paredes. "De hecho, no ha sucedido nada. Este será nuestro secreto. Si
alguien se va de la lengua dejaré de ser vuestra madre." Y con ese
ultimátum da por zanjada la cuestión.
-"¿Y qué dijo su padre de todo esto?" - interroga Lowenstein-
-"¿Quién dice que se enteró?"
Y mientras se visualiza la escena de la cena familiar como si todo fuera
normal, observamos que Savanah come en silencio obediente, pero constatamos
que, inadvertidamente, lleva puesto el vestido al revés.
"Aquel silencio terrible era peor que las violaciones", concluye
rotundo Tom.
Y es esta conclusión una confesión veraz y certera, pues es un criterio
contrastado en el campo del trauma el hecho de que más allá de la virulencia
del acontecimiento apabullante, lo verdaderamente traumatizante va a ser su
gestión, y silenciarlo o negarlo es el peor de los remedios.
Imponiendo Layla ese secreto feroz bajo su amenaza brutal, coagula
cualquier posibilidad de elaboración o tramitación, quedando todos encadenados
a esa bomba muda que lastrará sus vidas en adelante. Mantener negado y
escindido ese fragmento impactante y pulsante será a costa de activar unas
defensas muy potentes e invalidantes, una suerte de 'quimio' psicosomática
anuladora de la subjetividad. Es lo que le ocurre a Tom tras la muerte violenta
de su hermano Luc. Perdido su referente de sostén se fractura su inestable
equilibrio y se aboca a su abismo íntimo. Suspende sus actividades, laboral y
deportiva, y deserta de su condición de marido, abandonándose a una apatía
vital que consume el vacío de sus días.
Va a ser a través de la relación con la psiquiatra de su hermana y movido
por la lealtad fraterna que se va a poner en marcha ese proceso de
subjetivación que es una psicoterapia, aunque sea como en este caso, de fachada
vicaria. No podemos olvidar que es cine y que como tal debemos consentir
ciertas licencias, porque siendo un planteamiento riguroso con la lógica, no lo
es con los tiempos. La 'aventura' se desarrolla en un plazo de seis semanas, y
aunque todos sabemos con Amanda que la vida es eterna en cinco minutos, ¡ay el
amor!, un proceso transformativo como el que experimenta Tom no se realiza en
seis semanas ni de coña. Ni en seis meses. Con suerte y constancia tal vez en
seis años...o más.
Pero nos vale para ilustrar diversos aspectos del tema.
Ya hemos visto la génesis del trauma y sus efectos, toca ahora atender a su
resolución.
Como nos indicaba Van der Kolk (VDK) había que poder nombrar y compartir la
experiencia, como acabamos de ver qué hace Tom. Pero no es suficiente, pues
recién referida la terrible historia la culmina como un estridente showman
haciendo caricatura de su confesión.
- " Y señoras y señores así termina este entrañable relato de estilo
sureño, ¡oh jo jo!"
- "¿Cómo se siente?"
- " Oh, mucho mejor, liberado, aliviado, me he quitado un gran peso de
encima..."
- "Lleva toda su vida disimulando su dolor, como ahora, ¿verdad?"
- "No me hagas esto Lowestein"
- "Siento su dolor, ese que no expresa. Siéntalo usted Tom, es suyo,
le hará bien..."
Mientras le coge de la mano y Tom comienza a retorcerse hasta que rompe a
llorar. Ella le arropa con un abrazo mientras él se arruga como el niño muy
herido y desconsolado que fue y que no pudo ser y que ahora, por fin, se puede
abandonar en alguien que le acoge y le contiene en su interminable desgarro
emocional...
Ya lo decía Freud, el recuerdo para ser curativo debe advenir con su afecto
correspondiente. De poco sirve si se queda en palabra seca. Hay que rescatar el
afecto secuestrado, y es esa expresión combinada de palabras, tripas y corazón
lo que vendrá a llamar abreacción.
Y esa sería la salida 'feliz' del trastorno de estrés postraumático, poder
licuar el dolor y el espanto congelado, y, sintiéndolo y nombrándolo,
resituarlo en el guión autobiográfico para poder uno, restauradas las piezas
perdidas, resituarse a su vez ,y desde ahí, poder afrontar la vida liberado de
tan gravosa hipoteca.
Una apostilla crítica
Con ocasión de la presentación de las nosologías freudianas ya señalé el
hecho curioso de que a la vez que van cambiando con el tiempo las distintas
categorías psicopatológicas va a mantener como una constante el capítulo de las
llamadas Neurosis Actuales.
Sin entrar ahora a desplegar el edificio nosológico diré de forma
simplificada que Freud va a oponer la clínica de resultas de un conflicto
edípico, ( y por lo tanto 'infantil') que constituirían las originarias Neuropsicosis
de Defensa (Histeria y Neurosis obsesiva...) y que nosotros tipificamos como
una clínica del deseo y que gira alrededor del fantasma, de
aquella otra clínica consecuencia de una problemática 'actual', trastornos del
circuito libidinal, que atañerían principalmente al cuerpo y
que estarían dentro de lo que hemos convenido en llamar clínica de la
pulsión.
La clínica del trauma se adscribiría principalmente a esta
última categoría. Pero hay un problema estructural con este planteamiento pues
se oponen categorías que en realidad son complementarias. Me explico, uno puede
sufrir un acontecimiento traumático, mismamente un abuso incestuoso, sin que
ello excluya la dimensión fantásmatica en juego. Ésta va a estar siempre
presente pues constituye nuestra subjetividad, y sobre ella puede sobrevenir el
trauma con toda su dimensión real, con efectos mucho más
desestructurantes sobre el infantil sujeto que habrá que atender de forma
específica como llevamos hablando todo el post. Pero ¡atención! Que
una cosa no vele la otra, pues son dos problemáticas distintas que se solapan y
es nuestra obligación reconocerlas y distinguirlas pues merece cada una su correspondiente
elucidación. Lamentablemente, a menudo, la densidad patógena de lo traumático
eclipsa la dimensión fantásmatica en juego y eso comporta cegueras terapéuticas
que en su voluntarismo reparativo conducen a verdaderos callejones sin salida.
La peli que venimos trabajando nos aporta un ejemplo clarificador.
Después de que Sally le confiese a Tom en conversación telefónica que está
con otro hombre, éste se decide a escribirle una carta:
"Querida Sally, ojalá no me fuera tan difícil decirte 'te quiero'. No
sé qué me mantiene tan alejado. Siento haberte defraudado, ser un
semihombre...Defraudo a todas las mujeres..."
Y engarza con un flash-back en el que su madre desde la cama le llama para
que venga con ella. Le abraza posesivamente y le dice que él es especial para
ella, que es distinto a sus hermanos, que es el único que llegará a ser algo,
que es como ella, "porque yo soy una mujer increíble", "Te
quiero más que a ellos, lo sabes, y ese será nuestro secreto"
al tiempo que le da un beso de araña sujetándolo entre sus brazos y él
permanece paralizado.
- "Me tengo que ir"
- "Dime que me quieres..."
-"... Te quiero..."
mientras se zafa de su abrazo y se larga de la habitación ante la mirada
decepcionada de su madre.
Esta escena edípica es fundamental. No debemos olvidar que su forma de
describir a su madre al inicio del relato es "Era una mujer hermosísima, y
todavía lo es...". Después ya todo será odio, pero más allá de la escena
de violación y muerte que exige guardar en secreto, aquí ya aparece un secreto
previo e íntimo, no lo olvidemos. Una erotización fálica completamente
incestuosa nunca abordada y por lo tanto jamás resuelta.
Esto es lo que el psicoanálisis registra y en la medida de lo posible
investiga y despeja. Dar cuenta de cómo opera inconscientemente en la vida del
sujeto y qué saldos fantasmáticos cosecha. Esto es lo que queda fuera del
enfoque de Van der Kolk y de todo su esfuerzo de objetivización
neurocientífica. Pues el fantasma no aparece en las tomografías axiales
computarizadas ni en las resonancias magnéticas; las técnicas de neuroimagen le
dejan frío y los protocolos psicométricos se la traen floja, pero ahí está,
erre que erre, empujando en la sombra.
Así pues el abordaje terapéutico del trauma, siguiendo a VDK, tendrá que
atender esos dos campos complementarios y heterogéneos que son cuerpo y mente.
Un trabajo que aborde los bloqueos y los impases energéticos que una vez
liberados permitirán el acceso y verbalización de las reminiscencias fragmentadas
y secuestradas, pero eso sí, añadimos, sin ignorar su dimensión
inconsciente.
Y VDK nos va a presentar una variada galería de técnicas para facilitar su
propósito, desde la sorprendente y novedosa EMDR, al yoga y a la meditación de
toda la vida, pasando por el neurofeedback, las estructuras familiares, el
teatro, la danza y alguna más.
Y caigo en la cuenta de que esta concepción bifronte del tratamiento y su
abanico de técnicas variopintas, guarda una clara correspondencia con el
trabajo que llevamos desarrollando más de veinte años mi compañera Susi Andreu
y yo en el Taller del deseo y sexualidad, donde ya desde su nombre
señalamos la diferencia, un campo, el de la sexualidad y su
vertiente pulsional, patrimonio del cuerpo, donde atendemos el lado mamífero
con sus carencias, sus corazas y sus heridas, y para ello contamos con un
rico arsenal de abordajes, un mezclaíto de Bioenergética, Tantra, movimiento
expresivo, masajes, meditación...que Susi conduce con maestría creativa, y, por
otro lado, ese otro campo que es el deseo, territorio del fantasma
y la palabra, que desplegamos desde la escucha psicoanalítica y la escena
psicodramática.
Así que bienvenidas sean las nuevas miradas que confirman las clásicas.
Bienvenida sea la neuroimagen del alma.
El cuerpo lleva la cuenta sí, y aunque no es un cuento, hay que contarlo.
Porque sólo en ese pasaje de la letra a la palabra, de la marca al símbolo,
es que uno va a poder reescribir su historia y atravesar su aciago pasado.
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